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Español
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2025-09-25
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Alguna gallina para consolar?

Summary:

A Lautaro le gusta que pierda River.

MERNUEL NO SEAS CHUSMA SALI DE ACÁ ESTE NO ES TU LUGAR !!!!!!!!!!!!!!!

Notes:

estoy escribiendo esto de la pura bronca por river eliminado de la libertadores, la re concha re mil puta que me parió. Yo iba a escribir un angst en realidad (!!!)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

A Lautaro le encantaba cuando jugaba River de visitante y Santiago se iba a cualquier otra provincia a verlos.

—¿Y por qué vos casi nunca vas a la cancha?—le preguntó una de las primeras veces que convivieron juntos los tres.

—Porque el otro boludo dice que soy un mufa y siempre perdemos si voy.

Pero, aunque no vaya Manuel tenía cábalas, muchas, y con el tiempo Lautaro empezó a ser parte de las mismas.

River jugaba dentro de media hora. Manu, ya empezaba a dar vueltas por el living mientras él, estaba sentado en la punta de la mesa siguiéndolo con la mirada.

—Moski, ¿qué haces con esa bata blanca? Tenes que ponerte la negra los días de partido.

—-Que pesado que sosss.

Hoy, Manu estaba hermoso, y eso era algo que no le gustaba admitir mucho a Lauti en voz alta, solo se limitó a morderse el labio. Tenía la camiseta roja y blanca, la titular. Siempre su short negro con el escudo y los pelos en cualquier lado.

—Dale, porfi, cámbiate —le hizo un pucherito.

—Bueno, bueno. —revoleó los ojos exageradamente para molestarlo y se bajó de la mesa. Caminó unos pasos hasta que el tirón de su brazo lo llevó directamente al pecho de Manu.

Ah, sí. Eso también le encantaba cuando estaban solos y podian ser muy cariñosos sin la mirada incomoda de alguien más.

—Antes, una cosa más, Moski.

Lautaro dejó escapar una risita, fingiendo resistencia mientras Manu lo tenía atrapado contra su pecho, con esa mirada traviesa que siempre le provocaba cositas en la panza.

—¿Qué querés ahora, pesado? —dijo, arqueando una ceja. Manu lo sujetó con más firmeza, acercando su rostro hasta que sus narices casi se rozaban.

—Una cosita chiquitita —susurró Manu mientras sus manos se deslizaban lentamente por la cintura entallada de Lautaro, tirando de la bata blanca que tanto lo molestaba hoy. A Lautaro, le gustaba hacerse el difícil, hacerlo rogar o pedir en voz alta las cosas.

—Siempre con lo mismo vos. ¿No te cansas? —pero su cuerpo lo traicionó, inclinándose apenas hacia adelante.

—Nunca me canso de vos —respondió Manu, y antes de que Lautaro pudiera replicar con alguna otra cosa, lo atrajo con un movimiento rápido y lo besó. Fue uno de esos besos que empezaban suaves, pero que rápidamente se volvían intensos y urgentes. Los labios de Manu eran firmes, cálidos, y sabían exactamente cómo moverlos para que Lautaro se olvidara de todo.

Lautaro gruñó bajito, todavía queriendo mantener un poquito de control, pero sus manos ya estaban traicionándolo, enredándose en el pelo de Manu, tirando suavemente mientras se entregaba al beso. Manu sonrió contra su boca, sabiendo que había ganado, y profundizó el beso, sus manos apretando más fuerte la cintura de Lautaro y deslizándola hasta su espalda baja.

—Parte de la cábala —murmuró Manu entre besos —. Ahora, cambiate.

Lautaro, con esas mariposas molestas en la panza que lo atormentaban tanto después de cada beso que se daban, se cambió a regañadientes a la bata negra, solo para complacerlo. Cuando volvió al living, lo encontró a Manu ya instalado en el sillón, con esa postura rígida que adoptaba religiosamente durante los partidos de River.

La picada estaba perfectamente dispuesta en la mesita ratona: queso, salame, aceitunas y un vasito de fernet. Todo parte de la cábala, obvio. Manu estaba en su mundo, con el celular silenciado boca abajo y los ojos fijos en la pantalla, como si su sola concentración pudiera evitar que el equipo no perdiera.

Lautaro se dejó caer en su esquina designada del sillón, esa que Manu le había asignado con la excusa de que "traía suerte".

