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El video no dura ni siquiera un mísero minuto antes de que se corte y se vuelva a reproducir automáticamente en su teléfono con esa música tecno sobresaturada y el bullicio de la gente en el club estallando el audio. Cuarenta segundos han sido más qué suficientes para generarle un cuadro de celotipia y probablemente una úlcera gástrica en el estómago a Max. El coraje que estaba sintiendo aumentaba su acidez y su amargura.
Fue imposible no ver las fotos, las capturas publicadas en Twitter —ahora X— y la cantidad de comentarios y conclusiones que la gente sacaba de la cercanía de los protagonistas de esa fiesta; cada tweet, por más que intentara ignorarlo, se refería a ello. Parecía que el mundo le encantaba descansarlo a la cara, alumbrabandolo como una molesta luz a mitad de la noche.
Max, por instinto y euforia, quiso estallar su teléfono contra la pared más cercana, hacerlo añicos hasta que no quedará nada más que piezas rotas e irreparables igual que la tranquilidad con la que había planeado dormir plácidamente antes de que su teléfono fuera borbandeado por ciento. . . y millas de notificaciones.
Las imágenes, que a pesar de la poca y confiable iluminación, eran claras y muy visibles para Max y sus ojos agudizados. No era idiota, sabía que Sergio atraía la atención a dónde quiera que fuera, por lo que fue fácil notar cómo el maldito Carlos Slim Jr, supuesto amigo e inversionista, se estaba comiendo con los ojos a Sergio, su novio.
¿Qué puta mierda?
Todo el respeto que llegó a sentir por ese hombre se convirtió en una masa amorfa desprolija sin sentido de odio puro y desprecio, aumentando de tamaño conforme sus dedos desplazaban los compartidos y sus ojos veían la cantidad exorbitante de me gustas en las publicaciones. La bilis le subía por la garganta con el doloroso ardor del ácido quemando sus entrañas, los terribles celos que estallan en su estómago se sentían igual o peor que una patada en las bolas. A Max le daban ganas de vomitar, de golpear algo oa alguien.
No puede imaginar y tampoco creer el gran descaro de esa gente tocando y restregándose contra Sergio, poniendo sus cuerpos en dónde no debían; y mucho menos puede creer el descaro de su novio por dejarlos hacer lo que quieran con él cómo si no importara nada. Como si no importara que él llegara a ver esas malditas imágenes.
La ira se efervece en sus venas, hirviendo cada célula de su torrente sanguíneo, cegandolo del mundo a su alrededor a tal punto que no se fija en el momento que presionó su teléfono. Hasta que las articulaciones comenzaron a doler y la punta de sus dedos se tornan rojas, se vio obligado a dejarlo caer sobre la cama y mantenerse parcialmente inmóvil, mientras su respiración pesada y entrecortada era lo único que escuchaba entre todo ese zumbido blanco que penetraba su oído.
Estaba enojado.
Encantado con Sergio.
Enojado con hombres esos que se atrevieron a tocarlo.
Enojado consigo mismo por no esperar un par de días más en México y decidir tomar el vuelo hacia Brasil de forma precipitada.
Si se hubiera quedado cómo Sergio se lo propuso, esa noche en la fiesta su novio no habría sido la presa codiciada de toda esa bola de tiburones hambrientos y sedientos de sangre.
Habrían sabido que Sergio no estaba solo porque Max nunca se le habría despegado de su lado toda la noche, siempre reafirmando su presencia y su posesividad con una mano en la cintura delgada o en ese redondo culo.
Era frustrante y cansado hacerle entender a la gente que Sergio ya no estaba en el mercado, que no estaba disponible para nadie que no fuera él, que eran eternamente felices juntos y que, por más que le propongan ofertas jugosas y casi imposibles de rechazar, nunca romperían.
¿Es que acaso debe ponerle un maldito collar con su nombre a Sergio para que todos vieran a quién le pertenece? Ganas y razones no le hacían falta. Max era un celoso y posesivo de primera mano que le gustaba marcar a Sergio de muchas maneras para hacerle ver a los demás que él era suyo. Desde que conoció a Sergio y concluyó que él sería su novio —compañero, marido y alma gemela—, Max no ha dejado de crear escenarios y fantasías en dónde su nombre era tatuado con tinta negra sobre la piel morena, o en dónde su esperma se impregnaba en ese exquisito culo apretado.
Con todo lo que ha pasado, con toda esa atención no deseada, tal vez Max deba empezar a ser menos considerado, menos educado, menos respetuoso, y cogerse a Sergio frente a todos. Darles un maldito escarmiento visual a toda esa gente descarada para que dejaran de insistir en algo que nunca tendrán porque ya le pertenecía a Max desde el primer día que su atención se fijó él; y como el hijo de puta que era, se los presumiría para que les entrara en sus tontas cabezas que él era el único que podía reducir a ese hombre varonil y coqueto, todo un héroe nacional, a un simple cualquiera que le abre las piernas solamente. . porque se lo ordena.
Tal vez eso era lo que hacía falta: una demostración de primera toma de él marcando ese delicioso culo con su enorme verga, llenándolo hasta que rebose y explote con grandes cantidades de su esperma, o de él saltando sobre el regazo de Sergio y adueñándose de su carne deseada y codiciada.
Era lo que necesitaban todos, lo que necesitaba Sergio para que dejara de ser una maldita zorra con cada hombre que se le acercaba, y lo que necesitaba Max para calmar el león furioso que daba vueltas en su cabeza.
Amaba que su novio fuera fácil de querer y de apreciar, pero no soportaba el hecho de que casi les abre las piernas a las personas y los invitan a colarse entre ellas con tanta facilidad —culpa al pasivo de Lando por influenciarlo.
