Chapter Text
Manjiro Sano jamás se quedaba sin palabras, siempre encontraba algo adecuado para expresar hasta el mínimo de sus pensamientos, en cambio, Ken Ryuguji solía mantener la quietud, aunque era reconocido por ser certero con respecto a comunicar en el momento adecuado. Ambos hombres contaban con esa habilidad, pero los dos, en ese instante estaban con la mente en blanco. Querían poder pronunciar aunque fuera un dialogo casual, pero la extrema emoción se los estaba impidiendo.
Ken empuñaba una llave, esa que era destinada a una cerradura en específico: la cerradura de su nuevo hogar. Simplemente era introducir el metal en su respectivo lugar, pero su mano temblaba un poco, lo que resultaba un impedimento, y claro, no quería demostrar lo nervioso que estaba a pesar de que solo se trataba de una puerta.
—Está bien, Ken-chin. Siento exactamente lo mismo —el de menor estatura rompió con el silencio abrazador; posó una mano en el hombro del nombrado. Tanto su voz plácida, y el toque gentil, sirvieron para expresarle al contrario un poco de calma.
Luego de eso, Ken suspiró y por fin le dio el uso adecuado a la llave.
—Estamos en casa, Mikey —le dijo con una gran sonrisa y ojos cristalinos justo después de abrirse paso al interior del departamento.
Desde ese momento su vida iba a llenarse de aquellas típicas frases: “estoy de regreso a casa”, “ya llegué”, “bienvenido de vuelta”… Independiente de qué hicieran durante el día o la noche, siempre iban a llegar a ese refugio compartido, y siempre iban a hallarse.
Adentrarse, inspirar, y percibir el olor a nuevo, mirar alrededor, hicieron de todo para convencerse de que no era una especie de alucinación. Les parecía inverosímil.
El pasado de aquella pareja estaba plagado de amargura y lucha. Al superar varias dificultades, momentos complicados, y sanar heridas, habían fortalecido el lazo que existía desde el día número uno. Avanzaron con pequeños pasos, tropezaron, lloraron, pelearon, más nunca se rendieron. Y, tras hurgar en sus corazones, estar seguros de que su vínculo era la definición misma de eterno, decidieron hacer realidad ese deseo de ser una familia. Estaban convencidos de merecerse un espacio propio. Porque llevaban algunos años siendo novios a escondidas, así que, una vez que se abrieron ante su círculo más cercano, no existía nada que temer. Solo les restaba ese último paso: vivir juntos. Aunque no tomaban esa decisión a la ligera, creían de verdad que se trataba de algo serio. Más ninguno de los dos pudo oponerse a la idea, tal como si la etapa de luna de miel no viera un final en su relación; lo ansiaban, lo querían con fuerza.
Así, una vez bien planteado el plan, ambos se esforzaron de una manera admirable para que pudieran gozar de tener su propio departamento. Además, sus confiables amigos los habían acompañado en esa nueva aventura de alguna forma u otra, sobre todo aquel par que laboraba en el área de bienes raíces.
Estaban felices, estaban agradecidos.
La vida sin dudas estaba dando un vuelco enorme: Ken dejaría por primera vez el burdel de mala fama que jamás fue adecuado para permanecer; mientras tanto, Manjiro, se apartaría de aquel manto de recuerdos dolorosos que cubrían su apellido. Lo que tuviera que ver con los Sano era una maldición que lo retenía a pesar de sus ganas de huir. Sin embargo, se tenían el uno al otro, y empezarían una vida nueva, con metas a cumplir, demasiadas experiencias por probar…
La cotidianidad que el estilo hogareño en pareja les iba a ofrecer les entusiasmaba en sobremedida, a pesar de que no se atrevían a mencionarlo en voz alta. De todas maneras, eran un par de tontos enamorados ilusionados con cosas tan sencillas como el poder despertarse por las mañanas, y que su novio fuera lo primero que apareciera en su campo visual al primer parpadeo. También estaba el pensamiento de cómo se las iban a arreglar con el qué hacer, hacer destrozos al tratar de cocinar decentemente, disfrutar de fines de semana viendo películas policiacas, darse duchas a media noche mientras se enjabonan el cabello mutuamente. La lista podía carecer de un final, estaban emocionados, por supuesto que iban a agregar cosas melosas y unas no tanto.
