Chapter Text
El resultado final parecía haber llegado con la victoria del infierno ante la caída del primer hombre en contra de la familia Morningstar, con su cuerpo destrozado en el suelo y su máscara rota, revelando por primera vez ante el infierno el rostro del mayor asesino de pecadores.
Fuera desde su corto cabello castaño despeinado por culpa de la pelea y claramente mojado por el sudor que se podía notar suavemente corriendo en su frente, aunque algunos mechones marrones parecían teñirse a un brillante rubio debido a la sangre divina, su tez tan blanca como la porcelana con una ligera zona de barba sin afeitar de 3 días, pero lo más destacable fueron sus ojos...
Unos brillantes ojos color dorado.
Un dorado perfecto que ni las joyas de una corona o el rubio cabello del lucero del alba podría competir, sin embargo...
Charlie Morningstar, la princesa del infierno, la noble dama con un corazón de oro quien buscaba la manera de redimir a las almas pecadoras en su reino, aquella que buscaba luz incluso en los más oscuros pecadores, la princesa que era el antítesis natural del primer hombre pudo ver directamente a aquellos orbes de oro...
Y un dolor se apodero de su pecho.
Aunque pudo haber tenido una mala relación, o quizá solo una mala presentación uno del otro, Charlie no odiaba a Adam.
Ciertamente tenía sentimientos encontrados con respecto a la persona de la cual había leído tanto en las historias que sus padres contaban, creyendo que tal vez, solo quizá, sus padres no habían entendido bien al primer hombre y realmente era un alma incomprendida que necesitaba de alguien que quisiera apoyarlo...
Por supuesto su primer intercambio de palabras borraron esa idea por completo.
Malhablado como los muchos pecadores de su reino y con un remarcable orgullo a su miembro viril, una actitud pedante como si lo supiera todo y con una cínica sonrisa de diversión en su rostro mientras aplastaba su sueño de redimir a los pecadores, a sus hijos caídos en la desgracia, encontrando risas o desinterés a pesar de lo que debería ser su relación.
Y aun con todo eso, Charlie tenía esperanza.
Esperaba que el primer hombre abriera los ojos y mirara lo que su proyecto representaba, que su corazón bombeara ante la idea de que sus hijos regresaran a su lado como correspondía, que pudiera darle las palabras que ni siquiera su padre le había dado y apoyara el hotel, que le extendiera la mano para salvar a su descendencia y puedan volver a su lado.
Lamentablemente solo encontró risas y rechazos incluso en medio de la corte celestial, aun cuando había encontrado a una persona que parecía pensar igual que ella.
La portadora de la felicidad, Emily.
Un alma inocente que no sabía nada acerca del exterminio y que al enterarse, se había puesto en contra cantando incluso a su lado para demostrar lo malvado y sin corazón que eran los exterminios.
Aun con las burlas de Adam que parecían afectar a Emily al enterarse de la verdad, incluso aun cuando las pruebas salieron a la luz con Ángel Dust, incluso cuando todo parecía ir por un buen camino, todo parecía ir en su contra y el epicentro de todo no era otro que el primer hombre.
Incluso tras haber adelantado el extermino y amenazado a sus amigos al poner como foco central del extermino su hotel, obligándola a formar un ejercito, que no deseaba tener, y enfrentar, en contra de sus propios deseos, al cielo para defenderse y a su sueño.
Esa fue la primera vez que Charlie Morningstar conoció uno de los peores errores creados por la humanidad;
[Guerra]
Los exterminios eran una cruel matanza de sus cuidadnos anualmente y ella deseaba tener la oportunidad de demostrar al mundo que habría otra manera, buscando evitar que tantas almas desaparecieran en el éter del vacío y pudiera ir al cielo en un descanso eterno, pero lo que esos momentos tuvo que hacer por el bien de proteger lo que amaba...
No la llenaba de orgullo.
Sus inocentes y brillantes orbes rubí pasaron a los dorados de Adam.
