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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-04-17
Updated:
2025-12-23
Words:
14,204
Chapters:
3/?
Comments:
5
Kudos:
78
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14
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1,785

El legado prohibido

Summary:

En el mundo de los magos, el nombre Malfoy es sinónimo de oro, pureza y un orgullo que roza la crueldad. Pero tras los muros de la Mansión Malfoy, entre los retratos que vigilan y las sombras que callan, existe una verdad que ni siquiera el Señor Oscuro ha logrado descifrar.
​Narcissa Malfoy nunca fue solo una Black, ni simplemente la esposa de un mortífago. Era una madre que no tenía miedo a enfrentarse al destino o al Olimpo si eso significa mantener a su hijo con vida. Después de todo la magia mas poderosa de todas es el amor de una madre ¿verdad?

Chapter 1: Prologo

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

La sangre de los Black no es solo un fluido; es un sedimento de siglos, espeso y oscuro como el petróleo, que arrastra consigo los pecados de ancestros cuyos nombres ya solo existen en tapices apolillados. Ser un Black no es un privilegio, es una sentencia de mármol. Somos marionetas de porcelana fina, vestidas con seda que huelen a mausoleo, moviéndose bajo el capricho de hilos de plata que se tensan hasta cortarnos la piel. Nos tallaron para ser adorados, sí, pero se olvida que las joyas no tienen voluntad. Un diamante no elige su montura; simplemente brilla mientras el metal lo asfixia.

La belleza de nuestro estirpe es irreal, casi obscena. Pómulos que podrían cortar el aire, cabellos de una obsidiana tan profunda que parecen absorber la luz, y esa boca patricio, diseñada no para el afecto, sino para sentenciar. Pero bajo la piel de alabastro, lo que corre es podredumbre. Nos criaron con susurros que eran veneno destilado, enseñándonos que la crueldad es el único lenguaje de la fuerza, cuando en realidad no es más que el espasmo de un animal herido. Somos un estirpe de niños rotos que aprendieron a odiar antes que a respirar, perpetuando un ciclo de sombras que nos devora desde adentro.

En las noches donde la mansión ancestral gemía bajo el peso de sus propios secretos, los Black buscábamos las estrellas. No por astronomía, sino por reconocimiento, por una necesidad desesperada de encontrar algo que sea tan frío y distante como nosotros mismos. Éramos lo único frío en un universo que nos quemaba con su luz vulgar. Las estrellas eran nuestras hermanas silenciosas: distantes, gélidas y condenadas a arder en el vacío hasta colapsar. Existe una conexión mística, un cordón umbilical de magia antigua que nos ata al firmamento. Las estrellas son lo único cálido en nuestro mundo porque son las únicas que no piden nada a cambio de su luz.

Narcissa, sin embargo, siempre se sintió una extranjera en su propia cosmología. Ella no sentía el llamado místico que Bellatrix reclamaba con una sonrisa desquiciada. Para Narcissa, el cielo era solo un mapa de destinos que no podía cambiar. Narcissa creció bajo este cielo de nombres antiguos, leyendo el destino en el centelleo de Orión y Sirio, aunque ella siempre se sintió una extraña en su propia leyenda. Carecía de la visión, pero poseía algo más peligroso: la capacidad de observar las grietas en los espejos de su propia familia. Sus noches de insomnio no eran para la oración, sino para el acecho. Ella vagaba por los pasillos como un fantasma prematuro, observando a los pilares de su mundo desmoronarse en la intimidad.

Su padre, Cygnus, era un bloque de acero templado durante el día. Su "víctima" favorita. Durante el día, era un hombre con una columna vertebral de acero templado, su mirada era una guillotina que separaba lo valioso de lo desechable, alguien cuya mirada inspeccionaba a las personas como un joyero buscando fallas en una gema barata. Sus ojos no miraban; cortaban. Pero en la penumbra, tras la segunda copa de un vino que sabía a olvido, su máscara se derretía. Narcissa lo veía: los ojos de plomo se transformaban en plata líquida, desbordantes de una melancolía tan densa que parecía poder tocarse. No era un hombre, era un duelo andante. Miraba la luna con el hambre de quien desea que el satélite caiga y lo aplaste, liberándose del fardo de ser un Black.

Luego estaba ella. Walburga. Si su padre era la tristeza, su tía Walburga era la tempestad. 

Narcissa recordaba haberla observado con una fascinación terrorífica, sintió un escalofrío que le recorría la columna cada vez que la sombra de su tía se proyectaba sobre el suelo.

Walburga no caminaba; Ella reclamaba el espacio. Sus rizos negros desafiaban la gravedad y sus labios siempre estaban listos para una sinfonía de maldiciones. Parecía que por sus venas corría una mezcla de hielo y tinta negra. Era la arquitectura de la perfección hecha carne más aterradora, una Señora de los Veintiocho Sagrados tan absoluta que resultaba inhumana.

Sin embargo, había una grieta. Una noche, Narcissa la encontró en un estado de gracia macabra. Walburga acariciaba su vientre hinchado —el nido donde Regulus esperaba su turno para sufrir— con una ternura que parecía una amenaza. Walburga detectó su presencia sin mirar atrás. Su voz, cargada de una bilis antigua, cortó el silencio del pasillo, no fue un susurro, fue un veredicto:

—Naciste sin constelaciones, Narcissa —dijo Walburga, sin mirarla, con los ojos fijos en la nada—. Naciste bajo el sol, la estrella más egoísta. Brillante, amada, insoportable. Tú tendrás lo que a nosotros se nos niega: una vida que no sea una ruina.

El veneno en su voz era denso. Walburga profetizó la caída mientras aún sostenía la vida en su vientre. Habló de Sirius y su lealtad estúpida, una cadena que lo arrastraría al fango. Habló de Regulus y un poder que lo consumiría como una mecha corta.

—Tu deber es preservar lo que de nosotros, de este naufragio, el hijo que engendres será el último suspiro de esta sangre— le siseó — Porque los hijos que yo carga están destinados a extinguir nuestro linaje. — Sentenció la tía, con los ojos inyectados en una fiebre que Narcissa solo años después comprendería como locura pura

Al pasar los años, Narcissa vio cómo cada palabra se cumplió como un maleficio inevitable. Andrómeda huyó hacia una luz que la familia consideraba oscuridad; Bellatrix se perdió en el éxtasis de la tortura y la devoción fanática; y los hijos de Walburga... Uno terminó en una celda rodeada de dementores y el otro desapareció en las sombras de una cueva, dejando solo un vacío en el tapiz. Narcissa, en cambio, se convirtió en la esposa amada, en la madre de un dragón. Pero incluso esa "felicidad" tenía un precio de sangre que pronto vendría a cobrar su deuda.


Años después, en la opulencia gélida de Malfoy Manor, Narcissa comprendió que el infierno no son llamas, sino la ausencia de elección. El error más letal de Narcissa fue creer que podía negociar con la oscuridad. Había permitido que el moho entrara en su casa. El Lord Oscuro, ese parásito de elegancia retorcida, se había instalado en su comedor, convirtiendo su hogar en un matadero perfumado.

Voldemort no solo rompió su palabra; profanó el concepto mismo de la nobleza. Voldemort no buscaba aliados, buscaba trofeos para romper. Y su trofeo favorito era Draco.

Ver a su hijo marcado con dieciséis años fue como ver a un ángel siendo tatuado por un demonio. La Marca Tenebrosa en su piel pálida no era una bendición, era una sentencia de muerte lenta. Su pequeño dragón, el niño cuyos ojos eran espejos de la luna, fue marcado como ganado. Draco dejó de ser un hijo para convertirse en un sacrificio. Narcissa vio cómo su hijo se marchaba, cómo sus sonrisas se volvían muecas de indiferencia aprendida para no gritar. Su risa se había ahogado en el sótano de su propia casa, reemplazada por el eco de los gritos de aquellos que eran torturados para su "educación".

El cumpleaños número dieciocho de su hijo no fue una fiesta de gala. No hubo brindis por su futuro. Fue celebrado con el hedor de la carne quemada y los aullidos de hombres lobo en los jardines. En lugar de un banquete, hubo cadáveres sobre la mesa de caoba, testigos mudos de una cena donde el Avada Kedavra era la única música de fondo. Draco, su príncipe de plata, se convirtió en un desierto. Sus ojos, que antes reflejaban la luz de la luna, ahora solo reflejaban el vacío. Narcissa se dio cuenta entonces: no era el apellido lo que los condenaba, sino el nombre. Al bautizarlos con estrellas, los habían condenado a arder en el frío del espacio, solos y distantes.

Draco era un príncipe de sangre divina reinando sobre una montaña de cadáveres.


— ¿Draco está vivo? —El susurro de Narcissa fue un hilo de seda en medio de la tormenta de la guerra. Un desafió la voluntad del Señor de la Muerte. En el suelo del bosque, Harry Potter era un bulto de harapos y sangre. Narcissa se inclinó sobre él, y en ese momento, el mundo entero dejó de existir. No había pureza de sangre, no había señores oscuros, no había guerras sagradas.

Harry Potter, una víctima más de la ambición de los hombres. Narcissa si se había inclinado, no fue por piedad hacia el Elegido, sino por el hambre desesperada de una madre. Solo estaba el pulso. Un latido rítmico, débil pero persistente, bajo sus dedos. Sutil como el aleteo de una polilla, en el pecho del chico.

Ese latido era el billete de regreso a su hijo.

Narcissa miró a Potter y, por un segundo, vio a todos los niños Black que habían sido sacrificados en el altar de la ambición con ese pequeño asentimiento. Vio a Regulus, vio a Sirius, vio la mirada rota de su padre. Y decidió que la cadena de odio terminaba ahí.

En ese momento, Narcissa Black no sirvió a un Lord, ni a una causa, ni a la pureza de la sangre. Sirvió a su propio linaje. Mintió con la misma facilidad con la que un Black respira.

—Está muerto —anunció, y su voz no tembló.

Mintió a la cara de la muerte misma con la elegancia que solo una Black podría poseer. No lo hizo por la luz, ni por la justicia; lo hizo por el único trozo de su alma que no estaba hecho de mármol ni bañado en mentiras. Su "dragón" estaba vivo, y ella caminaría sobre el infierno si eso significaba volver a tocar su rostro.

Harry Potter ha muerto —repitió, y en su mente ya estaba corriendo por los pasillos de Hogwarts, gritando en silencio el nombre del hijo que se negó a dejar morir. Su hijo, el último heredero de una estirpe maldita, esperando entre las ruinas de Hogwarts. Ella iría por él. Caminaría sobre los cuerpos de todos los magos del mundo si fuera necesario, porque si los Black estaban destinados al lamento, ella se aseguraría de que el suyo fuera el último en ser escuchado.