Era la piedra pesada encadenada a su tobillo con la que caminaba todos los días por tener un hombre tan codiciado como Sergio a su lado.
Tan carismático y viril. Pero al mismo tiempo tan descarado y… fácil de someter.
Eh …
Max suspira, es el único aire tranquilo que la ira le concede después de capsular todo su coraje hasta esta noche.
Sus codos se quedan recargados en sus rodillas y sus manos entrelazadas están por debajo de su barbilla, sosteniendo el peso de su cabeza y de sus pensamientos poco claros. Max está cansado y, sobre todo, harto de toda la situación de la fiesta que, aunque ya han pasado tres días desde entonces, todavía lo persigue, quiere tanto irse a dormir y que la almohada le ayude a apaciguar su mal humor —se pone como gato rabioso cuando no consigue un buen descanso—, pero cuando mira al frente y contempla los esfuerzos de aquel hombre por liberarse de sus nudos, Max no puede ir y dejar todo como si nada estuviera pasando.
Tenía que hacerse cargo de lo que su propia mano hizo, sacar ese pequeño —gran— rencor albergado en su pecho y así encontrará la tranquilidad en el mar turbulento de sus emociones en el que estaba navegando.
De rodillas sobre el blanquecino y frío piso con su desnudez reluciendo bajo la luz del techo, amordazado con una bolita anaranjada entre sus labios, y con complejos nudos y trenzas atados alrededor de todo su cuerpo, Sergio yace allí, no muy lejos de su presencia. . en la cama, siendo un completo desastre sensible y tembloroso que no paraba de sollozar desde hace más de media hora.
Sus manos se encuentran atadas e inmovilizadas detrás de su espalda, provocando un arco en su columna vertebral y resaltando, en consecuencia, los relieves de su gordo y abultado pecho que sobresalen entre las trenzas del lazo rosa que Max, él mismo, ajustó —enterraría su cara en él, mordería esos pezones erectos y los maltraría sino fuera porque aún esta molesto—; hay una vara metálica esposada a los tobillos de Sergio, los cuales permanecían debajo de sus nalgas, que separaba sus piernas y que hacía que esos muslos fuertes permitieran ver, en medio de ellos, su verga erecta confinada a la tortura de un catéter de color. . plateado que le negaba la tan necesaria expulsión de su esperma que se estaba acumulando en los testículos.
Está posicionado de manera que quedará expuesto, dócil y sin la capacidad de liberarse por sí mismo. Sometido a la humillación por su descaro y falta de vergüenza.
Lo oye quejarse y rogarle mientras se removía en su lugar, las palabras salen sin ningún hilo de entendimiento por la mordaza en la boca y la saliva escurriendo fuera de ella. Puede comprender lo que su novio le trataba de decir, lo mucho que quería que lo ayudara en su tortura sobreestimulante, pero eso a Max no le conmueve y tampoco lo incita a hacer algo para acabar con tal suplicio.
Está demasiado ocupado en su propio enojo y en los celos que lo carcomen como para fijarse y preocuparse por el terrible dolor que Sergio ha de estar sintiendo, puede ver la desesperación en sus movimientos, lo entumecidas que han de estar sus piernas y brazos tensados. Ha dejado en esa posición al mexicano por más de cuarenta minutos como venganza y no ha hecho nada para calmar los gimoteos y los constantes sollozos que expulsaba de su garganta.
Si no estuviera tan enfrascado en sus emociones, Max ya se habría deshecho de todas esas restricciones y resignado a solo tener sexo salvaje con unas cuantas nalgadas; penetraciones duras con el fin de descargar todo su enojo y expulsar su esperma hasta el fondo.
Su novio pidió ser consolado y tratado de forma diferente, ¿pero cómo puede pedirle consuelo cuando no se lo merece? ¿Cómo podía pedirle que lo tratara con dignidad cuando en la fiesta se comportaba como una maldita zorra?
Así no eran las cosas.
Así no funcionaban para Max.
—Vaya, mijn liefje . Te dejo en México creyendo que te ibas a comportar, pero veo que eso es imposible—uno de sus dedos rasca la línea dura de su mandíbula, raspando la yema con su barba de algunos días—. ¿Te divertiste en la fiesta, verdad? Se nota lo mucho que te encantaba estar rodeado de toda esa gente, tocándote, hablándote tan íntimamente, siendo tan permisivo con ellos... ¿Sabes lo que dicen de ti en redes, maldita perra?
Sergio chilla.
—Que eres una puta, un necesitado, un desesperado para que alguien te ponga en cuatro y te rompa el culo. Dime algo Sergio, ¿acaso me eres infiel, inutil imbécil que abre las piernas a cualquier otro hombre?
El cabello castaño se sacude repetidas veces ante las negaciones de Sergio, no paraba de repetir «no» a pesar de que la mordaza le impedía gesticular correctamente.
—Me dices «no», que no es cierto, pero en esos malditos videos pareces que estabas tan contento que ese maldito Carlos Slim te comiera el culo con los ojos. ¿Hubieras dejado que tú queridísimo “amigo” te cogiera en ese club, que te tocara cómo yo te toco, maldita zorra?
El hombre vuelve a negar, desesperado.
—Entonces ¿por qué cada vez que veo esos vídeos estás tan sonriente? ¿Acaso eres la perra de esos imbéciles y no me lo has dicho? ¿Quieres que otros hombres entren en tu apretado agujero necesitado y te usen de depósito de esperma? ¡Dime, Sergio o me iré!
El hombre vuelve a negar, desesperado.