Ken creía firmemente que eso reflejaba la madurez con la cual avanzaba su noviazgo, y Manjiro estaba entusiasmado en demostrar qué tan responsables podían llegar a ser.
Aunque llevar las cosas en total paz era más fácil decirlo —pensarlo—, que llevarlo a cabo.
Las respectivas actividades por cumplir luego de una mudanza tardaron alrededor de una semana: hacer pagos, acomodar muebles, contratar servicios básicos, todo estaba más que listo. Se habían instalado exitosamente, se podía decir… Excluyendo el detalle de las discusiones que surgían a diestra y siniestra por cuestiones demasiado insignificantes. Como ese debate que tardó dos horas enteras simplemente porque no se decidían por el color de las alfombras y cortinas; Mitsuya tuvo que fungir como mediador, y al final de cuentas, rechazó las dos propuestas de la terca pareja.
Aunque su dinámica era un hecho que había surgido desde la época en la que eran simples mocosos, cualquiera que no los conociera a fondo estaría convencido de que eran aceite y agua. Por lo tanto, tener una quinceava pelea a las pocas tres semanas de vivir juntos no era una novedad; de todas ellas, esta se había tornado más acalorada de lo usual. La raíz del problema estaba en una decisión: qué tipo de mascota iban a elegir.
En el pasado habían sacado ese tema, insinuando el inconfundible: “cuando vivamos juntos tengamos una mascota”, pero estaban consciente que indagar más allá estaba prohibido. Lo mejor era dejarlo en una propuesta vaga, porque se conocían a la perfección, tenían bien presente que diferían en gustos en la mayoría de las cosas, y, obviamente, incluía sus preferencias al momento de elegir qué peludo animal quisieran adoptar.
Más, en el presente, ya estando bajo el mismo techo confirmando que no coincidían, volaban los insultos y sobraban las rabietas con tal de no ceder ante el otro. La terquedad que los regía era sin dudas un problema que iba a irrumpir en sus vidas.
Sin llegar a un acuerdo, pero hartos de darle vueltas al asunto, decidieron que una tercera persona sería quién diera el veredicto, después de todo, buscar orientación de alguien más había sido la única forma de calmarlos. Por lo que se habían dirigido a la tienda de mascotas. Aunque no se trataba de cualquier local, era justo donde sus amigos laboraban: pasarían a visitarlos, y al mismo tiempo recurrirían a ellos para la elección.
El pobre dueño de la tienda estaba a nada de ser inmiscuido en medio de una acalorada pelea de novios, porque el dúo iba a usarlo con la finalidad de hacerle cambiar de parecer al otro.
—¡Chifuyu! Cuánto sin reunirnos —Ken se alegró en seguida avistando al joven.
Su empleo era demandante por llevar el papel de jefe, consumiendo todo su tiempo, así que efectivamente, las oportunidades para encontrarse casualmente eran escasas. El más alto miraba con mucha alegría a aquel que hace unos ayeres solía ser un torpe chico fanático de los mangas, pero ahora tenía un corte de cabello bastante formal, y un atuendo refinado, aunque también endosaba un mandil, lo que le agregaba un toque de ternura.
—¡Draken, me alegra verlos! —Chifuyu Matsuno sonrió ampliamente. Se había puesto tan alegre al encontrarse con sus amigos de la adolescencia, haciendo que un brillo lo envolviera.
—¿¡Ah!? Esos modales. Recuerda que ya no uso ese nombre —lo reprendió abusando de su intimidante voz profunda, y exagerando su bien conocida ruda expresión, más realmente solo quería molestarlo un poco, como en los viejos tiempos.