 

Notes:

Hola, después de tanto tiempo he decidido volver. El problema de mi falta de actualización fue debido a que me fui al extranjero terminar un diplomado, en ese momento mi laptop se estrello por lo que me vi sin la posibilidad de escribir y/o hacer tareas o proyectos que tengo, lo que me retrasó. Esto también hizo que perdiera el hilo de la trama, en parte pero ya me fui leyendo mis apuntes y también que me vi con mas tiempo de escribir y detallar a profundidad la trama, así que si, REGRESAMOS DEL HIATUS.

Chapter Text

Hubo un tiempo, sepultado ahora bajo capas de polvo y rencor, en que la Casa Black simulaba la calidez. Es un recuerdo que Narcissa guarda como una gema maldita: una tarde de verano en la que el sol, ese astro vulgar, se atrevía a besar los jardines de la propiedad ancestral. En aquel entonces, la sangre no era un grillete, sino una promesa. Sirius, con la risa aún exenta de cinismo, perseguía sombras entre los setos, ignorando que pronto sería él quien habitaría en ellas. Andrómeda y Bellatrix, unidas por una complicidad que el destino se encargaría de despedazar, compartían susurros y burlas sobre pretendientes, diseccionando linajes con la crueldad elegante de quienes se saben dueñas del mundo.

Regulus era apenas un boceto de hombre, una criatura de porcelana que buscaba refugio en el regazo de Walburga. Ella lo sostenía con una posesividad casi religiosa, mientras conversaba con Druella. Para la joven Narcissa, que observaba la escena desde la periferia del cuadro, aquello parecía la cúspide de la armonía. No entendía que lo que veía no era paz, sino una tregua firmada con sangre entre dos mujeres que habían aprendido a devorar sus propios gritos.

El aire se volvió denso, cargado con el perfume de las rosas marchitas y el té enfriándose en tazas de plata. Druella rompió el silencio, su voz era un hilo de seda que amenazaba con romperse, cargada de una vulnerabilidad que Narcissa nunca volvió a presenciar.

—¿Alguna vez has permitido que tu mente vague por los senderos de lo que no fue, Walburga? —preguntó Druella, con los ojos fijos en el horizonte, como si buscara una salida que no existía—. ¿Cómo habrían sido nuestras vidas si no hubiéramos sido entregadas como ofrendas en este altar de pureza?

Walburga detuvo el movimiento de sus dedos sobre los rizos de Regulus. El silencio que siguió no fue vacío; fue un peso físico que se instaló sobre la mesa. El niño alzó la vista, sintiendo instintivamente que la corriente de afecto de su madre se había congelado de repente.

—Cada hora de cada día —respondió Walburga finalmente, su voz era un susurro de obsidiana—. Imagino que el mundo habría sido tu escenario, Druella. No serías la guardiana de un apellido, sino una voz que hechizara naciones. Te veo en las portadas, envuelta en el misterio que solo poseen las mujeres que se pertenecen a sí mismas. Una cantante de ópera, tal vez, cuya tragedia fuera solo arte y no realidad.

La mirada de Walburga se tornó anhelante, un brillo febril que recordaba a las estrellas que tanto invocaban.

—Y tú —replicó Druella, con una sonrisa que era más una cicatriz que un gesto de alegría—, habrías conquistado París con tus diseños. Serías la arquitecta de la belleza en las cortes de Francia. O mejor aún... nos veo en Viena. Tú como la bailarina cuya disciplina asusta a los ángeles, y yo acompañando tus movimientos con mi canto. Libres. Lejos de este aire que sabe a ceniza.

La confesión quedó suspendida en el aire como un veneno dulce. Pero la realidad de los Black siempre regresa para reclamar su tributo. El rostro de Walburga se endureció, recuperando la máscara de hierro que la caracterizaba.

—Pero Cygnus resultó ser un esclavo de pasiones inmorales —escupió Walburga, y el nombre de su propio hermano sonó como una maldición—. Su matrimonio no fue una unión, fue un cordón sanitario para salvar el linaje del escándalo de sus deseos.

—Y Orión... —añadió Druella con una risa seca, carente de humor—. Mi pobre primo Orión, humillado por aquella joven Prince que prefirió el fango de un muggle antes que el trono que él le ofrecía. El ridículo de ser el lord plantado marcó su orgullo con un hierro candente. Ambos hombres necesitaban esposas que fueran escudos, no compañeras.

La risa de ambas se entrelazó, una melodía disonante de resignación y desprecio. No reían por diversión; reían para no invocar la maldición de la locura que siempre acechaba a los suyos.

—Al final, solo nos queda la maternidad —concluyó Druella, mirando a sus hijas—. El único residuo salvable de este naufragio.

—Si es que se puede salvar algo que nace encadenado —sentenció Walburga, su voz volviéndose gélida—. La maternidad es un martirio disfrazado de bendición, Druella. Los parimos para que nos dejen, para que se pierdan en guerras que no comprenden o en brazos de extraños. Y al final, seremos nosotras quienes vagaremos por estas mansiones, convirtiéndonos en los fantasmas que ya somos.

— Walburga… — Druella quiso reprenderla, pero Regulus comenzó a llorar, un llanto estruendoso que rompió el cristal de la conversación. Walburga se levantó con una rigidez militar, sus ojos destellando con una furia triste.

—No lo entenderías —le lanzó a Druella como una estocada final—. Tú eres una Rosier por sangre; no conoces el peso absoluto de ser una Black. Nuestra sangre no solo corre, exige.

Walburga desapareció en la penumbra de la casa, llevando consigo la poca luz que quedaba en el jardín. Narcissa se quedó a solas con su madre. Druella no se movió; permaneció sentada, observando la puerta por la que Walburga se había marchado con una mezcla de amor, anhelo y un arrepentimiento tan vasto como el océano.

—Mi pequeña Cissa —dijo Druella, sin apartar la vista del vacío—. La vida es una serie de renuncias elegantes. Pero te pido, te ruego a los dioses que ya no escuchan, que el hombre que elijas te ame con una profundidad que no sea una cárcel. Que no sea una obligación de sangre, sino un refugio.

Se giró hacia su hija, y Narcissa vio en sus ojos el reflejo de una mujer que ya se había despedido de la vida mucho antes de morir.

—Espero que nunca veas en la cuna de tu hijo el rostro de tu verdugo. Espero que tu maternidad sea tu corona y no tu epitafio.

Druella se levantó y se alejó con pasos lentos, dejando a Narcissa sumida en un silencio sepulcral. En ese momento, la niña no comprendió las palabras, pero sintió el frío. Por primera vez, entendió que el lujo que la rodeaba no era más que el terciopelo que forraba un ataúd. El miedo a la desdicha se filtró en sus huesos, una semilla de sospecha que florecerá años después, cuando viera a su propio hijo, Draco, convertido en el último eslabón de una cadena de sombras.


 

La procesión hacia Hogwarts no era un desfile de victoria, era un cortejo fúnebre donde los vivos envidiaban la paz de los muertos. El aire pesaba como el hierro, saturado del olor a ozono, azufre y la humedad rancia de los bosques que habían servido de matadero. Narcissa caminaba con la columna rígida, una última simetría de orgullo en medio del caos, pero por dentro, su magia era un animal enjaulado. Sin varita, se sentía desnuda, como si le hubieran arrancado la piel y expuesto sus nervios al viento gélido de Escocia. Su único escudo era Lucius, cuya presencia a su lado ya no era la de un Lord imponente, sino la de una sombra quebradiza.

Cada paso que daban hacia el castillo era una danza sobre cristales rotos. Sostenía la respiración, sintiendo el secreto de Harry Potter quemándole la lengua. Una mentira que era, a la vez, su única moneda de cambio y su soga al cuello. A su alrededor, la multitud de mortífagos era una visión del infierno que Narcissa ya no podía romantizar.

—¡Harry Potter está muerto! —gritaban, y las voces no sonaban a triunfo, sino a la histeria de los condenados que han perdido la noción de la luz.

Narcissa miró a los rostros que la rodeaban. Eran hombres y mujeres que una vez compartieron su mesa, que discutieron sobre leyes de pureza y cosechas de vino en jardines perfectamente podados. Ahora, eran despojos. La locura de Azkaban les había drenado el color de los ojos, dejando solo un brillo febril y vacío. Incluso Lucius, el hombre que una vez gobernó el Ministerio con un susurro, era un espectro. Sus manos, blancas como la cal de una tumba, temblaban sin descanso. Narcissa quería tomarlas, pero sabía que no había calor que ofrecerle; ambos estaban sumergidos en un frío que no venía del clima, sino del alma.

Francia. El pensamiento de su hogar ancestral en el sur era lo único que la mantenía en pie. Imaginaba los viñedos, el silencio de una casa donde el Lord Oscuro nunca hubiera pisado. Reiniciar. Limpiar la sangre de sus manos. Pero el presente era una garra que no la soltaba.

Sus ojos, afilados por el dolor, se posaron en Bellatrix. Su hermana. La que una vez fue el sol negro de la Casa Black, una fuerza de la naturaleza cuya belleza era tan peligrosa como un incendio. Verla ahora, saltando y aullando detrás de Voldemort como un perro callejero sediento de aprobación, le provocó una náusea profunda. Bellatrix ya no era una mujer, era un cascarón habitado por la devoción de un fanático. El Señor Oscuro no solo había conquistado el mundo mágico; había desmantelado su familia, pieza por pieza. Había convertido a su hermana en una bestia, a su marido en una sombra y a su hijo en un sacrificio.

"Que gane", rezó Narcissa en el santuario secreto de su mente. "Que Harry Potter gane y nos libre de este dios de ceniza".

El camino hacia la entrada del castillo se sintió eterno, una agonía estirada por la magia negra que aún flotaba en el ambiente. Al llegar, el silencio del bosque fue reemplazado por el grito más desgarrador que Narcissa hubiera escuchado jamás. Era Minerva McGonagall. Narcissa la reconoció de inmediato; la mujer que una vez fue la personificación del orden y la justicia estaba quebrada. No era el grito de una profesora perdiendo a un alumno, era el aullido de una madre viendo el cadáver de su hijo. Narcissa sintió un eco de ese dolor en su propio vientre. El sacrificio de Potter era el precio de su propia esperanza.

Y entonces, el milagro se transformó en caos.

¡Harry Potter está vivo!

La realidad estalló. La luz verde y roja comenzó a surcar el cielo ceniciento como relámpagos furiosos. Los gritos de triunfo se transformaron en alaridos de guerra. En medio del torbellino de hechizos, Narcissa y Lucius se convirtieron en una sola entidad de desesperación. No buscaban gloria, no buscaban redención. Buscaban a su dragón.

—¡Draco! —el nombre de su hijo salía de su garganta como un ruego, perdiéndose en el estruendo de los muros que colapsaban.