—Entonces ¿por qué cada vez que veo esos vídeos estás tan sonriente? ¿Acaso eres la perra de esos imbéciles y no me lo has dicho? ¿Quieres que otros hombres entren en tu apretado agujero necesitado y te usen de depósito de esperma? ¡Dime, Sergio o me iré!
El ambiente en la habitación, ya siendo candente en el momento que se dió inicio aquella situación particular, se volvió mucho más densa y oscura de lo que ya era. El llanto amortiguado de Sergio se torna más audible y más notorio al igual que los constantes forcejeos de sus brazos por liberarse, está tan desesperado por alcanzar a Max y disminuir la distancia entre los dos que sus lamentos eran capaces de escucharse por toda la habitación. Sin embargo, los nudos bien hechos y estructurados en su cuerpo, la vara entre sus piernas y el punzante dolor en su miembro, lo obligan a detenerse y someterse a las restricciones, a la frustración ya los constantes gimoteos causados por ligeros temblores, acompañados de sollozos y lágrimas.
Se siente patético, humillado, vulnerable y muy necesitado .
No quiere que Max se vaya, ruega a quien sea que esté arriba en el cielo para que su novio permanezca en la habitación, aún cuando no merecía tenerlo allí. Era un gusano, un maldito gusano al que deberían pisotear y escupirle en la cara por desobediente y descarado, se ganó el castigo por permitir que un hombre que no fuera Max lo tocara e invadiera su espacio personal. No debería haber ido a esa fiesta en primer lugar. Pero tampoco podía negarle la invitación a Carlos, su amigo e inversionista principal; ya Carlos, su compañero de parrilla y el ganador de la carrera de su casa.
Necesitaba que Max se hiciera cargo de él, que lo cuidara de sí mismo y lo mime, está demasiado sobreestimulado que no piensa con claridad y le cuesta hacer las cosas o tan siquiera formular una oración, que estaba claro que no podría gesticular adecuadamente por más que se esforzara. No puede sacarse el catéter de su uretra, la razón de muchas de sus molestias, y tampoco puede sacarse el vibrador en su agujero, el cual no le ha dado descanso desde el momento en que Max se lo insertó y lo subió en el nivel más. alto. .
Por más que haga ruido o tentara a su novio, Max seguía permaneciendo sentado en la cama, mirándolo cómo si fuera una piedra en su zapato y no el hombre al que quería bajarle la luna y las estrellas.
La falta de compasión en sus ojos era inquietante, más frívolo que el duro piso en el que está arrodillado. Lo hace sentir nervioso, emocionado y aterrado al mismo tiempo, Max era impredecible y no sabe cuando podría atacarlo el león.
—No quieres que me vaya, ¿verdad, slet hoer ? (Puta zorra) ¿Es por qué temes que nuestra relación se quiebre o por qué tu inútil y pequeño pene necesita que lo atienda?
Sergio ni siquiera contesta, está demasiado enfrascado y abrumado por las sensaciones de sus nervios siendo atacados constantemente. Es demasiado sensato.
—Quieres que me quede para verte suplicando y chillando, comportandote como un ninfomano ¿No?—Max se levanta lentamente de la cama con su rostro enmarcado por la luz de la habitación y la sombra de sus cabellos caídos, sus pasos son sutiles, pero seguros, y cuando queda frente a Sergio, Max sonríe como todo un desgraciado—. Porque solo mírate, maldita perra, te ves tan patético llorando de esa forma.
Se ríe, colocando sus manos en sus bolsillos. La punta de su zapato se adentra en el espacio entre las piernas abiertas, acariciando superficialmente la piel del muslo interno hasta llegar al miembro hinchado que ya ha adquirido un color más oscuro y peligroso. Mueve el tronco con delicadeza, apenas rozando, pero aquel toque superficial suficiente para que Sergio se doble y gima como un maniático.
—¡Mmm!
Presiona la verga contra el vientre de su novio y no le interesa si eso acrecienta aún más el dolor en él.
—Eres tan patético Sergio, con esa verga tuya siendo pequeña e inútil. Ni siquiera sirve para otra cosa además de orinar, debiste haber nacido mejor con un pequeño coño húmedo, así tendrías un mejor uso que esa cosa que te cuelga entre las piernas porque lo único para lo que eres bueno es para abrir las piernas y ser mi deposito de esperma.
Sigue con su zapato sobre el pene de Sergio, presionando y pisandolo, observando hasta donde aguantaba el hombre.
—No mereces tener pene y llamarte hombre si lo que haces es digno de toda una maldita cualquiera. Está noche tu agujero y tu culo serán el receptor de todos tus castigos y no verás mi mano tocarte la verga, te vendrás cuando yo diga y quiera, y no te tocaras en ningún momento porque me haré carga que lo lamentes, teef (puta).
—¡Aaah!
A Max le hubiera dolido ver tal escenas como a cualquier otro hombre, el pene era un órgano demasiado sensible que cualquier golpe en el era como experimentar el infierno mismo, no imagina el caos que ha de ser Sergio por dentro cuando presionó todo su peso en su pobre y pequeño pene contra su vientre, algunas gotas de semen a duras penas pudieron escapar cuando el catéter se movió y las lágrimas que no han dejado de caer desde el comienzo se convirtieron en un caudal más agresivo e imparable.
El hombre chilla y llora con tal magnitud que probablemente un huésped ya los ha escuchado, cualquiera que rondara fuera de su habitación sería testigo de los lamentos de Sergio.
—Ya me escuchaste.
El neerlandés está satisfecho con el sufrimiento de su pareja, satisfecho de verlo sucumbir ante el dolor, sonríe como un hijo de perra sintiéndose excitado por la forma en que Sergio se redujo a solamente a un saco de lamentos y lágrimas derramadas. La actitud dócil, los ojos cristalinos y las lágrimas salpicando todo el rostro de Sergio era una bonita imagen que lo calentaba demasiado.
