Chapter Text
El calor de abril en Tokio era inusual. Era un clima sofocante y pegajoso que parecía envolver todo el pavimento. O tal vez, Satoru Gojo simplemente estaba proyectando su propio disgusto sobre el clima.
Estaba aburrido. No, aburrido era una palabra demasiado pequeña. Estaba existencialmente agotado de la fragilidad del mundo, de la previsibilidad de los días y, sobre todo, de la maldición de Grado 1 que tenía enfrente. La cosa, una amalgama grotesca de carne pulsante y extremidades mal colocadas, se negaba a morir con la dignidad que Satoru exigía.
—Me derrito, Suguru. Literalmente siento cómo mis neuronas se están cocinando —se quejó Satoru, estirando los brazos hacia el cielo plomizo con una exageración teatral que buscaba provocar—. Si no terminamos esto en cinco minutos, juro que voy a desactivar el Infinito y dejar que esa cosa me arranque un brazo solo para tener una excusa e irme de aquí.
A unos metros de distancia, Suguru Geto ni siquiera le concedió el honor de una mirada. Estaba ocupado limpiando un rastro de icor púrpura de la manga de su uniforme, con una expresión de hastío que rivalizaba con la de Satoru, aunque mucho más contenida.
—Si dejaras de jugar y usaras esos ojos que tanto presumes, ya estaríamos en el auto con el aire acondicionado a dieciocho grados —replicó Suguru. Su tono era plano —. Deja de lloriquear, Satoru. Es patético.
—No lloro, ¡ solo lamento mi trágico destino atado a un aguafiestas como tú! —contraatacó Gojo, bajándose las gafas oscuras apenas un centímetro. Sus ojos azules brillaron con burla al enfocarse en la maldición—. ¡Oye, tú, saco de pus! ¿Podrías hacernos el favor de morirte ya? Tengo hambre y mi paciencia tiene un límite.
La maldición, ofendida o simplemente instintiva, rugió con un sonido que hizo vibrar los vidrios de los edificios cercanos y se lanzó hacia él.
Satoru ni siquiera se movió. Ni un músculo. ¿Para qué? El Infinito estaba allí, esa barrera matemáticamente poderosa que dividía su divinidad de la suciedad del mundo. Nada podía tocarlo, él era Satoru Gojo, intocable, perfecto.
O eso creía
Justo en el momento en que la garra serrada de la maldición estaba por chocar contra la barrera invisible, algo sucedió. No fue un fallo en la técnica, fue un fallo en el cuerpo. Un mareo repentino, un vértigo negro y fugaz, golpeó a Satoru en la base del cráneo. Fue una distracción microscópica, un parpadeo de su concentración divina para burlarse del destino.
Un error de novato. Un error que Satoru Gojo jamás cometía.
La realidad reclamó su cobro. El Infinito parpadeó.
La garra rozó su mejilla.
El dolor fue agudo, ajeno, casi insultante. Una línea fina y escarlata brotó sobre la piel de porcelana, rompiendo la perfección de su rostro.
—¡Satoru!
El grito de Suguru rompió la barrera del sonido antes que la del aire.
Satoru no tuvo tiempo de procesar el ardor en su cara. Una sombra negra, más rápida que el miedo, lo envolvió. Suguru se había lanzado contra él, para apartarlo con una violencia calculada, empujándolo fuera de la trayectoria del siguiente golpe de la maldición. En el mismo movimiento, convocó una maldición que reptó desde el suelo como una pesadilla antigua, un ciempiés gigante que aplastó al enemigo contra el pavimento.
El sonido fue húmedo. Un estallido de sangre negra y huesos triturados. Y luego, silencio.
Un silencio pesado, denso, que cayó de golpe en el callejón abandonado.
Satoru parpadeó, aturdido. Llevó lentamente una mano a su mejilla. Sus dedos volvieron manchados de rojo.
Sangre.
Su sangre.
El concepto le resultaba ridículo. Se giró hacia su amigo con una sonrisa nerviosa, esa máscara que usaba para ocultar cualquier rastro de debilidad, esperando un insulto sarcástico, una burla sobre su torpeza.
—Vaya, eso estuvo cer...
Las palabras murieron en su garganta. Suguru no se estaba riendo.
Geto caminaba hacia él a paso rápido, devorando la distancia. Tenía los hombros tensos, rígidos como el acero, y una oscuridad en la mirada que Satoru rara vez veía; no era la mirada de su mejor amigo, era la mirada de un depredador viendo una presa herida.
Sin previo aviso, la mano de Suguru salió disparada y se cerró en el hombro de Satoru.
Un agarre firme, casi doloroso, que casi obligó a Satoru a retroceder.
Suguru invadió su espacio personal, rompiendo ese Infinito emocional que Satoru siempre interponía entre él y el resto de la humanidad. Acercó sus labios a la oreja de Gojo, tan cerca que Satoru pudo sentir el calor furioso de su aliento.
—Deja de jugar con tu vida, Satoru... —susurró Suguru.
Su voz no era la de siempre. Sonaba ronca, profunda, vibrando peligrosamente contra los huesos de Satoru, resonando en su caja torácica como una orden ineludible. Había una gravedad en ese tono que hizo que el aire se sintiera delgado.
—¿Siempre te tengo que cuidar yo?
No fue una pregunta. Fue una sentencia. Un recordatorio de quién tenía el control en ese preciso segundo.
Y entonces, sucedió.
Fue como si alguien hubiera encendido un fósforo dentro del estómago de Satoru, justo en el centro de sus entrañas. Una chispa que se convirtió en un incendio forestal en cuestión de segundos.
