Chapter 1: Ecos familiares
Chapter Text
La arena se aferraba a los pliegues de su túnica, seca, molesta, imposible de ignorar. Cada paso levantaba pequeñas nubes polvorientas, y el calor comenzaba a ceñirse al grupo, mujeres y hombres empapados de sudor, sus posturas mostraban cansancio. Sin embargo, conversaban con alegría, como si el sol abrazador o la suciedad sobre sus ropas no eran impedimento alguno para sentir euforia. Era esa especie de alivio que llega después de una enseñanza intensa, cuando las palabras de su Rabí aún giraban dentro del pecho, tratando de encontrar un sitio donde asentarse.
Mateo lo sentía, una calidez dentro de su cuerpo, que lo envolvía lentamente, como los pocos abrazos que le dio su padre, hasta que el niño cometía un error y el hombre le daba la espalda, ignorándolo, olvidándolo.
La calidez desapareció, su mente volvió a la realidad, como siempre lo hacía. Ahora lo único en lo que podía pensar era el cómo su túnica, meticulosamente doblada en la mañana, tenía manchas de tierra en los bordes, una arruga que no había previsto bajo el codo izquierdo y el cómo el sudor de su cuerpo hacía que la tela, una vez flexible, se volviera rígida. Como él mismo.
No era importante, lo sabía. Pero, aun así, lo sentía como un pequeño desorden dentro del pecho.
Mateo caminaba en medio de ellos, como siempre. Ni al frente ni al final. Ni demasiado cerca para parecer ansioso, ni tan atrás para parecer distante. Algo que aprendió desde niño era que mientras más se mezclara, menos se destacaría.
Y otra cosa que aprendió Mateo es que rara vez funcionaba.
Había una voz que atravesaba todas las demás, como el filo de un cuchillo bien afilado. Una voz que cortaba el aire y, a veces, cortaba algo más. Pedro, como siempre, hablaba más fuerte. Más rápido. Como si sus ideas se empujaran entre sí para salir primero.
—¡¿Otra vez estás repitiendo eso de los higos, Mateo?! —dijo Pedro, sin malicia, pero sin filtro, al escucharlo recitar el precio promedio del fruto en los mercados de Cafarnaúm.
Mateo se detuvo en seco. Su espalda se tensó. El murmullo del grupo cesó por un instante.
"¿Por qué no puedes comportarte como los demás niños, Mateo?"
Cerró los ojos un instante. La voz de Pedro lo atravesaba como el eco de otra más antigua, más cruel, que aún resonaba en algún rincón de su cerebro, no del todo olvidado.
Abrió los ojos y bajó la mirada a sus sandalias. Contó los pasos entre él y Pedro: siete. Dio un paso atrás, ocho era un número par, equilibrado, cómodo. Respiró.
—Era relevante para la comparación que hacías con el pan, y su valor relativo en tiempos de sequía —respondió Mateo, sin levantar la mirada—. La analogía no era precisa.
—¡Claro que no era precisa! Es solo una forma de hablar —resopló Pedro, con una risa seca—. A veces no entiendo por qué necesitas corregir todo lo que digo.
La voz de Pedro tenía un ritmo que conocía demasiado bien: directo, sin filtros, impulsivo. Su padre hablaba así.
Mateo no respondió. Solo siguió caminando.
Pero por dentro, su calma empezaba a agrietarse.
Su infancia no había sido infeliz, pero había sido… distinta. Desde pequeño, supo que no era como los otros niños. Las multitudes le abrumaban, los ruidos repentinos le herían, los cambios lo desconcertaban profundamente. Recordaba cómo lloraba cuando su madre intentaba cambiarle la túnica por otra de distinto tejido. Cómo se acurrucaba en un rincón cuando los invitados hablaban todos a la vez. Cómo su cuerpo temblaba ante el caos de una celebración.
Encontró su refugio en la contemplación de patrones.
La luz que entraba por las rendijas de la ventana al amanecer. El ritmo de los pasos de su madre al subir la escalera. El crujido exacto del pan cuando lo partían. Y también, por desgracia, el patrón de su padre al alzar la voz.
Primero venía el suspiro. Luego el gruñido. Y después la sentencia, como un martillo cayendo sobre piedra.
—¡Mateo, basta ya!
No siempre por algo importante. A veces por no mirarlo a los ojos. Por alinear piedras en el patio. Por hablar cuando no era el momento, o por guardar silencio cuando se esperaba una respuesta.
Su padre no era cruel. Pero era como un recipiente desbordado. Tenía una forma fija, y todo lo que no encajaba, lo derramaba.
Y ahora, años después, ese eco volvía en la figura de otro hombre.
Esa noche acamparon junto a un olivar. El fuego crepitaba, y los discípulos compartían lo poco que tenían: pan, aceitunas, risas. Pedro contaba una historia de pesca —una de esas que Mateo ya había oído dos veces— pero la contaba como si fuera nueva, como si cada detalle fuera una moneda recién pulida.
—Y entonces, cuando el pez jaló, casi me lleva con él. ¡Por poco Simón termina en el agua! —gritó Andrés entre risas.
—No “por poco” —respondió Pedro—. ¡Me llevó! Y si no fuera por mi fuerza, ese monstruo me habría arrastrado hasta Tiro.
Las risas estallaron. Mateo observaba desde la periferia, a unos pasos del fuego. Tenía su tablilla sobre las piernas. No escribía. Solo pasaba el dedo por el borde de la madera, sintiendo la suavidad que ya conocía de memoria.
De pronto, la voz de Pedro volvió a subir, no de alegría esta vez, sino de frustración.
—¡Ni si quisiera debíamos estar pescando esa tarde! Todo era para pagar los malditos impuestos — su voz, casi en un susurro, tenía filo. Por un instante, sus ojos se posaron en los suyos.
"Tienes que endurecerte, hijo. El mundo no va a cambiar por ti."
Mateo sintió un escalofrío. La misma discusión. Otra voz. Otro cuerpo. Misma esencia.
Pedro rió de nuevo, como si de un chiste se tratase, y fue como si su padre se sentara al fuego disfrazado con otro rostro. Mismo temple. Mismo desprecio inconsciente. Mateo no creía que Pedro quisiera herirlo. Solo no sabía cómo evitarlo. Como si cada palabra suya llevara espinas sin darse cuenta.