Se pregunta si habrá un límite para todas esas lágrimas, cuánto más soportará antes de que se quede sin ellas y lo único que saliera de sus ojos fueran sus súplicas silenciosas. Quiere tanto pasar su lengua por aquellas mejillas húmedas, limpiarlas y probar el sabor de la desesperación combinado con el sudor y la excitación.
Volver a ver esas lágrimas salir de aquel par de ojos tan bellos que reflejan el color verdoso de un campo silvestre en pleno apogeo de primavera.
Necesita ver ese oscuro reflejo cristalino debajo de su cuerpo, debajo de su dominio, y ponerlo en blanco cuando penetre el agujero de Sergio hasta el fondo.
No hay palabras para describir exactamente lo que Max siente, pero el dolor bajó su pantalón resume todo lo que estaba ocurriendo dentro de él.
Quita su zapato del regazo de Sergio, liberando al pobre hombre sollozante de su pequeña y breve tortura adicional, sus manos bajan hacia el botón y el cierre de su pantalón, y con un solo movimiento saca su propia verga ya erecta mostrandosela a Sergio e indicandole sin decir nada lo que está pasando a continuación.
Las pupilas de Sergio se dilatan aún más cómo si fuera un hombre adicto a la heroína, sus fosas nasales se expanden cuando el aroma almizclado de la verga de su novio pasa cerca de él y sus muslos tiemblan cuando Max se cuela entre ellos.
Max bombea su pene para que el esperma salga de su uretra, pasa la punta viscosa por la mejilla regordeta de Sergio, esparciendolo por la piel caliente como si se tratara de un pincel bañado en acrílico; su otra mano se encarga de desatar la mordaza y de quitarla de la boca ajena, la pequeña bolita anaranjada está cubierta de saliva que, por un instante, Max considera usarla con Sergio en el futuro cercano, ya sea para reemplazar el vibrador en su agujero o volverlo a colocarlo mientras se lo cogía.
—¡Ah, ah!—jadea con fuerza el mayor—M-Max…
—Nada de «Max», maldito inútil. Le daré buen uso a esa boca tuya, así que cállate y traga.
Jala con fuerza el cabello esponjado y desliza su erección en la boca húmeda y caliente de Sergio, obligándolo a chupar ya mamar hasta que la punta toque el fondo de su garganta. Los sonidos acuosos que acompañaban la voz amortiguada de Sergio llenan las paredes de la habitación y los oídos de Max cómo una hermosa sinfonía candente, su cabeza se echa hacia atrás ante el agraciado recibimiento de aquellos perfectos labios y esa lengua experimentada. El calor vocal es sofocante y adictivo, siente su verga temblar dentro de Sergio e inundar su boca de esperma denso y abundante.
No deja de mover sus caderas y mucho menos suelto el cabello de su novio, sus estocadas demuestran el coraje con el que se desquita, y su respiración pesada y entrecortada solo avisa que su orgasmo estaba cerca. Ahogó a Sergio con toda la extensión de su verga hasta chocar contra el pubis de su pelvis, una y otra vez sin descanso y sin respiro para calmar las arcadas. La nariz pequeña llena de pecas se veía bien bajo su mata de rizos cobrizos, bajo su pelvis en dónde el nudo de su orgasmo estaba a punto de desenredarse.
Cuando llegó al clímax tan deseado, Max gimió sonoramente, siseando entre sus dientes por el éxtasis fluyendo en su sangre. No se apartó de la boca de Sergio hasta que ver que se tragara todo su esperma, cada gota que llegaba a deslizarse entre los labios era devuelta con la punta de sus pulgares y de sus dedos, masajeando las mejillas y esparciendo lo poco que acumulaba de sus fluidos propios por aquellas pecas y barba creciente.
Al deslizarse, su verga y los labios delgados se conectaban entre hilos acuosos de saliva y semen, provocando que Max quisiera volver adentrarse para experimentar ese calor exquisito rodeándolo nuevamente.
Otra vez pasó su pene húmedo por la cara de Sergio y jugó con sus labios, abriéndolo en par en par con su glande sonrojado, hasta que tuvo suficiente.
Max dejó a un lado su miembro y decidió acariciar el rostro de su novio, contemplando la belleza pintada en ella, apreciando lo bonito que era, sus dedos lo recorrieron y permitió que Sergio se sintiera seguro antes de su mano se levantara y le propinara una cachetada. El impacto fue ensordecedor y el rojo pintó el lado izquierdo del rostro de Sergio.
—Te lo mereces.
Otra bofetada le fue propinada, ambos lados estaban ardiendo con la piel siendo impactada por la mano dura de Max, el llanto que ya se había calmado vuelve a surgir y Sergio pide perdón otra vez.
—P-Por favor Max, lo siento.
—Tus palabras no me bastan Sergio.
Recibido otras dos bofetadas, Max se detiene para permitir que Sergio descanse de la violencia y tome un respiro antes de continuar. Conocían los límites del otro y, hasta que no oír la palabra de seguridad, ninguno se detendría.
Max aguarda con paciencia hasta oír que el llanto cese y juzgar él mismo si es necesario continuar, Sergio seguía llorando recargado sobre su pierna, restregándose como un pequeño cachorro hambriento de afecto mientras lo miraba con enormes esos ojos marrones; temblaba y no paraba de murmurar su nombre cómo un mantra que lo ayudará a atarlo a la tierra, a su realidad.
Se nota cansado por la forma en que sus hombros caen y sus ojitos lo miran, está demasiado jodido en su subconsciente como para consensuar el siguiente acto. Y por mucho que Max quiera ya de una vez seguir con los castigos, tenía que esperar.