Pero sus intenciones de bromear con el muchacho fueron frenadas de inmediato cuando sintió una mirada fulminante proveniente de una esquina del lugar.
—Cuida la manera en cómo le hablas a Chifuyu —una cuarta persona había permanecido detrás del mostrador, y a pesar de haber estado allí desde la inesperada llegada de Ken y Manjiro, prefirió mantener distancia.
—Hola, Kazutora. ¿Qué tal con el negocio? —una vez que Ken dio con él, levantó la barbilla, y le regaló una media sonrisa— ¿Cómo va el noviazgo con tu jefe? —agregó eso último con un irritante énfasis, para enseguida echarle una rápida mirada a Chifuyu, quién pronto se sonrojó por la inoportuna pregunta. Aprovecharía para también hacer enojar a Kazutora, lo que le parecía bastante divertido.
—Va a la perfección, mínimo yo no tengo como novio a un flojo ególatra como Mikey —le contestó lo más calmado que pudo, aunque fue inevitable el poner los ojos en blanco, y cruzarse de brazos tragándose su irritación. Luego silencio, y en cuestión de segundos, todos se echaron a reír, todos menos Manjiro.
—No le veo lo gracioso, idiotas —rebatió, negado ante los denigrantes calificativos que su amigo había usado para describirlo.
—¿Vienen por una mascota? —Chifuyu detuvo el momento de risas para no seguir crispando a quién hacía un puchero—. Escuché que ya comparten departamento, felicidades por eso —el animado chico estaba genuinamente emocionado por la recién unión. Se alegraba en sobremedida teniendo en cuenta la fidelidad recíproca por la cual eran conocidos; siempre supo, o, mejor dicho, todos siempre estuvieron conscientes de que ese disparejo dúo debía terminar de esa manera antes o después.
En cambio, Kazutora sintió brotar una inmensa cantidad de afecto una vez se enteró que sus amigos se habían mudado juntos. Para él Mikey era como un hermano, y a Draken, lo miró siempre como un sujeto admirable. Lo que tenían de potencial pareja, lo tenían de idiotas, eso sí, estando casi las veinticuatro horas al lado del otro serían capaces de originar un huracán. Pero el muchacho de mechones dorados daba por asegurado que vivir como una familia era la manera en la que trataban de buscar la máxima felicidad, y les daba crédito por eso.
Entones, cuando el ambiente se había tornado alegre, Manjiro arrugó la frente, y dio unos pasos agigantados para llegar a toparse cara a cara con Chifuyu
—Sí, íbamos de maravilla, pero se entre puso un dilema de vida o muerte —estaba siendo un tanto sombrío, asustando al menor de todos—. Haz que Ken-chin cambie de opinión. Ya le dije mil veces, ¡quiero un gato!
Luego de eso, el más alto no duró ni tres segundos calmado, la pareja retomó la disputa.
—¿Qué rayos me importa? Siempre he soñado con ver crecer a un cachorro, en el diminuto cuarto donde estaba era imposible tenerlo.
—Si tanto quieres usar una correa, puedo ponerte una y listo —Manjiro dio un golpe bajo.
—Serás un maldito imbe- —Ken gruñó para evitar acabar con esa grosería. Parecía que se iban a ahorcar o jalar del cabello.
Más ninguno bajaba los humos, y a pesar de que en su mayoría se trataban de impulsivas palabras como “tarado”, “enano”, “mierda andante”, “tótem”, también ponían en la mesa argumentos factibles sobre los pros y contras de gatos y perros. Había demasiada intensidad para un tema que normalmente no debería tomarse tan a pecho.
Mientras tanto, Chifuyu procuraba ser lo más profesional posible: estaba a un lado narrando algunos datos importantes que dueños de animales domésticos debían saber para un buen cuidado; levantaba la voz queriendo ser escuchado, y hasta se puso de puntitas por mera necesidad de que le prestaran atención. Claramente sus métodos fallaron rotundamente, estaban sumergidos en la discusión, y en parte temía interponerse en ese remolino de emociones. Estaban sobrepasando los diez minutos de debate sin indicios de que fueran a concluir pronto.
