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Una navidad contigo | Jayvik

Summary:

Jayce se ha metido en un lío al prometer a su familia que llevaría a su —inexistente— pareja a la cena de Nochebuena, por lo que le pide a Viktor, su compañero de habitación, que finja ser su novio durante las dos semanas de vacaciones.

Se trata de un universo alternativo donde ambos estudian en la misma universidad, compartiendo habitación en la residencia de estudiantes <3

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Era un verdadero alivio que la semana de exámenes previa a las vacaciones de Navidad hubiese terminado. Cada día había sido más agotador que el anterior, con incontables horas de estudio y apenas tiempo incluso para parase media hora a comer, por no hablar de las horas de sueño. Pero cada día que terminaba, era un paso menos hacia las ansiadas vacaciones de Navidad y un merecido descanso por dos semanas.

La calma reinaba en la residencia de estudiantes de la Academia. 

El silencio reinaba en la residencia de estudiantes de la Academia, hasta que la puerta de la habitación se abrió abruptamente.

—No, no… ¿Cómo he podido olvidarlo? Mierda… —Jayce entró como un torbellino, trayendo con él el aire frío del pasillo—. ¡Viktor! —su expresión pasó por varias emociones distintas desde el miedo hasta el alivio cuando sus ojos se enfocaron en su compañero de habitación, recostado en la cama, leyendo un libro.

—¿Qué ocurre, Jayce? —preguntó, levantando impasible la mirada de su lectura en cuanto terminó la página en la que estaba—. Cierra la puerta, por favor. Me estoy helando.

Y es que el invierno había llegado sin previo aviso. Un día estaban con los atardeceres otoñales iluminando las hojas secas de los árboles como si fueran bombillas, y al día siguiente llegó el frío. Húmedo y sin nieve, pero con granizo. 

—¡Por supuesto! —asintió cerrando la puerta rápidamente. 

Jayce era un buen compañero de habitación. Atento, cuidadoso, aunque desordenado. La mitad de la habitación que le pertenecía a cada uno estaba claramente delimitada. No por una línea, sino por la organización en ellas. Viktor observó cómo su compañero se deshacía de su abrigo tirándolo sobre la cama, dejando la mochila al lado de su mesa repleta de papeles. La parte de Viktor estaba ordenada, sus apuntes perfectamente organizados, la ropa guardada y las sábanas lisas de no ser porque ahora estaba tumbado sobre ellas.

—¿Qué vas a hacer estas vacaciones? —soltó repentinamente, viéndose alterado. Se movía de un lado a otro como un animal enjaulado.

—Nada. Tal vez en Nochebuena iré a cenar a algún sitio. ¿Alguna recomendación? —respondió encogiéndose de hombros con indiferencia. Nunca había puesto énfasis en las celebraciones, de hecho la escasa decoración navideña que tenían en el cuarto había sido cosa de Jayce. Al responder, Viktor procuró que su tono fuese tranquilo para intentar contrarrestar el nerviosismo de su compañero.

—No, no… es que… necesito que me hagas un favor enorme —Jayce se sentó en el borde de su cama, mirando a Viktor—. No tienes que aceptar si no quieres, solo… —meneó la cabeza, avergonzado—. ¡Te pagaré si me ayudas! ¡Por favor!

—¿Pagarme? —Viktor se incorporó, doblando su pierna sana mientras que la otra permaneció cómodamente estirada. Sus ojos se quedaron fijos en los de Jayce mientras una sonrisa divertida apareció en su rostro—. Jayce no me hables de dinero si ni siquiera me has dicho qué es lo que necesitas —rió suavemente.

—Cierto, cierto —a veces su cabeza trabajaba más rápido que sus palabras, por lo que cuando quería decir muchas cosas al mismo tiempo, las mezclaba todas. Entonces, suspiró y se puso de nuevo en pie—. Verás, mi… mi familia todos los años me dice “Ay ¿cuándo vas a traer a alguien especial a la cena de Navidad?”, ya sabes —expresó volviendo su voz ligeramente más aguda para imitar la de su madre—. Durante el puente hace un par de findes fui a casa como sabes, y… estaban todos, y cómo no, me lo volvieron a preguntar —entonces, se agarró el puente de la nariz, avergonzado—. Se pusieron a hacer gracias de que siempre estaré soltero y yo dije que estaban equivocados, que este año sí que iba a llevar a alguien —Jayce se frotó la cara con esa misma mano y continuó explicando, ahora gesticulando con el brazo—. Y claro, todos estallaron en vítores, mi abuela se emocionó y mi tío se echó a reír diciendo que no se hicieran ilusiones, que claramente era mentira, y que si ponía alguna excusa para la cena de Navidad, que no me dejarían olvidarlo jamás.

Viktor observó la escena desde su posición, haciendo un esfuerzo por no reírse de su amigo y la ridícula situación que estaba relatando. ¿Qué quería Jayce? ¿Que le ayudase a encontrar a alguien para acompañarle a la cena?

—Y por supuesto, yo defendí a capa y espada que estaba diciendo la verdad… Así que por eso necesito tu ayuda —volvió a sentarse de nuevo. Ahora sus ojos estaban fijos en los de Viktor, en una mirada de súplica—. Necesito que vengas conmigo, por favor. Finge que eres mi novio y acompáñame a la cena, por favor… 

—¿Qué? —preguntó Viktor incrédulo, sus ojos abriéndose como platos. De la sorpresa, el libro que estaba leyendo hasta hacía un momento estuvo apunto de caerse de la cama.

Entonces Jayce rebuscó en su abrigo hasta que dio con su cartera.

—Los gastos del viaje corren por mi cuenta, y ¡te pago por ir! Por favor, Vik, tienes que ayudarme.

—¿Y por qué yo? —meneó la cabeza—. Puedes ir con cualquiera, Mel siempre te anima en los partidos, por ejemplo.

—Pero necesito a alguien con quien tenga confianza, y tú eres en quién más confío para esto… —desde que ambos compartían habitación, Jayce había descubierto que Viktor era una persona confiable. No importaba que dejase las cosas desordenadas, o incluso se olvidase la cartera tirada en el suelo. Viktor jamás había tocado nada que no fuera suyo sin permiso—. Nadie me conoce tanto como tú.

—No sé, Jayce… ¿Has dicho viaje? 

—Sí, todos los años nos reunimos en a mi pueblo, que está al norte. Habrá que llevar ropa de abrigo porque nevará, pero no pasarás frío porque pondremos la chimenea, y… estará toda mi familia. Habrá buena comida, y… Y… ¡estarás con nosotros! Así no pasas las navidades aquí solo…

Viktor desvió la mirada sacudiendo la cabeza. ¿Acaso iba a renunciar a unas pacíficas vacaciones para convertirse en un novio falso y meterse de lleno en la familia de Jayce por dos semanas? Como no tenía familia, esto podría suponer una variación interesante en su rutina de vacaciones insípidas, pero… estar dos semanas rodeado de personas que a priori iban a ser tan intensas como su compañero, sonaba a que iba a ser demasiado.

El destello de la duda en los ojos de su amigo no pasó inadvertido. Jayce decidió sacar su movimiento final, jugando con una debilidad de Viktor que había conocido en las largas noches de estudio.

—¡Tanto mi madre como mi abuela preparan unos postres increíbles! No puedes perderte el olor de las galletas recién salidas del horno (sin olvidar las pepitas de chocolate), o el chocolate a la taza, ¡incluso el roscón de reyes! A veces le hacen relleno de nata. Veeeenga, no va a estar tan mal…

—Estás jugando sucio y lo sabes —resopló rodando los ojos, con una sonrisa divertida.

—Porfa, Vik, así también puedes aprovechar y conocer mi pueblo… ¡y pasamos las navidades juntos! Y la nieve, ¡te va a encantar la nieve! —su voz sonaba sincera, con un toque de desesperación. 

Jayce disfrutaba plenamente cuando pasaba tiempo con él, y las semanas de vacaciones solían tener un gusto agridulce, porque a pesar de las ganas que tenía de ver a sus seres queridos, sabía que dejaba a Viktor solo en el campus sin una familia a la que visitar. Una parte de él quería cambiar eso, y que su compañero no pasase solo otra nochebuena.

—¿De cuántas cookies estamos hablando? —sonrió. Con esa mirada era incapaz de negarle nada.

—¡Las que quieras! —respondió balanceándose de emoción en su sitio. Había suplicado en su interior por que Viktor aceptase, pero su respuesta no dejó de sorprenderle ya que era consciente de que lo que le estaba pidiendo era demasiado. Esto era un milagro.

Finalmente, Viktor agachó la cabeza para rehacerse el moño, y suspiró: —Está bien.

—¡¿En serio?! —Jayce no podía creerlo, incluso llegó a dudar de si lo había entendido bien, pero ya estaba levantándose y sacudiendo los hombros de su compañero con alegría mientras repetía—: Gracias, gracias, gracias.

Viktor rió suavemente. Las manos de Jayce eran cálidas y cubrían sus hombros completamente.

—Pero no vuelvas a hacer eso, casi me sacas la columna —sonrió, dejando ver sus dientes ligeramente. 

Chapter 2: El Tren

Notes:

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Chapter Text

—He puesto tu maleta aquí encima. Por cómo miraste el hueco de las maletas, supuse que no te gusta separarte de ella —sonrió Jayce sentándose a su lado tras señalar el compartimento sobre sus cabezas. El ambiente en el tren era tranquilo, solo se escuchaba el murmullo de algunos pasajeros desperdigados aquí y allá, y las voces del personal dando indicaciones.

—Adivinaste —Viktor le devolvió la sonrisa mientras sus ojos seguían el movimiento de su compañero al sentarse a su lado—. No es que lleve una fortuna, pero me agobiaría perder mis cosas —explicó acomodando su bastón contra la pared. 

—Normal. A nadie le gusta quedarse sin sus cosas.

Cuando el tren arrancó, susurró, más para sí mismo que para Jayce:

—Ya no hay vuelta atrás, ¿eh?

—¿Te arrepientes? —preguntó en tono de broma aunque en el fondo le preocupase que así fuera.

—No, no suelo ser de los que se echan atrás, pero ¿qué pasa si sale mal? Tu familia puede descubrir que todo esto es una farsa y se van a enfadar contigo por mentirles —expresó. Su acento se volvía ligeramente más profundo cuando se ponía nervioso o se enfadaba—. No quiero tener problemas con ellos, y mucho menos que los tengas tú.

La expresión de Jayce se suavizó. Se sentía enternecido por la preocupación de su compañero. Por encima de todo no quería herir los sentimientos de nadie, y eso confirmaba todo lo bueno que pensaba de él.

—Te van a recibir como mi pareja, no como alguien que tengan que poner a prueba para ver si es un impostor. La única forma en la que nos podrían pillar es si nos oyen hablando del tema, cosa que no va a pasar —explicó tratando de tranquilizarle.

—También puede ser si preguntan que cómo empezamos a salir y contamos versiones diferentes —se encogió de hombros.