—Me duele Max—gimotea Sergio, sus mejillas sonrojadas se atenúan más conforme las rozaba contra el pantalón de mezclilla.
Los dedos del neerlandés acariciaron los cabellos húmedos y suaves del mexicano, pasando entre las hebras castañas para otorgarle un breve masaje que hizo estragos en la espina dorsal de Sergio. El toque suave y gentil lo hizo sentir complacido y querido.
—S-Se siente bien—Max baja la mano hacia la mandíbula de Sergio, acariciando la barba corta y pasando su pulgar por los labios hinchados en dónde la tímida lengua de Sergio se asoma para lamer la yema.
—Sí, ¿sproeten ? (Pecas) ¿Suficiente para continuar, Checo?
—S-Sí, Max.
Por mucho que la razón de este encuentro tan… particular era para desquitar todo su enojo y frustración, Max no podía permitirse ser un bruto salvaje aún cuando tenía el permiso de su pareja. Sergio estaba demasiado vulnerable y dopado de hormonas como para consensuar algo, debía respetar los tiempos y el espacio que necesitaba su novio para recuperarse y ser más consciente de lo que sucedía a su alrededor. Su deber era ayudar a tranquilizarlo y hacerle saber que todo está bien.
Su mente celosa y caliente quiere cogerse de una vez a Sergio, hacerle sentir el mismo dolor que sintió cuando lo vio bailando con el idiota de Slim. Pero la parte más consciente, razonable y responsable de él también quiere esperar un poco más, estar completamente seguro de que puede continuar.
La última vez que ocurrió un incidente, Max lamentó mucho haber saltado los cuidados posteriores; Sergio se cerró a él durante un largo tiempo antes de recuperar la razón. Contempló cómo los espasmos post orgásmicos y la tristeza consumieron al mexicano al punto de nublar sus sentidos.
Su último acto de bondad y compasión es en una caricia en el cabello antes de regresar a ser ese malnacido hijo de puta que solo pensaba en infringir dolor y buscar su propia satisfacción.
Sergio lo miraba expectante con sus pupilas negras a cubrir todo el iris de sus ojos, siguiéndolo como un gato concentrado a la espera de algo inesperado. Max quita su mano de él y la dirige hacia su pene semi erecto, su mano callosa y caliente lo hacen suspirar ya tocarse con un suave vaivén que lo hace gotear poco a poco, embadurna su mano hasta tener una cantidad suficiente en ella y pasa su fluido por la piel pecosa y morena de Sergio. La viscosidad, el olor y la sensación del esperma deben darle asco o incomodidad, pero Sergio gime mientras Max lo llena de su semilla, incluso abre sus delgados e hinchados labios cuando los dedos los rozan y se adentraran a su boca.
—Lame, Checo.
Obedece, Sergio limpia las falanges lenta y seductoramente, pasa la punta de su lengua entre los pequeños pliegues, lamiendo cada gota de esperma hasta no dejar nada. Su cara brillaba con el semen secándose en ella y sus labios han adquirido otro tono más bonito que tentaba a Max besarlo o volverle meterle la verga.
Sujeta su barbilla con sus dedos, masturbándose nuevamente, goteando cada vez más esperma, y mientras Max jadeaba e iba más rápido con sus movimientos, su mano libre abofeteó la mejilla de Sergio, una y otra vez. Cuando estuvo cerca del orgasmo, Max jaló con fuerza el cabello alborotado de Sergio y echó para atrás su cabeza para que toda su corrida —hilos espesos y blancos— cayera en todo su cuerpo.
—M-Max… ah…
—Te gusta, ¿cierto?
—S-Sí…
Max suelta a Sergio y guarda su flácido pene dentro de su ropa interior —solo es cuestión de tiempo para que se convierta en una carpa—, el moreno gimotea ante la pérdida de tacto y se remueve ante lo adolorido que estaba su entrepierna; Max casi sisea por lo hinchado que estaba el pene de Sergio, el mismo puede imaginar lo horrible que ha de sentir ese catéter metálico en la uretra.
Camina hacia los tobillos de Sergio, con una mano en el bolsillo de su pantalón buscando la pequeña llave de los seguros metálicos, mientras se agacha para liberar a su pobre novio, contempla su maravilloso trabajo de bondage que se coronaba en la parte de la espalda. . . de Sergio. Estaba ajustado pero no lo suficiente para causarle dolor o molestias nocivas al moreno, sus pequeñas manos están sujetas una contra la otra y sus nalgas —redondas y pequeñas— parecen resaltar aún más con la línea de la cuerda en su coxis. Vibraban, se movían bajo la tortura del pequeño vibrador metido entre ellas. Puede ver las pecas salpicadas en ellas y el deseo por dejar la marca de su mano se vuelve casi bestial.
Una vez liberadas las piernas de Sergio, Max lo ayuda a levantarse, tomándolo de la cadera y conduciéndolo directamente a su cama. Sergio tropezó varias veces en el corto camino debido al entumecimiento y al dolor en su pene, al punto que Max cargó con todo su peso hasta que ambos quedaron sobre el colchón.
Max se sentó con Sergio recostado boca abajo en su regazo, el hombre levanta la cadera para que el muslo de Max no roce la punta de su hinchado glande, cada vez que la mano grande lo intentaba someter, Sergio se quejaba de dolor.
—Tienes que obedecer, perra—la nalgada llega sin aviso, Sergio cierra los ojos y se muere el labio—. Aquí no estoy para compadecerme de tí, tú estás aquí para sufrir con las consecuencias de tus actos y una de ellas es que estés completamente echado en mi regazo.