Se levantó en silencio y se apartó del fuego.
Su padre, un hombre de pocas palabras y muchos juicios, no sabía qué hacer con él.
Era un hombre que conocía la ley, la autoridad, la estructura. No entendía por qué su hijo no podía simplemente “comportarse como los demás”. Mateo recordaba los silencios prolongados durante las comidas, las miradas severas, el leve temblor en los dedos de su padre cuando él cometía alguna “rareza”.
Una vez, siendo niño, ordenó las vasijas del mercado por tamaño y color mientras su padre negociaba. Cuando este lo vio, lo tomó del brazo con fuerza.
—¡Esto no es un juego, Mateo! ¡La gente creerá que estás enfermo!
A Mateo le dolió más la vergüenza en la voz de su padre que el apretón en el brazo.
Mateo estaba despierto.
Era el desvelo que nace de una mente que no deja de pensar.
Sentado junto a una roca, con la espalda encorvada y las manos cruzadas sobre el regazo, observaba cómo la brisa movía la hierba. El vaivén era reconfortante. Comprensible.
Era una de las pocas cosas que podía entender sin esfuerzo.
Sus ojos se posaron en la figura dormida de Pedro.
Mateo no odiaba a Pedro. De hecho, había momentos en los que lo admiraba. Su fe ardía como una antorcha. Su lealtad, aunque impulsiva, era genuina. Pero esa intensidad también era peligrosa. Su manera de hablar, de mirar, de llenar el espacio con su presencia… le provocaban una reacción visceral, casi involuntaria.
Cuando Pedro alzaba la voz, su cuerpo se encogía. Cuando fruncía el ceño, su mente comenzaba a correr como un animal atrapado.
No era miedo del todo. Era más profundo. Más enredado.
“Tienes que hacerte oír, Mateo. Tienes que ser fuerte. ¿Qué clase de hombre vas a ser si te escondes cada vez que alguien levanta la voz?”
Y todo en él le recordaba a su padre.
Mateo cerró los ojos.
Chapter 2: El nombre que no quise decir
Summary:
“No es mi padre” se repetía como una plegaria.
Pero lo sentía igual.
Notes:
Se suponía que esta historia tendría solo dos capítulos, pero se alargo tanto que tuve que dividirlo.
El tercer capitulo será desde la perspectiva de Pedro, por lo que pueden esperar mucho drama :)
Chapter Text
En una mañana particularmente calurosa, el grupo se detuvo en un poblado para reparar un viejo pozo. Tras las palabras de su Rabí sobre servir al prójimo, no hubo discusión en el asunto. Aunque por las posturas derrotadas de los hombres, era obvio que preferirían seguir su camino. Mateo, como siempre, organizaba tareas en su tabla. Era su manera de contribuir: repartir tareas, optimizar tiempos, calcular recursos.
Pedro llegó, sudoroso, frustrado por la lentitud.
—Esto no avanza —dijo—. ¡Lo estamos haciendo todo mal!
—Si pusieras más empeño en tus manos que a tus gritos, creo que lo haríamos mejor— Andrés le dijo, con una sonrisa burlona. Su hermano le lanzó una mirada molesta.
Mateo se acercó con una propuesta precisa, un rediseño del trabajo.
—Si dividimos el grupo en tercios, y asumimos que el pueblo tiene los materiales y herramientas necesarios, podremos recorrerlo y obtener todo en menos de una hora. Lo que nos dará suficiente tiempo para reparar el pozo y seguir nuestro camino.
Ni siquiera había terminado de hablar, cuando Pedro lo interrumpió con una manotada leve, pero firme.
—Ahora no, Mateo. Tenemos que avanzar con lo que tenemos, no hay que pensarlo tanto.
Las palabras no eran graves. Pero para Mateo, lo golpeó con la fuerza de un portazo. Lo empujaron. Otra vez. Como de costumbre.
"No me sigas Mateo. Regresa con tu madre. No tengo tiempo para tus tonterías"
No dijo nada. Se retiró, rígido. Repasó lo escrito en el pergamino. Lo tomó entre los dedos y lo rompió. Ya no era necesario. Las lágrimas no cayeron, pero su mandíbula se tensó como una piedra en el río.
Pedro era la imagen viva de su padre. Un rostro curtido por el sol, una voz rasposa, una impulsividad contenida solo por orgullo. Ver al hombre reír, discutir, corregir o tranquilizar, despertaba en Mateo un torbellino de recuerdos que preferiría olvidar. Sabía que Pedro no era su padre, pero cada gesto lo atrapaba, como una red de pesca.
Podía escucharlo en su voz, gruesa y firme, en sus gestos, en sus silencios. Cuando los demás dudaban, Pedro no. Cuando los demás titubeaban, Pedro golpeaba la mesa y declaraba: “Esto es lo que haremos”.
Había algo en él que le producía un eco interno. Un eco oscuro. Familiar.
Su padre era un hombre de manos duras. No por el trabajo, sino por la costumbre. Hablaba con la frente arrugada, con la voz apretada, con los silencios de quien espera y siempre se decepciona.
No entendía por qué no lo miraba a los ojos. No entendía por qué repetía frases o se tapaba los oídos. Lo tomaba como desafío. Como desobediencia.
Lo que era necesidad para Mateo, él lo entendía como rebeldía.
Mateo no tenía recuerdos físicos de castigo, pero sí una recopilación entera de silencios densos, de miradas que se sentían como juicios, de palabras lanzadas como piedras.
"¿Por qué no puedes ser normal, Mateo?"
No tenía respuestas. Solo una creciente sensación de error, como si su existencia fuera un cálculo mal resuelto.
Su padre jamás levantó una mano sobre él, pero preferiría mil veces sentir el ardor de un golpe, que la fría indiferencia. Los golpes sanan, desaparecen con el tiempo, pero en él había una cicatriz que aún sangraba, lentamente. Temía el día que lo dejara vacío.
Y ahora, años después, otro hombre lo miraba a veces con la misma impaciencia. No con odio. Sino con el aire de quien no sabe cómo acercarse. Como su padre.