Sus ojos plateados recorrieron el campo de batalla, filtrando la carnicería hasta que, por fin, lo vio.

Draco estaba en lo alto de una torre de piedra que parecía a punto de desmoronarse. Su cabello, antes perfectamente peinado, era un nido de ceniza y sangre. Tenía la varita en la mano, moviéndose con una gracia desesperada que Narcissa reconoció de las noches de duelo de su padre. Estaba luchando, desviando maleficios con una ferocidad que ella no sabía que él poseía. A su lado, la niña de cabello alborotado —una posible sangre sucia, Lavander Brown— lanzaba hechizos con una precisión letal, formando un frente de defensa que parecía imposible.

Por un segundo, el tiempo se detuvo. Narcissa vio a su hijo sobrevivir. Vio la fuerza en sus hombros. Pero el destino de los Black es una amante cruel que nunca deja de cobrar intereses.

Desde las sombras de la torre, una figura bestial, una masa de pelambre y garras que recordaba a Fenrir Greyback, surgió con un rugido que hizo vibrar el suelo. La bestia se lanzó con la fuerza de un ariete sobre los dos jóvenes. Narcissa vio, como si fuera en cámara lenta, cómo el impacto arrastraba a Draco y a la chica hacia el abismo.

Tres cuerpos —la bestia y los dos niños— se precipitaron al vacío desde la altura vertiginosa de la torre.

El grito que escapó de los labios de Narcissa no fue humano. Fue el sonido de una estirpe entera colapsando. Fue el sonido del mármol rompiéndose por última vez. Sus pies se movieron antes de que su mente procesara la caída, corriendo hacia el lugar donde su mundo acababa de caer, con el alma desgarrada y la voz rompiendo el aire en un lamento que pareció apagar por un instante el ruido de la guerra.


La infancia en la casa de los Black no se medía en risas, sino en silencios perfectamente ensayados y el roce constante del terciopelo contra la piel. La residencia de los Black en Londres siempre olía a sándalo, a cera de abejas y a algo antiguo que Narcissa, siendo muy pequeña, identificó como el aroma del tiempo pudriéndose.

Bellatrix, cinco años mayor, era el centro de gravedad de aquel universo gélido. Mientras que Narcissa era una muñeca de porcelana que prefería la quietud de la biblioteca, Bella era una llama de aceite: brillante, inestable y peligrosa.

Narcissa recordaba una tarde de invierno, cuando la escarcha cubría los cristales de las ventanas como si el mundo exterior estuviera tratando de entrar con garras de hielo. Estaban en el salón de música, bajo el retrato de un ancestro cuya mirada parecía juzgar hasta el parpadeo de las niñas.

Bellatrix había capturado un gorrión que se había estrellado contra el ventanal. Lo sostenía entre sus manos con una delicadeza que daba miedo.

—Míralo, Cissy —susurró Bella, sus ojos oscuros brillando con una intensidad que Narcissa no comprendía—. Es pequeño, es débil. No tiene linaje, no tiene magia. Solo tiene miedo.

Narcissa se acercó, sus pequeños zapatos de charol golpeando el suelo con un ritmo preciso.

—¿Va a morir, Bella?

—Todo lo que no es fuerte muere —respondió Bellatrix. Su voz ya tenía esa cadencia de mando, esa seguridad absoluta que años después la convertiría en el brazo derecho de la oscuridad—. Pero antes de morir, debe servir para algo. La sangre, Cissy, es el combustible de las cosas grandes.

Bellatrix sacó un pequeño alfiler de plata de su peinado. Con una elegancia que Narcissa encontró fascinante y aterradora, pinchó su propio dedo y dejó caer una gota de sangre sobre el plumaje del ave.

—Ahora está unido a mí. Su muerte me pertenece.

Ese era el juego favorito de Bellatrix: la propiedad sobre la vida. No era maldad gratuita; era una convicción profunda de que el mundo se dividía entre los que poseían el cuchillo y los que ofrecían el cuello.

Druella Rosier, su madre, entraba a veces en la habitación como una ráfaga de perfume caro y desdicha. Nunca las abrazaba. Se limitaba a inspeccionar sus posturas, el brillo de sus cabellos, la pulcritud de sus vestidos.

—Bella, deja de jugar con esa inmundicia —decía con una voz que era como el cristal rozando el metal—. Narcissa, deja de mirar a tu hermana como si fuera un dios. Ambas son piezas de un tablero. Aprendan sus movimientos.

Cuando su madre se marchaba, Bellatrix soltaba una risa seca, una premonición de la carcajada desquiciada que lanzaría en Azkaban décadas después.

—Madre cree que somos piezas —decía Bella, acariciando la mejilla de Narcissa con sus dedos manchados—. Pero tú y yo somos las jugadoras, Cissy. Siempre juntas. Mi fuego y tu hielo.


Hubo una noche en que Narcissa tuvo una pesadilla. Soñó con estrellas que caían del cielo y quemaban la mansión. Se escabulló por los pasillos oscuros hasta la habitación de su hermana mayor. Bellatrix no dormía; estaba sentada frente al espejo de mano, cepillando su cabello negro con una violencia rítmica.

Al ver a su hermana menor temblando en el umbral, Bellatrix no la mandó de vuelta a la cama. Se hizo a un lado y dejó que Narcissa se sentara junto a ella.

—Tengo miedo de la oscuridad, Bella —susurró la pequeña.

Bellatrix dejó el cepillo y tomó el rostro de Narcissa entre sus manos. Sus ojos estaban muy cerca, dos abismos de obsidiana que parecían devorar el miedo de la niña.

—Nunca le temas a la oscuridad, Narcissa. Nosotros somos la oscuridad. Las sombras son nuestras sirvientas. Si alguien entra en tu habitación para dañarte, yo le arrancaré el corazón antes de que pueda tocarte. Te lo prometo por nuestra sangre.

En ese momento, Narcissa se sintió a salvo. Creía que el amor de su hermana era un escudo impenetrable. No podía saber que, años después, esa misma hermana la abandonaría sobre un montón de escombros por el amor a un hombre que no tenía alma. No sabía que el "fuego" de Bellatrix terminaría por consumir todo lo que tocaba, incluyendo la promesa de aquella noche.

En la infancia de las hermanas Black, la crueldad era un lenguaje de afecto. Se amaban como se aman las tormentas: con una fuerza que destruye el paisaje, sin darse cuenta de que, al final, solo quedaría el silencio y las cenizas de lo que alguna vez llamaron hogar.


La caída de los tres cuerpos desde la torre no fue un evento silencioso; fue el estruendo de un universo colapsando. El aire, ya saturado de ceniza y muerte, pareció succionar el oxígeno de los pulmones de Narcissa. Sus rodillas golpearon el suelo de piedra, pero no sintió el dolor físico; solo sentía el vacío absoluto donde antes latía el nombre de su hijo.

A pocos metros, Bellatrix Lestrange permanecía de pie, una figura de pesadilla recortada contra el cielo color plomo. Sus ojos, antes grandes y luminosos como los de Narcissa, eran ahora dos pozos de locura febril, fijos no en el vacío donde Draco había desaparecido, sino en la figura de su Amo, que bramaba órdenes en el centro del patio.

—¡Bella! —el grito de Narcissa fue un aullido de animal herido, una súplica que invocaba años de infancia, de secretos compartidos bajo las sábanas de seda y promesas de sangre—. ¡Bella, ayúdame! ¡Es Draco! ¡Es tu sangre!

Narcissa buscó desesperadamente la mirada de su hermana mayor, la mujer que en el pasado habría quemado el mundo entero por proteger a las suyas. Lucius, a su lado, intentaba levantarse, pero sus manos temblorosas apenas lograban sostener su propio peso; era un hombre anulado, una sombra que solo podía observar con horror el lugar del impacto.

Bellatrix giró la cabeza con una lentitud mecánica. Por un segundo, un destello de algo parecido al reconocimiento cruzó sus facciones demacradas. Sus labios se crisparon, y Narcissa creyó ver un resto de la hermana que solía ser. Pero la grieta se cerró tan rápido como se había abierto. La mirada de Bellatrix se desvió hacia Lord Voldemort, cuya voz fría cortaba el aire como una cuchilla.

—El Señor Oscuro me necesita, Cissa —dijo Bellatrix, y su voz no tenía rastro de consuelo; era una melodía de acero y fanatismo—. Los débiles caen por su propio peso. Draco... Draco ha fallado. Su debilidad es su propia tumba.

—¡Es tu sobrino! —rugió Narcissa, gateando hacia ella, tratando de alcanzar el dobladillo de su túnica mugrienta—. ¡Es el último de nosotros!

Bellatrix retrocedió, su rostro transformándose en una máscara de desprecio absoluto. No había rastro de la mujer que una vez bromeaba sobre pretendientes en los jardines. La locura de Azkaban y la devoción al Señor Oscuro habían devorado los últimos vestigios de humanidad en ella. Para Bellatrix, el linaje ya no era la sangre Black; el linaje era el servicio al hombre que le había arrebatado el alma.

—Mi única familia es la causa —siseó Bellatrix, y en sus ojos brilló la alegría sádica de quien ha renunciado a todo—. Quédate con tu hijo muerto y tu marido roto, Narcissa. Quédate en el fango de tu sentimentalismo. Yo voy a reclamar la gloria que tú eres demasiado cobarde para alcanzar.

Sin una mirada atrás, Bellatrix se dio la vuelta, fundiéndose con la marea de túnicas negras que avanzaba hacia el castillo. Abandonó a su hermana en el momento de su mayor agonía, dejando claro que el lazo de plata que las unía se había oxidado hasta romperse. Había elegido al monstruo sobre la sangre.

Narcissa se quedó sola en el epicentro del desastre. El desprecio de su hermana fue la última estocada. Se sintió como si una parte de su propia anatomía hubiera sido arrancada sin anestesia. La traición de Bellatrix no era solo un acto de abandono; era el veredicto final sobre la Casa Black: estaban malditos, y la locura era el único refugio que les quedaba a los que no tenían amor.

—Lucius... —Narcissa se volvió hacia su esposo.

Sus ojos se encontraron. Lucius Malfoy estaba pálido como un cadáver, sus ojos inyectados en sangre, mirando el montón de escombros y cuerpos que yacían a lo lejos, donde la torre se había hundido. En ese instante, la jerarquía, el orgullo y la pureza de sangre desaparecieron. Solo eran dos padres ante la posibilidad del silencio eterno de su hijo.

—Ayúdame —le pidió ella, su voz ahora un susurro roto—. No me importa la guerra. No me importa el Lord. Si él se ha ido, no queda nada que salvar.