Mientras el partido empezaba, Lauti lo observaba de reojo. Manu estaba tenso, con las manos apoyadas en las rodillas, los anillos plateados brillando en sus dedos bajo la luz del living.

Sus tatuajes asomaban por las mangas de la camiseta, y no pudo evitar recorrerlos con la mirada, perdiéndose en las líneas que ya conocía casi de memoria. Había algo hipnótico en él cuando estaba así, atrapado en su burbuja, con esa mezcla de pasión y nervios que lo hacía vibrar.

Por un instante, un pensamiento cruzó la mente de Lautaro. Ojalá pierdan, pensó, mordiéndose el labio.

Porque cuando River perdía, Manu se transformaba. Toda esa frustración acumulada encontraba su escape en él, y Lautaro no iba a mentir: esas noches eran de las mejores.

La forma en que Manu lo miraba como si quisiera comérselo entero... Solo con recordar algunas derrotas, se le escapó una sonrisita pícara.

Como si el destino hubiera escuchado su deseo, el equipo rival metió un gol. El grito de Manu fue instantáneo, un "¡La puta madre!" que retumbó en el living mientras se dejaba caer hacia atrás en el sillón, cubriéndose la cara con las manos. Lautaro tuvo que morderse el interior del cachete para no reírse.

—¿Viste? ¡Por esto no hay que romper la cábala, Moski! —refunfuñó Manu, girando la cabeza para fulminarlo con la mirada, aunque el brillo en sus ojos delataba que no estaba tan enojado como quería parecer.

Lautaro se encogió de hombros, haciéndose el inocente.

—Yo no hice nada, nene. Esto es cosa de Martinez Quarta, no mía —dijo, pero se acercó un poco más en el sillón, rozando intencionalmente su pie contra la rodilla de Manu.

Se recostó contra el respaldo, fingiendo prestar atención al partido, pero en realidad estaba esperando el momento en que Manu, como siempre, se saque toda esa frustración en él.

El primer tiempo terminó con River abajo, y el humor de Manu se fue al carajo como si él mismo hubiera fallado alguno de esos intentos de gol.

El silencio en el living era para cortarlo con un cuchillo, solo roto por el clic del control remoto cuando Manu puso la tele en mute y sin decir una palabra, se levantó del sillón y se fue a la cocina a buscar un vaso de agua, dejando a Lautaro sólo con la picada a medio comer y el eco de su mal humor.

Lautaro lo siguió con la mirada, sabiendo que tenía exactamente diez minutos de entretiempo para sacarle esa cara de orto.

Cuando Manu volvió, con el vaso en la mano y esa cara de "todo es una mierda", Lauti no lo pensó dos veces.

Apenas se sentó, murmurando algo sobre el árbitro vendido, Lautaro se levantó ágilmente y, sin aviso, se subió a sus piernas, sentándose a horcajadas sobre él.

—¿Qué haces, Moski? —preguntó Manu, todavía con el tono cortante, pero sus manos ya se habían posado instintivamente en las caderas de Lautaro. Encajaban a la perfección.

—Nada, solo quiero que dejes de ser un malhumorado por un ratito —respondió Lauti. Se inclinó y empezó a dejar besos suaves en su cara: uno en el cachete, otro en la comisura de los labios, otro en la mandíbula.

Cuando llegó al cuello, los besos se volvieron más lentos con otras intenciones, rozando con los dientes justo en ese lugar que sabía que lo volvía loco.

Manu soltó un suspiro, mitad queja, mitad rendición.

—Lauti, pará, que estoy re caliente con el partido de mierda... —Pero su voz ya no tenía la misma convicción, y sus manos apretaron un poco más las caderas de Lautaro, marcando un leve movimiento a su beneficio.

—No parece que estés taaan enojado —susurró Lautaro contra su piel, dejando un beso húmedo justo debajo de la oreja mientras sus manos se colaban por debajo de la camiseta de Manu, acariciando su pecho con provocación.

Manu gruñó, pero esta vez fue más un gemido que una queja. Giró la cabeza y atrapó los labios de Lautaro en un beso con sus manos subiendo por la espalda de Lauti, apretándolo contra él.

Los besos se volvieron más desordenados, con Lautaro moviéndose apenas sobre sus piernas, buscando más contacto. Estaban tan metidos en su burbuja que no se dieron cuenta del tiempo hasta que Manu, entre jadeos, giró la cabeza y vio el reloj en la pantalla y el partido en marcha.