Esas semejanzas encendía viejas alarmas. Mateo sabía que Pedro no era su padre. Lo repetía en su mente como un mantra. Pero el cuerpo, la memoria, no concordaban.
Como muestra de agradecimiento por arreglar el pozo, una familia de mercaderes les dio refugio en su humilde hogar para pasar la noche. Todos se encontraban sentados frente a la mesa, disfrutando de una cálida comida por parte de la dueña de la casa.
El calor había aflojado los ánimos, y las bromas se esparcían como pan caliente. Pedro se burló de Tomás por su evidente preocupación por la cantidad de monedas que tenían disponibles, las cuales no eran suficientes para otro largo viaje.
—Tranquilo hombre, con un Mateo es suficiente— dijo riendo.
El grupo empezó a reír.
Menos Mateo.
Sintió cómo la sangre le subía al rostro como un balde derramado. No por la burla, sino por la familiaridad del tono. Ese tono que usaba su padre cuando excusaba su comportamiento ante otros.
“Disculpen a mi hijo, ya saben cómo es”.
Mateo bajo la cabeza sin decir nada y forzó una sonrisa en sus labios. Como en esos tiempos.
Su Rabí lo observó desde lejos.
Al día siguiente, Jesús los llevó a la orilla del lago. Una enseñanza sobre la confianza, las olas y la fe. Mateo apenas escuchaba. Miraba el agua. El lago era una superficie que parecía tranquila, pero ocultaba corrientes invisibles. Como él mismo.
Jesús lo observó desde lejos. Aquella mirada era diferente. Sin juicio. Sin expectativa. Pero Mateo aún no sabía cómo sostenerla por mucho tiempo.
Andrés se acercó con una sonrisa franca.
—¿En qué piensas tanto?
“En cómo la voz de tu hermano me lleva de regreso a una infancia que preferiría olvidar”, pensó Mateo. Pero respondió con cuidado:
—En las cosas que no se ven bajo la superficie.
Una noche, el grupo se detuvo en las afueras de Magdala. Se encendió una fogata y comenzaron las pequeñas tareas: agua, leña y reparaciones. Mateo, fiel a sus hábitos, repasaba la distribución del alimento en su tabla.
Le recordaba esos pequeños momentos en donde su madre le permitía ayudar en la cocina. Donde solo eran ellos dos, donde el silencio no era incomodo sino tranquilo, donde podía bajar sus defensas.
Hasta que su padre entraba en la habitación.
Sus hombros, anteriormente relajados, volvían a tensarse, su postura antes recta, regresaba a su curva habitual, su mirada se ponía borrosa y sus dedos se movían por temblores involuntarios.
Se preguntaba si su padre notaba esos cambios, si le dolía ver a su hijo actuar así frente a él, o peor aún, que no le importaba lo suficiente para notarlos. No sabía qué situación prefería.
Las manos le temblaban tanto que comenzaba a cometer errores. Dos pizcas de sal, cuando debía ser solo una, el pan reposaba más tiempo en el fuego del que era necesario y el vino se derramaba al servirse sin cuidado.
Su padre no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, la casa entera parecía contener el aliento. "Hazlo bien, Mateo. A la primera. O no lo hagas". La precisión era estricta, no apreciada. El orden, una trinchera, no una elección. Su madre se mantuvo en silencio, y entre las palabras no dichas, estaba confirmando sus miedos. Que estaba de acuerdo con su esposo.
—Mateo —dijo Pedro, rompiendo el silencio y sus recuerdos— ¿Puedes ayudarme a ordenar las provisiones? Estás más capacitado para eso.
La petición era razonable, incluso amable. Pero el tono… ese tono entre mando y expectativa.
—Sí —respondió Mateo, sin mirarlo directamente.
Mientras acomodaba dátiles y cereales en cestas, su mente retrocedía en un pasado difícil de olvidar. Su padre, detrás de él, mirando por encima de su hombro, inspeccionando su trabajo.
"No pierdas el tiempo. Debes hacerlo correctamente"
Pedro jamás había pronunciado esas palabras. Pero su ceño fruncido cuando Mateo hablaba demasiado, la forma en que soltaba un suspiro cuando Mateo se detenía a verificar tres veces una cuerda mal atada… eran gestos idénticos. No intencionales. Nada crueles. Pero dolorosamente conocido.
—No te exijas mucho, no tiene que ser perfecto —dijo Pedro en voz baja.
Y, sin embargo, había una diferencia también.
Pedro se quedaba.
No lo abandonaba. No lo miraba con vergüenza cuando Mateo era diferente. Se burlaba, sí. Se impacientaba. Pero siempre regresaba.
Y en cada regreso, Mateo comenzó, sin saberlo, a sentir un anhelo antiguo. La necesidad de ser visto. De ser corregido sin ser quebrado. De ser guiado sin ser juzgado.
—Lo sé —le contestó.
“No es mi padre” se repetía como una plegaria.
Pero él se sentía igual.
Jesús, como si leyera entre las grietas de su alma, se le acercó mientras los demás dormían.
—Mateo —dijo, suave como las olas del mar— ¿Por qué tiemblas por dentro?
—No tiemblo —respondió con rigidez.
—Tu corazón sí. Late como si corriera.
Mateo bajó la mirada. Sus palabras se sintieron como arena sobre su lengua, desagradable, pero con la urgencia de escupirlas.
—Pedro… me recuerda a alguien.
—¿A quién?
—A mi padre.
Jesús no respondió de inmediato. Dejó que el silencio se posara entre ellos.
—¿Eso te asusta?
—Me aterra… Me duele— sus manos se retuercen en su regazo, podía sentir como las lágrimas se acumulaban en sus ojos, pero ninguna se derramo.
Jesús lo miró como quien observa un tallo recién roto.
—El dolor no se repite a voluntad. Se repite por heridas que buscan cerrar.
Mateo tragó saliva. Sintió una tristeza que no sabía cómo nombrar.
—Tengo miedo de que todo se repita. Que alguien más me vea con los ojos de mi padre.
Jesús puso una mano sobre su hombro. No era un gesto cualquiera. Era firme. Calido. Real. Mateo no se apartó, nunca lo haría.
—Tu padre no vio los tesoros que brillan en ti —dijo—. Y Pedro... Pedro aún está aprendiendo a ver.