—Cierto. He pensado que lo mejor es inventar lo menos posible, así evitamos incoherencias. Mi idea es no dejarte solo, pero en el caso de que por lo que sea uno de los dos hable con alguien de mi familia sin el otro, tendrá que comunicarle al otro lo antes posible si han hablado de algo de la relación, por si acaso el otro luego lo contradice.

—Buena idea —asintió pensativo, su frente arrugándose ligeramente—. Y tenemos que hablar del contacto físico.

—Hm, es verdad, las parejas se toman de la mano, y eso… —asintió inclinando la cabeza para poder mirar a Viktor.

—El contacto físico no me molesta, pero no me gustan las muestras de afecto en público. Y no te pases arrimándote si no quieres que me sienta incómodo y puedan notarlo —clarificó. Su expresión era seria y sus ojos rara vez se movían de los de Jayce. Necesitaba sentir que tenía la situación más o menos bajo control para poder sentirse más tranquilo.

—Entendido —Viktor tenía razón, era mejor hablar de eso mientras tuviesen tiempo antes de conocer a la familia de Jayce, no fuese que le hiciese sentir mal delante de todos— Pero… con la espalda no hay problema, ¿no? ¿Y el hombro?

—Eso está bien, de hecho, ya lo sueles hacer algunas veces —rió suavemente. 

—Oh —por un momento se quedó en silencio. Sí, solía ser una persona afectuosa, pero no era consciente de hasta qué punto lo había sido con Viktor. Tenía que haber sido en más de una ocasión dada la rapidez con la que su compañero había respondido. El cambio en su expresión hizo que el Zaunita sonriese.

—No, nunca me he sentido incómodo cuando has hecho eso. Te lo habría dicho, no te preocupes —movió su palma extendida como gesto apaciguador.

Jayce suspiró, visiblemente aliviado.

—Esto que voy a decir lo doy por hecho, pero me quedo más tranquilo si lo dejamos claro. Da igual lo que diga tu familia, no vamos a besarnos. Y de eso te encargas tú. Dices que no soy afectuoso en público, o lo que sea.

—Por supuesto que no. Además no creo que empiecen con la tontería del “que se besen”. Sea como sea, no te preocupes por eso, ¿vale? Yo me encargo.

—Bien —le dedicó una sonrisa suave. El paisaje se movía deprisa ahora que el tren se movía a alta velocidad. Al ser la época de los días más cortos del año, ya comenzaba a anochecer. 

—Aún así, si en cualquier momento quieres darte la vuelta, lo entiendo. Sé que es mucho pedir y… de verdad que me disculpo si te he hecho sentir obligado a venir.

Viktor se reclinó contra el reposabrazos, y meneó la cabeza despreocupado.

—Deja de darle vueltas, no me he sentido forzado a nada. No te preocupes.

Jayce se sintió aliviado de nuevo, relajándose contra el respaldo del asiento. Con todo eso claro, se sentía mejor.

—Vale. Me alegra saberlo —inclinándose ligeramente hacia su amigo, regresó al tema—. Entonces, nos conocimos en la facultad. Nos tocó ser compañeros de habitación y… ¿Quién le pidió salir a quién?

—Vaya historia más cutre —Viktor rió suavemente, esbozando una sonrisa ladeada—. Si sigues así no hará falta que sigas dando detalles porque todos se habrán dormido —le picó.

—¡Pero bueno! —Jayce bufó—. A ver, cuenta tú la historia, ya que se te da tan bien.

—Vale, vale, pues yo me encargo de contarla cuando pregunten. Así tú serás el que más atento esté a los detalles —rió mezquinamente, sabiendo que le había dejado en vilo. 

—Pero—

—A-ah, ahora cuéntame sobre tu familia, no quiero que me pille desprevenido.

Talis se hundió en su asiento, rendido. El zaunita era todo un cabezota.

—Sé que no tienes hermanos, y que has vivido con tu madre desde pequeño —añadió antes de que le respondiese—. También está el tío tuyo que mencionaste que te metió en este lío, y… poco más. Bueno, tu madre se llama Ximena y su sopa está riquísima —sus labios se curvaron al recordar el sabor de aquel manjar. Jayce solía traer tuppers de su madre cuando iba a visitarla en vacaciones, y siempre compartía algo con él.

—Háblale de tu debilidad por su sopa y te la habrás ganado —respondió con una sonrisa cálida—. Luego está mi abuela. No te asustes si reacciona de forma un poco… intensa cuando te vea. Empezará a decir que por fin le presento a alguien…

Jayce se veía feliz y apasionado de hablar sobre su familia. Sus ojos brillaban con la mención de cada uno. El sol hacía que sus ojos se viesen como si emitiesen luz, añadiendo vida y calidez en su expresión. Lo que pasaría esas dos semanas era incierto, pero una cosa estaba asegurada: esas Navidades iban a ser diferentes.

—Y te equivocas, genio —le picó de vuelta, irguiendo su espalda para hacerse el chulo. Pero pronto regresó a su postura relajada y cercana—. Tengo un hermano mayor. No te he hablado nunca de él porque no tenemos mucha relación. Consiguió una beca y se fue a estudiar al extranjero cuando yo era pequeño, y actualmente está casado. No me llevo mal con él ni nada, es solo que tenemos gustos opuestos y nunca congeniamos mucho, aunque tampoco hemos tenido problemas. De hecho, me gusta reencontrarme con él todos los años y ponernos un poco al día contándonos las últimas novedades. Tiene dos hijos que probablemente te caerán bien. Su mujer también estará, pero no voy a darte ahora todos los nombres, que no quiero agobiarte.

Viktor disfrutó al escuchar el cariño con el que Jayce hablaba de su familia, contando pequeñas anécdotas de cada uno para ayudarle a conocerles un poco mejor.

—Ah, y a mi abuela le encanta tejer. Todos los años hace jerseys navideños a juego para toda la familia, y cómo decirlo… son llamativos, por decirlo de algún modo. Y MUY navideños. Dice que no entendemos su sentido de la moda.

Ambos rieron y Viktor respondió:

—Prepararé mis ojos para eso, entonces. 

—Buena idea.

—Parece que vamos a ser un montón —señaló Viktor, pero su compañero no detectó desagrado en su expresión—. ¿Tienes ganas de verlos?

—¡Sí! Además me encanta la Navidad. Y espero que este año, ya que vienes, la disfrutes con nosotros. Mi familia puede ser un poco intensa, pero no te habría traído si no pensase que puedes con ello.

Viktor sonrió, agradecido por la confianza que había depositado en él.

—Se te da bien eso de crear expectativas. ¿No has pensado en ser publicista? 

Ambos rieron, y Jayce le dedicó una mirada cómplice antes de que un silencio cómodo se asentase entre ellos. El tren los mecía suavemente, acompañándolos con el sonido rítmico que hacía contra los raíles. Conforme las horas pasaban, el clima en el exterior se volvía más frío, los colores apagándose para crear un paisaje que parecía sacado de un sueño. 

En algún momento Viktor fue a comentar algo, pero cuando apartó sus ojos de la ventana vio que su compañero se había dormido. Su expresión cambió a algo que podría asemejarse a la ternura cuando vio cómo el rostro de Jayce se veía relajado. Sus ojos permanecían cerrados y su boca ligeramente abierta. La tensión de los exámenes por fin había soltado su agarre en él, y el cansancio lo había alcanzado. Con cuidado, Viktor deslizó el móvil de Jayce fuera de su mano para evitar que se cayese al suelo en mitad del viaje y perturbase su sueño. Aún quedaba tiempo para llegar a su destino, así que depositó el móvil en un lugar seguro, y abrió su libro para sumergirse de nuevo en su lectura.

Notes:

Lo prometido es deuda! Aquí estoy subiendo el capítulo a las 23:59
Espero que lo disfrutes, prometo actualizar antes de que acabe la semana
No te olvides de comentar qué te ha parecido este capítulo!!
Como ya queda poco, quiero aprovechar para desearte una feliz Navidad

Chapter 3: La Bienvenida

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Viktor en cuanto descendió del tren apoyándose en su bastón. El paisaje que se encontró a su alrededor era digno de una película navideña, con luces y nieve alrededor. 

Jayce se había empeñado en bajar primero, poniendo como excusa que entraba mejor con las maletas, pero en realidad era que le aterraba pensar que Viktor pudiera caerse al bajar del tren, por lo que quería estar ya abajo por si acaso, para poder ayudarle. Cuando llegó a su lado, el zaunita quiso alcanzar su equipaje para arrastrarlo de camino a casa, pero su compañero le frenó con una mano.

—Por favor, déjame llevarte la maleta. Me importa más que no te resbales con el hielo, yo ya estoy acostumbrado a esto. Y no es molestia llevarlo, mi casa está aquí al lado.

Viktor asintió con la cabeza, dedicándole una sonrisa tímida mientras se acurrucaba dentro del abrigo. No sabía cómo, pero Jayce era la única persona capaz de ayudarle sin hacerle sentir menos.

—Eh, —Jayce reparó en que el otro trataba de esconder su cuello dentro de la chaqueta—, ¿No has traído bufanda?

—Sí, pero está en la maleta —respondió poniéndose los guantes—. No te preocupes. 

Pero pedirle eso a Jayce era lo mismo que pedirle que recogiese su lado de la habitación. Ya mientras su amigo se lo decía, se estaba quitando su propia bufanda.

—Claro que me preocupo, no queremos que enfermes antes de Navidad —respondió envolviendo la bufanda alrededor del cuello del otro. Ningún catarro, por flojo que fuese, era simple para su compañero.

Viktor sacudió la cabeza, sabiendo que era una batalla perdida. La tela estaba impregnada del olor de Jayce; una mezcla entre su champú y algo que era único suyo. La sensación era agradable, y aún conservaba algo de su calor.

—Gracias —susurró. Reanudaron la marcha, andando el uno junto al otro. Viktor miraba todo el rato alrededor, maravillado por la combinación de la nieve con los adornos navideños hasta tal punto, que casi se olvida del motivo de su visita.

—Ya estamos —sus pensamientos fueron interrumpidos por la cálida voz del hombre a su lado.

—Oh —sus ojos se fijaron en la casa que se levantaba ante ellos. Jayce abrió la portilla que daba al pequeño jardín—. Qué bonita —expresó con admiración. La decoración había sido puesta con mimo, repasando el borde del tejado y la silueta de las puertas y ventanas con tonos cálidos—. Supongo que de aquí vienen tus ganas de decorar el apartamento todos los años —rió suavemente.

—Por supuesto. Es como tener un trocito de mi casa en la residencia —sonrió deteniéndose a su lado—. ¿Listo?

—Eso creo —respondió tratando de no ponerse nervioso. Solo iban a fingir. Pasase lo que pasase no tendría que afectarle de ninguna forma, ¿verdad?.  Suspiró notando cómo parte de su nerviosismo se aligeraba cuando sintió la presión alentadora de la mano de Jayce contra su espalda.

Y entonces, la puerta se abrió mientras la mente de Viktor se inundaba de preguntas. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Cómo debía actuar?