Con un esfuerzo sobrehumano, Lucius se puso en pie y tomó la mano de Narcissa. Sus dedos se entrelazaron, fríos y desesperados. Juntos, comenzaron a correr hacia el lugar de la caída, ignorando los hechizos que silbaban sobre sus cabezas, ignorando los gritos de victoria de los mortífagos y los lamentos de los defensores.

Cada paso era un calvario. La distancia parecía estirarse. Narcissa veía la imagen de Draco cayendo, una y otra vez, como una estrella desplomándose del firmamento. "Naciste bajo el Sol", le había dicho Walburga. Y ahora, el sol de su vida parecía haberse extinguido en la oscuridad de una torre en ruinas.

Cuando llegaron al pie de la torre, el aire estaba viciado por el polvo de la piedra triturada. Narcissa se lanzó sobre los escombros, removiendo rocas con sus manos desnudas, ignorando cómo las aristas afiladas le cortaban la piel. La elegancia de una Lady Black se había esfumado; solo quedaba la furia de una leona buscando a su cachorro bajo los restos de un mundo que ya no quería habitar.

—¡Draco! —gritó, y su voz se quebró, perdiéndose en el fragor de la batalla final que estallaba a sus espaldas.


Este encuentro no fue un accidente, fue el choque de dos glaciares destinados a fundirse en un solo abismo. Para Narcissa, el Gran Comedor de Hogwarts no era más que otro escenario de mármol, pero en medio de la marea de túnicas nuevas y rostros ansiosos, él destacaba como una anomalía de plata.

Lucius Malfoy no parecía un niño; parecía una reliquia recuperada de un tiempo más cruel. Su cabello no era rubio, era de un blanco espectral, tan pálido que bajo la luz de las velas parecía emitir un brillo propio, gélido y lunar. Su perfil, de una delgadez aristocrática casi enfermiza, cortaba el aire con una arrogancia que no se aprende, se hereda. Tenía la piel de un cadáver de cristal, carente de cualquier rastro de sol, como si hubiera crecido en las profundidades de un castillo de hielo donde el calor era una vulgaridad prohibida.

Pero eran sus ojos lo que detuvo el corazón de Narcissa. Ojos grises, del color de la niebla sobre un cementerio, cargados de un aburrimiento tan profundo que bordeaba el nihilismo. Miraba a los demás estudiantes como un entomólogo mira a los insectos: con una curiosidad clínica pero despojada de cualquier empatía. Su aura no era bienvenida, era una advertencia silenciosa de peligro, de una muerte lenta y elegante que te atrapará antes de que pudieras gritar.

Todos retroceden ante ese frío. Pero Narcissa Black, criada entre las sombras y los susurros de Walburga, no conocía el miedo al invierno; ella era parte de él.

Narcissa dio un paso al frente, rompiendo el círculo de seguridad que los demás habían trazado alrededor del heredero Malfoy. Sus movimientos eran fluidos, una danza de seda negra sobre el suelo de piedra. Extendió su mano —pequeña, pálida, pero cargada de una firmeza que desafiaba la inercia de su linaje— y sostuvo la mirada de aquellos ojos de mercurio.

—Yo soy Black. Mi nombre es Narcissa Black —dijo, y su voz sonó como el tañido de una campana de plata en un valle desierto.

El silencio que siguió fue absoluto. Los demás niños contuvieron el aliento, esperando que el joven Malfoy la destrozara con una palabra o la ignorara con el desdén que le profesaba al resto del mundo. Pero algo cambió en la mirada de Lucius. El aburrimiento se disipó, reemplazado por un reconocimiento súbito. Vio en ella el mismo mármol, la misma herencia de espectros, la misma condena.

—Malfoy. Lucius Malfoy.

Cuando sus manos se estrecharon, no hubo calidez, pero hubo una corriente eléctrica, un reconocimiento de almas que ya estaban rotas de la misma manera. En ese contacto, Narcissa sintió que el mundo exterior —sus hermanas, sus padres, el peso del apellido Black— se desvanecía. Solo existía esa presión fría y firme.

Narcissa dio el primer paso, impulsada por una curiosidad que rápidamente se transformaría en una devoción absoluta. Ella fue la que lo miró y decidió que él era el único espejo donde quería reflejarse. Pero fue Lucius quien, en ese preciso instante, selló sus destinos.

Él no sólo estrechó su mano; la reclamó. Sus ojos grises descendieron sobre ella con la intensidad de un depredador que encuentra a su igual. Narcissa se enamoró de la belleza del peligro que él representaba, pero Lucius... Lucius decidió en ese silencio de segundos que Narcissa no sería solo una aliada o una esposa. Ella sería su ancla. En su mente infantil pero ya retorcida por la ambición, decidió que el mundo podía arder, la pureza de sangre podría colapsar y los imperios podían caer, pero Narcissa Black permanecerá a su lado, aunque tuviera que encadenar las estrellas para lograrlo.

—Un placer, Narcissa Black —susurró él, y por primera vez, una sombra de sonrisa, fina y peligrosa, asomó a sus labios sin color.

Esa noche, mientras el Sombrero Seleccionador gritaba "SLYTHERIN" para ambos, el destino simplemente confirmó lo que el tacto de sus manos ya había decretado. En la sala común, frente al fuego que ardía con llamas verdes, Lucius no se sentó con los demás. Se quedó de pie en un rincón, observando a Narcissa desde la distancia.

Ella era la nieve blanca y pura, y él era el hielo que la preservará para siempre.

Narcissa no sabía entonces que ese niño, que parecía un fantasma hermoso, se convertiría en el hombre que lloraría lágrimas de sangre sobre los escombros de una torre años después. Lucius no sabía que esa niña de mirada tierna sería la única razón por la que él no se rendiría a la locura total.

Fue el inicio de una unión que no conocía límites morales. Se amaron con una intensidad desquiciada, un amor que era un culto privado entre dos personas que despreciaban al resto de la humanidad. Su historia no comenzó con flores, sino con el frío de una mano muerta y el peso de dos apellidos que eran, en realidad, dos lápidas esperando sus nombres.


El polvo de la piedra caliza flotaba en el aire como un sudario gris, convirtiendo el escenario en una neblina fantasmal. Entre los restos de la torre colapsada, el silencio era más aterrador que el estruendo de los hechizos que retumbaban a lo lejos.

Narcissa y Lucius llegaron a los escombros como dos sombras desesperadas. Lucius, el hombre que una vez caminó por los pasillos del Ministerio con la arrogancia de un rey, estaba irreconocible. Su túnica de seda estaba desgarrada, su cabello platino, símbolo de su linaje, estaba manchado de hollín y sangre, pero era su rostro lo que resultaba verdaderamente pavoroso. Sus rasgos se habían contraído en una mueca de agonía desquiciada; sus ojos, antes fríos y calculadores, estaban desorbitados, fijos en el amasijo de cuerpos y rocas.

—¡Draco! —el grito de Lucius no fue un nombre, fue un desgarro de la realidad.

Se lanzó sobre las piedras con una fuerza frenética, una fuerza que su cuerpo demacrado no debería poseer. Sus manos, manos que nunca habían conocido el trabajo manual, se hundieron en los escombros, removiendo bloques de granito con las uñas rotas y sangrantes.

Primero encontraron a la bestia. El hombre lobo yacía con el cuello roto, una masa de pelambre sucia y ojos vidriosos. A su lado, el cuerpo de Lavender Brown estaba extrañamente pequeño, su piel pálida resaltando contra la sangre que empapaba su uniforme. Pero a Lucius no le importaban los muertos ajenos. Él buscaba su propia alma.

Entonces lo vio.

Bajo un pesado bloque de mármol, la mano de Draco asomaba, inerte. Los dedos, largos y finos como los de su madre, estaban cubiertos de polvo.

—¡No! ¡No, no, no! —Lucius emitió un sonido que no pertenecía a un hombre, sino a una criatura herida de muerte.

Se arrojó sobre el bloque de piedra, tratando de levantarlo con una desesperación psicótica. Sus músculos se tensaron hasta el límite, sus venas resaltaban en su cuello como cuerdas a punto de romperse. Narcissa se unió a él, y con un esfuerzo nacido del puro horror, lograron desplazar la piedra lo suficiente para liberar el cuerpo de su hijo.

Lucius tomó a Draco entre sus brazos antes de que Narcissa pudiera tocarlo. Lo acunó contra su pecho con una violencia protectora, como si quisiera forzar la vida de regreso al cuerpo del chico mediante el calor de su propio abrazo.

—Despierta, Draco... Mi príncipe, mi dragón... despierta —sollozaba Lucius, su voz quebrándose en una risa histérica y ahogada—. No puedes dejarnos. Todo esto... todo fue por ti. Las mansiones, el oro, el apellido... ¡Nada tiene sentido sin ti!

Lucius comenzó a mecerse de adelante hacia atrás, apretando el rostro frío de Draco contra su cuello. Sus lágrimas, calientes y amargas, lavaban el polvo de las mejillas del joven. El dolor de Lucius era algo físico, una energía oscura que parecía emanar de él y marchitar el aire a su alrededor. Era un hombre destruido, un padre que comprendía, demasiado tarde, que había construido un imperio de cenizas y que el precio de su soberbia había sido el único ser que realmente amó.

—Míralo, Narcissa... —le dijo Lucius a su esposa con una mirada perdida, una mirada que rozaba la locura absoluta—. Tiene los ojos cerrados como cuando era un bebé. Solo está durmiendo. Dile que se despierte. Por favor, dile que se despierte.

Narcissa, con el corazón hecho pedazos, puso una mano sobre el hombro de su marido. Sintió los temblores violentos que sacudían el cuerpo de Lucius. Él ya no era el Lord Malfoy; era un despojo humano, un hombre que se ahogaba en su propio dolor.

Lucius alzó la vista hacia el cielo, hacia la oscuridad del campo de batalla donde Bellatrix y su "Lord" seguían su carnicería, y soltó un aullido de odio puro. Maldijo a los Black, maldijo a los Malfoy, maldijo la magia y la sangre. Su desquiciamiento era tal que empezó a besar las manos inertes de su hijo, suplicando perdón en susurros que se perdían entre los estallidos de la guerra.

—Te lo di todo y te lo quité todo —gemía Lucius, hundiendo su rostro en el pecho inmóvil de Draco—. Perdóname, mi niño... perdóname por haberte traído a este infierno.

En aquel rincón de escombros, bajo la sombra de la torre caída, la familia más poderosa del mundo mágico se había reducido a su forma más primitiva y dolorosa: dos padres aferrados al cadáver de su esperanza, mientras el mundo que intentaron dominar ardía a su alrededor.

Chapter 3: Capitulo II El amor puede ser ¿Toxico?

Summary:

El amor puede ser lo mas hermoso en el mundo, lo mas puro y la fuerza mas poderosa de todas. Pero también puede ser el sentimiento mas egoísta de todos, llegando a lastimar incluso a los que amamos.