Mateo lo miró, los ojos llenos de lágrimas, temor y esperanza.
—¿Y tú? ¿Tú ves?
Jesús sonrió, como el solo era capaz de hacer, con calidez y profundidad.
—Yo te elegí, Mateo. Desde antes que tú pudieras contar los pasos entre la puerta de tu casa y el camino. Desde antes de que supieras que eras diferentes. Yo te hice así. Y no cometo errores.
Mateo sintió que el mundo, por un instante, se detenía. Sus ojos se posaron en los de su Rabí, sin miedo, sin incomodidad, los ojos de Jesús eran sabios, gentiles, puros, sinceros .
Jesús se incorporó y lo miró una vez más.
—El amor redime lo que el dolor deforma. Pedro aprenderá a verte. Tú aprenderás a perdonar. A tu padre. A Pedro. Y a ti mismo.
Mateo respiró hondo. Y, después de mucho tiempo, sonrió, una pequeña curva en su rostro que apenas se atrevía a nacer. Y cuando volvió a levantar sus manos, estas ya no temblaban.
A los pocos días, en las cercanías de Jericó, el grupo discutía cómo organizar la visita a tres aldeas vecinas. Mateo propuso un enfoque lógico: tres equipos, rutas paralelas, rotación de suministros.
Pedro negó con la cabeza.
—Eso es demasiado riesgoso. Vamos todos juntos. Se acabó.
Mateo frunció el ceño. Alzó la voz un poco más de lo habitual.
—No se trata de riesgo. Se trata de eficacia. Si nos dividimos optimizamos tiempo y recursos. ¡Es evidente!
Pedro se giró. Su mirada era fuego sin intención de herir, pero ardía igual.
—¡Evidente para ti! Pero nosotros no somos piezas para tu pequeño tablero de juegos. ¡Esto es gente real!
Mateo se quedó helado. El tono. Exacto al de su padre. No la frase, no las palabras… pero sí la fuerza, la negación, el peso de la desautorización sin apertura.
Y antes de poder detenerse.
Antes de racionalizar.
Antes de contenerse.
Gritó:
—¡¿Por qué no me escuchas, papá?!
El silencio fue inmediato.
Pedro quedó paralizado. Los otros discípulos giraron lentamente la cabeza hacia Mateo. Nadie respiró.
Mateo se dio cuenta un segundo después. Y deseaba desaparecer.
Su rostro enrojeció. Las manos le temblaban. El mundo se volvió borroso. Deseó que el suelo lo tragara, que el cielo le cayera encima.
Pedro no habló. Solo lo miró. Sin rabia. Pero tampoco con alivio. Con algo mucho más humano. Con algo más difícil de soportar.
Mateo, pálido, dio un paso atrás. Trató de retroceder. De borrar lo dicho.
—¿Me… llamaste… papá? —dijo, casi en un susurro.
Mateo no respondió. Solo bajó la cabeza. Las lágrimas, esta vez, sí cayeron.
Chapter 3: El nombre que no era para mí
Summary:
Solo podía escuchar la voz de Mateo, temblorosa, desgarradora. Lo había llamado “papá”, no con cariño, como Juan cuando hablaba de Zebedeo, no con anhelo, como el que se escuchaba en la voz de María, ni siquiera con exasperación, como la que se deslumbraba en los ojos de Simón Z, las pocas veces que hablaba de su familia.
Era algo más oscuro. Más peligroso.
Notes:
Considero que el personaje de Pedro es muy dramático, así que espero haber reflejado eso en este último capitulo.
Espero que les guste :).
Chapter Text
Ser el hijo mayor es más un reto que un privilegio. Desde pequeño se le enseñó la responsabilidad que viene con ese título.
Recuerda a su padre, siempre dentro del bote, en medio del mar, su vista alejada, dirigida al agua, como si en su reflejo viera algo más. No sabía que, nunca preguntó, y una parte de él no quería escuchar la respuesta.
Era otro día más de pesca, su padre le enseñaba cómo hacer nudos suficientemente fuertes, como formar una red resistente para pescar, la dirección que debía tomar para tener más probabilidades de atrapar más peces.
Estaba cansado, los rayos del sol se posaban sobre sus cuerpos, abrasador, sin piedad, como Dios mismo. La corriente del agua estaba más agitada de lo normal, provocando un movimiento contante en el barco. El sudor le escurría por la frente, sus pequeñas manos temblaban, ampollas surcaban en sus palmas, algunas de estas sangraban. Pero no se detuvo, sus dolorosos dedos seguían formando nudos, podía sentir la mirada de su padre sobre él, juzgando su trabajo, si no era adecuado, tendría que comenzar de cero.
A lo lejos veía otro bote, era Zebedeo junto a su hijo Santiago, se les veía contentos, siempre rebozando de alegría, riendo entre ellos, como si la pesca no fuera un proceso extenuante, como si el estar juntos aligeraba el cansancio del trabajo.
Él se sentía celoso. Era como verse en el espejo, pero todo está mal, equivocado, distorsionado. Tan parecidos, pero no iguales. Los veía y luego regresaba la mirada a su propio barco. Un padre y un hijo, pero sin la alegría, sin la risa, siempre en silencio.
No le gustaba el silencio.
Su padre regreso su vista al mar y dijo en voz alta, sin titubear.
—Simón, tu madre está esperando un niño en su vientre, tendrás un hermano.
Por primera vez en ese día, se detuvo. Sus dedos soltaron las cuerdas, podía sentir sus ojos abiertos de la sorpresa, los cuales se detuvieron en el rostro de su padre, este no le regreso la miraba.
Aunque solo podía ver el costado de su rostro, se aferraba a este como un pescador a su red, buscando algún rastro de mentira o de broma. Sabía que era inútil, su padre no era de los que se dedicaban a recitar palabras sin propósito. Por lo que el anuncio era abismalmente verdadero.
Podía oír los latidos de su corazón dentro de su cabeza, una calidez se retorció desde la boca de su estómago, expandiéndose por todo su cuerpo como si de fuego se tratase. No sabía si era felicidad, tristeza, miedo…o algo más oscuro.
—¿Un hermano? — fue lo único que salió de sus labios, como un suspiro, apenas audible.