Sus padres nunca hablaron demasiado del primer hombre y si hablaban siquiera una cosa de él, era principalmente acerca de su personalidad o la forma en que solía comportarse, casi nunca mencionaban nada destacable que no fuera una llamada "virtud", una mentira creada por el propio primer hombre que incluso el cielo creía era verdad, o al menos eso era lo que sus padres decían y no tenía razón para dudar de ellos...
Sin embargo, las guerras no solo eran matanzas vacías.
Charlie no había visto nunca el rostro del primer hombre solo hasta ese día y, sin embargo, podía saberlo con esa única mirada.
Ese hermoso color dorado que debía rivalizar con el sol del mundo humano o los brillantes colores del cielo, estaban marchistas y apagados, llenos de emociones tan... ni siquiera sabía como llamarlo.
En comparación de Emily quien podía sentir las emociones de quienes le rodeaban, Charlie no necesito de eso para identificar todo el dolor y odio en aquellos ojos.
Su reflejo enmarcaba todo lo que el primer hombre pensaba de ella...
No, era demasiado arrogante incluso para ella el llevarse toda la gloria por esa mirada.
Era la ira y el odio hacia su sangre.
Su rostro una vez enfurecido y con el ceño fruncido poco a poco se borraba de su rostro y una expresión de dolor y pena la reemplazaba, pues no encontraba orgullo alguno en lo que había sucedido ese día en el infierno, no encontraría la victoria que deseaba obtener...
No así.
Ella en verdad deseaba ayudar a las personas para encontrar un mejor lugar para ellos y Adam no era diferente, ahora menos al poder verse reflejada en aquellos orbes dorados marchitos y casi muertos.
Pues frente a ella no podía ver reflejada la heredera que había logrado lo que el cielo creía imposible.
No reflejaba la infernal doncella que demostró no solo a quienes no creían en ella y al primer hombre su error.
No podía ver a la futura reina que lograría juntar a su fragmentada y dolida familia.
Solo podía ver lo que el cielo podía esperar de ella.
La hija del archi traidor quien como su padre buscaba oponerse a los cielos por su propia arrogancia y que había condenado la vida de ángeles como merienda de caníbales.
La sangre del caído, quien una vez más se encontraba devastando y destruyendo a la creación más perfecta del todopoderoso, destruyendo más su alma de lo que su padre habría logrado.
La destinada a mancillar el cielo y provocar solo dolor y devastación donde tocara.
Su corazón latió con suavidad y crueldad ante esa imagen.
¿Qué podía hacer?
Una parte de ella deseaba casi con desespero ir al lado de Adam e intentar que le permitiera curarlo, pedirle que detuviera los exterminios mientras lo sanaba incluso ante la acusación de un chantaje que nunca sucedería o una deuda que no podría pagar, aunque otra parte quería que se quedara donde estaba, su padre no mataría al primer hombre por el tratado con el cielo, por ende, solo volvería derrotado a su hogar.
Adam iba a estar vivo en cualquier elección que tomara, pero su corazón le gritaba, casi como si predijera un gran desastre, que hiciera lo primero.
Pero no se había movido.
Su elección silenciosa mientras observaba al primer hombre despotricando sobre quien sabe que cosa y buscando mantenerse superior, sufriendo mientras una vez más, el dolor en su interior lo consumiría más en su odio y resentimiento en su contra, pero una vez más, no debía de hacer nada pues el primer hombre no podría ser asesinado por nadie...
Y en la mayor burla del destino, una daga se clavo en la espalda del primer hombre.
Ante la atónita mirada de todos y solo el placer en la cara de Vaggie, observaron a la pequeña pecadora invocada por el demonio radio apuñalando una y otra vez al primer hombre, sin piedad alguna y de forma repetida, con una risa desquiciada y llena de... placer.
Un sentimiento de desagrado y asco, acompañado de cierto fervor y jubilo culpable, reinaba en el interior de la princesa infernal, sintiendo la culpa invadiendo su cuerpo ante la caída del primer hombre a manos de uno de sus descendientes.
Una vez más Morningstar arruino algo del cielo.
Una vez más el Lucero del Alba había tomado algo de la creación más perfecta.
Una vez más el cielo observó el resultado de la sangre maldita.
Derrota.