—¿¡Oigan, quieren cerrar la boca y prestarle atención!? Está tratando de explicarles —de pronto, Kazutora los reprendió temerariamente. Siendo que gozaba de menos paciencia, además, le estaba sacando de sus casillas que su novio, y jefe, fuera ignorado tan descaradamente.
De inmediato el bullicio se detuvo, dándole un respiro al joven que solo quería hacer su trabajo.
El insoportable par se percató del desvío en el plan original: hacer que Chifuyu diera el dictamen definitivo. Se callaron, poniendo de lado el orgullo, dándole libertad al empleado de la tienda de mascotas que llevara a cabo su labor correctamente.
—Les daré información detalla sobre los animales que quieren, así verán qué les conviene —comentó seriamente.
Escucharon debidamente, sin ninguna interrupción. Acabada la plática explicativa, Chifuyu miró nervioso a los clientes. Se había tomado en serio el “asunto de vida y muerte”, estaba confiado en haber tocado todos los temas importantes, más no significaba que esos dos furiosos hombres le hubieran entendido de principio a fin. Esperaba haber sido de suficiente ayuda como para obtener un buen desenlace, uno que evitara una probable ruptura prematrimonial por culpa de una indecisión.
Manjiro y Ken cerraron los ojos y se cruzaron de brazos al mismo tiempo. Kazutora negó con la cabeza siendo espectador de esa coordinación no planeada, ¿cómo podían ser tan similares y diferentes al mismo tiempo? Un enigma.
—¿Ves? Cada palabra de su boca se traduce en: los gatos son mejor —Manjiro fue el primero en dar su posición definitiva.
Al más alto le comenzó a temblar el ojo por los nervios, el contrario sí que sabía cómo hacerlo delirar —¿A caso estás sordo? Los perros son fieles, uno puede proteger nuestra casa cuando estemos fuera por el trabajo, un jodido gato se escapará a la primera oportunidad que tenga —rebatió decidido.
—Ladran demasiado, donde vivimos es tan pequeño que no podremos dormir en paz. Un gato ronronea, es como un masaje relajante.
La tienda de mascotas se llenó de escándalo, por suerte no había presencia de clientes, porque seguramente se llevarían un mal sabor de boca. Pero quien se estaba impacientando ahora era Chifuyu: le sobresalía una vena en la frente, su sonrisa ya estaba siendo forzada, y sus mejillas le dolían.
—¡Ya me hartaron, guarden silencio! —pegó el grito cuando ya fue demasiada la tensión acumulada en él—. Están asustando a los animalitos, basta. Yo seré quién les designe una mascota que me parece adecuada para ambos, y no van a poder negarse, o quedarán vetados de mi tienda.
Los recién regañados se callaron en seguida, mientras tanto Kazutora rio a escondidas por la cómica escena que acababa de presenciar. Quién diría que Chifuyu, en algún momento de sus vidas, hubiera tenido el poder para situar en su lugar a los mismísimos Draken y Mikey, era un acontecimiento invaluable.
El dueño del local se fue sin decir más. Su ida no fue tardada, cuando retornó, se podía visualizar una caja rectangular de medianas proporciones que llevaba en los brazos. Los presentes se asomaron para enterarse qué animal habitaba la jaula.
—¿Una rata? —Manjiro hizo una mueca.
—Es un hámster, y es un roedor adorable. Es perfecto para un sitio poco espacioso, es muy tranquilo, y cuidarlo será una actividad en pareja bastante entretenida —el chico intervino de inmediato antes de escuchar cualquier tipo de queja, bien seguro al respecto, y su expresión complementaba la seriedad de su postura.
Analizándolo profundamente, creyó más factible no darle la razón a ninguno, y así detener una guerra campal. La diferencia con los deseos de sus amigos había sido drástica, aunque antes que eso, eran clientes, por lo que estaba obligado en aplicar sus destrezas en el arte de la venta.