—¡La concha de la lora, Moski! ¡Ya van diez minutos! —le murmuró antes de darle un piquito corto y empujando suavemente a Lautaro para recuperar el control remoto y poner el volumen.

Lautaro se rió, todavía sentado en sus piernas, con los labios hinchados y el pelo más desordenado que antes. Se volvió a acomodar en su esquinita pero sin dejar de molestarlo a cada rato.

Estiraba y deslizaba los dedos por el brazo de Manu, rozando los tatuajes que asomaban, o le daba un empujón suave en las piernas, solo para sacarlo de quicio.

Manu respondía con gruñidos bajos y miradas enojadas, pero Lautaro sabía que cada roce estaba provocando algo que no tenía nada que ver con el partido.

Cuando el árbitro pitó el final y River cayó 3-1, Manu estalló.

—¡Son unos hijos de puta, son unos inútiles! ¡No sienten ni respeto por el club! —gritó a la pantalla, tirándose contra el sillón con tanta fuerza que el mueble crujió. Sus manos, se apretaron contra su propia nuca, como si quisiera contener la rabia que lo consumía.

Lautaro, con la adrenalina corriendo por las venas, decidió darle un momento.

Silenciosamente, recogió los platos sucios de la picada, los vasos vacíos y el desorden de la mesita ratona. Mientras llevaba todo a la cocina, escuchaba a Manu murmurar insultos contra el árbitro, contra el entrenador, contra el universo entero.

Cuando volvió al living, se apoyó contra el borde de la puerta corrediza, cruzando los brazos con esa mirada que sabía que lo desquiciaba un poco más.

—¿Alguna gallina para consolar? —soltó entre una carcajada.

Manu levanto la vista, sus ojos oscuros y en un movimiento rápido, casi feroz, se levantó y cruzó el espacio entre ellos en dos pasos.

Sin mediar palabra, agarró a Lautaro por la cintura y lo estampó contra la puerta con tanta fuerza que el aire se le escapó de los pulmones.

—Es tu culpa, Moski —gruñó con voz grave, mientras sus manos subían hasta la cara de Lautaro, atrapándola y sujetándolo para que lo mire —Por no seguir con la cábala. Por distraerme. Por esto —remató, apretando su cuerpo contra el de Lauti, dejándole sentir cada centímetro de su frustración convertida en deseo.

Lautaro jadeó, un gemido ronco escapándosele sin querer, puro reflejo de la anticipación.

—¿Mi culpa? Vos sos el que no sabe perder—dijo, pero su voz tembló, traicionada por la forma en que su cuerpo se arqueaba hacia Manu, buscando más.

Manu no respondió. En cambio, aplastó sus labios contra los de Lautaro, besándolo con la misma desesperación que lo caracterizaba. Lautaro, se aferró a él, sus uñas clavándose en los hombros mientras respondía con la misma intensidad, mordiendo su labio inferior hasta arrancarle un gemido bajito. Las manos de Manu lo tomaban por completo, una deslizándose bajo la camiseta, arañando ligeramente la piel de su espalda, mientras la otra lo sujetaba por la nuca, controlando cada movimiento.

—Sos un desesperado de mierda —murmuró Lautaro contra su boca, entre besos que apenas dejaban espacio para respirar. Lautaro gimió de nuevo, esta vez más alto, sus dedos enredándose en el pelo de Manu, tirando con fuerza mientras sus cuerpos se movían en un ritmo frenético y desprolijo.

La bata negra que Lautaro se había puesto ya no estaba. En algún momento, entre los empujones contra y los besos, se deslizó al suelo, dejándolo en una musculosa blanca ajustada que marcaba cada línea de su torso y un pantalón de pijama marrón que colgaba flojo en sus caderas. Manu, lo miró de arriba abajo, como si quisiera devorarlo entero.

Lautaro, no se quedó atrás. Con un movimiento rápido, tiró del borde de la camiseta de River que Manu llevaba puesta, arrancandosela por encima de la cabeza y tirándola al suelo sin dudarlo. La piel de Manu quedó expuesta, los tatuajes oscuros contrastando con el brillo del sudor que ya empezaba a formarse. Lautaro no perdió tiempo: se inclinó y atacó su pecho con besos, mordiscos que dejaban marcas rojas en la piel, desde el cuello hasta los pectorales, deteniéndose solo para lamer una línea lenta y deliberada por la clavícula.