—¡Bienvenidos! —una mujer de cabello gris y blanco se apresuró hacia ellos en cuanto pisaron en la casa—. ¡Awww Viktor! Jayce no paraba de hablar de ti, ahora sabemos por qué…

—Es un placer conocerla, señora Talis —dijo formalmente, adelantando la mano para que ella la estrechase. Pero en su lugar, Ximena le abrazó fuerte contra su pecho. Sorprendido por el gesto imprevisto, Viktor dejó escapar un “Oh” ahogado, su cuerpo tensándose por un momento antes de devolverle el abrazo. Sus manos dudosas presionaron contra el jersey de lana de la mujer, mientras el bastón descansaba en su codo. No estaba acostumbrado a eso, al calor de un abrazo, a la sensación de estar en casa. O al menos había olvidado cómo se sentía.

—No hacen falta tantas formalidades, llámame Ximena, cariño. Eres de la familia —replicó frotándole la espalda con dulzura antes de aflojar los brazos para dejarle ir. 

—Gracias —susurró aún algo perplejo.

—¿Qué tal ha ido el viaje? ¿Se os ha hecho largo? —preguntó volviéndose para abrazar a Jayce.

—No, ha estado bien Ma —respondió su hijo devolviéndole el gesto—. La verdad me he quedado dormido como la mitad del trayecto —rió, dedicándole una sonrisa a Viktor, que se encontraba detrás de su madre. 

—El paisaje era bonito —añadió sonriéndole de vuelta. Siendo franco, había disfrutado el viaje. La conversación, la calma mientras el otro dormía…

—Pasad, ¡vamos! Luego subís las maletas —con un gesto, les indicó la dirección del salón para que saludasen al resto de la familia. Desde el pasillo podían escuchar los sonidos de las risas de los niños y los villancicos de fondo.

Antes de que Viktor tuviese tiempo para dudar, notó la presión alentadora de la mano de Jayce contra su espalda. Sentía las mejillas ligeramente coloradas por lo inesperado del abrazo de Ximena, y el roce del pulgar de su compañero contra su sudadera no ayudó a que eso se calmase. Mientras caminaban por el pasillo, los ojos de Jayce recorrieron su rostro. Sintiéndolo, él se volvió, hallando en su mirada y cejas levantadas una pregunta silenciosa "¿Todo bien?". Él respondió que sí asintiendo con la cabeza. 

En el salón pudo encontrar al resto de la familia. Los sobrinos de Jayce jugando cerca de un árbol lleno de luces y adornos, su hermano sentado junto a su mujer bebiendo café en el sofá, y a su abuela en otro sillón. Se había quedado dormida al calor del fuego con la prenda entre sus manos.

—Tu tío aún no ha llegado —explicó Ximena mientras el resto levantaban la mirada para recibirles.

—Bienvenido —sonrió Vera, la mujer más joven. Se levantó de su asiento para darle dos besos.

—Ey, buenas hermano —ambos chocaron las manos, y después el hombre le dio un toque a Viktor en el hombro—. Bienvenido.

El sonido de sus palmas debió de despertar a la abuela, porque repentinamente soltó una exclamación. A pesar de haber estado dormida hasta hacía unos instantes, sus ojos se habían iluminado y ahora brillaban de emoción mientras alternaban entre los dos miembros de la pareja.

—¡Pero bueno! Vaya jovencito más guapo. Venid a saludar a la abuela, no seáis tímidos.

—Nana, este es Viktor —sonrió guiándole gentilmente hacia el sofá donde estaba sentada.

—Encantado, um... Nana —sonrió algo cohibido, reclinándose sobre el apoyo para no cargar la pierna.

—Ven siéntate, mira, vamos a juego —sonrió señalando a su propio bastón de flores descansando a su lado, lo que hizo que Viktor riera suavemente. No había rechazo ni miradas extrañas o preguntas incómodas, solo una calidez en su sonrisa que le removió por dentro, en el mejor de los sentidos.

—Gracias —respondió educadamente. En el instante en el que apoyó el bastón contra el sofá, la abuela tomó sus manos, ya que estaba sentado cerca, entre Jayce y ella.

—Ay qué adorable, entiendo por qué mi nieto te eligió, se nota que tienes un corazón enorme —expresó con emoción, apretando sus manos con delicadeza—. Tienes las manos heladas, apuesto a que aprovechas para robarle a Jayce el calor cuando estáis juntos.

Viktor dejó escapar un suspiro como una risa, asintiendo con la cabeza, tratando de no sonrojarse ante las palabras de la abuela.

—Sí… a veces parece que es una estufa ambulante —rió suavemente, siguiéndole el juego.

—De verdad que Viktor a veces parece un gato, siempre buscando un lugar  calentito donde acurrucarse —le picó, dándole un codazo suave—. En el apartamento pone tan fuerte la calefacción, que a veces tengo que dormir en pijama de verano ¡En pleno invierno!

—No seas exagerado —negó con la cabeza, con una expresión divertida en el rostro.

—Aw, pues venga, no dejes que se le enfríen, mijo —replicó la anciana, acercando las manos de Viktor a las de su nieto. Jayce extendió sus manos sobre sus muslos, las palmas boca arriba mientras buscaba los ojos del otro, queriendo saber si eso estaba bien, o debía poner una excusa para evitar un momento incómodo. Viktor le dedicó una sonrisa tímida mientras apoyaba sus manos sobre las de él, indicando que todo estaba bien.

—Lo que dije, como una estufa —bromeó, tratando de aflojar el nudo que se le había hecho en la garganta. Las manos de su compañero eran muy cálidas, lo que creaba un contraste agradable, al menos para el hombre más silencioso. Cuando Jayce cerró los dedos, Viktor pudo sentir cómo cubrían su piel más pálida, calentándola de forma placentera. Para mantener la tapadera, Jayce se inclinó ligeramente hacia el genio reservado, hasta que sus hombros se rozaron. Por un instante, Viktor se sintió un poco abrumado. El calor de Jayce a su lado, las miradas de todos, las palabras de la anciana… Y repentinamente un sonido ahogado de emoción le sacó de sus pensamientos:

—Ay, mi niño ha traído a este jovencito tan guapo —sollozó la abuela con emoción—. Por fin alguien que le hace feliz.

—S-señora… —Viktor se tensó al instante, sus ojos recorriendo las mejillas húmedas de la mujer mientras ella se limpiaba la nariz con un pañuelo de tela.

—Puedes llamarme solo Nana o abuela… —replicó ella, su voz aún sonaba húmeda, pero sonreía. 

Jayce le dio un apretón suave en las manos antes de decirla:

—Abuela, vas a asustarle —sonrió frotando su piel en un gesto que se sintió aterradoramente natural, haciendo que el corazón de Viktor saltase en su pecho. Además, el zaunita no soportaba ver llorar a la gente, no porque rechazase la emoción, sino porque le removía por dentro y sentía la profunda necesidad de consolarles. Pero ella se veía feliz… y aquello le descolocaba, no solo por el hecho de que estuviese llorando, sino porque el destello de la duda apareció en sus ojos. Su intención era solo ayudar a Jayce, no crear un vínculo con su familia para luego herir sus sentimientos.

—¿Alguien quiere un chocolate caliente? Hace frío y aún queda para la cena —se escuchó a Ximena desde la cocina.

—Sí, ma —dedicándole una sonrisa suave, preguntó—. ¿Tú quieres una taza, Vik?

—S-sí —asintió, tratando de recomponerse. Estaba siendo un inicio intenso, sin duda. Hasta los niños le observaban con curiosidad, sin intervenir aún.

Entonces, el hombre a su lado se levantó para ir a por las tazas, mientras Nana sonreía.

—No te preocupes hijo, estoy bien —le sonrió con dulzura, como si él también fuese su nieto.

Entre anécdotas y fotos familiares, Viktor al fin pudo relajarse con la taza de chocolate entre las manos. Sentado junto a Jayce, estaba claramente disfrutando de la tarde, admirando los recuerdos y escuchando historias de cuando este optimista incorregible sentado a su lado era pequeño. Fue divertido ver cómo Jayce se sonrojaba en los momentos en los que su madre contaba alguna cosa embarazosa, como aquella vez que contrataron a un mago para la fiesta de cumpleaños de Jayce y él lloró pensando que hacía magia de verdad. Viktor reía más por su reacción que por la historia en sí.

Mientras tanto, los niños se entretenían en el otro lado de la habitación, jugueteando con las frágiles bolas de cristal en el árbol y las figuritas del belén. Las horas pasaron entre risas y abrazos. 

Sin apenas darse cuenta, se acercaba la hora de la cena de Nochebuena.

Notes:

Esto se pone cada vez más emocionante!!!!!!

Tengo pensado subir el capítulo de la cena lo antes posible porque quería que coincidiese con la fecha, pero no puedo prometer nada porque como sabéis, estas fechas traen muchas cosas y el día solo tiene 24 horas

Sea como sea, espero que lo hayas disfrutado. Me ha hecho muchísima ilusión recibir ya algún correo con comentarios, y he de decir que para mí es un regalo

Espero que disfrutes las celebraciones con tus seres queridos y buena lectura

Chapter 4: Nochebuena

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Viktor se encontraba poniendo la última servilleta roja en la mesa cuando sonó el timbre. Entre todos, habían colaborado para preparar los platos para la cena, y por lo que parecía, el resto de la familia Talis estaba llegando.

—Será mi tío —avisó Jayce, acercándose a su lado.

—¡Voy! —exclamó Ximena desde la cocina. Ya estaba dándole los últimos retoques a la cena.

El hombre que entró era tan corpulento como Jayce, aunque de aspecto diferente, con cabello más claro y nariz algo más pequeña. 

—¡Feliz Navidad! —exclamó cuando entró en el salón, apoyando en una banqueta la bandeja ancha que traía entre sus manos. Primero fue a abrazar a Jayce, dándole un apretón fuerte acompañado de unas palmadas en la espalda tan potentes que Viktor estaba seguro de que a él le habría roto al menos un par de costillas—. ¡Pero bueno, Jayce! Vaya sorpresa que hayas venido acompañado —sonrió aflojando los brazos de alrededor de su sobrino.

El Zaunita sonrió tratando de mostrar seguridad, pero en su interior sentía pánico porque le abrazase de la misma forma.

—Ven aquí joven, soy Bram —sonrió dirigiéndose al nuevo integrante de la familia. 

Jayce le dedicó a Bram una mirada que indicaba precaución, por lo que este, tuvo más cuidado cuando abrazó a Viktor. Sus abrazos de amor explosivo eran famosos en la familia, y Jayce no quería que su compañero se asustase o… crujiese.

—Encantado de conocerle —respondió, rodeándole con sus brazos de forma cautelosa. Por fortuna no sintió ninguno de sus huesos resquebrajarse, solo algo de presión en el pecho.

—El placer es mío. Jayce se lo tenía bien guardado, ¿eh? —sonrió devolviéndole junto a su sobrino, quien apoyó una mano en su espalda.

—Nos gusta dar un solo paso a la vez —sonrió educadamente. Por un momento pensó que iba a perder el equilibrio, pero logró recobrarlo gracias a su bastón y a la sujeción del otro en su espalda.