Notes:

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Chapter Text

El mundo decía que la guerra había terminado. Los periódicos hablaban de una nueva era, de juicios, de reconstrucción y de una paz que sabía a ceniza. Pero para Narcissa Black, el armisticio era una mentira de los vivos. En el número de Londres y en las hectáreas de Wiltshire, el tiempo no avanzaba; se había coagulado como la sangre en una herida infectada. Londres celebraba la caída de un tirano, pero en el corazón de Narcissa, el tirano era el silencio. Un silencio absoluto que devoraba los pasillos de la mansión, una ausencia con forma de hijo que se sentaba a la mesa, que dormía en las sábanas frías y que la observaba desde los retratos con ojos que ya no parpadeaban.

El dolor no es una etapa; es un parásito que aprende a mimetizarse con tus órganos. Narcissa caminaba por su hogar como una sonámbula, sintiendo los fantasmas del pasado —Bellatrix, Walburga, Cygnus— burlándose de su soledad. "Mírate", parecían susurrar las sombras, "la estrella más brillante ahora es solo un pozo de gravedad que lo ha perdido todo".

Ella no quería el consuelo de la muerte. No deseaba la paz del inframundo. El concepto de "reunirse" con Draco en la otra vida le parecía una rendición inaceptable. Ella lo quería aquí. Quería el peso de su cuerpo, el roce de su cabello platino, el eco de su risa arrogante que ella misma había cultivado. Quería verlo envejecer, casarse, continuar la estirpe; quería que el mundo sufriera la existencia de un Malfoy una vez más. Su amor no era santo; era una obsesión egoísta, una fuerza primordial que despreciaba las leyes de la naturaleza y de los dioses.

Y Lucius... Lucius era su sombra herida. El hombre que una vez fue el epítome de la elegancia se había convertido en un cadáver que aún respiraba. El tiempo en Azkaban y el peso del luto lo habían vaciado. Su cabello, antes una cascada de seda, era ahora un recordatorio corto y áspero de su caída. Pero en sus ojos grises, antes desérticos, ardía la misma chispa de locura que en los de ella: el deseo de recuperar lo perdido a cualquier precio.


Pasaron los años, inviernos de estudio prohibido y primaveras de desenterrar secretos que la tierra debería haber guardado para siempre. Hasta que ocurrió. Encontraron el nexo: un giratiempos experimental, una reliquia que vibraba con la esencia misma de Cronos, el tiempo primigenio y devorador. No era magia de Hogwarts; era magia de sacrificio, una alquimia de almas que exigía un pago que la vida ordinaria no podía concebir.

La noche del ritual, el sótano de la mansión estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. Las runas, trazadas con una mezcla de tinta de calamar y polvo de estrellas, brillaban con un azul enfermizo. Narcissa se sentía extrañamente ligera, como si su alma ya estuviera a medio camino de otra parte.

—Entra al círculo, en lo que preparo los últimos detalles de las runas —dijo Lucius. Su voz era una brisa pacífica, una calma que Narcissa, en su ceguera de madre, confundió con esperanza.

Ella obedeció, situándose en el centro de la geometría sagrada. Revisó mentalmente cada símbolo, cada trazo. Siempre habían sido un equipo: ella la intuición, él la ejecución. Se sentía lista para vender su alma, lista para arder si eso significaba que Draco despertara en un pasado donde la torre aún no había caído.

Pero el tiempo se detuvo cuando vio el movimiento.

Lucius no sostenía una varita. En su mano derecha apareció una daga de un metal negro, mate, que parecía beberse la luz de las antorchas. El mango estaba tallado con cráneos diminutos que parecían gritar en silencio. Era una pieza de magia ritual antigua, un arma diseñada para abrir las puertas del destino a través de la sangre de un linaje.

—¡NO! —el grito de Narcissa desgarró el aire, pero antes de que pudiera dar un paso fuera del círculo, las runas se activaron, creando una barrera de energía pura que la ancló al suelo.

Lucius la miró. En ese instante, por un breve y agónico segundo, volvió a ser el joven de trece años que le estrechó la mano en Hogwarts. No había miedo en su rostro, solo una devoción absoluta, una lucidez desquiciada que lo hacía parecer casi divino.

—No importa el tiempo o el espacio, tú seguirás siendo siempre mi estrella favorita —susurró él, y el sonido llegó a los oídos de Narcissa a pesar del zumbido de la magia—. Así decidas iluminar otros cielos, otras noches y otras vidas. Yo siempre te seguiré y escribiré cada detalle de ti, mi hermosa Narcissa, en esta vida o en la que sigue.

Con un movimiento fluido y certero, Lucius hundió la daga en su propio corazón.

El suelo rugió. La sangre de Lucius Malfoy, la sangre más pura de Gran Bretaña, se desparramó sobre las runas de Cronos. El líquido carmesí no se quedó quieto; comenzó a arder con un fuego blanco, alimentando el motor del tiempo.

—Ve por nuestro hijo —musitó él, mientras el hilo de vida se le escapaba por la boca en una cascada de rubíes—. Sabía que serías tú quien lo intentaría... pero un mundo donde tú te quites la vida... es un mundo que yo no soportaría...

El cuerpo de Lucius cayó con el peso sordo de lo definitivo. Sus ojos, fijos en ella hasta el último suspiro, se volvieron vidriosos, reflejando el fulgor del ritual. Narcissa estiró su mano, sus dedos arañando el aire, tratando de alcanzar el cuerpo del hombre que la había amado por encima de su propia existencia.

—¡Lucius!

Pero el vacío no esperaba. El círculo rúnico estalló en un vórtice de energía celestial. La habitación comenzó a disolverse, las paredes de la mansión se convirtieron en polvo de estrellas y el lamento de Narcissa fue engullido por el rugido de los siglos que retrocedían.

Se sintió desgarrada, estirada a través del infinito. El sacrificio de Lucius era el combustible; su amor era el mapa. Ella caía a través de la nada, dejando atrás el cadáver del hombre que le dio todo, con el único propósito de llegar a un tiempo donde su hijo aún respiraba. Era una huida hacia adelante, un salto al abismo de la causalidad, donde Narcissa Black se convertía en la arquitecta de un nuevo destino, bautizado con la sangre de un esposo y la esperanza desesperada de una madre.

El silencio volvió a ser absoluto, pero esta vez, el tiempo empezaba a latir de nuevo, en reversa.

Sucedió en el verano después del primer año de Draco. El sol de Wiltshire entraba a raudales por los ventanales de la mansión, iluminando la platería de la mesa con una intensidad cegadora. Draco, con apenas doce años y esa arrogancia infantil que todavía no conocía el peso de la Marca, llevaba cuarenta minutos hablando.

O mejor dicho, llevaba cuarenta minutos hablando de Harry Potter.

—... y entonces, madre, el muy tonto de Potter se cree el dueño del campo solo porque tiene una Nimbus 2000 que ni siquiera se ganó. Es un buscador mediocre, lo sé yo, lo sabe Flint, ¡hasta los estúpidos gnomos del jardín lo sabrían si lo vieran volar! Y Dumbledore, por supuesto, le regala puntos por respirar. "Diez puntos para Gryffindor porque Potter se ató bien los cordones". ¡Es patético!

Narcissa observaba la escena desde la cabecera de la mesa. Draco gesticulaba con el tenedor, su rostro pálido encendido por una mezcla de envidia y una admiración que él mismo no sabía identificar. Era una verborrea incesante, un torrente de quejas que siempre terminaba y empezaba con el mismo nombre. Potter, Potter, Potter.

Lucius estaba sentado frente a ella. Narcissa notó el ligero tic en la ceja de su esposo, la forma en que sus dedos apretaban el mango del cuchillo de plata. Lucius estaba harto. Estaba exhausto de escuchar las crónicas de las hazañas del "Niño que Vivió" a través de los ojos obsesionados de su hijo. Cualquier otro padre, cualquier otro Black, le habría ordenado silencio con un grito o un golpe en la mesa.

Pero Lucius no lo hizo.

Lucius suspiró, un sonido largo que delataba su fastidio, pero cuando levantó la vista hacia Draco, sus ojos no mostraron ira. Mostraron esa indulgencia pecaminosa que era su mayor debilidad.

—Draco —interrumpió Lucius con voz pausada, pero sin rastro de severidad—. Si tanto te molesta la escoba de Potter, mañana mismo iremos al Callejón Diagon. Compraré siete Nimbus 2001 para todo el equipo de Slytherin. Así no tendrás que volver a mencionar su ventaja técnica, ¿queda claro?

Draco se iluminó. El berrinche se transformó instantáneamente en un triunfo.

—¡Gracias, padre! ¡Potter se va a morir de envidia!

Narcissa vio cómo Lucius volvía a su plato de cordero, ocultando una sonrisa de resignación. En ese momento, ella lo entendió todo. Lucius Malfoy, el hombre que infundía terror en el Ministerio, el que caminaba con la barbilla en alto frente a los magos más poderosos, era un esclavo absoluto de los caprichos de su hijo.

No era solo que lo consintiera; era que Lucius no sabía decir "no" a los ojos grises de Draco. Era una mala costumbre, un vicio de la sangre. Lucius llenaba los vacíos de afecto con oro y escobas, cumpliendo cada deseo caprichoso de Draco como si fuera una orden real. Si Draco hubiera pedido la luna, Lucius habría buscado la forma de encadenarla al techo de su habitación.

—Lo vas a malcriar, Lucius —le susurró Narcissa cuando Draco salió corriendo del comedor para escribirle a sus amigos sobre las nuevas escobas.

Lucius bebió un sorbo de vino y la miró con una complicidad desgarradora.

—Es un Malfoy, Narcissa. Merece tener el mundo a sus pies antes de que el mundo intente aplastarlo. Además... —hizo una pausa, y su voz se volvió suave— me gusta verlo sonreír. Es el único precio que estoy dispuesto a pagar sin quejarme.

El descenso no fue una caída, fue una expropiación del ser. Mientras Narcissa caía a través de las costuras de la existencia, sentía cómo la cronología de su propia vida era desollada, centímetro a centímetro. Las imágenes pasaban ante sus ojos como fragmentos de un espejo roto lanzados al fuego: Draco riendo entre los pavos reales de la mansión, Lucius inclinándose para besarle la sien con esa devoción silenciosa que era su único credo, la familia perfecta que alguna vez creyeron ser antes de que la marca en el brazo de su hijo se convirtiera en su epitafio de ceniza.

El dolor que la atravesaba no era físico, era una violación de la naturaleza. Sentía cómo sus huesos eran obligados a viajar hacia atrás, rompiéndose en el proceso para reensamblarse en una forma más joven, más tersa, pero habitada por una mente vieja, lacerada y podrida por el luto. Era un Cruciatus del alma, un desgarro metafísico que separaba su conciencia de su carne.