—Moski… —jadeo Manu mientras sus manos se volvían a encajar en su lugar favorito, la cintura de Lautaro, apretándolo con tanta fuerza que seguramente dejaría moretones.

Pero a Lauti no le importaba; al contrario, cada apretón lo calentaba más. Sus dientes rozaron un pezón, arrancándole a Manu un jadeo que hizo eco en el living, y luego siguió bajando, dejando un rastro de mordiscos que hacían que a Manu se le eriza la piel.

—¿Qué, nene? ¿Ahora vas a decir que yo soy el mufa? —susurró, metió una de sus manos bajo el elástico del short de Manu, rozando la piel caliente y tensa justo por encima de la cintura.

Manu no respondió con palabras. En cambio, lo agarró por la nuca y lo tiró hacia arriba para aplastar sus labios en un beso feroz, sus lenguas chocando con una urgencia que rayaba en lo animal. Sus manos no se quedaron quietas apretando su culo con un agarre posesivo que hizo que Lauti gimiera contra su boca.

—No te hagas el canchero, Lautaro—jadeó Manu entre besos, sus dientes atrapando el labio inferior y tirando con fuerza, arrancándole otro gemido. Lautaro respondió empujándose más contra él, sus caderas chocando con las de Manu, sintiendo la evidencia de lo mucho que ambos estaban perdiendo el control. La necesidad era casi insoportable.

Lautaro, giró dejando ahora a Manu con la espalda presionada contra la superficie fría, mientras se arrodillaba frente a él, sus manos fuertes y seguras anclándose en las caderas de Manu. Sus dedos se clavaron en la piel, marcándola, mientras sus ojos, llenos de hambre, no se apartaban de los de Manu.

—Dios, Lauti… —susurró Manu, casi en un ruego, mientras sus manos se enredaban en el pelo rubio de Lautaro. Desde esa posición, el bulto en el short de Manu era imposible de ignorar, tensando la tela hasta el límite, y Lautaro no perdió tiempo. Con un movimiento lento y deliberado, bajó el short, dejándolo caer al suelo en un charco de ropa. La erección de Manu quedó expuesta, dura y palpitante, y Lautaro soltó una risita baja, casi cruel, antes de inclinarse.

Sin romper el contacto visual, Lautaro rozó la punta con los labios, apenas un roce que hizo que Manu jadeara y apretara más el pelo de Lauti.

Murmuró algo pero su voz se cortó cuando Lautaro lo tomó por completo en su boca, sus labios cálidos y húmedos envolviéndolo con una intensidad que hizo que las piernas de Manu temblaran un poco. La lengua de Lautaro se movió con precisión, lamiendo y girando, explorando cada centímetro mientras sus manos apretaban las caderas de Manu, manteniéndolo inmóvil.

Manu dejó caer la cabeza hacia atrás, golpeando con un sonido sordo, sus gemidos volviéndose más crudos, más desesperados.

Mi amor. —jadeó, sus dedos tirando del pelo de Lautaro con tanta fuerza que dolía, pero a Lauti no le importaba. El dolor lo hacía moverse con más urgencia, chupando con un ritmo que era casi castigador, sus labios apretados, su lengua implacable. Cada movimiento arrancaba un nuevo sonido de Manu.

Lautaro, sintiendo el control absoluto, dejó que una de sus manos bajara, acariciando los muslos de Manu antes de deslizarse más, sus dedos rozando zonas aún más sensibles, provocándole un estremecimiento que casi lo hace perder el equilibrio. Lautaro respondió con un gemido propio, el sonido vibrando contra la piel de Manu.

Manu estaba al borde, sus caderas moviéndose instintivamente, buscando más, mientras Lautaro lo llevaba al límite con cada chupada, cada roce deliberado de su lengua. El living era un caos de jadeos, el sonido húmedo de los labios de Lautaro y los gemidos rotos de Manu, que ya no podía pensar en nada más que en la boca de Lauti.

Manu, con la respiración entrecortada y los ojos todavía nublados por el placer, recuperó un instante de claridad y empujó suavemente a Lautaro, alejándolo con un gruñido.

—Sos un pendejo atrevido, Lautaro—dijo con una mezcla de reproche y deseo. Sus manos temblaban ligeramente mientras lo miraba, el pelo desordenado y los anillos brillando en sus dedos.