—¡Ah…ah!
—Así, Checo. Sé obediente.
Max jala del cabello y por consecuencia jala la cabeza de Sergio, el neerlandés quiere ver la expresión de su novio mientras abofeteaba sus nalgas y torturaba su pequeño agujero. La segunda nalgada llegó y los ojos marrones se tornaron aún más rojos y cristalinos, los labios quedaron apresados debajo de los dientes superiores y el único sonido que salió de Sergio fue un pequeño «Mmh». Eso no quería Max, quería otra cosa más viva y cruda, ver el dolor en esa bonita cara de millones de dólares, siguió con una tercera y cuarta nalgada, y no fue hasta la quinta que obtuvo lo que quería.
Sergio ya no aguantó más y su boca se abrió para soltar sus alaridos y lamentos, las lágrimas enjuagaban el sudor y los rastros de semen secos de su rostro, el rubor pintaba toda la dermis hasta bajar a su cuello horrible, en dónde podía ver la nuez de Adán temblando con cada gemido y sollozo que salía de Sergio. El cuerpo más pequeño que el suyo temblaba y se encogía en sí mismo, sus dedos se adentraron entre las grietas de las nalgas hasta encontrar la pequeña cola de plástico delgado del vibrador, juega con los antes de jalar el pequeño aparato hasta tenerlo asomándose por el borde del agujero de Sergio, penetra el interior del mayor sucesivamente.
—¡Ah, Max! ¡Máximo! ¡P-Para, por favor!
—Esa no es la palabra clave—susurra Max en su oreja, siguiendo con las penetraciones en Sergio—. A no ser que la digas, no me detendré, Pecas.
—¡Ah, Max!
Suelta el cabello, dejando caer la cabeza de Sergio contra el colchón, una mano se encarga del vibrador mientras otra continúa con las nalgadas que incluso llegan a la parte interna de los gordos muslos. Obliga a Sergio a separar las piernas para que su palma apriete los testículos y pueda tener más espacio para seguir abofeteando, se inclina hacia la curva de las nalgas y dejé una mordida allí, todo mientras Sergio se retorcia y no paraba de decir su nombre.
Estaba excitado, Max podía sentir que estallaría en cualquier momento, ya no es el enojado deseo de poseer de cualquier forma a Sergio lo que lo mantiene cuerdo, sino la necesidad animal de verlo perdido y con los ojos en blanco ante su fuerza y su enfado. .
Perdido en su excitación, satisfecho de ver esas nalgas rojas y marcadas, Max baja a Sergio por completo en el colchón, con su pecho rozando el edredón, para comenzar a quitarse la ropa y quedar completamente desnudo. Va por el bote de lubricante colocado en una pequeña mesa y se esparce suficiente en los dedos que van directamente al agujero dilatado de Sergio, es rudo cuando los mete, presionando sus yemas contra el vibrador para adentrarlo aún más y que rozara la próstata, provocando que los espasmos se convertirán en convulsiones y su nombre se volverá en algo sin completa coherencia.
Se deleita con el ruido húmedo, la voz quebradiza y sus gruñidos reprimidos, a eso se le agrega el impacto de su palma contra la piel del muslo de Sergio y su pene casi explota ante ello.
—Este es tu lugar, Sergio. Sometido, en cuatro y con tu culo abierto y mojado—sus dedos salen y con ello el vibrador, que se queda encendido sobre la cama, a un lado de Max—. Mírate como lloras por ser lleno por una verga, maldito inútil. Más que un pequeño agujero parece un coño necesitado—Max toma su verga, pasando entre las nalgas todo su largo, terminando embestir el agujero que se abre y se cierra—¿Es eso tu pequeño agujero, Sergio? ¿Un coño listo para recibirme y ser mi depósito de esperma?
Los labios de Max besan la curvatura de las nalgas, bajando poco a poco hasta llegar al agujero de Sergio, reúne saliva suficiente y escupe sobre el un hilo frío y viscoso que se combina con el lubricante.
Brillante y tentador.
—Contesta, verdomde slet (Maldita puta)—abofetea el agujero
—¡Mmhg!—Sergio lloriquea—S-Sí, es un coño humedo q-que está listo para ser llenado, M-Max.
—¿Y qué más?
Sergio gimotea al instante que la verga de Max amenaza con penetrarlo, la punta del glande solo hace cosquillas el borde de su agujero.
—Vamos, Checo, responde. Que. Más.
—Y p-para ser tu depósito de esperma-¡Ah, Max… ah!
La estocada es precipitada e impulsiva, un movimiento casi imbécil que le saca todo el aire a Sergio y lo hace llorar de dolor, Max se enterró en él hasta que su pelvis impactara contra sus redondas nalgas y sus bolas rozan las suyas, el enorme hombre. . . —en más de un sentido— lo penetra lento pero duro, gruñendo y gimiendo contra su oreja, tomando el nudo de sus muñecas y su cadera.
Max somete y doblega a Sergio con su peso, su verga, sus manos y su presencia, manteniendo al hombre consagrado y devoto debajo suyo, poseyendo cada rincón y centímetro de su cuerpo reclamandolo hasta solo dejar nada más que un manojo de nervios sensibles y ojos. . . oscurecidos por el placer. Cada embestida, más rápida y errática que la anterior, borra las huellas invisibles de manos descaradas, borra la presencia de miradas atrevidas y borra la actitud coqueta de Sergio hasta solo tener a un completo sumiso pidiendo y rogando a qué pare o que continuar.
Su cerebro se enfrasca en emociones y fantasías, en la crudeza debajo de sus manos y el calor alrededor de su verga, Max ya no es un hombre razonable, todo está sumergido en el desespero enfadado por dejar en claro de quién era Sergio, a quien le pertenecen; solo pensaba con su pene y su ira.