—Saúl, deja de interrogarles y trae la bandeja de la comida, no vamos a comerlo frío —reclamó Ximena caminando hacia la cocina—. Y vosotros id sentándoos. 

—¡A la orden! —respondió Jayce risueño. Luego, añadió mirando a Viktor—. ¿Vamos?

Él asintió con la cabeza, y ambos se sentaron juntos a la mesa mientras Bram terminaba de saludar a todos y hacía lo que le habían pedido. 

La madre de Jayce no tardó en llegar con el primer plato, un bol enorme repleto de sopa humeante. Pero no era una sopa cualquiera, el olfato de Viktor pudo detectar que era La Sopa. 

—¿Cuántos cazos quieres, Viktor? —preguntó Ximena con dulzura, sumergiendo el cucharón y agarrando el plato hondo del joven. Sus ojos se habían iluminado cuando se dio cuenta de que era la misma sopa que tantas veces había elogiado, solo que ahora recién hecha.

—Dos cazos, por favor —respondió con una expresión que a Jayce le pareció adorable. Sabía que iba a estar más buena que la calentada al microondas de la Academia—. Gracias —expresó sonando más agradecido de lo que pretendía cuando el plato estuvo frente a él. 

Inicialmente, todos estaban hambrientos, por lo que la sala se llenó del tintineo de las cucharas y el crepitar del fuego en un segundo plano. Los niños jugueteaban con los cubiertos mientras sus padres vigilaban que lo comieran todo manchando lo menos posible. Viktor dejó escapar un suspiro de satisfacción cuando probó la sopa. Efectivamente, era aún más deliciosa que las que llevaba Jayce en los tuppers. El sabor era intenso pero no saturaba, e hizo que se le calentasen las manos, adquiriendo un tono ligeramente sonrosado. 

—Está… está riquísima —expresó con admiración y agradecimiento. Una pequeña sonrisa se había abierto paso en sus labios.

—Puede que alguien se haya chivado de tu adicción a esta sopa —sonrió su compañero dándole un codazo suave, haciendo que los demás riesen.

—Jayce siempre la comparte conmigo cuando regresa al campus tras haberos visitado —explicó dedicándole una mirada de reojo. 

—O más bien eres tú el que comparte la sopa conmigo —bufó divertido, haciendo un gesto dramático con la mano—. Hago como que no me doy cuenta, pero cada vez que abro las bolsas, siento su mirada intensa, viendo si he traído algo de provecho.

—¡No miro tanto! —se quejó, riendo suavemente. Tal vez en otras circunstancias se hubiera sentido algo avergonzado ante tal declaración, pero en ese instante solo se sintió aceptado y querido—. Pero sí que me gusta mucho esta sopa, gracias por el detalle —le sonrió con sinceridad a Ximena.

—Aww qué tiernos —murmuró la abuela en algo que se suponía que iba a ser un susurro, pero que escuchó toda la mesa, por lo que se pudo escuchar alguna que otra risita.

Y Viktor sonrió de nuevo. Eso significaba que su compañero de habitación le había hablado a su familia de él antes de crear toda esta farsa…

La cena continuó con buenas conversaciones, sorbos de vino y platos combinados. El genio silencioso probaba todo lo que había a su alcance deleitándose con la cocina de la familia Talis. Cada uno había traído algún aporte a la cena, aunque los platos más importantes habían sido preparados entre la madre y la abuela, ya que les hacía especial ilusión ver cómo su familia disfrutaba de la comida que preparaban.

Viktor se sentía observado, por supuesto. Pero la forma en que le miraban era muy distinta a lo que había imaginado en su cabeza. Su familia le había aceptado con facilidad, y en lugar de juzgarle, le miraban con cariño, dedicándole amables sonrisas. 

La Nana, sin poder aguantar más, preguntó:

—Ay ¿Cuándo vais a contar cómo os conocisteis? —la emoción por saberlo era evidente en sus ojos, parecía que iba a dar un salto desde su sitio.

—¡Eso, eso! —exclamó Tim, uno de los niños, que había dejado de lado el trozo de miga de pan al que había dado forma de bola para fijar sus ojos en ellos con intensidad.

—Pues… —Jayce tragó saliva nervioso, desviando su mirada hacia Viktor, recordando su conversación anterior en el tren. El hombre a su lado asintió con la cabeza, así que dijo—: Esa es una historia que le gusta contar a Viktor. Se le da mejor que a mí, la verdad. 

Y entonces, ocho pares de ojos se fijaron en Viktor con anticipación, los de Jayce incluidos.

El invitado especial inspiró lentamente. Era una táctica que solía usar para crear suspense. De este modo, podía organizar su mente durante un par de segundos, y suavizar su acento para no delatar sus nervios. Entonces, habló:

—Inicialmente fue curioso, porque para ser sinceros, estaba algo… escéptico con el hecho de compartir habitación con Jayce —comenzó a explorar, sacudiendo su cabeza hacia los lados, recordando el primer día que se vieron cara a cara—. No es que me cayese mal ni nada, pero pensaba que íbamos a ser polos opuestos y no nos íbamos a llevar bien. Él es extrovertido, tal vez algo egocéntrico y tiene cientos de amigos, y yo suelo ir más a lo mío. En mi cabeza, él era el típico popular que hace demasiado ruido, ya sabéis —explicó sacándoles una sonrisa. El deportista dejó escapar un bufido divertido—, pero cada día que pasaba, derribaba cada uno de los prejuicios que había tenido sobre él, mostrándome que en realidad es una persona íntegra y para nada superficial. Me ha respetado con mis cosas desde que nos conocimos, y me ha ayudado con amabilidad en los momentos en los que más lo he necesitado. Nunca se quejó cuando tosía por las noches, al contrario, he de añadir. Misteriosamente el vaso de agua de mi mesita de noche siempre estaba lleno.

El público dejó escapar un “Aaawww” al unísono, y Jayce sonrió tímidamente mientras le observaba con admiración, sintiendo cómo un calor que no provenía de la chimenea le inundaba el pecho con cada palabra que contaba. Su voz era cálida y agradable, y hacía que su corazón latiese inexplicablemente deprisa. Ninguno de los dos le había dado especial importancia a los gestos de cuidado que tenían con el otro, y sin embargo, Viktor le estaba dando reconocimiento, delante de su familia. Aunque fuese una actuación, la gratitud era real. Por un instante, Jayce se quedó atrapado mirando cómo las luces del árbol se reflejaban en el dorado de sus ojos, y cómo mostraba los dientes cuando sonreía.

—Y ha estado ahí desde entonces, a mi lado. Primero como amigo, y luego… bueno, ya sabéis —entonces hizo una pausa, dedicándole a Jayce una mirada más amable que de costumbre, y encogiéndose de hombros, continuó—. Supongo que las noches de estudio hicieron lo suyo. Jayce se pone muy nervioso con los exámenes, y yo también necesito a alguien que me dé ánimos y no permita que viva a base de cafés y barritas energéticas. Tal vez yo le hubiese tirado algunas indirectas, pero fue él quien dio el paso y me pidió salir. Yo siempre decía que no estaba hecho para esas cosas, pero supongo que también vino a cambiar los prejuicios que tenía  sobre mí mismo. Si es que… no me deja tranquilo.

—Oooohhhhh —la exclamación fue común en la mesa. Los niños aplaudieron, y la abuela se estaba limpiando las lágrimas de nuevo. Saúl sonrió mientras Ximena los observaba con ternura, y su hermano le dedicó una mirada cómplice a Vera.

—Es tan tierno mi nietecito… —expresó con voz húmeda—. Se les ve tan bien juntos… Y… y cuidan uno del otro.

—Me alegra que estéis bien juntos, ¡y que siga por mucho más tiempo! —sonrió Ximena, alternando sus ojos entre uno y otro, orgullosa del hombre en que su hijo se había convertido.

—Eso, eso —sonrió el tío, conteniendo una broma sobre su soltería.

Y entonces, Jayce se dio cuenta de que era su momento de responder a la historia, para no dejar a su compañero hablando solo.

—Aunque de primeras parezca un ermitaño, en realidad es una persona muy agradable —sonrió, apoyando una mano en el hombro de Viktor—. La mayor parte del tiempo —el hombre de menor estatura respondió sacudiendo la cabeza divertido.

Cuando llegó la hora del postre, Jayce dejó escapar una risita cuando vio brillar los ojos del hombre a su lado en el momento en el que los dulces aparecieron en la mesa. Si alguien hubiese entrado en ese momento, jamás se habría imaginado que Viktor había estado comiendo cada plato que encontró a su alcance. Turrón, cookies caseras, roscón de reyes… el festín no hacía más que continuar.

* * *

Viktor suspiró cuando finalmente terminó de probar un trozo de cada postre. Podría jurar que jamás había comido tanto, o visto una mesa tan llena de platos tan variados como sabrosos. Entre todos recogieron la mesa, aunque a Viktor, por ser “El invitado de honor” apenas le dejaron ayudar.

—¡Es la hora de la tradición! —exclamó Nana Talis con emoción, señalando los sofás para que todos se sentasen en círculo. Con ayuda de Ximena, repartió un paquete cuidadosamente envuelto a cada uno. Viktor sonrió mientras veía a los demás empezar a desenvolver sus respectivos regalos, cuando la abuela se detuvo delante suyo—. Toma, hijo, este es para ti.

—Oh… —de la sorpresa, se sentó más erguido. ¿También había uno para él?—. Gracias —respondió, agarrando cuidadosamente el regalo.

—¿Creías que te ibas a librar? —le picó Jayce en modo de broma, pero su sonrisa se suavizó cuando vio cómo los ojos del hombre sentado a su lado, brillaban como los de un niño.

—No dejó de tejer desde que nos confirmaste que venías acompañado —sonrió Ximena a su hijo, desenvolviendo su propio jersey.

Viktor sonrió con gratitud mientras retiraba el papel de regalo con cuidado. Tal vez fue porque había comido demasiado, o porque todos le miraban de nuevo, pero por un instante, se sintió abrumado. Respiró profundo, tratando de distanciarse emocionalmente, recordándose a sí mismo que todo aquello era simplemente una farsa.

—Venga, venga, probáoslos, a ver si os quedan bien —les animó la Nana. Jayce sonrió viendo la prenda que le había tocado, pero no fue hasta que ambos se lo habían puesto, que se dieron cuenta de que eran a juego. 

Todos los jerséis de la familia estaban conjuntados, ya que tenían los mismos colores, pero distintos patrones. Sin embargo, los de la nueva pareja tenían la misma combinación de símbolos y la misma forma, solo que en el de Jayce había una J grande en el centro, y en el de Viktor la inicial de su propio nombre. Al tejerlos, la abuela había intercalado los árboles de Navidad con símbolos matemáticos y copos de nieve. Viktor sonrió recordando de nuevo la charla en el tren. La abuela había elegido los tonos de blanco, rojo y verde más intensos que había podido encontrar, creando un ambiente de colores saturados que a Viktor no le disgustó en absoluto. Era una tradición graciosa, y la vista de todos juntos vestidos con la misma paleta de colores creaba un ambiente festivo y divertido de ver.