Lautaro, con los labios todavía húmedos y una sonrisa insolente, batió las pestañas con fingida inocencia. Se puso de pie lentamente, acercándose para plantarle un beso corto pero intenso, apenas un roce de labios que prometía más.

—Y vos me queres así —susurró contra la boca de Manu antes de retroceder un paso, admirándolo.

A veces, Lauti juraba que esto era un sueño: Manu, con el pecho subiendo y bajando agitado, los tatuajes marcando su piel, la mirada que lo desnudaba sin tocarlo. Era demasiado.

Manu no le dio tiempo a seguir soñando, lo agarró de la muñeca y lo arrastró hasta el sillón, empujándolo con firmeza para que cayera sobre los almohadones. Lautaro soltó una risa baja, pero el sonido se cortó cuando Manu se cernió sobre él, sus manos trabajando con urgencia para deshacerse de la musculosa blanca y el pijama marrón. En segundos, Lautaro estaba completamente desnudo, expuesto bajo la mirada hambrienta de Manu, que no perdió un instante.

Manu se inclinó, sus labios atacando el cuello de Lautaro con mordiscos que dejaban marcas color bordo en la piel.

—Esto es por hacerme perder la cabeza —murmuró contra su clavícula, sus dientes rozando antes de morder con más fuerza, arrancándole un gritito a Lautaro. Sus manos recorrían el cuerpo de Lauti, arañando ligeramente los costados, mientras su boca bajaba, trazando un camino de besos húmedos y mordiscos precisos por el pecho, el abdomen, los muslos. Manu se tomaba su tiempo, marcando la piel en lugares ocultos (sus favoritos eran el interior de los muslos y la curva de las caderas) donde solo él podía ver las pruebas de su posesión.

Lautaro se retorcía bajo él, sus manos aferrándose a los almohadones, después al pelo de Manu o a sus hombros.

Manuuu, por favor —lloriqueó cuando los dientes de Manu se clavaron en la piel sensible justo debajo de su ombligo, dejando una marca que ardía de la mejor manera. Cada mordiscón era un reclamo, un recordatorio de que Manu sabía exactamente cómo deshacerlo. Manu alzó la vista, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de adoración y lujuria.

—Te encanta, ¿no, mi amor? —dijo mientras sus manos apretaban los muslos de Lautaro, abriéndolos con una autoridad que no admitía discusión. Antes de que Lautaro pudiera responder, Manu volvió a atacar, su boca explorando cada centímetro.

Manu agarró a Lautaro por las caderas y lo dio vuelta con un movimiento firme, casi posesivo.

—Arriba, Moski —ordenó con una voz cargada. Lautaro, ya perdido en la vorágine de deseo, obedeció sin protestar, apoyándose en el sillón con las rodillas, levantando la cola y arqueando la espalda en una invitación descarada. Con respiración era errática, los gemidos escapándose antes de que Manu siquiera lo tocara.

—Vos sabés lo que pasa cuando pierde River… —murmuró Manu, inclinándose sobre él, sus labios rozando la oreja de Lautaro mientras su cuerpo lo cubría, atrapándolo contra el sillón. Lautaro sólo pudo responder con un sonido de pura aprobación que hizo que Manu sonriera con un dejo de satisfacción.

Manu escupió en su mano, el sonido crudo resonando en el living, y llevó dos dedos a la entrada de Lautaro, rozando con una lentitud tortuosa que hizo que Lauti se estremeciera.

La respuesta fue inmediata: un jadeo roto, las caderas de Lautaro empujándose hacia atrás, buscando más, mientras su cuerpo temblaba bajo el toque.

—Por favor… —suplicó, perdiendo cualquier rastro de la provocación de antes.

Con la otra mano, Manu lo sujetó con fuerza por la cadera, sus dedos clavándose en la piel, manteniéndolo en su lugar mientras sus dedos seguían explorando, entrando apenas, lubricados por la saliva. Lautaro perdió la cabeza por completo, su frente cayendo contra el sillón, sus gemidos convirtiéndose en un flujo constante de sonidos desesperados. Cada movimiento de los dedos de Manu era preciso, abriendo a Lautaro con una mezcla de cuidado y urgencia que lo hacía arquear más, su cuerpo rogando por todo lo que Manu estaba dispuesto a darle.

—Mirá lo que me haces, Moski —gruñó Manu, su voz temblando de deseo mientras sus dedos se movían más profundo, más rápido, arrancándole a Lautaro un grito ahogado. Manu se inclinaba para morder la piel de su espalda, dejando otra marca roja que se sumaba al mapa de su posesión.