—S-Sergio… ah… tu coño se siente tan bien. Estás tan apretado y muy húmedo, no eres más que una cualquiera que se abre de piernas cuando ve una verga.
El chapoteo de sus bolas golpeando contra las nalgas, sus pieles uniéndose en sincronía y el rechinar suave de la cama, se escucha en toda la habitación al igual que las voces quebradas de ambos hombres y sus respiraciones entrecortadas.
Max Balbucea palabras sucias que hacen perder la cabeza a Sergio, su charla sucia hace temblar todo su cuerpo, la manera en cómo lo denigra a una puta con un coño femenino es humillante y excitante al mismo tiempo. Solo en raras ocasiones le gustaría saber que era tener una vagina, ser llena hasta el cuello de la matriz y exprimir por completo a Max hasta dejarlo sucumbiendo.
Su pene duele como el demonio, arde un nudo en su vientre que amenaza con estallar y hacerlo gritar, el catéter solo retrasa lo inevitable y eso a Sergio ya no le gustaba. Necesitaba correrse, mierda, necesitaba tanto expulsar toda su semilla o cree que va a desmayarse. Oh santo infierno.
—Ah… ah… ah… ah…
—Dama, puta . Eso es lo único bueno que sabes hacer además de recibirme—Max lo toma de la cadera con ambas manos y lo embiste con más fuerza—. No sirve para nada más ni siquiera para correr. Deberías mejor arrodillarte y chuparme la verga antes de las carreras, dejarte coger sobre el monoplaza y llenarte de esperma todos los días. Solo imaginalo Sergio, caminando con un bonito plug en tu agujero rebozado de esperma, esperando por mí para ser cogido en mi driver room.
—¡Max… ah… cielo!
—Llenarte la boca de semen y mostrarle a los demás lo zorra que eres—su mano abofetea la nalga sonrojada—. ¿De quién eres, pedazo de mierda?
—T-Tu…
Otra nalgada.
—¿De quién, Sergio?
¡Plack!
—¡T-Tuyo Max, ah, tuyo!
Max se corre con fuerza, su voz se torna más grave y el gemido es casi animal, siente como su cuerpo y su verga tienen espasmos y el calor de Sergio se vuelve más intenso. Con la niebla de la serotonina en su cerebro y su hambre y su necesidad tomando las riendas de su control, Max, por más que la imagen del agujero de Sergio chorreando su esperma lo tiente a volverlo a penetrar o pasar su boca sobre el, se recuesta en la cama y obliga a Sergio a subirse a su regazo a qué lo monte y se penetra a sí mismo.
Su novio, tan lindo y sexy, se ve magnífico sentado sobre él, una maravilla que debe tratarse con delicadeza y rudeza al mismo tiempo, el esperma que había goteado sobre su rostro, su garganta y su clavícula ya se había secado, su pecho. o más bien tetas— sube y baja conforme su respiración se va calmando después de la primera ronda de sexo; la mano de Max aprieta el relieve ausente de vello y pellizca el pezón marrón entre sus dedos.
Era muy bonita.
—Sí, Maxie.
—Aún no hemos acabado, sproeten (pecas).
Baja su gran mano por el gran pecho, acariciando las intrincadas trenzas del lazo rosa hasta bajar a la cadera en donde la suave grasa bajo la piel se aprieta, ayuda a Sergio a bajar poco a poco gimiendo cuando su pene es nuevamente recibido por el calor. . ajeno y la humedad de su esperma recién depositado, los dos jadearon y con una pequeña palmada en el muslo interno del mexicano, lo incita a que se moviera.
—Muévete, ahora mismo.
Sergio lo hace, a regañadientes, casi negándose debido a la incomodidad del catéter y el cansancio, es lento y cuidadoso, pero Max no tiene la suficiente paciencia para soportarlo. El neerlandés alza sus propias caderas y cada vez que Sergio bajaba las suyas, él las subía, impactando de lleno contra el apretado agujero.
—Monta la verga de tu novio, slet (puta).
—N-No aguanto, Max…—chilla el mexicano—Dejame correr, amor.
—¿Eso q-quieres?
Max no deja de penetrar a Sergio, sus manos están sujetas con fuerza sobre la cadera y sus dedos curvados sobre la soga.
—¿Cuánto quieres correrte?
Sergio asiente, sollozando.
—S-Sí.
Las lágrimas caen incluso sobre su esternón, sus ojos están tan rojos e hinchados igual que sus labios después de morderlos, Sergio ya no estaba soportando un minuto más del sexo denigrante y restrictivo, no con esa cosita jodiendo su uretra, y mucho menos con Max. . . negándole un descanso.
Esa verga la siente acomodando sus entrañas, removiendo su interior y manchandolo semen, le gustaba cuando Max lo tomaba así de rudo y sin preámbulos, sentirlo vivo y real a pesar del dolor que vendría posteriormente.
Su respiración se corta en el momento que los dedos de Max tocan su erección —mierda, duele.
—Ya crees que mereces que te bastante esto, desgraciado?
—¡Máximo!
El susodicho había jalado levemente del extremo del catéter.
—Te dije que te correrás cuando yo quiera, no cuando tú quieras—embiste, mandando la cabeza de Sergio hacia atrás tras el roce de su pene contra su próstata, su cuerpo cae poco a poco hacia su pecho, cansado y demasiado sobreestimulado—. Pero si quieres que te saque esta cosita de tu uretra, entonces lo haré.
—¡Es-espera Max-Ah, puta chingada madre !