Y en medio de esa agonía de negrura absoluta, una voz maliciosa y vibrante, una frecuencia que no pertenecía a este plano ni a esta lengua, se burlaba de su sufrimiento con una cadencia que recordaba al crujir de los huesos secos.

—Amor sincero... Corazón devoto...— siseaba la voz, arrastrando las sílabas como si fueran veneno dulce. —Y una madre deseando ver a su hijo... El sacrificio fue hecho... Una vida por otra vida... Aceptamos el sacrificio por tan alto valor de borrego usado...— Hubo una pausa cargada de una risa inhumana. —Pero una maldición ha de caer a quien invoca los poderes del Caos. Tendrás a tu hijo, Narcissa Black, pero no será tuyo. Jamás volverá a ser tuyo.

La oscuridad la consumió por completo, una nada tan densa que el pensamiento mismo se apagó, dejando solo el eco de esa sentencia vibrando en su sangre.


Cuando la luz del sol finalmente golpeó sus párpados, Narcissa no sintió calidez, sino una náusea existencial. El aire olía a incienso, a polvo de estrellas y a ese perfume de rosas blancas que Druella, su madre, siempre usaba. Era un olor que pertenecía a los muertos, a los museos, a los recuerdos que uno no desea exhumar.

Al abrir los ojos, el techo de seda de su antigua habitación en la Casa Black se extendía sobre ella. Estaba de vuelta. Horas antes de su boda con Lucius. El día que debería ser el triunfo de su linaje era ahora el escenario de su condena.

Un tarareo dulce y calmado llegó desde la distancia. Una voz que era una herida abierta. Narcissa se levantó de un salto, ignorando el mareo, y corrió hacia la figura que estaba frente al tocador.

—¡Bella! —el nombre salió como un sollozo.

Bellatrix la recibió con una risa suave, una caricia de voz que no contenía el rastro de la locura de Azkaban. Era la Bella de su juventud: hermosa, imponente, con ojos que aún conservaban un rastro de humanidad. Verla allí, peinando su cabello como si el mundo no fuera a arder, fue como tocar un cadáver que aún tiene pulso.

—Cissi, parece que aún actúas como una niña, aun si hoy es el día en que te vas a casar, pequeña hermanita —dijo Bellatrix, burlona—. ¿Asustada? No te preocupes, padre está encantado. Te casarás con la casa Malfoy. Lucius está escalando puestos al lado de nuestro Señor... nadie pensará mal sobre tu pequeño "problemita".

Narcissa se miró al espejo. La juventud era un insulto. Allí estaba la piel de porcelana, el cabello rubio como el sol, pero sus ojos plata eran los de una mujer que había enterrado a su mundo. Recordó el "problemita": su castidad entregada a Lucius semanas atrás. Pensó con desesperación que, en este tiempo, Draco pronto sería concebido. Llevó su mano a su vientre, buscando la chispa de vida que recordaba haber sentido.

Pero entonces, el tiempo se detuvo.

Bellatrix quedó congelada en el aire. De las sombras emergió una mujer que no pertenecía al mundo de los magos ingleses. Sus ojos eran esmeraldas líquidas, su cabello una cascada de noche rizada y su piel tenía la palidez de la luna. Hécate. La diosa que fue considerada para los muggles incultos como patrona de la magia, la misma que en las leyendas del otro lado del mar gobernaba las encrucijadas.

Narcissa cayó de rodillas. El peso de la divinidad era una montaña.

—Levántate —ordenó Hécate con una voz que sonaba como mil susurros—. Es fascinante ver hasta dónde llega el egoísmo humano. Usaste un hechizo que ni los dioses se atreven a tocar. Sacrificaste a tu esposo, una vida devota, por un capricho del alma.

—¡No es un capricho! ¡Es mi hijo! —gritó Narcissa, desafiando a la diosa—. ¡Draco es mío!

Hécate soltó una carcajada maliciosa. Su risa era un balde de agua helada.

—Los dioses no ayudamos de gratis, niña. El sacrificio de Lucius pagó tu pasaje, pero la maldición del Caos exige tu útero. No habrá vida nueva saliendo de ti. Tu vientre es ahora una tumba de ceniza.

—¿Entonces para qué me trajo aquí? —preguntó Narcissa, con las lágrimas quemando sus mejillas.

—Para darte una prueba —dijo Hécate, extendiendo su mano para ponerle un anillo en forma de serpiente—. Las almas no se crean, Narcissa. Se reciclan. Se transforman. Tu amado Draco no es una página en blanco que nacerá de ti; él es un alma vieja que ya camina por estos pasillos.

La diosa se inclinó, sus ojos esmeraldas brillando con una burla insoportable.

—¿Quieres a tu hijo? Encuéntralo. Pero para tenerlo, deberás sacrificar el pasado, aunque también ocuparas ayuda externa como guía, encuentra a Sybill Patricia Trelawney.

El mundo volvió a la normalidad. Hécate se desvaneció, dejando a Narcissa temblando en el suelo. Bellatrix seguía hablando, pero sus palabras eran ruidos de fondo.

Narcissa sintió que el anillo en su dedo latía violentamente. Un calor insoportable emanaba de la joya, una brújula de sangre. La puerta de la habitación se abrió y entró Regulus. Su primo menor. El niño de ojos grises y mirada tímida que ella siempre había intentado proteger de la oscuridad de la familia. Regulus, que en su vida pasada moriría solo en una cueva.

El anillo en el dedo de Narcissa estalló en un fulgor verde esmeralda. El dolor en su pecho fue el reconocimiento definitivo.

Narcissa miró a Regulus y sintió el sabor de la hiel en la lengua. La prueba de Hécate era la burla suprema de los dioses. Para tener a su hijo, para "salvar" a Draco, tenía que aceptar que el niño frente a ella debía morir o desaparecer para que su esencia se convirtiera en el hijo que ella recordaba. O peor: tenía que elegir entre el primo que Regulus representaba y el hijo que Draco fue.

Las almas sólo renacen. Si Regulus estaba vivo, Draco no existía como hijo suyo; era el hombre frente a ella. El sacrificio de Lucius la había traído al momento donde su hijo ya no era su hijo, sino su pariente. La madre desesperada estaba atrapada en el cuerpo de una novia joven, mirando al alma de su hijo en el cuerpo de un condenado.

Regulus entró, sonriendo con esa dulzura que le caracterizaba.

—Cissi, Lucius ya ha llegado. Es hora.

Narcissa no se movió. Su mente filosófica, forjada en el dolor de mil noches de guerra, entendió la crueldad divina. Había recuperado a Draco, pero lo había perdido como madre. El amor que sentía por Regulus y el que sentía por Draco chocaron en un cataclismo interno.

—Te encontré —susurró ella, con una voz que no era la de una novia, sino la de una deidad caída—. Pero, ¿a qué precio, mi pequeño dragón? ¿A qué precio?

Los dioses se reían desde el Olimpo, y Narcissa Black, por primera vez, entendió que el Caos nunca devuelve lo que uno ama sin antes corromperlo por completo. Su boda con Lucius estaba a punto de empezar, pero ella ya era una viuda de dos vidas y una madre de un hijo que no podía reclamar.

La tarde en la Mansión Black no era iluminada por el sol, sino por el resplandor mortecino de los candelabros de plata que goteaban cera como lágrimas lentas. El aire en la biblioteca privada de los Black era denso, saturado del olor a pergamino antiguo y a la humedad de los muros de piedra que habían visto pasar generaciones de desgracias.

Druella Rosier permanecía de pie, su silueta recortada contra los estantes de libros prohibidos. Sus manos, finas y pálidas, acariciaban el lomo de un tomo encuadernado en piel humana, mientras sus tres hijas —Bellatrix, Andrómeda y Narcissa— escuchaban con la rigidez de quienes saben que cada palabra de su madre es una advertencia de supervivencia.

—Escucharme bien —comenzó Druella, y su voz era un susurro gélido que parecía arrastrarse por el suelo—. El mundo mágico cree que el peligro reside en los duelos o en la pureza de la sangre. Pero hay fuerzas más antiguas que nuestras varitas, entidades que habitan en los pliegues del tiempo y que se alimentan del orgullo de los mortales. Los Dioses Griegos.

Narcissa, la más pequeña, sintió un escalofrío. Bellatrix mantenía una sonrisa de fascinación oscura, mientras que Andrómeda apretaba los puños, presintiendo el peso de la lección.

—No son mitos, son reales —continuó Druella, clavando sus ojos verdes en las niñas—. Nombrar a Hécate en esta casa no es una plegaria, es una invitación. Los dioses no son padres benévolos; son espejos de nuestras peores ambiciones. Si te atreves a buscarlos, ellos te encontrarán. Y cuando un dios te mira, no lo hace con amor, sino con la curiosidad de quien observa a una hormiga antes de aplastarla. Nunca, bajo ninguna circunstancia, busquen su favor. Porque su favor es el primer paso hacia la locura.

De repente, las puertas dobles de la biblioteca se abrieron de par en par, dejando entrar una corriente de aire frío que apagó la mitad de las velas. Walburga Black entró con el paso de una reina que camina sobre las cenizas de su propio reino. Su presencia eclipsó la de Druella de inmediato.

—Demasiada cautela en tus palabras, Druella —sentenció Walburga, su voz resonando con una autoridad que hacía vibrar los cristales—. Les hablas de miedo, cuando deberías hablarles de condena.

Walburga se acercó a Narcissa, tomándola de la barbilla con una fuerza que rozaba la violencia, obligándola a mirar hacia el techo abovedado, donde las constelaciones de la Casa Black estaban pintadas en oro y lapislázuli.

—Miren sus nombres —rugió Walburga—. Bellatrix, la guerrera de Orión. Andrómeda, la princesa encadenada. Narcissa, el reflejo del abismo. Ustedes no son simples brujas. Son niñas de las estrellas, nacidas bajo el estigma de los astros. Y para un Black, ser el "elegido" de un dios es la sentencia más cruel que existe.

Walburga comenzó a caminar alrededor de las tres hermanas, como un depredador marcando su territorio.

—¿Creés que ser el favorito de un panteón es una bendición? —preguntó con una risa amarga—. Si el Olimpo pone sus ojos en ti, te convertirá en su juguete hasta que tu mente se rompa. Si el Panteón Romano te elige, serás el sacrificio en una guerra que no es tuya. Y si los Dioses Nórdicos te reclaman, solo te espera un Ragnarök personal, una destrucción total para alimentar su gloria.

Se detuvo frente a Bellatrix, cuyos ojos brillaban con un fuego peligroso.