—Así es Simón, te convertirás en hermano mayor. Por lo que deberás comportarte como tal. — una mano se posó en su hombro, su padre lo miraba fijamente. —Desde hoy tu vida ya no es solo tuya. Es tu destino por nacer primero.
En ese momento no entendió el significado de las palabras dichas por su padre. El cómo tener un hermano cambia todo en tu vida. El cómo representa un regalo precioso, un compañero, un amigo, unido a ti por la familia, las angustias, el amor, las lágrimas y la sangre. Pero como todo lo otorgado por el Señor, se requiere un sacrificio a pagar.
Se pregunta si por ese motivo su padre se encargó en sus años de vida en moldearlo en lo que es hoy, haciéndolo más fuerte, inflexible, testarudo, como una roca. Alguien capaz de cargar el peso del ser el mayor, de ser el ejemplo y el cuidador.
Alguien como su padre.
Todavía se debate si es algo de admiración.
Ahora, siendo un adulto, puede admitir que la mayoría de sus acciones son instintivas, apresuradas, consecuencias de las lecciones por parte de su progenitor. Actúa primero, pregunta después. Ese era su lema.
Pero es en una noche, después de instalar el campamento y en la protección que le brinda su tienda, que un pensamiento aparece en su mente.
“Nunca pedí liderar”.
No en serio, al menos. Hablar primero, sí. Saltar sin pensar, claro. Guiar por impulso, por supuesto. Pero liderar como lo hace Él, como lo hace el Maestro… eso no era lo suyo.
Y, sin embargo, cada vez que Jesús guarda silencio y un problema se presenta, las miradas se dirigen a él. Santiago esperando su aprobación, Juan siempre dispuesto a escuchar, incluso Tomás asentía con los labios apretados, como si sus palabras fueran más importantes de lo que realmente eran.
Pero Mateo era diferente.
Y, aunque nunca lo admitiría en voz alta, había algo en Mateo que despertaba en él una impaciencia que no lograba explicar. Tal vez era su forma de confrontarlo, como si fuese el más listo de los dos, o su forma de moverse, tan cuidadosa, que le picaban las manos por la necesidad de agarrar sus hombros y sacudirlo, o su forma de ver el mundo, tan franca, pero a la vez soñadora, algo que el mismo Mateo seguro desconocía.
Era como si su sola presencia encendiera una chispa que quemaba lugares que no sabía que aún estaban sensibles.
El hombre le recordaba a su yo del pasado, al pequeño Simón dentro del bote, tan diminuto, inestable, débil, frágil.
Si Pedro es una roca, Mateo es una nube. Lados opuestos de la misma moneda.
No sabía que hacer con dicho pensamiento.
Una mañana, mientras se dedicaban a reparar un viejo pozo, Mateo desplegó su tablilla y comenzó a explicar con entusiasmo.
—Si dividimos el grupo en tercios, y asumimos que el pueblo tiene los materiales y herramientas necesarios, podremos recorrerlo y obtener todo en menos de una hora. Lo que no dará suficiente tiempo para reparar el pozo y seguir nuestro camino.
Hablaba rápido. No con urgencia, sino con esa emoción silenciosa que lo caracteriza, como si el mundo tuviera sentido sólo cuando diera rienda suelta a todos sus pensamientos.
Pero Pedro estaba agotado. Habían estado caminando por horas. Había hambre. Dolor de pies. Y lo último que necesitaba era otra distracción.
— Ahora no, Mateo. —interrumpió con firmeza—. Tenemos que avanzar con lo que tenemos, no hay que pensarlo tanto.
Vio cómo sus hombros se encogieron, como si el aire hubiera salido de su cuerpo. Bajó la mirada, y sus dedos temblaron apenas. No dijo nada. Se retiró en silencio.
Y, sin embargo, una parte dentro de él se sintió triunfante. Como si hubiera ganado una batalla.
No fue hasta más tarde que entendió el precio a pagar.
La jornada había sido larga, y el cansancio se esfumaba poco a poco con cada cucharada del guiso caliente que les ofrecieron los anfitriones. El humilde hogar de los mercaderes olía a pan y leña. El ambiente se tornaba cada vez más ligero, como si el calor de la comida ablandara también el alma.
Al ver a Tomás frunciendo el ceño, murmurando por lo bajo mientras contaba por tercera vez las monedas que les quedaban, no pudo evitar lanzarle una broma.
—Tranquilo hombre, con un Mateo es suficiente —soltó, riendo con voz grave.
La mesa estalló en risas, cerró los ojos y se permitió disfrutar del momento. Al girar la cabeza, notó que Mateo no se había unido a sus compañeros. Tenía la vista baja, con sonrisa forzada en sus labios, esa que uno pone por obligación, no por alegría.
Una sonrisa que conocía muy bien, la misma que veía en el espejo antes de conocer a su Maestro. Una que vio en su padre la mayoría del tiempo.
Intentó seguir comiendo, pero la imagen de Mateo mirando el plato, masticando sin ganas, lo distrajo.
“¿Dije algo malo?”, pensó por un instante. “No fue más que una broma… ¿verdad?”
Volvió a mirar a Mateo, esta vez con más atención. No tenía los gestos endurecidos de un hombre curtido. Sus manos, sus ojos... había algo distinto, algo joven, casi oculto. Como si llevara puesta una túnica demasiado grande para su tamaño.
Pedro bajó la vista a su propio cuenco de comida y movió el pan entre los dedos, distraído.
No se jactaría de ser el más observador, pero hasta él ha notado la, no tal sutil, predisposición de Mateo por alejarse de él. Por cada paso que se acercaba, el escriba retrocedía dos, por cada tarea asignada al grupo, Mateo era último en cumplirla. Cuanto antes era solo silencioso, ahora era invisible, imperceptible, como si no quisiera destacar. Desafortunadamente el efecto era lo contrario.
Lo que conlleva a la pregunta del porqué de sus acciones.
El resto del grupo también lo notó.
—¿Qué le hiciste? — su hermano le preguntó, en su mirada no había juicio, pero sus cejas fruncidas mostraban su molestia.
—¡No le hice nada! — susurró entre dientes. —Ya conoces como es Mateo, es diferente. Es una más de sus manías.