Una sensación de la cual no debería de sentir en esos momentos la invadió, observando al primer hombre, mirando como la derrotada y maltratada ángel lloraba y gritaba con desesperación a su señor, a su líder...
A su amigo fallecido.
Y Charlie solo tuvo que haber hecho una cosa.
Ella quería redimir almas que consideraba merecían una segunda oportunidad.
Abrir las puertas a una segunda opción y demostrar al cielo que incluso aquellos quienes pudieron haber cometido graves accidentes, podrían ir a su reino, que todavía podían demostrar valer su cupo en el cielo, por ende, acercarse para ofrecer...
No.
Ir incluso a sabiendas de lo que Adam pudiera hacer o amenazar, era algo que ella debía de haber hecho.
Pero como muchas veces había pasado, el Lucero del Alba solo hizo la peor elección posible.
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Lute tomo el halo sagrado del primer hombre con la intención de hacer que sus hermanas, las que todavía continuaran con vida, se retiraran al cielo para mandar el informe al cielo.
Pero su mirada reflejaba un enorme dolor ante la perdida de una importante alma, no solo para ella, para el cielo mismo y sus ojos se clavaron en los culpables, en aquellas estrellas arrogantes y prepotentes que eran incapaces de ver más allá de su propia nariz.
Sin embargo, ellos habían hecho un acto imperdonable y pagarían las consecuencias.
Sin importar si dejaban de lado los exterminios por los últimos 500 años en lo que se replanteaba la unidad.
Incluso si de alguna manera el estúpido hotel de la princesa mimada funcionaba.
Incluso si en ese preciso momento un alma redimida llegaba al cielo
Los Luceros del Alba ya habían derramado la gota que colmo el vaso, pues sim importar que hicieran, el cielo no se quedaría callado con la muerte de Adam.
Tocando el halo para comenzar la comunicación...
[Brillo]
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En medio de un espacio con un cielo oscuro como el abismo sin estrellas, alrededor de un hermoso jardín con variadas plantas que parecían sacadas de cuentos de fantasía, con una belleza que ni siquiera el lucero de alba original podría imaginar, dentro de un quiosco donde se encontraba unas mesas con un dulce olor en los alrededores.
La princesa del alba junto a su amada.
El líder de los cazadores y su mano derecha.
Ambos lados igualmente lastimados como se encontraban en su última batalla, con las mismas ropas desgastadas y extremidades ausentes, donde la primera se encontraba terminando de relatar todo lo sucedido hasta donde podía recordar.
-.... ¿Por qué solo a mi me toca lidiar con la mierda de los dioses?
Una voz resonó irritado cuando soltó un suspiro cansado.
Sentado en la única silla en todo aquel hermoso jardín yacía un adolescente no mayor de los 18 años, incluso puede que más joven, con un cabello tan oscuro como el cielo que los rodeaba y unos ojos de un brillo oscuro similar, casi como espejos de obsidiana que iban bien con su tez morena, no era exactamente guapo o hermoso, pero al menos era lo suficientemente atractivo para que Vaggie le diera más de una mirada.
Su rostro con una expresión en blanco mientras miraba al grupo frente a él.
- Antes de empezar permítanme darles la bienvenida, incluso si no fueron invitados a entrar a mi jardín - El chico comentó tranquilamente mientras señalaba un par de sillas que aparecieron casi como arte de magia - Podemos hablar más acerca de la mierda de mundo que tienen, pero considero que es mejor tratar sus heridas y escuchar mejor su historia - Cambiando su expresión de molestia a una suave sonrisa, pronto trato a los invasores como sus invitados personales.
- Gracias - Por supuesto, la primera en responder la amabilidad no fue otra que la heredera del abismo - Aunque creo que todavía no sabemos su nombre - Añadió un tanto nervioso, como demostraba su intento de suave risa.
- Eso es algo que revelare si veo que son dignos de saberlo - El dueño del jardín comentó con tranquilidad mientras tomaba una galleta de un plato frente a él - Por el momento pueden llamarme si gustan, El Victorioso - Y con eso, un brillo peligroso de color dorado cubrió sus ojos como una amenaza silenciosa.