—Nuestra sangre ya está maldita por la arrogancia, Bellatrix. Los dioses no otorgan dones, otorgan deudas. Un Black elegido por una entidad es un Black que está destinado a ver morir todo lo que ama para que el dios pueda reírse de su agonía. Ellos odian nuestra estirpe porque nosotros, los hijos de las estrellas, tenemos una chispa que les recuerda que incluso las deidades pueden ser olvidadas. 

Walburga se volvió hacia Druella, su mirada cargada de un desprecio ancestral.

—No les enseñes a tener cuidado, enséñales a odiar la atención divina. Porque si alguna vez, en su desesperación, una de ustedes invoca a Hécate o a cualquier otro nombre antiguo, deben saber que el precio no será solo su vida... sino su descendencia. Los dioses siempre cobran en la moneda del futuro.

Narcissa bajó la vista hacia sus manos, sintiendo un peso invisible sobre sus hombros. En ese momento, en el silencio sepulcral de la biblioteca, la pequeña Black entendió que su linaje no era un trono, sino una celda de plata. Los nombres que llevaban no eran solo estrellas en el cielo, eran las coordenadas para que los monstruos del Caos supieran exactamente dónde encontrarlas.

—Vivan en la sombra —concluyó Walburga, dándoles la espalda—. Porque en la luz de los dioses, solo los Black se queman hasta convertirse en nada.

Aquella lección se grabó en la lengua de Narcissa como el sabor del hierro. Años después, cuando se encontrara frente a Hécate en el vacío del tiempo, las palabras de Walburga resonarían en su mente como una profecía cumplida: el favor de un dios es el inicio de la condena.

Las palabras de Walburga, que en su infancia parecían meros delirios de una mujer obsesionada con la pureza y el poder, ahora golpeaban la conciencia de Narcissa con la fuerza de un martillo contra el yunque. Atrapada en la lozanía de sus veintitrés años, el contraste entre su piel tersa y su alma marchita era una tortura constante.

Los dioses siempre cobran en la moneda del futuro —había dicho su tía.

Narcissa bajó la mirada hacia su mano izquierda. El anillo de Hécate no era una joya; era un parásito de plata y esmeralda que pulsaba al ritmo de su remordimiento. Cada vez que Regulus entraba en la habitación, el anillo quemaba, recordando que su "hijo" estaba allí, encerrado en la caja torácica de su primo.

Era la burla definitiva. Hécate no le había devuelto a Draco; le había entregado un rompecabezas de carne y tiempo. La filosofía de los Black siempre fue la preservación del linaje a cualquier precio, pero ¿qué precio era este? Para que Draco existiera como el hijo que ella recordaba, Regulus —el niño que Walburga le confió, el que ella amó con la ternura de una hermana mayor— debía ser borrado, consumido por la esencia de un hombre que aún no nacía.

—He invocado al Caos —susurró Narcissa frente al espejo, observando cómo su reflejo joven parecía burlarse de su desesperación vieja—. Y el Caos me ha dado exactamente lo que pedí, pero de la forma en que los monstruos entregan regalos.

Sentía el peso de la condena en la punta de la lengua. Si elegía salvar a Regulus de su destino en la cueva, ¿mataría la posibilidad de que Draco recuperara su conciencia? Si forzaba a Draco a emerger, ¿estaría asesinando al último rastro de inocencia que quedaba en su familia?

Narcissa entendió entonces que ser una "niña de las estrellas" no significaba brillar, sino arder en el vacío absoluto. Se ajustó el vestido de novia con los dedos temblorosos. En unas horas se casaría con un Lucius que la miraba con adoración juvenil, ignorando que ella era una viuda del futuro que cargaba con la muerte de su esposo y la maldición de su hijo en un solo dedo.

El silencio de la mansión se sentía como la respiración de Hécate en su nuca, esperando el primer error, la primera grieta en su resolución. La lección de Walburga estaba completa: Narcissa no era la elegida de una diosa, era su entretenimiento.

El aire en el salón de baile no era oxígeno, era plomo derretido que se le instalaba en los pulmones. Narcissa caminaba sobre el mármol pulido sintiendo que cada paso hundía sus tacones en una fosa común invisible. El vestido de novia, una obra maestra de seda y encaje que en su vida pasada la hizo sentir la mujer más poderosa de la aristocracia, ahora le pesaba como una armadura de hierro oxidado. La tela blanca le quemaba la piel; no era el atuendo de una desposada, era el sudario con el que entregaría a todos los presentes.

Los violines lloraban una melodía que los invitados confunden con elegancia, pero que para ella era el aullido de las almas que estaban a punto de ser devoradas por el tiempo. Narcissa miraba a su alrededor y el mundo se desdoblaba. Veía la risa, el brillo de las copas de cristal y el lujo obsceno de la Casa Black, pero sobrepuesto a eso, como una transparencia macabra, veía la putrefacción de lo que vendría.

A pocos metros, Regulus reía. Su risa era limpia, joven, sonora. Estaba abrazado a Barty, celebrando la unión de su prima como si el futuro fuera un campo de flores y no un campo de exterminio. Narcissa sintió un sabor amargo, una hiel que le subía por la garganta al verlo. Veía sus ojos grises —tan parecidos a los suyos, tan parecidos a los de Draco— y en ellos no veía vida, sino el reflejo del agua negra de la cueva. Podía oler el estanque estancado, escuchar el chapoteo de los inferi emergiendo para arrastrar a ese niño noble hacia la nada.

"Mi pequeño Regulus", pensó, y el corazón se le contrajo con una violencia que casi la hace trastabillar. "Vas a morir solo. Vas a morir buscando redención en un collar de latón mientras el aire se te escapa de los pulmones". La crueldad de Hécate era absoluta: para que Draco naciera, el cuerpo de Regulus tenía que convertirse en abono. La misma alma no podía habitar dos cuerpos al mismo tiempo. Para que el sol de Draco brillara, la luna de Regulus tenía que ser eclipsada para siempre por la muerte.

Cerca de ellos, Evan Rosier alzaba su copa. Su rostro era el de un guerrero que todavía creía en la gloria. Narcissa lo miró y vio el destello verde del hechizo de Alastor Moody apagando esa luz. Vio a Pandora, su dulce Pandora, con sus cabellos salvajes y esa mirada soñadora que siempre parecía ver más allá del velo. Veía el momento de su accidente, el destello de su propia magia volviéndose en su contra frente a los ojos de una Luna niña.

Y Severus. El joven que Lucius había adoptado como un protegido, el muchacho de túnica raída que caminaba entre los sangre pura con una mezcla de orgullo y resentimiento. Narcissa veía su cuello desgarrado por los colmillos de la serpiente, su sangre derramándose por una mujer muerta y un niño que no era suyo.

Era un infierno en vida. Cada brindis era un clavo en un ataúd. Narcissa sentía que el anillo de la diosa, oculto bajo el encaje de su guante, pulsaba con una vibración maligna, como si Hécate estuviera allí mismo, sentada a la mesa, dándose un festín con la desesperación de su protegida.

—¿Narcissa? Mi vida, ¿estás bien? Estás helada —la voz de Lucius la trajo de vuelta, pero el alivio fue nulo.

Al mirarlo, el dolor alcanzó su punto máximo. Este era el Lucius joven, el de mirada hambrienta y ambiciosa, el que todavía no conocía el peso de la derrota ni el frío de Azkaban. Pero ella todavía podía sentir el olor a cobre de la sangre de su Lucius, el hombre que horas antes (o décadas después) se había hundido una daga en el corazón para mandarla a ella a este matadero temporal.

Bailar con él fue como bailar con un extraño que usaba la piel de su amante. Cada vez que él la estrechaba, ella recordaba el cuerpo inerte de su esposo desplomándose en el sótano. Narcissa quería gritar, quería advertirles a todos, quería decirle a Regulus que no fuera a la cueva, a Evan que no luchara contra Moody, a Severus que no se entregara a la doble lealtad. Pero no podía.

Si los salvaba, Draco moría.

"Soy un monstruo de seda y plata", se dijo a sí misma mientras giraba en el salón. "Soy la arquitecta de su destrucción". Entendió que el amor de madre es la forma más pura de egoísmo. Estaba dispuesta a dejar que Regulus —el niño que fue como un hermano para ella— fuera devorado por los muertos vivientes solo para tener la oportunidad de volver a oler el cabello de su hijo. Estaba dispuesta a que Evan y Barty sufrieran destinos peores que la tumba con tal de que el alma que compartían con Draco regresara a su legítimo lugar: su propio vientre.

Hécate se burlaba de ella porque sabía que Narcissa elegiría al hijo sobre el primo todas las veces. Los dioses no ayudan de gracia; la habían convertido en la espectadora de un genocidio personal. Narcissa era la única persona en el mundo que conocía el final del libro y, por amor, estaba obligada a dejar que cada página se escribiera con la sangre de sus amigos.

La risa de Regulus volvió a sonar, clara y brillante, y el anillo de esmeralda quemó la carne de Narcissa. Era una risa que pedía vida, pero ella ya le había otorgado la muerte.

—Por la casa Black y la casa Malfoy —gritó un invitado al fondo—. ¡Que su linaje sea eterno!

Narcissa alzó su copa con una mano temblorosa, mirando a través del cristal el rostro de Regulus. "Tu linaje terminará en el agua, primo", pensó con una frialdad que la asustó. "Para que el mío pueda empezar de nuevo entre las cenizas".

Bebió el champán y le supo a sangre. La boda continuaba, el baile no se detenía, y Narcissa Malfoy caminaba por su propio paraíso de pesadilla, sabiendo que cada segundo de su felicidad presente estaba cimentado sobre el cadáver de todos los que amaba.

Sucedió meses después de que se graduaran de Hogwarts. No hubo una cena ostentosa ni una audiencia formal ante sus padres en aquel primer momento. Lucius la había llevado a los acantilados de la costa de Wiltshire, un lugar donde el viento soplaba con tal ferocidad que parecía querer arrancarte la piel. El cielo era de un color violeta hematoma, un presagio de la tormenta que se cernía sobre el mundo mágico.

Lucius no se arrodilló. Los Malfoy no se arrodillan si no es para ver el mundo arder desde abajo. Se mantuvo de pie frente a ella, con su túnica negra ondeando como un ala de cuervo y su cabello de plata agitado por el vendaval. Sus ojos grises no tenían rastro del aburrimiento fingido que mostraba en las fiestas; estaban cargados de una intensidad que Narcissa encontró casi insoportable.

—Narcissa —dijo él, y su voz cortó el estruendo de las olas golpeando las rocas—. El mundo está cambiando. Lord Voldemort ofrece un poder que nuestra casta no ha visto en siglos. La guerra es inevitable, y muchos de los que hoy brindan con nosotros serán cenizas antes de que termine la década.

Él dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Narcissa pudo sentir el frío de su presencia. Le tomó las manos con una firmeza que bordeaba la desesperación.