Lautaro estaba deshecho, sus manos aferrándose al sillón, sus caderas moviéndose instintivamente contra los dedos de Manu, buscando más, siempre más. Manu retiró sus dedos lentamente, arrancándole a Lautaro un "¡Noo!" desesperado, seguido de un suspiro molesto que no hizo más que avivar la chispa en los ojos de Manu.

—Tranquilo, amor, que ahora viene lo mejor —murmuró. Escupió de nuevo en su mano, esta vez para lubricar su propia erección, dura y lista.

Lautaro, todavía arqueado en el sillón, giró la cabeza para mirarlo, sus ojos brillando de impaciencia. Manu se posicionó detrás de él, alineándose con cuidado, y cuando solo la punta entró, ambos dejaron escapar gemidos fuertes, casi sincronizados, que llenaron el espacio. Lautaro se aferró al borde del sillón mientras su cuerpo temblaba ante la sensación abrumadora.

A pesar de la bronca que todavía le ardía por la derrota de River, Manu fue cuidadoso, como siempre. Sus manos se posaron en la espalda de Lautaro, sosteniéndolo con firmeza pero con un toque de ternura que contrastaba con la intensidad del momento.

Las primeras estocadas fueron lentas, profundas, cada una golpeando con una fuerza controlada que hacía que Lautaro jadeara y se arqueara más, con su cuerpo adaptándose al ritmo de Manu.

El living se convirtió en un caos de gemidos, los de Lautaro más altos y descontrolados, mezclándose con los gruñidos bajos de Manu.

—Mirá cómo gemís, amor, pareces desesperado —se burló Manu, inclinándose para morderle el hombro, sus dientes dejando otra marca. Lautaro intentó responder, pero solo salió un gemido más, su cabeza cayendo hacia adelante mientras sus caderas empujaban hacia atrás, buscando más de esas estocadas que lo estaban deshaciendo.

Manu mantuvo el ritmo, lento pero implacable, cada embestida acompañada de un sonido húmedo y el roce de piel contra piel. A pesar de la burla, sus manos eran suaves en los momentos justos, acariciando, dándole tiempo para respirar entre cada movimiento. Pero la intensidad crecía, los gemidos de ambos se volvían más urgentes. El ritmo de Manu se volvió más desprolijo, cada estocada era profunda, descontrolada. Los gemidos de Lauti se habían transformado en lloriqueos desesperados que salían sin control. Una de sus manos abandonaba la cadera de Lautaro para deslizarse hacia adelante, encontrando la erección de Lauti, palpitante.

Sus dedos la envolvieron con firmeza, acariciándola con un ritmo lento pero deliberado que hizo que Lautaro soltara una mezcla de gemidos y puteadas.

—Por favor, por favor —gimió Lautaro, casi en un sollozo, mientras sus caderas se movían entre las estocadas de Manu y el roce de su mano. El placer era abrumador, una tormenta que lo llevaba al borde.

—Sos una putita hermosa, ¿sabías? —susurró Manu, inclinándose para morderle el lóbulo, su aliento caliente contra la piel sudorosa de Lautaro. Ya estaba al límite.

—Manu, n-no puedo… —balbuceó cuando sus músculos se tensaron mientras el placer lo consumía por completo.

Manu, sintiendo cómo Lautaro se deshacía, intensificó todo: sus embestidas se volvieron más rápidas, más brutales, mientras su mano trabajaba sin piedad, llevándolo al límite. Manu decidido a arrastrarlo hasta el final, susurrándole palabras sucias y amorosas mientras lo reclamaba como suyo en cada rincón de su piel y su alma.

Con la respiración todavía agitada, le dio a Lautaro un momento para recuperarse. Sus movimientos se volvieron más suaves, casi tiernos, mientras observaba a Lauti atravesar las réplicas de su orgasmo, el cuerpo temblando y la piel brillante de sudor. Los gemidos de Lautaro se habían reducido a jadeos bajitos, entrecortados, mientras su pecho subía y bajaba con dificultad, completamente rendido. Manu, con una mezcla de adoración y deseo crudo, lo agarró con ambas manos, sus dedos hundidos en la carne suave, y lo acomodó exactamente como quería, posicionándolo con una autoridad que no admitía resistencia. Lautaro, agotado y entregado, se dejó moldear dispuesto a lo que Manu quisiera hacerle.