—Y porque conozco a Mateo, sé que esto no es normal. — Andrés le contestó, con la voz de un experto que sabe de lo que habla.
Pedro resistió el impulso de burlarse, como si la palabra “normal” fuese algo que encajara con el escriba.
Su hermano, como si leyera sus pensamientos, puso los ojos en blanco y le agarró el abrazo.
—Y porque te conozco hermano mío, sé que tus palabras pueden ser bruscas para otros. — con un movimiento, lo empujo hacia adelante, en dirección a Mateo. —Así que ve y arréglalo.
Apenas tuvo tiempo de recomponerse, evitando caer de bruces al suelo, giro la cabeza hacia su hermano para lanzarle un gruñido, Andrés solo sonrió inocentemente, levantando dos pulgares en señal de suerte.
No es que la necesitara, porque, para empezar, no sabía que había hecho mal. Se limito a lanzar un fuerte suspiro de cansancio y se acercó a Mateo.
Lo había llamado sin pensar demasiado.
—Mateo, ¿puedes ayudarme a ordenar las provisiones? Estás más capacitado para eso.
Y era verdad. Si alguien podía colocar víveres de forma eficiente, era él. Pedro no tenía cabeza para contar dátiles ni clasificar cereales por tamaño o madurez. Pero apenas las palabras salieron de su boca, algo en el rostro de Mateo cambió. Sutilmente. Como una grieta que apenas se forma en una vasija, invisible para quien no sabe mirar.
Mateo respondió con un breve “sí”, sin levantar la vista.
Pedro lo observó mientras trabajaba. Manos metódicas, movimientos precisos. Casi demasiado precisos. Era como si cada dátil que colocaba llevara un peso invisible. Como si estuviera realizando una tarea que ya había hecho miles de veces antes.
El pescador frunció el ceño, sin darse cuenta. Era su gesto habitual cuando se concentraba. Pero en ese instante, Mateo se tensó. Lo vio. Todo su cuerpo se inclinó hacia adelante, como si esperara algo.
Pedro sintió un malestar en el pecho.
El silencio que se formó entre él y Mateo era denso, espeso, como barro húmedo.
Quiso decir algo, suavizar el ambiente, pero no sabía cómo. Las palabras de consuelo nunca se le dieron bien.
— No te exijas mucho, no tiene que ser perfecto—dijo, al fin, con voz más baja.
Mateo parpadeó. Fue apenas un instante, pero bastó para que Pedro viera que lo había sorprendido. Como si esa frase no pudiera ser dicha en su visión del mundo.
—Lo sé —respondió el joven, sin convicción.
Pedro se rascó la barba, incómodo. Sabía que no estaba arreglando nada, pero al menos no pretendía empeorarlo.
Pero todo se volvió aún peor.
Nunca le gustó el silencio.
En el mar no había cabida para este, dentro de su bote, no era importante escuchar; sino gritar por encima del viento. Para ser escuchado, para ser visto.
Y, sin embargo, en este momento, el silencio pesaba más que la más brava de las tormentas.
Pedro no se movió. Su cuerpo aún vibraba con la tensión del momento, pero sus pies estaban clavados en la tierra como si un solo paso provocara un derrumbe.
"¿Por qué no me escuchas, papá?"
Las palabras retumbaban aún en sus oídos. No por el grito, sino por el eco que dejaron detrás. Un eco cargado de algo roto. Antiguo. No dirigido a él… y, sin embargo, clavado en su pecho como si lo fuera.
Mateo estaba inmóvil, la cabeza gacha, los hombros temblando. La escena entera parecía suspendida en el limbo, donde ni el viento se atrevía a moverse. Pedro sintió todas las miradas clavadas en ellos, pero no pudo apartar la suya de Mateo. Ni supo cómo hacerlo.
Quiso decir algo. Cualquier cosa. Un chiste, una salida, una palabra que aliviara lo dicho.
Pero no había palabras para eso.
No para lo que acababa de salir de la boca del joven escriba, algo afilado, algo cruel, como si de una herida se tratase.
"Papá."
Pedro tragó saliva.
—¿Me… llamaste… papá? —logró murmurar, sin saber si quería una respuesta.
Mateo no respondió. Las lágrimas ya habían empezado a caer. Silenciosas, como si ni siquiera se sintiera con derecho a llorar en voz alta.
Y Pedro sintió que algo se rompía dentro de él.
Alzo una mano temblorosa, para tomar, alcanzar, aunque no sabía que. Tal vez a Mateo, tal vez su silencio, tal vez a la sombra de otro hombre que ahora estaba sobre la suya. Pero como si de un animal asustado se tratase, Mateo retrocedió un paso, luego dos, luego tres, dio la vuelta y corrió, huyendo, escapando de todos, de la situación, de él.
Y Pedro se quedó. De pie. Todavía en silencio.
Cuando los pasos de Mateo desaparecieron tras la cortina de arbustos, la tensión los envolvía como una red invisible. Ninguno se atrevió a moverse. El aire estaba denso, casi espeso.
Andrés bajó la mirada al suelo, como si buscara en la tierra una respuesta que no llegaba. Santiago el Mayor cruzó los brazos, incómodo. Juan se pasó una mano por el cabello, inquieto. Tomás abrió la boca como para decir algo, pero no encontró las palabras.
—Eso fue… —empezó Nathanael— …duro.
Felipe asintió, sin mirarlo. Todos sabían que no se refería solo a las palabras de Mateo.
El grupo permaneció en un círculo deshecho. Ninguno hablaba demasiado fuerte. Era como si temieran que cualquier palabra fuera a romper aún más lo frágil del momento.
Tadeo, que hasta entonces había permanecido sentado en una piedra, se incorporó con lentitud.
—Nunca he visto a Mateo así —dijo con voz suave— ¿Qué pudo ocasionar esta reacción?
—No lo sé —murmuró Juan—. El nunca habla de su familia, mucho menos de su padre.
—Lo poco que escuche es que sus padres lo habían desconocido por ser recaudador de impuestos —respondió Santiago el Menor, con un tono casi de lastima.
—Tal vez se equivocó, no sería la primera vez que nos confunden con sus palabras— la voz grave de Simón Z se hizo presente, alejado del grupo, con el cuerpo tenso. Como si se debatiera entre seguir de pie o ir tras Mateo.