El aroma de Suguru, usualmente controlado, neutro, casi imperceptible, golpeó las fosas nasales de Satoru con una violencia inesperada. Ya no olía simplemente a jabón y tabaco. Olía a sándalo ahumado e incienso antiguo, denso como el aire de un templo prohibido, cargado de una calma peligrosa y a algo oscuro, almizclado y terriblemente dominante.
Las rodillas de Satoru chocaron entre sí, traicionándolo. Un calor líquido, sofocante y vergonzoso, diferente al del sol de abril, le recorrió la columna vertebral, bajando hasta acumularse en su ropa interior.
—Ah... —Satoru intentó articular una respuesta ingeniosa. Quería decir te encantaría cuidarme, pero su garganta se cerró.
Solo salió un jadeo roto, húmedo y patético.
El mundo se inclinó. Sus piernas se convirtieron en gelatina y cayó de rodillas al suelo sucio del callejón, respirando agitadamente, como si el oxígeno se hubiera vuelto denso. Los sonidos de la ciudad se sentían lejanos, amortiguados por el latido ensordecedor de su propio corazón.
—¿Satoru?
La voz de Suguru cambió al instante, como si hubiera salido de un trance. La agresividad dominante se evaporó, dejando paso a una preocupación genuina. Se agachó rápidamente a su lado, sus manos grandes buscando su rostro, intentando tocarle la frente para medir su temperatura.
—Estás hirviendo. Mierda, Satoru, estás ardiendo. ¿Esa cosa te dio con veneno? Déjame ver la herida.
—Estoy... bien... —jadeó Satoru, aunque la mentira era evidente.
Sentía que se quemaba desde adentro hacia afuera. Su piel se había vuelto hipersensible; el roce de su propio uniforme de cuello alto era una tortura, una lija contra sus terminaciones nerviosas. Quería arrancárselo. Quería desnudarse allí mismo.
O peor... quería que Suguru lo tocara más. Que esa mano grande fuera a su nuca, que lo apretara, que lo sostuviera.
El pensamiento lo aterrorizó.
—Solo... cállate un rato... me mareas —murmuró, cerrando los ojos con fuerza.
Antes de que Suguru pudiera responder o insistir, un sonido gutural rompió la intimidad del momento.
Desde las sombras del edificio contiguo, dos siluetas se despegaron de la oscuridad. Dos maldiciones más. Pero estas no atacaban por territorio. Estaban babeando, sus múltiples ojos fijos en Satoru, atraídas por el repentino y empalagoso aroma dulce que empezaba a emanar de los poros del hechicero más fuerte. Un aroma a duraznos maduros a punto de pudrirse, a miel caliente. A presa fácil.
Suguru levantó la vista. Sus ojos se entrecerraron, y esa oscuridad volvió a su mirada, esta vez dirigida hacia los intrusos.
Satoru intentó levantarse.
Intentó convocar el Azul, el Rojo, lo que fuera.
Intentó activar su técnica.
Pero su cuerpo no respondió. Sus brazos pesaban toneladas. Era un muñeco de trapo, tirado en el suelo, con el hechicero más peligroso del mundo como su única barrera contra la oscuridad.
—Quédate ahí —ordenó Suguru.
Esta vez, no hubo invocaciones elegantes ni movimientos suaves. Suguru se movió con una brutalidad física que Satoru solo había pensado ver en los peores escenarios de guerra. Se plantó delante de Gojo, bloqueando el mundo, usándose a sí mismo como un escudo humano.
—Basura —escupió Geto. La palabra salió cargada de veneno.
Con un movimiento fluido Suguru invocó a un dragón. La bestia masiva, de escamas iridiscentes y dureza de diamante, surgió del asfalto rompiendo el concreto, rodeando a ambos en una espiral protectora. Mientras el dragón despedazaba a la primera maldición con un crujido nauseabundo, Suguru avanzó hacia la segunda.
No usó magia a distancia.
Usó sus puños.
Reforzados con una capa densa de energía maldita, sus golpes cayeron sobre la criatura con una furia desproporcionada, sádica.
No estaba exorcizando, estaba castigando. Estaba borrando la existencia de algo que se había atrevido a mirar a Satoru. En menos de treinta segundos, lo que antes era una amenaza ahora era solo una mancha irreconocible en el suelo.
Suguru se giró hacia Satoru. Respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando con violencia, y tenía los nudillos manchados de icor oscuro.
El aire cambió. El olor a alfa se volvió tan denso que casi se podía masticar, una mezcla de sándalo profundo, incienso quemado y advertencia. Para cualquier otro hechicero, esa presión habría sido aterradora, una señal para huir. Pero para Satoru, en ese estado febril, con la mente nublada y el cuerpo traicionero, fue lo más embriagador que había sentido en su vida. Era un ancla en medio de su tormenta.
—Se acabó —dijo Suguru, acortando la distancia.
Satoru lo miró desde el suelo, con los ojos azules, usualmente fuertes y aterradores, ahora desenfocados, vidriosos y brillantes por la fiebre incipiente. Sus mejillas ardían con un rubor febril.
Se sentía pequeño.
Se sentía... necesitado.
Sin decir una palabra más, Suguru se inclinó. Pasó un brazo fuerte por debajo de las rodillas de Satoru y otro por su espalda, levantándolo en el aire como si no pesara más que una pluma.
Satoru no protestó. Su cuerpo reaccionó antes que su orgullo, instintivamente escondió la cara en el hueco del cuello de su mejor amigo, aspirando desesperadamente su aroma.
—Volvamos a la escuela —murmuró Suguru. Su voz vibró directamente contra el pecho de Satoru, grave y posesiva—. Te tengo, Satoru. Ya te tengo.
Y por primera vez en su vida, el hechicero más fuerte del mundo se dejó caer en la oscuridad, perdiendo la consciencia en los brazos del único hombre capaz de sostener el peso de su existencia.