—¡Foto! ¡Foto! —exclamaron los niños, acerándose a los dos universitarios. Jayce rió, y rodeó los hombros de Viktor con su brazo, acercándole a él. El de menor estatura inclinó su cabeza hacia el hombro del otro, y sonrió a la cámara. No se consideraba una persona tímida, solo reservada. Pero lo cierto era que en un ambiente tan opuesto a su zona de confort, se sentía algo cohibido.

—Habéis salido adorables —sonrió Ximena, mostrándoles la instantánea que acababa de tomar. Podrían haberla hecho con el teléfono, pero había algo en la pequeña imagen que la hacía especial. Como había sacado tres copias, le dio una a cada uno, y se quedó la última para ella. El joven observó con ojos cansados cómo la foto se revelaba lentamente, mostrando sus rostros, las luces navideñas y los Jerséis conjuntados. Podía sentir el calor y la cercanía de Jayce a su lado, y su corazón llenarse de algo que no pudo frenar.

—Ahora vamos a sacarnos una todos junto al árbol —expresó la anciana entusiasmada. Viktor se levantó con algo de dificultad, sintiendo fatiga en su cuerpo por la mezcla del cambio de ambiente y la gran cantidad de comida que llevaba ahora dentro.

—¿Todo bien? —susurró su compañero, al notar la torpeza de sus movimientos. Su mano aterrizó en la espalda del otro de forma inconsciente.

—Sí, todo bien, solo estoy algo cansado. Han sido muchas cosas hoy —sonrió suavemente, tranquilizándole—. Pero estoy bien, lo prometo.

Talis sonrió aliviado mientras la familia se agrupaba para la foto. Colocaron a Viktor entre Jayce y la abuela, y todos posaron felices para inmortalizar ese momento. Después, los niños fueron los primeros en irse a acostarse, y dado que Viktor apenas se tenía ya en pie, no cabe duda de que iba a ser el siguiente.

—Vamos, genio, que si no, vamos a tener que ponerte pinzas en los ojos —anunció el más alto.

—Buenas noches, chicos, descansad. Nos vemos mañana —sonrió Ximena.

—Muchas gracias por todo… la comida estaba riquísima, y me encanta el jersey —era claro que no lo decía simplemente para quedar bien. Sus ojos brillaban con alegría incluso estando tan agotado.

—Gracias a ti por hacer feliz a mi nieto —respondió la anciana, despidiéndose con la mano.

—Hasta mañana —dijo Jayce, guiando a su compañero hacia las escaleras. No le preguntó, pero analizó sus movimientos para asegurarse de si podía o no subirlas él solo por el cansancio. Pero aunque despacio, avanzó a un ritmo constante, por lo que Talis agarró las maletas de ambos y subió tras él—. Es la primera puerta a la derecha —indicó señalando con la cabeza a pesar de que el otro iba delante. 

Notes:

Pido disculpas por cortar ahí el capítulo, pero quiero trabajar con calma en la siguiente parte. Espero que te haya gustado esta cena de Nochebuena tan tierna, he disfrutado un montón escribiendo las diferentes situaciones y espero que tú también leyéndolas!! (porfa, cuéntame qué te ha parecido en los comentarios)

Gracias por leer hasta aquí, actualizaré lo antes posible. Ya tengo la idea para el capítulo siguiente, solo tengo que redactarla

Chapter 5: Habitación de Invitados

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

La puerta se abrió con un suave crujido, mostrando la habitación cuidadosamente preparada. No era muy grande, pero daba sensación de bienvenida. Las cortinas estaban echadas, el armario cerrado, y encima de la mesilla de noche descansaba una lamparita. También había un par de toallas sobre las lisas mantas de la única cama, y un butacón de tamaño medio en la esquina junto a la ventana. En el momento en el que ambos se dieron cuenta de la distribución de la habitación, volvieron sus cabezas para mirarse.

—No contaba con esto, pero no te preocupes —se apresuró a solucionar Jayce, guiando a Viktor hacia la cama—. Hay suficientes mantas en el armario como para improvisar otra cama en el suelo para mí. 

—¿Pero qué dices? —le miró somnoliento, apoyando una mano sobre su vientre lleno de comida—. Mañana te va a doler todo, no vas a descansar bien y tu familia va a preguntar que qué ha pasado. O ¿y si entra alguien y te ve ahí tirado? Van a pensar que hemos discutido o averiguarán que todo esto es una farsa. No quiero estropearles la Navidad.

—Está bien —respondió, apoyando con ternura una mano sobre el hombro de su brillante compañero. Incluso sin energías se las ingeniaba para pensar mil cosas al mismo tiempo—. Tranquilo que eso no va a pasar, ¿vale? Y cualquier cosa, es problema mío. Tú no has hecho nada mal —luego, miró hacia los almohadones—. Si te sientes incómodo, independientemente del momento de la noche, dímelo, ¿Vale?

—Entendido. De todos modos, gracias por ofrecerte a dejarme la cama. La alternativa no sonaba muy bien, a no ser que te hiciera ilusión partirte la espalda fingiendo ser un boy scout. 

Talis rió suavemente.

—Subestimas mis dotes de acampada —sonrió, apretando suavemente su hombro—. ¿Te acerco la maleta?

—No hace falta —le sonrió de vuelta, mientras se quitaba torpemente los zapatos—. Me harías un gran favor si la abres y sacas el pijama y los calcetines.

—Entendido —asintió agachándose, abriendo el equipaje para buscar lo que le había pedido. Procuró no cotillear demasiado, lo justo como para poder encontrar la ropa de dormir y cerrar la maleta. Una vez la tuvo en sus manos, se levantó y se la dio a su compañero—. Voy a ir a por dos vasos de agua y a cambiarme. Puedes aprovechar para ponerte el pijama y elegir el lado de la cama que quieras.

—Vale —sonrió débilmente—. ¿No prefieres ninguno en concreto?

—El que dejes libre está bien siempre y cuando no trates de quedarte todas las mantas —respondió dedicándole una mirada divertida.

—No prometo nada.

* * *

Cuando Jayce regresó, Viktor ya había abierto la cama y elegido la mitad derecha. Había dejado el jersey de su abuela cuidadosamente doblado en la silla, y en ese momento se estaba incorporando para taparse con las mantas. Se había puesto un pijama del tipo que vienen forrados con pelo que envolvía su cuerpo haciéndole parecer una especie de peluche. El más alto sonrió mientras dejaba los vasos en la mesita de noche. Había algo en aquella vista que llenaba su corazón de afecto. Antes de que el cuerpo del zaunita desapareciese bajo las sábanas, Jayce alcanzó a ver su vientre ligeramente abultado. Era una imagen enternecedora, teniendo en cuenta que nunca le había visto comer tanto, y eso significaba que su estómago estaba lleno, que la comida le había gustado, y que se había sentido a gusto como para comer tanto. Cuando dejó el agua, rodeó la cama para sentarse en el borde y deslizarse entre las sábanas con cautela, tumbándose a su lado. Ambos estaban ahora igual, recostados boca arriba mirando al techo, solo que el pijama de Jayce—también de pantalón largo—era más fino.

—¿Apago? —susurró, rompiendo el silencio.

—Por mí sí —respondió con el mismo tono bajo.

Habían compartido habitación antes, ya estaban acostumbrados a ello, por lo que esto no tenía por qué sentirse raro… 

—Oye… cualquier cosa que necesites me puedes despertar, ¿vale? Si te molesto o lo que sea, no importa la hora, llámame.

—Gracias. Lo mismo digo —musitó de vuelta. Ambos estaban tumbados sobre su espalda, mirando al techo sin decir nada. Cuando Jayce apagó la luz, el silencio inundó la habitación. Viktor tenía la sensación de que su respiración se escuchaba demasiado fuerte, así que trató de ser más silencioso, cogiendo aire por la boca. También sentía el calor constante del hombre a su lado llenando el aire entre las sábanas, haciendo que su cuerpo absorbiese parte de esa calidez. Incluso en el silencio, el hecho de que estaban tan cerca—porque la cama no era pequeña, pero Jayce precisamente tampoco lo era, por lo que el espacio era más bien limitado—hacía que ese momento se sintiese muy íntimo. La cercanía física entre ambos era indudable.

—Oye, Vik… ¿estás dormido? —susurró, no queriendo despertarle en caso de que ya hubiese logrado conciliar el sueño.

—No si no te callas —rió suavemente. Le gustaba molestarle de forma cariñosa, era divertido ver las expresiones que ponía aunque ahora estaba todo oscuro.

—¡Eh! Encima que me ofrecí a dormir en el suelo… —respondió de forma dramática. Ambos rieron suavemente, y volvieron a quedarse sin decir nada.

—Tu familia es agradable —habló en voz baja un rato después.

—Les has caído bien a todos —contestó con el mismo tono de voz—. ¿No ha sido… demasiado intenso?

—A ver, siendo sincero… ha sido bastante intenso. De hecho estoy agotado, pero en un buen sentido —dejó escapar una risa nasal.

—¿Y no será porque has comido demasiado? En serio, no sabía que tu estómago podía abarcar tanta comida. Vas a tener dolor de tripa esta noche.

—Qué va, eso lo dices porque estás celoso de que tu madre me sirviese la sopa a mí primero.

—¡Pero serás…! —rió con una suave carcajada.

—¿Ves? lo que decía —sonrió con sorna.

Se quedaron en silencio de nuevo durante algunos minutos, hasta que Jayce habló.

—No sabes lo agradecido que estoy por esto… Sé que te he metido en un lío tremendo, y ahora que lo pienso… he sido un egoísta, me pudieron los nervios. Creo que te he hecho una petición injusta, y lo siento de veras.

—Siempre preocupándote tanto… —sonrió Viktor con suavidad, girando hasta recostarse sobre su lado, por lo que su cuerpo ahora estaba orientado hacia el de Jayce—. Nadie me obligó a aceptar esto, y no ha estado tan mal, ¿sabes? Tal vez estuvimos toda la noche actuando como si fuéramos pareja, pero las risas, lo rica que estaba la cena, el jersey… nada de eso fue fingido. Dios, la comida estaba buenísima, y tu abuela es encantadora. Bueno, tu familia en general.

—Me alegra oír eso —sonrió volviéndose hacia Viktor, acurrucándose contra la almohada. Ambos eran demasiado conscientes de la presencia del otro a su lado, de cómo se movían las sábanas con cada respiración—. Has sonreído mucho. Deberías hacerlo más a menudo, te sienta bien.

El vuelco que sintió en su corazón era ridículo. Jayce solo estaba siendo amable. Era su mejor amigo, después de todo.

—Gracias. Tendrás que hacerme reír más, proponiéndome cosas raras como esta —rió suavemente, aunque el silencio que se instaló entre ellos se volvió pesado. No por incomodidad, sino por las palabras que no estaban siendo pronunciadas.

—Lo haré. Feliz Navidad, Vik.