—Pero eso no fue un error cualquiera. No se confunde ese nombre… sin razón. — arremetió Judas, viendo de reojo a Pedro.
El cual no hablaba. Ni siquiera parecía del todo presente. Su mirada estaba fija en el lugar donde Mateo había desaparecido. Como si esperara que volviera. Como si deseara que no se hubiera ido.
—¿Pedro…? —preguntó finalmente Andrés, con cautela.
El aludido no respondió. Solo suspiró. Pero en ese suspiro estaba todo tipo de emociones que no podía poner en palabras.
—Deberíamos ir a buscarlo— respondió Santiago el Mayor, tomando el liderazgo. —Felipe, Juan, vengan conmigo. Los demás esperen aquí.
Nadie cuestionó.
Poco a poco, comenzaron a esparcirse por el campamento, buscando que hacer, desesperados en encontrar algo que les permitiera dejar de pensar en lo ocurrido.
Excepto Pedro, quien en su mente repetía la escena una y otra vez. Podía sentir la mirada de su Maestro sobre él, no como una sentencia, como una invitación, pero él no se movió.
Desde muy joven, su padre, un hombre de manos grandes y palabras pequeñas, le enseñó que el ser empujado, sacudido, zarandeado era necesario para crecer, para ser mejor. Que la vida era cruel, vacía, injusta, y habría muchos que tratarían de doblegarlo, por lo que no debía mostrar debilidad. Porque su vida no era solo suya, y tendría que cargar ese peso. Quiera o no.
Se le enseñó a no llorar. A resolver. A ser piedra antes que río.
¿Era eso lo que Mateo veía en él?
Sacudió la cabeza, no quería indagar en las respuestas.
Solo podía escuchar la voz de Mateo, temblorosa, desgarradora. Lo había llamado “papá”, no con cariño, como Juan cuando hablaba de Zebedeo, no con anhelo, como el que se escuchaba en la voz de María, ni siquiera con exasperación, como la que se deslumbraba en los ojos de Simón Z, las pocas veces que hablaba de su familia.
Era algo más oscuro. Más peligroso.
No conoce al padre de Mateo, no sabía con exactitud el cómo fue su vida familiar, pero no era ciego, podía ver indicios de lo que fue una infancia difícil. Y una parte de él no comprendía como un joven, tan talentoso como Mateo, llegó al punto de convertirse en recaudador de impuestos.
Qué tipo de vida debió tener para decidir dejarlo todo, sus costumbres, su hogar, su familia, solo para ganar algunas monedas más, o tal vez, no era el dinero, sino lo que podía hacer con él, ser independiente, tener un nuevo hogar, estar solo…sin sus padres.
Había algo que no cuadraba, algo que se mantenía oculto.
Trato de ponerse en los zapatos del hombre, después de todo, Mateo ya lo había encadenado a eso, y podía entender el enojo, la ira, la decepción, de estar en la posición en la que tu hijo estuviera bajo el mando de los romanos, trabajando para ellos. Entiende el sentimiento, pero no concuerda en las acciones que se tomaron después.
No podía verse asimismo depreciando a su primogénito, aquel que vio crecer, llorar, reír; para simplemente desecharlo como si de un objeto se tratase. Verlo al otro lado de la calle y darle la espalda, no correr abrazarlo, tomarle las manos, secarles las lágrimas y darle un pequeño golpe en la cabeza por osarse a cometer tan grande tontería. Sus manos le picaban, deseaba tener al hombre enfrente, tomarle de los hombros y sacudirlo, hasta que escupiera la razón del porque se dignó a abandonar a su hijo.
Si los padres de Mateo lo trataron de tal forma, siendo este un adulto, no quiere pensar en lo que paso siendo un niño.
Se pregunta si el motivo de su rechazo fue solo por la decisión de ser recaudador de impuestos, o si había algo más. Si solo fue el punto culmine, la última gota que derramó el vaso.
La fogata chispeaba con una quietud que contrastaba con el remolino de sus pensamientos. Se había quedado un poco apartado del grupo, tallando con una piedra el borde de su cuchillo, aunque no necesitaba afilarlo. Solo quería tener las manos ocupadas. Se vio en el reflejo del cuchillo, y unos ojos distintos le devolvieron la mirada, la de un hombre que no conocía, pero en el que podía ver ciertas similitudes.
No había sido fácil con Mateo, incluso poco amable, era consciente de que su constante indiferencia, desvalorización y rudeza, lo lastimaban. Una cierta parte de él lo disfrutaba, el verlo bajar la cabeza, en como su entusiasmo se evaporaba cuando rechazaba sus ideas, el cómo obedecía todas sus peticiones, a pesar de no estar de acuerdo con la mayoría de ellas.
Luego venia la vergüenza y la culpa, por lo que buscaba diferentes maneras de alegrarlo, un cumplido, un higo extra en la repartición de la cena, disminuía sus pasos para estar a su alcance por si tropezaba. Mateo nunca dijo nada, pero podía ver su postura menos rígida, su voz más nítida y un brillo en sus ojos que no podía definir. Lo hacía sentir orgulloso, pleno, extasiado, de ser el único en provocar dichas reacciones en el imperturbable joven.
Pero ahora sabía que no fue el único, ni siquiera el primero.
Pedro no lo vio llegar, pero lo supo, como se sabe que el sol se está poniendo, aunque se tenga los ojos cerrados.
Jesús no habló. Se sentó a su lado.
Pedro tardó unos segundos en decir algo.
—¿Lo sabías? —preguntó al fin, sin mirarlo.
Jesús lo miró con ternura, pero con la seriedad que reservaba para las preguntas que de verdad importaban.
—Sabía que llevaba un peso. No qué forma tomaría al romperse.
Pedro asintió con la cabeza. Su mandíbula se tensó.
—Me llamó “papá” —dijo, con una mezcla de desconcierto y dolor—. Y no fue amor lo que escuché.
Jesús no se sorprendió.
—Y eso te dolió.
Pedro solo una risa seca, esas que se quedan atrapadas en la garganta, que fácilmente se convierten en sollozos.
—No quería herirlo —susurró.
Jesús no respondió. Lo dejó llenar el espacio con su propia vergüenza.