Fue liberador, doloroso y ardiente como hierro fundido, en el instante que Max jala sin reparar el largo catéter, el interior de Sergio explota por completo, y no solo es semen lo que sale de su uretra, no tiene control de su esfínter y la orina moja el abdomen firme de Max. Siente que va a morir, que aparecerá la parca y se lo llevará a otro lado. Es asqueroso sentirse tan mojado, tan humillado. Sergio terminó recostado por completo sobre Max, siendo penetrado hasta que el rubio tuvo su segundo orgasmo en su interior.
El pecho suave pero firme de Max amortigua su voz sollozante y sus aletargados gemidos, Sergio llora con seguridad y no puede detenerse aún si Max se lo exigía. Su novio había logrado lo que tanto quería, convertirlo en un saco sensible de piel marcada.
—M-Max… M-Maxie… M-Max…
—Shhh, tranquilo, Checo.
Las manos que lo han abofeteado y nalgeado, también eran capaces de ser suaves y tocarlo con delicadeza, Max lo calma y lo arrulla mientras besa su frente y deshace del nudo de sus manos. La soga se afloja en todo su cuerpo y es libre de mover sus brazos, pero Sergio no tiene la fuerza suficiente para hacerlo y queda tendido sin mover ningún músculo. Aún está consumido por el cóctel de hormonas y la sobre estimulación, porque cuando Max le preguntó cómo estaba, Sergio no contestó y siguió pidiendo, entre balbuceos, ser consentido.
Los minutos pasaron entre besos y suaves toques hasta que Sergio logró calmarse y tuvo la capacidad de decir palabra.
—Oye, pecas. Espero no haber sido demasiado duro—Max le da un suave beso en los labios y dos en los párpados cerrados—. Me preocupé cuando no me contestaste.
—E-Está bien, Max—el moreno sonríe—. Sabe cómo me pongo después de este tipo de cosas, leoncito .
—Sí, lo sé. Pero no quita el hecho de que puedo llegar a ser un poco brusco y lastimarte. ¿Te duelen los brazos? Diez centavos.
Sergio niega—No, solo me duelen las nalgas y el pene, eres un maldito Max.
Max se burla—Y tú un masoquista, Checo.
La pareja se ríe y se vuelve a besar, el gesto es lento y con el fin de brindarse amor y apoyo, cuando se separan, ninguno tiene la voluntad de levantarse, no aún.
—Max, quiero pedirte perdón por…—la voz de Sergio se vuelve baja, tímida y abochornada, Max lo mira con confusión pero con una sonrisa en la boca que hace que se sienta cohibido—... orinarte. Yo no creí que llegaría a hacer eso.
Sergio recuesta su cabeza en la clavícula de Max, escondiéndose de él y sus dulces ojos.
—No te preocupes Checo, te tenía demasiado lleno y estimulado. Perdóname tú a mí—deposita un beso en el cabello oscuro. Su mano acariciaba el pequeño bulto del costado de Sergio, hundiendo sus dedos.
Permanecen quietos por un pequeño rato más sin decir nada hasta que Sergio se levanta y se sienta en el regazo de Max. Cuando mira en medio de sus piernas, quiere enterrar la cabeza en la tierra. La orina aún sigue fresca combinada con el esperma.
—Hay que limpiarnos, cariño.
—¿Sexo en la ducha?—sugiere el neerlandés, apretando el glúteo lastimado.
—Atascado…
—Por ti sí y mucho más.
…
La baldosa de la bañera es fría y está mojada, duele bajo sus rodillas y sus nalgas adoloridas, pero eso no le importa a Sergio mientras Max usaba su boca como juguete sexual, entrando y saliendo de él, jalando su cabello y su nuca.
—Lo haces muy bien, perra. La noche todavía no acaba y quiero tu agujero otra vez escurriendo semen.
Hace rato que la llave de la regadera ha sido cerrada y lo único que humedece la piel de Sergio son los rastros de agua con los que se duchó y una gran cantidad de esperma espeso mojando su rostro, era la segunda vez que se la mamaba a Max, el menor no parecía tener límites. Era como un semental listo para esparcir su esperma en todas partes.
—Mmh, sabes tan bien, Maxie.
Lame el falo con la lengua, limpiando todo el fluido y sorbiendo la uretra para luego besar y estrujar los testículos de Max, se afianza de los carnosos muslos y deja que Max lo vuelva a usar hasta que se corre.
Se besan sin importar que haya semen de por medio, Max aprovecha para meter sus dedos en el agujero limpio de Sergio y proceder a dilatarlo, el moreno los masturba a ambos mientras tanto, y sus propias exhalaciones empañan el vidrio y los espejos del baño. Ni siquiera piensa en lo incómodo que será la posición cuando Max recarga a Sergio en la pared, lo voltea y alza su culo listo para coger.
Le da una suave nalgada y penetra el agujero rociado en agua. Es más intenso el sonido de sus pieles chocando, lo humedecido que es el roce.
—Ah, Max… así es cariño.
—C-Checo…
Una ronda de sexo dentro de la bañera y otra frente a los espejos después, Max y Sergio regresan a la cama para continuar con el castigo de Sergio, que en resumidas cuentas, hubo otro accidente de orina, consoladores de por medio y demasiados lloriqueos de parte del tapatío.
Al finalizar, los dos quedaron tendidos en la cama, desnudos, y acurrucados entre las almohadas mientras la noche culminaba con el primer rayo de sol asomándose en el cielo, dando paso a otro día nuevo. Tendrá demasiado tiempo para hablar bien del tema de los celos y el coqueteo, pero por ahora, solo se concentraron en descansar y dormir bien.
El sexo había sido demasiado agotador y Max tenía que recargar energía si es que Sergio quería cobrar venganza.