—Feliz Navidad Jayce…

* * *

Toda la casa estaba en silencio. Las risas y los villancicos se sentían como un eco lejano en la noche. Era todo calma y sueño hasta el momento en el que los ojos de Viktor se abrieron de golpe, encogiéndose sobre sí mismo. Sus manos presionaron su vientre mientras un profundo malestar le inundaba. Temblaba helado, con el cuerpo sacudiéndose bañado en una capa de sudor frío.

—¿Vik...? —la voz somnolienta de Jayce a su lado le recordó que no estaba solo. Pudo escuchar un suave gruñido y el movimiento de su mano mientras se frotaba la cara.

—Perdona, es que –ah- —siseó, tratando de suavizar la situación para no molestar a su compañero, pero su voz se cortó cuando un retortijón le apretó el estómago. 

Los intentos de Viktor fueron en vano, porque en la cabeza de Jayce se encendieron todas las luces de alarma cuando escuchó su tono de voz débil y entrecortado.

—V-Viktor —dijo con urgencia, alcanzando el interruptor de la lámpara de la mesilla de noche. Tan pronto como lo tuvo entre sus dedos, encendió la luz para poder evaluar la situación— ¿Estás bien? ¿Qué pasa? —fue cuando sintió los temblores y vislumbró el sudor frío en su rostro pálido, que despertó del todo.

—Estaré bien, solo… solo me duele la tripa… —respondió, recostándose sobre su espalda momentáneamente para mirarle, pero volvió a encogerse de nuevo cuando el dolor regresó, tensando sus músculos. 

Jayce detestaba ver sufrir a las personas, y aún más si eran a quienes más apreciaba. Encima el hombre a su lado temblaba de frío. La vista le removió profundamente, haciéndole sentir la necesidad sofocante de ayudarle, de sacarle de su malestar.

Viktor sonrió débilmente al ver su expresión desencajada.

—Eh, no me mires así, es por la comida… mañana estaré mejor —trató de tranquilizarle—. Me duele la tripa y se siente muy pesada… como atascada y- —respiró hondo, tratando de recuperar el control sobre su cuerpo—. Y tengo ganas de vomitar. Pero no es nada grave.

—Déjame ayudarte —rogó, levantándose a coger los cojines de la silla—. Si es por la cena, esto podría hacer que te sientas mejor —sin esperar ni un segundo, apoyó sus manos en los costados de Viktor y le incorporó con la mayor delicadeza que jamás había tenido con nada. Cautelosamente colocó los cojines entre su espalda y el cabezal de la cama, y le recostó para que pudiese estar medio sentado y cómodo al mismo tiempo, sin forzar la espalda—. Así la comida bajará mejor, la gravedad ayudará con la digestión —explicó, cubriéndole hasta el cuello con las mantas, rogando en su interior que eso funcionase para que dejase de temblar.

El zaunita respiró profundamente, tratando de reprimir las náuseas. Detestaba vomitar y no quería preocupar más a Jayce. Éste se dio cuenta de lo que ocurría, y ajustando de nuevo las mantas alrededor del otro, dijo:

—Ahora vuelvo. Respira hondo, ¿vale? No voy a tardar nada —y entonces, desapareció por el umbral de la puerta. Sus pasos apresurados pero silenciosos apenas se escucharon por el pasillo mientras se alejaba corriendo. La habitación se sintió helada y vacía tan pronto como Jayce se marchó, y Viktor pudo sentir su ausencia en el frío de la cama, incapaz de dejar de temblar. 

Afortunadamente, pronto estuvo de vuelta. Gateó para estar de nuevo a su lado, pero esta vez tenía una palangana en la mano.

—No va a ser necesario, pero he traído esto por si acaso —explicó dejando el recipiente al alcance de la mano, y sentándose a su lado—. También he puesto agua a hervir para prepararte una manzanilla —maldita sea, seguía temblando.

—Gracias —susurró inspirando de nuevo para mantener a raya su malestar. A pesar de los claros nervios de Jayce, su presencia le resultaba muy reconfortante.

—No hace falta que hables ahora…, a no ser que eso te haga sentir mejor —replicó—. ¿Aún tienes frío?

Viktor respondió asintiendo con la cabeza.

—Shh está bien, estoy aquí —susurró con voz dulce, frotándole el brazo por encima de las mantas. Sus ojos estaban fijos en los del otro—. Sigue respirando conmigo, ¿Vale? No te concentres en las náuseas, concéntrate en mí. 

—Vale, vale… —respondió con apenas un susurro, tratando de sincronizar su respiración con las caricias sobre su brazo.

—Eso es…

Minutos más tarde, Jayce ajustó cuidadosamente los cojines y se levantó otra vez. 

—No voy a tardar nada en volver. No dejes de respirar despacio, voy a por la manzanilla para cuando se te pasen las náuseas, ¿Sí?

El genio silencioso asintió con la cabeza. Sus delgados dedos asomaron por las mantas, agarrándose al borde. Dios, parecía un gatito abandonado. Talis sabía que era una tontería pensar así, pero apenas podía resistir la idea de recogerle en sus brazos y alejarle de todo mal.

Recorrió la casa corriendo de puntillas hasta alcanzar la cocina, aún con la imagen de Viktor tan pequeño en esa cama rondando su mente. Tras apagar el fuego, sumergió una cucharada de miel junto con el sobre de hierbas en el agua, alcanzó un trapo de cocina limpio y suave, y regresó a la habitación lo antes que pudo. Para un hombre tan corpulento, era increíble ver el cuidado con el que caminaba, cerraba la puerta para no hacer ruido, y maniobraba a Viktor.

—Aquí estoy ¿Cómo estás? —preguntó dejando la infusión en la mesita de noche a su alcance, y regresando a su lado.

—Parecido —una sonrisa tenue se dibujó en su rostro cuando sintió el colchón hundirse por el peso del otro. 

—Pronto estarás mejor —le alentó, deslizándose dentro de las sábanas con el menor movimiento posible para que no entrase el frío y empeorase la situación. La tensión en el cuerpo de Viktor se aligeró mínimamente cuando sintió el calor de Jayce otra vez junto a él. El deportista ajustó su propia almohada para poder sentarse a su lado, y con el paño, secó su frente con ternura silenciosa—. Es normal que tengas frío, tu sangre está tratando de digerir los ochenta platos que te has metido entre pecho y espalda —sonrió, pero en su tono no había ni rastro de reproche, solo unas inmensas ganas de animarle, hacer que se sintiese mejor.

Y funcionó, porque Viktor dejó escapar una risa suave por la nariz al tiempo que el amago de una sonrisa parecía tirar de las comisuras de sus labios.

—No me hables de comida ahora —finalmente levantó la vista para mirarle a los ojos nuevamente, esta vez sonriendo con más amplitud. Su mano se apoyó en el vientre hinchado. Sentía como un peso muerto dentro.

Jayce sonrió de vuelta, pero su alegría se desvaneció cuando se percató de que el otro seguía temblando.

Fue entonces cuando recordó aquellos días de pequeño en los que tenía pesadillas y llamaba a su madre desesperado por la noche. Nada podía compararse a los abrazos que ella le daba hasta que Jayce lograba calmarse de nuevo y caer dormido en su pecho, sabiendo que estaba a salvo de las tormentas y los monstruos.

—¿Me dejarías sostenerte? Estás temblando —rogó, y en voz más baja, añadió, más para sí que para su compañero—. No puedo soportarlo.

Inicialmente Viktor dudó. ¿Sostenerlo? ¿Jayce? ¿A él? Ahora no había nadie mirando, los únicos testigos serían ellos dos. Bajando la mirada hacia su mano apretando las mantas, asintió con la cabeza.

—Vale… 

Antes de darle tiempo a dudarlo, Jayce se movió hasta que sus hombros se rozaron. Entonces, con extrema lentitud para no empeorar sus náuseas, recostó a Viktor contra él para compartir su calor. Cada movimiento era realizado con un cuidado reverencial, como si temiera hacerle daño. Volvió a ajustar las mantas con esmero una vez más, y su mano buscó la rodilla del otro, moviéndola para apoyarla sobre sus propios muslos y así evitar que su pierna vulnerable sufriese de algún modo. 

El simple gesto de sentir cómo Jayce acomodaba su pierna de forma tan natural y delicada al mismo tiempo, le conmovió hasta el alma. Lo había hecho tratando ese miembro de su cuerpo como eso, una parte de él querida, no como un lastre.

Fue imposible pasar por alto cómo sus músculos se relajaron al instante. Viktor seguía temblando y respirando con algo de dificultad, pero el cambio era evidente. Las sacudidas de su cuerpo eran más suaves, y su respiración menos nerviosa.

—Eso es… —susurró con ternura, mientras su mano terminaba de ajustar la cabeza de Viktor en su pecho. Luego, sus dedos se perdieron entre los mechones del hombre a su lado, apartando el cabello del cuello para asegurarse de que estuviese cómodo.

Con movimientos medidos y sorprendentemente cautelosos para un hombre de su tamaño, Jayce se acurrucó ligeramente más cerca de Viktor. Una vez lo tuvo bien acomodado contra sí, lo rodeó con sus brazos en un abrazo: una mano se posó, firme y extensa, en su espalda, mientras la otra comenzó a frotar su brazo con lentitud. Esperaba, confiado, que aquella fricción calmante unida al calor de su cuerpo lograra por fin calmar los temblores.

Viktor suspiró suavemente, no tanto por el malestar, sino por la profunda satisfacción que obtuvo de aquel abrazo. De alguna forma que desconocía, su sola presencia y calor le hacían sentir mejor.

—Siento haberte despertado —odiaba sentirse una carga—. Pero gracias por todo esto…

Jayce, consciente del significado implícito de sus palabras, respondió, tratando de rebajar la situación con humor:

—Nah, solo han sido dos patadas y un codazo, y además se está bien así —como si se hubiera dado cuenta de la implicación de lo que había dicho, farfulló una pobre excusa—. Quiero decir, hace frío y… y hace frío. Um… ¿Quieres la infusión? Te ayudará a entrar en calor y a hacer la digestión.

—Vale —asintió con la cabeza. ¿En qué momento había dejado de tener náuseas?

—Como azúcar puede ralentizar la digestión, le he puesto un poco de miel —explicó sabiendo la costumbre de Viktor de tomar azúcar con café y no al revés—. Sé que no es un manjar, pero espero que te guste.

—Está bien, gracias —sonrió, su voz sonando cansada pero más estable. Su mano delgada surgió de debajo de las mantas para agarrar la taza y beber la manzanilla en pequeños sorbos y así evitar que las ganas de vomitar regresasen—. No está mal.

—Mañana después de comer, podríamos ir a dar una vuelta por el pueblo, así te lo enseño y aprovechamos para hacer mejor la digestión —propuso, queriendo distraerle.

—Suena bien. Me gustó lo que vimos hasta llegar aquí —respondió sintiendo cómo el calor de la infusión y el de Jayce hacían que poco a poco los temblores desaparecieran.

Una vez se acabó la manzanilla, dejó la taza vacía en la mesita de noche y se acomodó de vuelta entre sus brazos. No sabía muy bien qué hacer con sus manos, por lo que dobló una de ellas cerca de sus clavículas, y la otra la descansó sobre el pecho de Jayce, tratando de dejar de lado cómo eso le hacía sentir.