Manu lo usó a su antojo, sus embestidas retomando un ritmo profundo y posesivo, cada una arrancándole a Lautaro un nuevo jadeo, aunque ya apenas tenía voz. Los sonidos húmedos y los gruñidos bajos de Manu llenaban el espacio. Lautaro, perdido en la intensidad, giró la cabeza apenas, lo suficiente para clavar sus ojos vidriosos en los de Manu. Con una voz áspera, casi rota, murmuró:

—Acabame adentro, dale.

Esas palabras fueron como un disparo para Manu. Un gemido se le escapó, acompañado de una sonrisa.

—Que trolita —y sin más, aumentó el ritmo, sus caderas moviéndose con una urgencia brutal, cada estocada más rápida, más profunda. Lautaro recibiendo cada embestida con gemidos que eran más bien sollozos de placer.

Manu llegó al clímax con un gemido ronco, su cuerpo estremeciéndose mientras se vaciaba dentro de Lautaro, sus manos apretando las caderas. Por un momento, se quedaron así, inmóviles, con Manu aún dentro de él, sus respiraciones entrecortadas sincronizándose en el silencio del living. Lentamente, Manu deslizó un dedo por la espalda sudorosa de Lautaro, trazando círculos suaves por inercia, un gesto casi inconsciente que contrastaba con la intensidad de lo que acababa de pasar.

Con cuidado, Manu se apartó, buscando la remera tirada en el suelo para limpiar a Lautaro con delicadeza, asegurándose de que estuviera cómodo. Lo ayudó a girarse y ambos se dejaron caer en el sillón, exhaustos. Manu atrajo a Lautaro contra su pecho, envolviendo con un brazo mientras sus dedos seguían acariciando perezosamente su espalda. Lautaro, todavía temblando levemente, se acurrucó contra él, su cabeza descansando en el hueco de su cuello.

El teléfono de Lautaro vibró sobre la mesita, rompiendo la calma del momento. Él, todavía acurrucado contra el pecho de Manu, estiró una mano perezosa para alcanzarlo, sus movimientos lentos por el cansancio aún le recorría el cuerpo. Era Santiago, que al parecer había recuperado la señal después de salir del estadio. Una ráfaga de mensajes llegó: videos de él puteando a medio mundo desde la tribuna, gritando contra el árbitro y los jugadores, y un par de clips borrosos de la cancha llena de hinchas. Lautaro soltó una risita, mostrándole la pantalla a Manu, que sonrió con una mezcla de diversión y fastidio residual por la derrota.

Leyó un ''Nos rompieron el orto'' y respondió en su cabeza: Tal cual.

El último mensaje de Santiago decía: ¿¿Qué hacen??  Seguido de un inmediato: Nopi, no quiero saber!! con un emoji de carita tapándose los ojos. Lautaro se rió más fuerte contra el pecho de Manu.

—Mirá este boludo —dijo Manu, todavía con la voz áspera pero con una sonrisa suavizando su rostro. Tomó el teléfono de Lautaro y abrió la cámara frontal. —Vení, Moski, vamos a joderlo un poco —murmuró, acomodándole el pelo a Lauti con un gesto tierno antes de acercar su cara a la de él. Le plantó un beso suave en el cachete, asegurándose de que la cámara captará solo sus caras, dejando fuera de cuadro todo el desastre de su alrededor.

Lautaro miró la foto y sintió un nudo de ternura en el pecho. Eran ellos, con los cachetes rojos, los ojos brillando de cansancio y algo más, una conexión que no necesitaba palabras. Manu envió la foto al chat con Santiago, y al instante llegó la respuesta: Qué asco, los amo.

Ambos estallaron en risas, el sonido llenando el living mientras se acurrucaban más en el sillón, las piernas de Lautaro enredadas con las de Manu. Manu lo envolvió con un brazo, tirando de él para que se acomodara mejor contra su pecho, y Lautaro dejó caer la cabeza en el hueco de su cuello, todavía sonriendo. El teléfono quedó en la mesita con los mensajes de Santiago silenciados y el partido de River olvidado mientras ellos se quedaban ahí, envueltos en el calor del otro y dejando que la noche los envolviera en una calma que, por ahora, era solo de ellos dos.

Notes:

La idea la tuvo un anónimo del zaqa de ChicaCarpincho, así que espero que te guste!!!
Gracias por leer !!!