—No te ofrezco una vida de paz. Te ofrezco un lugar a mi lado en el trono de lo que construiremos. No quiero a una mujer que se esconda en las sombras; quiero a la estrella que guíe mi camino cuando la oscuridad sea absoluta. Cissa, sé mi esposa. Sé la dueña de Malfoy Manor y la madre de mis herederos. Júrame que, sin importar cuánta sangre tengamos que derramar, siempre seremos nosotros dos contra el olvido.

En ese momento, Lucius sacó el anillo de compromiso de los Malfoy, un diamante negro engastado en platino que parecía absorber la poca luz que quedaba en el horizonte. Narcissa lo miró y, por un instante, sintió el peso del destino. Ella no solo estaba aceptando a un hombre; estaba aceptando una guerra, un linaje y una condena.

—Lo juro, Lucius —respondió ella, sellando su destino con un beso que sabía a sal y a hierro—. Hasta que el tiempo nos devore.

La alcoba nupcial en Malfoy Manor no se sentía como el inicio de una vida, sino como la antecámara de un juicio final. El aire estaba cargado con el aroma de los lirios blancos y el aceite de sándalo, un perfume que a Narcissa le recordaba demasiado a los velatorios de la aristocracia. Las sombras proyectadas por las velas de cera de abeja bailaban en las paredes de seda, estirándose como dedos que intentaban atraparla, recordándole que ella no pertenecía a esa noche, ni a ese cuerpo, ni a esa paz ficticia.

Lucius se acercó a ella por la espalda. Sus manos, todavía suaves, sin las callosidades que le dejarían los años de empuñar el bastón de mando o las grietas del frío de Azkaban, se posaron sobre sus hombros. Narcissa se estremeció. El contacto físico era una disonancia cognitiva: su cuerpo de veintitres años reaccionaba con la memoria muscular de la juventud, pero su alma vieja y herida sentía que estaba siendo tocada por un fantasma.

—Narcissa… —susurró él, hundiendo el rostro en la curva de su cuello—. Estás tan distante. Pareciera que tu cuerpo está aquí, pero tu mente ha cruzado el velo.

Ella cerró los ojos con fuerza. ¿Cómo explicarle que ella venía de un mundo donde él era ceniza y sacrificio? ¿Cómo decirle que todavía podía sentir el peso de su cadáver desplomándose sobre el círculo de runas? Bajo el guante de encaje que todavía no se había quitado, el anillo de Hécate pulsaba con un ritmo frenético, un recordatorio constante de que cada caricia de este Lucius era un préstamo que ella estaba pagando con la sangre del futuro.

Lucius comenzó a desatar con delicadeza los cordones de su corsé. Cada centímetro de piel que quedaba expuesto se sentía como una traición. Narcissa se giró bruscamente, tomándolo de las manos. Sus ojos plata, inyectados en una desesperación que Lucius no podía comprender, buscaron los de él.

—Lucius, prométeme algo —dijo ella, y su voz sonó como el crujido de la madera vieja bajo una tormenta—. Prométeme que, pase lo que pase, sin importar cuán oscura se vuelva la noche o qué sacrificios exija el Señor Oscuro… nunca pondrás el honor de nuestro nombre por encima de la vida.

Lucius frunció el ceño, confundido por la gravedad de sus palabras en una noche de celebración.

—Cissa, nuestra sangre es nuestro honor. Todo lo que hacemos es para asegurar que el linaje Malfoy y Black prevalezca. Tú misma me lo dijiste en Hogwarts.

—¡Olvida lo que dije en Hogwarts! —gritó ella, y el volumen de su voz rompió la atmósfera sagrada de la habitación. Sus manos temblaban violentamente—. No tienes idea de lo que viene. No sabes cómo termina esto. He visto… he soñado con el agua negra, Lucius. He visto a Regulus hundiéndose. He visto tu sangre derramada en el suelo de nuestra propia casa para salvar un fantasma. He visto a nuestro hijo…

Se detuvo en seco. El nombre de Draco quemó sus labios como carbón encendido. Lucius la sujetó por los hombros, ahora con firmeza, su expresión pasando de la preocupación a la alarma.

—¿Qué hijo? Narcissa, ¿de qué estás hablando? Estás delirando. Es el cansancio, la presión de la boda…

Narcissa estuvo a punto de soltarlo todo. Las palabras se agolpaban en su garganta como una marea de hiel. Quería confesarle que ella era una viajera de un futuro muerto, que su primo Regulus era, en esencia, el alma de su hijo no nacido, y que ella era el monstruo que permitiría que el mundo ardiera con tal de recuperar a Draco. Quería decirle que él iba a morir por ella y que ella lo amaba tanto que prefería verlo vivo y sin honor que héroe y enterrado.

Pero el anillo de esmeralda le dio una punzada de dolor tan agudo que sintió que su corazón se detenía por un segundo. “Tendrás a tu hijo, pero no será tuyo”, recordó la voz de la diosa. Si ella confesaba, si ella alteraba el flujo de las decisiones de Lucius ahora, el frágil equilibrio que permitía que la esencia de Draco existiera en este tiempo podría desintegrarse.

Hécate la estaba observando. La diosa se alimentaba de este silencio agónico.

—Yo… —Narcissa bajó la mirada, las lágrimas finalmente desbordándose—. Solo tengo miedo de perderte. He tenido visiones, Lucius. Visiones donde esta habitación está vacía y tú ya no estás.

Lucius, suavizado por lo que creyó era una muestra de vulnerabilidad femenina y amor profundo, la estrechó contra su pecho. La abrazó con una fuerza que pretendía ser protectora, sin saber que estaba abrazando a la mujer que ya había visto su final y que estaba dispuesta a dejar que sus mejores amigos fueran masacrados con tal de asegurar un futuro que solo ella recordaba.

Narcissa hundió el rostro en la camisa de seda de su esposo, aspirando su olor a hombre vivo, a hombre joven. "Perdóname", pensó en el silencio de su mente. "Perdóname porque te voy a mentir cada día de esta vida. Te amaré en la cama mientras imagino tu sacrificio. Y dejaré que Regulus muera, Lucius. Dejaré que muera para que podamos tener a nuestro hijo. Soy el monstruo que Walburga crió, y hoy, en nuestra noche de bodas, estoy cavando la tumba de toda nuestra generación".

El silencio volvió a la alcoba, solo interrumpido por el crepitar de las velas y el latido de dos corazones que, aunque latían juntos, pertenecían a universos distintos.

En la vida que Narcissa ya vivió, el nacimiento de Draco no fue un evento de luz, sino un acto de resistencia contra la oscuridad que devoraba Inglaterra. Afuera, la guerra arbolaba su guadaña; adentro, en la habitación principal de Malfoy Manor, el aire estaba saturado con el olor a sangre, sudor y la magia antigua que protege los partos de los sangre pura.

Narcissa estaba exhausta, su piel de alabastro empapada y sus dedos entumecidos de tanto apretar las sábanas de seda. Pero cuando el primer llanto rompió el silencio de la alcoba, el universo pareció detener su rotación.

Lucius, que había pasado las horas del parto caminando como una bestia enjaulada tras la puerta, entró en la habitación. No entró con la arrogancia del Lord que humillaba a los nacidos de muggles, ni con la frialdad del mortífago que cumplía órdenes atroces. Entró como un hombre que acababa de presenciar la creación del sol.

Narcissa lo vio acercarse. Lucius temblaba. Sus manos, las mismas que empuñaban la varita para lanzar maldiciones imperdonables, ahora vacilaban al tocar la manta de lana fina que envolvía al recién nacido.

—Es… es él —susurró Lucius. Su voz, siempre aterciopelada y segura, estaba rota, cargada de un asombro casi religioso.

Se arrodilló junto a la cama, ignorando la dignidad de su túnica de gala. Narcissa le entregó el pequeño bulto. Cuando Lucius tomó a Draco por primera vez, su rostro sufrió una transformación que Narcissa jamás olvidaría. Sus ojos grises, usualmente gélidos como el hierro, se inundaron de una ternura tan devastadora que resultaba dolorosa de observar.

—Miralo, Narcissa —dijo Lucius, con una sonrisa trémula—. Tiene tus ojos. Tiene la mirada de las estrellas.

En ese momento, Lucius Malfoy se inclinó y besó la frente de su hijo con una reverencia que no le profesaba ni siquiera a su Señor Oscuro. Fue una entrega absoluta. La devoción que emanaba de él no era solo orgullo por el heredero; era un amor desquiciado, una promesa silenciosa de que quemaría el mundo entero antes de permitir que una sola gota de dolor tocara a ese niño.

Lucius tomó la mano de Narcissa con una fuerza desesperada, uniendo a los tres en un círculo de carne y destino.

—Gracias —le dijo él, mirándola con una adoración que rozaba la locura—. Me has dado una razón para sobrevivir a este infierno. Narcissa, te juro por mi magia y por mi sangre que nada los tocará. Somos nosotros contra el resto del mundo. Siempre.

Narcissa, en aquel entonces, creyó en esa promesa. Vio en Lucius no al peón de Voldemort, sino al guardián de su corazón. La devoción de Lucius era su escudo; él la amaba a ella porque era la madre de su dragón, y amaba a Draco porque era la extensión de su propia alma glorificada. Eran una unidad perfecta, un núcleo de luz rodeado por una tormenta de sombras.


De vuelta en la alcoba nupcial del pasado, Narcissa sintió una lágrima solitaria rodar por su mejilla mientras el Lucius joven dormía a su lado. El recuerdo de esa devoción era lo que la mantenía cuerda y, al mismo tiempo, lo que la empujaba al abismo.

Ella sabía que ese hombre, el padre devoto que lloró al ver a Draco, se convertiría en el hombre que se suicidaría en un sótano para que ella pudiera estar aquí. Sabía que la devoción de Lucius era tan grande que no dudaría en morir mil veces si eso significaba que Draco tuviera una oportunidad de respirar.

"Lo hice por nosotros, Lucius", pensó ella en la oscuridad, tocando el anillo de Hécate. "Tu devoción me trajo aquí, y mi egoísmo nos salvará... aunque tenga que sacrificar al Regulus que duerme en la habitación de al lado".

Narcissa cerró los ojos, tratando de invocar el olor del bebé Draco para tapar el olor a muerte que impregnaba su nueva realidad. Había recuperado al esposo joven, pero extrañaba desesperadamente al padre destrozado que la amó hasta el final.

Notes:

Hola a todos, la verdad estaba emocionada de subir este capitulo, sinceramente amo los Black y los Malfoy. Diría que es por Narcissa y Lucius, siento que es de las mejores parejas dentro del universo de Jk Rowling, el amor que se tienen como pareja es increíble por ello me dedique a escribir de ambos, bueno espero verlos pronto en el siguiente capitulo.