—¿Llevas calcetines? —expresó, más como una afirmación que como una pregunta cuando notó el suave algodón en lugar del pie de Viktor contra su tobillo.

—Mmm ¿sí? —respondió divertido.

—¿Pero qué clase de psicópata hace eso? Es muy incómodo, aprietan los pies —rió sacudiendo la cabeza.

—Eso es porque no tienes unos calcetines adecuados para dormir, estos no aprietan y no dejan que se me enfríen los pies. Se llama estrategia.

—Estrategia para usar unos calcetines, hay que ver… —sonrió, apoyando su mejilla contra el cabello de Viktor con ternura. Éste bostezó, percatándose de cómo su cuerpo salía del modo alerta, haciendo que los párpados se sintieran pesados otra vez. Jayce se dio cuenta del cambio, y sonrió—. Está bien, duérmete. No voy a dejarte solo. Espero que no, porque necesitas descansar, pero si necesitas algo, tan solo tienes que despertarme ¿Qué tal la tripa? —preguntó, apoyando su mano delicadamente sobre el estómago del otro. Se notaba tenso y duro al tacto.

—Mejor… aunque sigue pesado… —respondió ahogando otro bostezo—. Pero ya no tengo ganas de vomitar…

—Bien, bien… eso es que lo peor ya ha pasado. Mañana estarás bien —susurró, regresando su mano al brazo del otro para acariciarle lentamente.

—Descansa —murmuró ya medio dormido.

—Y tú.

Una sonrisa se dibujó en sus labios cuando sintió cómo el cuerpo de Viktor gradualmente se dejaba vencer por el sueño. Su expresión siempre alerta se había suavizado, bajando al fin su guardia por completo. Jayce no pudo evitar pensar en lo fácil que le había sido a Viktor confiar en él, dejando que le sostuviese en un momento tan vulnerable. Ni siquiera había dudado, simplemente había asentido, y se había acurrucado entre sus brazos como un gatito que finalmente ha encontrado un hogar.

En el silencio de la habitación nadie podía verles, por lo que ese momento, lejos de ser una actuación se convirtió en algo que les pertenecía únicamente a ellos. Ninguna excusa sobre fingir explicaba lo bien que encajaba el zaunita entre sus brazos, como si siempre hubiera pertenecido allí. Jayce aprovechó la cercanía entre ellos para admirar sus facciones sin prisa, sin tener que disimular: la forma acentuada de sus pómulos, la curva de su mandíbula, su piel coloreada por la cálida luz de la lamparita, su cabello desordenado al dormir, esos lunares que siempre habían adornado su rostro haciendo que se viese único. Tuvo que resistirse a tocarlos, no queriendo perturbar su sueño. Pero nada le impedía observar con estima a su mejor amigo. Quizás aún no lo sabía, pero cabía la posibilidad de que esa fuera una de las últimas veces que le llamase de esa forma.

Dejó que su mirada viajase de nuevo, deteniéndose en cada una de sus pestañas hasta que el lunar cerca del ojo izquierdo volvió a captar su atención. Luego se desplazó hasta el otro, recorriendo la curva de sus labios. Tal vez le hubiese observado en más ocasiones, pero nunca se había parado a mirar lo hermoso que se veía, como distintas partes individuales, y como un todo completo. Sin duda, era un ermitaño gruñón que resultaba tener un corazón que no le cabía en el pecho. La bondad de Viktor siempre le había generado una gran admiración. A ello se le sumaron los recuerdos de los momentos vividos junto a él. Las risas en el pequeño apartamento, las noches de estudio donde ambos se animaban a optar por sus mejores resultados, las ocasiones en las que habían cocinado juntos, donde no importaba tanto el resultado sino el momento que compartían. Su mente danzó de una memoria a otra, hasta llegar a las últimas a su lado: cómo Ximena le había abrazado, los jerséis a juego, lo hermoso que se había visto mientras narraba la historia de cómo supuestamente se habían enamorado.

Cada recuerdo atesorado en su corazón había entrelazado más sus vidas, y aquel viaje, pese a su absurdo comienzo, le estaba ayudando a conocer mucho mejor a ese genio dormido entre sus brazos. Le sostuvo un poco más cerca, procurando no profundizar en el pensamiento de lo agradable que sería despertar así cada día. Suspiró sintiendo el peso de la mano de Viktor descansando sobre su corazón que latía desbocado sin motivo aparente. Por una vez se le veía tan abierto y confiado, como si el sueño eliminase la separación entre ellos. Jayce apoyó por un instante su mano contra la de del otro, y la apretó con suavidad sobre su pecho, antes de apartarla rápidamente. Solo estaba comprobando su temperatura…

Por último, una sensación de alivio inundó su cuerpo cuando se dio cuenta de que Viktor había dejado de temblar. Ahora podría soltarle, volver a tumbarse para no tener que dormir medio sentado, pero ¿y si se volvía a quedar frío?

 

Posiblemente esa era una excusa para tener una razón con la que justificar el hecho de que no quería dejarle ir. 

Notes:

Este ha sido mi capítulo preferido hasta la fecha 😭. La idea era haberle subido por el cumpleaños de Viktor ayer día 29 de diciembre, pero me fue imposible revisarlo a tiempo y no quería subir cualquier cosa, porque no quería dejarme nada en este momento tan especial

Espero que hayas disfrutado este capítulo, para mí ha sido un gozo escribirle, me ha encantado detallar esos pequeños —o no tan pequeños— momentos entre ellos. También quería recalcar que en esta historia estoy utilizando la palabra "compañero" teniendo en cuenta el doblaje original de la serie, ya que Jayce siempre se refiere a Viktor como "his partner" y creo que todos aquí sabemos los dos significados que tiene esta palabra. Así que espero que cada vez que has leído "compañero", hayas pensado en "partner" ❤️‍🩹

Como siempre, procuraré actualizar lo antes posible, y dejo un aviso de que no me he olvidado de La Línea entre nosotros, de Arcane x Detroit Become Human, es que quiero acabar esta historia a la par que finalicen las fiestas

Aprovechando para dejarle aquí a Viktor una felicitación simbólica por su cumpleaños <3 🎂

Que tengas un buen día!!

Chapter 6: Navidad

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Con la llegada de los primeros rayos de sol entre las nubes, Jayce despertó lentamente. Aún somnoliento, dejó escapar un gruñido suave mientras se movía como a cámara lenta, tratando de despertar completamente. Fue entonces cuando sintió un agradable y cálido peso sobre él, lo que le hizo recordar todo lo sucedido la noche anterior. El corazón le dio un vuelco cuando tomó consciencia de cada punto donde el cuerpo de Viktor presionaba contra el suyo, y sintió cómo el calor le subía por las mejillas. Habían estado así toda la noche, y lo peor de todo, a pesar del malestar de Viktor, desde que se habían acurrucado había dormido mejor que en años. Se sentía descansado y cómodo. Su pulso se aceleró de manera ridícula cuando se dio cuenta de que la mano del genio ya no estaba extendida sobre su pecho, sino que en algún momento de la noche, sus dedos se habían doblado, agarrando su camiseta con suavidad como si no quisiera dejarle ir. 

Entonces, su mirada se posó en la expresión relajada de Viktor, permitiéndose disfrutar por un momento de la calidez de su cercanía, del peso de su pierna sobre las suyas, logrando que su corazón se relajase al ritmo de cada respiración tranquila del otro. Cuidadosamente deslizó su dedo por el cabello del otro, apartándolo de su rostro para poder admirar cómo la oscuridad bajo sus ojos se había suavizado, la ausencia de tensión en sus cejas, y la forma en la que estaba acurrucado contra él. Viktor confió tanto que no se había movido en toda la noche, y de haberlo hecho, había sido únicamente para acercarse más a él.

Jayce procuró quedarse quieto, queriendo prolongar ese momento el máximo tiempo posible. No todos los días tenía la oportunidad de despertar así, sintiéndose… completo, con alguien entre sus brazos que realmente merecía la pena.

Entonces, la nariz de Viktor se arrugó momentáneamente mientras inspiraba profundamente. Se estaba despertando, lo que significaba que tocaba enfrentarse a ese momento. Por un instante, cundió el pánico en la mente de Jayce. ¿Debía apartarse? ¿Tendría que haberlo hecho durante la noche? ¿Y si a Viktor le parecía mal? ¿Y si ahora todo se volvía incómodo? ¿Sería mejor hacerse el dormido, o decir que estaba despierto?

Viktor gruñó suavemente. Lo que odiaba de irse a dormir era tener que levantarse de la cama. Se sentía como si las sábanas se agarrasen a sus extremidades para que se quedase toda la mañana tumbado. Pero esta vez era diferente. No eran las mantas, ni la suavidad de los almohadones lo que hacía que deseara quedarse. Era Jayce. JAYCE. Un sonido ahogado se escapó de sus labios cuando recordó su malestar con la comida, y cómo se había acurrucado entre sus brazos. Al parecer, seguían así, pegados el uno al otro. El sueño huyó de su cuerpo como la oscuridad al encender la luz, sus ojos abriéndose al instante. 

¿Y si Jayce estaba molesto? ¿O incómodo? ¿O pensaba que se había aprovechado de la situación para dormir así? No, él nunca haría eso, y aunque confiaba plenamente en él, su primer impulso fue apartarse corriendo como un gato asustado. Aguantando la respiración de forma instintiva, abrió los ojos en busca de los de Jayce.

—Hey… buenos días… —susurró con voz ronca por el sueño, tratando de que no se notase lo nervioso que estaba.

—Buenos-días —respondió con un hilo de voz. Aclarándose la garganta con un sonido suave, retiró la mano del pecho de Jayce, cohibido. No podía creer que estuviese agarrado a su camiseta y que él no se le hubiera quitado de encima en toda la noche. A pesar de esto, no se apartó del todo. No quería que Jayce pensase que sentía rechazo hacia él. Todo lo contrario—. ¿Qué tal has dormido…? —preguntó con un hilo de voz—. Quitando… bueno…

 —Sorprendentemente bien —sonrió, respondiendo tal vez demasiado deprisa, sintiendo sus mejillas sonrojarse ligeramente. Quería hacerle saber que no estaba incómodo, aunque temía mostrar demasiado entusiasmo y alejarle.

—Has… estado así toda la noche… —apartó la vista, cohibido.

—Me preocupaba que volvieras a temblar… y tampoco se estaba mal así… —su mano frotó el brazo de Viktor de manera tranquilizadora.

—Gracias… —murmuró con gratitud y la mirada aún baja—. Por el té y por estar ahí —añadió mirándole de nuevo a los ojos. Su rostro expresaba mucha más gratitud de la que se atrevía a pronunciar.

—No ha sido nada, de verdad. Sé que tú habrías hecho lo mismo por mí. No ha sido molestia en absoluto.

—Sí… —le dedicó una sonrisa cálida y sincera a pesar de lo agitado que se sentía por dentro—. Habría hecho lo mismo por ti sin dudarlo.