—Me vi en sus ojos. Y no me gustó lo que vi —lanzó el cuchillo con furia, lo escuchó caer a unos metros de ellos, se llevó las manos a la cara, como si pudiese esconderse de la culpa. —No sé qué hacer con eso. No sé qué significa.
—Significa que en ti vio a alguien con poder sobre él. Poder de herir… o de sanar.
Pedro tragó saliva.
—Pero yo no... no soy bueno para eso. A veces ni entiendo qué está pasando en su cabeza.
Jesús sonrió apenas.
—Pedro, tú no estás aquí para entenderlo todo. El amor no es de sabios, es de valientes.
Pedro lo miró por fin.
—¿Y eso basta?
—A veces —respondió Jesús—. Especialmente para quien nunca lo tuvo.
El silencio volvió, pero esta vez era distinto. Menos denso. Pedro se quedó allí, junto a su Maestro, y por primera vez entendió que a veces ser roca no era cuestión de fuerza, sino de permanecer donde otros se desmoronarían.
La noche cayó con una quietud densa, como si el cielo hubiese decidido contener la respiración junto con ellos.
Mateo había vuelto. Y así como había regresado, no tardo en volver a esconderse.
Pedro caminaba entre las sombras con pasos pesados. Su cuerpo se movía de manera automática. Paso al lado de sus compañeros, cada uno le dio una señal de suerte o de compasión, si era sincero consigo mismo. Un asentimiento de Tomás, un gesto comprensivo de Nathanael, una sonrisa serena de Felipe, la mirada silenciosa de Judas.
—Está junto al olivo—le había susurrado Juan, con esa voz suave que parecía tratar de calmar su alma.
Pedro llegó hasta allí, al borde de la pequeña ladera donde las piedras aún guardaban el calor del día. Y lo vio.
Estaba sentado, las piernas recogidas contra el pecho, la túnica arrugada, el cabello despeinado. Tenía la mirada perdida en algún punto entre la tierra y las estrellas. Ya no lloraba, pero el rastro de lágrimas secas era perceptible en sus mejillas.
Pedro dio un paso. Con cautela. Se sentó a su lado, dejando un espacio considerable entre ellos. No sabía hablar con delicadeza. Pero se obligó.
—Mateo.
Mateo giró apenas el rostro. Lo suficiente para que pudiera ver sus ojos rojos.
—No quería… que ese nombre saliera —dijo, sin levantar la vista.
—Lo sé.
Silencio.
—No lo dijiste por cariño —agregó.
—No.
Pedro asintió. Las palabras bailaban torpes en su lengua.
—Te escuché —dijo finalmente—. Cuando dijiste…eso. No sé qué significó para ti, pero… para mí fue…
—Un error —interrumpió Mateo, apretando los brazos contra su cuerpo—. Una confusión. No quise decirlo… Ya no importa.
—Claro que importa. — interrumpió con rapidez.
El silencio se impuso otra vez. Pedro suspiró mientras se pasaba sus dedos por el cabello, tratando de tranquilizarse.
—No soy él… —repitió, con voz más firme— …y si alguna vez soné como él, actúe como él, lo lamento. De verdad.
Fue torpe. Fue crudo. Pero fue honesto.
Mateo no reaccionó por un largo tiempo. Luego habló con voz baja.
—Mi padre era duro. Exigente. Todo tenía que ser correcto, perfecto. Yo… trataba de encajar. De merecer su respeto. Pero no fue fácil.
Pedro se inclinó un poco hacia adelante.
—Mi padre… también fue difícil. Supongo que soy más parecido a él de lo que me gustaría. — sintió la risa retumbar en su pecho, pero lo que salió de sus labios fue algo más roto.
Las manos de Mateo dejaron de temblar. Apenas. Pero lo notó.
—Te vi como figura de autoridad. Y no fue agradable —confesó.
Pedro alzó una mano. No para tocarlo. Solo para que viera que no iba a alzarla contra él.
—Mateo, he sido duro contigo. No porque te desprecie, sino porque... a veces no entiendo tu forma de ver las cosas. Y eso me hace sentir ignorante. Frustrado. Pero no es excusa.
—Yo tampoco entiendo bien lo que siento. A veces me gustaría no sentir nada.
—No. No digas eso —dijo Pedro con voz grave—. Tus sentimientos son parte de lo que te hace fuerte. Aunque no lo veas.
Mateo levantó los ojos, sorprendido. Como si esas palabras abrieran algo que no sabía que estaba cerrado.
Pedro sonrió, no sin cierto dolor.
—No soy tu padre, Mateo. Pero si alguna vez necesitas que lo parezca… si alguna vez necesitas a alguien que te escuche, aunque no entienda… estoy aquí. Como hermano. Como algo más, si lo deseas.
Hubo una pausa.
Entonces Mateo, con gesto tímido pero firme, asintió.
—Solo… trátame como uno más. También tengo cosas que decir.
Pedro sonrió.
—Y muy pocas veces te callas.
Ambos rieron. Fue breve. Pero fue genuino.
—No conocí a tu padre, Pedro. Pero si dices que te pareces a él… Debió ser un buen hombre. — por primera vez, en mucho tiempo, Mateo lo observó a los ojos y le otorgó una pequeña sonrisa.
Silencio. Esta vez uno que no dolía.
No sabía por qué ni cómo, pero las lágrimas se desbordaron de sus ojos, cual peces cuando se rompe la red.
Mateo entró en pánico.
—¡Perdón! No quería hacerte llorar.
—¡No estoy llorando!... ¡Deja de mirarme! — trato de ocultar su rostro con sus manos, mientras intentaba, inútilmente, de limpiarse las lágrimas. A pesar de la vergüenza, sintió desaparecer el peso que había cargado durante años, al menos por ese instante.
—Entonces… —Mateo tragó saliva— ¿No estás enojado?
Pedro respiró hondo.
—No. Pero si le cuentas de esto a alguien, juro que te daré de comer a los peces— prometió con vehemencia.
Mateo soltó una risa pequeña. Pedro le siguió con una más fuerte.
Y en ese instante, bajo el olivo, sin testigos ni formalidades, Pedro dejó de ver en Mateo al recaudador, al estratega, al niño confundido. Vio a alguien que podía llamar familia.