—Les incluiré alimento, herramientas para la limpieza, y una rueda giratoria —agregó felizmente.
Y allí estaban de nuevo, sin saber qué decir. Ninguno pudo ir en contra de esa bella sonrisa que adornaba el rostro de su brillante amigo.
El regreso a casa fue algo incómodo, habían estado sumidos en un silencio desolador dados los inesperados giros. Al fin y al cabo, tanto uno como el otro habían perdido la discusión.
—Y bien, vamos a darle una cálida bienvenida a nuestro nuevo compañero —Ken posó la jaula en el escritorio de la habitación—. ¿Cómo lo vamos a nombrar?
La pregunta provocó que se miraran automáticamente. Sin duda creían que un nombre era una decisión valiosa, aunque estaban siendo incapaces de formular alguno convincente. Por cuenta propia, iban montano mentalmente listas que sonaban bien, ambos estaban bastante concentrados para idear algo que valiera la pena.
—¡Lo tengo! —dijeron al unísono.
Aunque Manjiro fue el primero en revelar el nombre que se le había ocurrido: — Dora, como dorayaki —chasqueó los dedos, satisfecho por su ingenio. Ponerle a esa diminuta masa de pelos grisácea como su comida favorita le iba a ayudar a encariñarse más rápido.
—¿Qué? Ni hablar —prontamente Ken se negó—. Es ridículo, eres pésimo para estas cosas.
—¿Cuál se te ocurrió a ti, genio? —el más bajo estaba furioso. Llevarle la contraria de por sí era una osadía, y si se trataba de su novio le enojaba el doble.
—Zephyr —reveló Ken levantando la barbilla en gesto de orgullo.
—¿Cómo la moto que conducías en el pasado? Eres idiota.
—Es un nombre épico, no como lo que se te ocurrió a ti.
De nuevo dio inicio una contienda. Llovían reproches, negaciones, expresiones de enojo: su dieciseisava pelea. Como de costumbre el desacuerdo se explayó, por consiguiente, perdieron la noción del tiempo; cansarse o rendirse era impensable. Aunque, de pronto Manjiro se petrificó, y cual película de terror, giró lentamente la cabeza para dirigir la mirada hacia la jaula. Para el chico fue innecesario cerciorarse, solo sabía que el hámster había desaparecido.
—¿Te hizo falta cerrar bien la jaula cuando metiste el recipiente con agua, cierto? —Ken respiró profundamente tres veces, prediciendo a qué se debía ese raro comportamiento de su pareja. Necesitaba contener el inevitable dolor de cabeza de alguna manera o acabaría estallando.
Mikey no se quedó quieto para recibir sermones, fue directo al piso para comenzar la búsqueda de su mascota. Impensablemente se había extraviado el primer día como nuevo miembro de la familia. El más alto se le unió, su preocupación era evidente; que le pasara algo malo al pequeño peludo le asustaba, pero ambos se apresuraron a investigar minuciosamente cada rincón de la casa. Y así iban a trascurrir su tarde, percatándose como locos por doquier. Aunque, que el hámster fuera ágil, de reducido tamaño, y con pelaje capaz de camuflarse, eran factores irrelevantes, la verdadera culpa recaía en que habían sido lo suficiente despistados como para no darse cuenta de que el roedor jamás había abandonado su acolchonada camita colocada al interior de su jaula. Ninguna vez se les ocurrió rectificar de nueva cuenta.
Igual de tercos, igual de torpes…
Aparentemente se les iba a hacer noche hasta que vieran su vergonzoso error. Así de aleatoria y ajetreada podía ser la vida de aquella pareja que tanto tiempo llevaban acompañándose, por lo que, ahora, en su hogar compartiendo mañanas y noches, era fácil de imaginar los múltiples embrollos en los que se iban a meter. Pero a pesar de lucir incompatibles, la realidad era que estaban consumando un sueño compartido: vivir juntos y experimentar la felicidad a su modo.