—¿Entonces ya estás bien? —susurró con inquietud, apretando su hombro suavemente—. No te duele la tripa, ¿No?

Viktor exhaló una respiración que no sabía que estaba conteniendo al comprender que Jayce no estaba molesto, solo preocupado. 

—Estoy bien, gracias… —sonrió más tranquilo—. Y te agradezco que… —¿Qué iba a decir? “¿Que me abrazases?”, “¿Que me hicieras sentir a salvo?”— que te quedaras…

—No ha sido molestia, Vik, en serio —le sonrió de vuelta, acariciándole el hombro con suavidad—. Si te parece podríamos bajar a desayunar.

El zaunita asintió con la cabeza, moviéndose despacio. Era como si su cuerpo no quisiera dejar el calor de las mantas, no por su suavidad, sino por el hombre con quien las había compartido. Procuró no pensar en cómo se le había pegado el olor de Jayce, por lo que ahora le sentía incluso cuando no estaban cerca. Alcanzó las zapatillas con la punta de sus pies, tratando de centrarse en ponerse el calzado en lugar de lo frío que se sentía el aire fuera de los brazos de Jayce.

Una vez estuvieron listos: zapatillas puestas, bastón en mano, calcetines largos; caminaron con calma hacia la puerta. El aire estaba cargado de la profundidad de los gestos que habían tenido con el otro, de lo mucho que disfrutaban su compañía, del inmenso aprecio que había entre ellos.

—Espera —habló Viktor de repente, dando media vuelta y acercándose hacia su maleta.

—¿Qué ocurre…? —preguntó, escuchando el sonido de la cremallera, y observando el movimiento de sus manos mientras sacaba algo.

—No sé muy bien cuándo ha sido, pero recuerdo que una vez mencionaste algo de unas rosquillas de anís y bueno… las he comprado cerca del barrio donde vivía.

En ese momento, Jayce tuvo que reprimirse de forma inmensa. En cuanto vio la expresión tímida en el rostro de su compañero y el paquete de rosquillas, sintió cómo su corazón latía desbordando de afecto por él, y la intensa necesidad de rodearle con sus brazos y apretarle contra su pecho. A pesar de estar fingiendo, de que la familia de Jayce no debería importarle, había tenido el detalle de recordar un dato tan tonto y comprar algo para su familia. Aunque fuera por mantener la tapadera, era tierno pensar en que Viktor había utilizado una parte de su tiempo en eso.

—¿Crees que es buena idea? Igual prefieren desayunar otra cosa —añadió ante la ausencia de respuesta, percibiendo la intensidad en la mirada de Jayce.

—No, no… es perfecto, de verdad. Podemos bajarlas y que cada uno decida cuándo comerlas —respondió con una gran sonrisa—. Les van a encantar, eso está asegurado.

—Genial —le sonrió de vuelta, regresando a su lado para bajar junto a él.

—¡Buenos días chicos! ¿Cómo habéis dormido? Espero que no hayáis pasado frío —sonrió con dulzura—. He oído pasos por la casa en algún momento de la noche.

—Buenos días, Ma —saludó Jayce besando su mejilla—. Viktor cenó demasiado y me levanté a prepararle una manzanilla, pero ya se encuentra mejor —explicó tratando de no dar demasiados detalles. Sabía que él no querría que le preguntasen demasiado.

—Oh, mi niño. Sabes que no tienes por qué aceptar toda la comida que te ofrezco ¿verdad? No me voy a ofender, solo quiero que estés a gusto —le sonrió con ternura maternal.

—Lo sé, lo sé… solo que la cena estaba tan buena, que tuve que probarlo todo —rió suavemente—. Pero ya me encuentro bien. No obstante, tendré más cuidado hoy —añadió, depositando las rosquillas en la encimera.

—Aw, qué majo, muchas gracias por las rosquillas, las comeremos encantados —dijo con dulzura, acariciando el omoplato del zaunita de manera maternal.

—De nada… —respondió en voz baja. Aquel gesto le gustaba, pero al mismo tiempo no sabía muy bien cómo reaccionar.

Jayce observó la escena desde su sitio, sintiendo cómo algo se removía en su interior al ver cómo su madre le hablaba como a un hijo más. Aún no se atrevía a profundizar en eso que florecía dentro de su pecho sin haber pedido permiso, pero una sonrisa se dibujó en su rostro.

* * *

La comida transcurrió con la misma calma que la cena el día anterior. La sala estaba inundada de sonidos alegres, anécdotas y platos compartidos, cada uno fue disfrutando del sabor de aquellos manjares preparados con tanto mimo. Se respiraba un ambiente familiar que se había asentado entre todos con una naturalidad sorprendente. Entre risas, felicitaciones por la comida y miradas cómplices—porque la abuela de Jayce no disimulaba demasiado bien cuando les observaba—terminaron la comida y recogieron los platos.

Los ojos de Viktor estaban menos abiertos con cada minuto que pasaba, lo que hizo que a Jayce se le dibujase una sonrisa divertida. 

—Hey —susurró chocando sus hombros suavemente—. Parece que a alguien le hace falta una siesta.

—No, estoy bien… —respondió tozudamente mientras guardaba unos vasos en el armario.

—Por supuesto —rió suavemente, sacudiendo la cabeza. ¿Cómo iba a admitir que apenas se tendía en pie?—. Esto ya está más o menos controlado. Además si mi madre te ve aquí trabajando se va a volver loca. Siéntate en el sofá que ahora voy contigo, ¿vale? Recuerda que eres el invitado de honor.

Era mejor descansar antes de salir, así disfrutarían más del paseo y podrían ver las luces encendidas cuando anocheciese.

Sorprendentemente, el ermitaño cabezota no replicó nada, simplemente asintió con la cabeza y dio media vuelta para acomodarse junto a la chimenea. Con el calor del fuego, el estómago lleno y la comodidad del lugar, Jayce sabía que Viktor no iba a tener ninguna oportunidad de ganarle al sueño. Y así lo pudo comprobar cuando tras acabar de plegar el mantel navideño, se acercó a su lado y le vio totalmente dormido, con el bastón aún en la mano como si tuviese pensado levantarse en cualquier momento. Con dulzura, envolvió la mano del zaunita entre las suyas, deshaciendo con cuidado el agarre sobre la cachava, dejó descansar aquella mano en su regazo. Al notar el movimiento, Viktor dejó escapar un gruñido.

—¿Mmm...? —sus ojos se abrieron pesadamente apenas unos milímetros, pero Jayce le disuadió de levantarse.

—Shh… tranquilo, solo era para que no se cayese —explicó apoyando el bastón a su alcance, pero de manera segura para que no cayese en mitad de la siesta. Entonces, colocó unos cojines junto al reposabrazos, y guió a su compañero hacia ellos, para que se tumbase medio incorporado. De esta forma podría dormir más cómodo, y la posición no perjudicaría la digestión—. Descansa, luego salimos, ¿vale? 

—Hm, hm… —asintió mientras sus párpados se cerraban otra vez. Pudo sentir el abrigo de una manta extendida sobre él, pero cayó dormido antes de poder agradecérselo.

* * *

—Buenos días dormilón —escuchó mientras su cuerpo regresaba lentamente a la consciencia. Suspiró frotándose los ojos y estirándose. En ese momento notó sus pies chocar suavemente con las piernas de Jayce. 

—¿Como que buenos días? —rió somnoliento, desperezándose.

—Es broma, van a dar las seis. Si quieres, podemos salir a ver las luces, ya que pronto las encenderán —sugirió—. ¿Cómo estás?

—Noto la digestión algo pesada, y lo de las luces suena bien… —respondió incorporándose lentamente—. Me vendrá bien el paseo, y así me enseñas tu pueblo.

—Eso es genial, podemos abrigarnos y salir ahora.

Así lo hicieron. 

El aire helado fue el primer recibimiento al abrir la puerta de la calle. Había vuelto a nevar por la noche y se podía ver el rastro que habían dejado las quitanieves a despejar la carretera. Jayce se ajustó la bufanda una vez más antes de guiar a Viktor por el pequeño jardín en dirección a la carretera.

Mientras caminaban, el más alto se mantenía a su lado, con sus brazos rozándose. Quería estar lo suficientemente cerca como para poder sostener a Viktor en caso de que resbalase con el hielo.

—Espero que esta noche la durmamos del tirón, ¿eh? —sonrió el zaunita.

—Desde luego. Una cena ligera con una infusión y a dormir. Nada de sorpresas, ¿vale? Aunque prefiero que me despiertes a que pases tú solo el mal rato —respondió primero con humor, pero lo segundo con seriedad. 

 —¿No crees que sería más interesante si te despierto de nuevo? —rió con una sonrisa burlona.

—Más interesante desde luego, pero no mejor para quitar el cansancio —replicó divertido. Luego, continuaron en silencio, caminando cerca.

Algo que le gustaba de Jayce era que no necesitaban llenar los silencios con palabras vacías para sentirse a gusto con el otro. Simplemente podían estar juntos y de algún modo entenderse sin decir nada. Su mera compañía era todo lo que necesitaban.

Estaban llegando al centro del pueblecito cuando el bastón de Viktor patinó contra una placa de hielo que permanecía oculta bajo la nieve, haciendo que apoyase todo su peso en la pierna derecha. 

—¡Vik! —Jayce reaccionó de forma instintiva, sin tiempo para pensar. Sus manos se cerraron a ambos lados de las costillas del otro, atrayéndolo contra su pecho para evitar que cayera o se hiciera más daño. En ese instante, notó el sonido seco del bastón al chocar contra la nieve y la mandíbula de Viktor, apretada con fuerza para ocultar el dolor

Una vez que lograron estabilizarse, Jayce preguntó, sin soltar su agarre:

—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?

—Todo bien, menos mal que estabas ahí… Gracias por tu ayuda —contestó notando cómo los músculos de su pierna se habían contraído.

—A mí no me lo parece —respondió analizando cómo las cejas de Viktor se habían arrugado de nuevo, y cómo su voz arrastraba un toque de tensión consigo. También percibió la manera en que el hombre de menos estatura se había aferrado a su chaqueta, como si fuese a caer al suelo.

—Solo ha sido un resbalón, no te preocupes —trató de tranquilizarle, aflojando el agarre el abrigo del otro—. Lo que sí me haría falta es que me recojas el bastón.

Antes de que finalizase la frase, Jayce ya estaba balanceando el peso en una pierna y tratando de alcanzar el objeto con el otro pie. De esta forma podría devolvérselo sin soltar a su dueño.

—Ahí tienes… —murmuró acercándolo hasta su mano—. Sabes que no tienes que fingir conmigo, ¿verdad? Que nunca voy a pensar menos de ti por querer parar a hacer un descanso, o lo que sea.

—Lo sé Jayce… —respondió rodeando la agarradera del bastón con sus dedos delgados enguantados, y dedicándole una mirada agradecida—. Solo no quería parar… me molesta tener que hacerlo.

—Lo entiendo, solo déjame decirte que no hay nada de malo en ello —insistió soltándole, pero sin dejarle ir del todo. La tozudez del zaunita no era nueva, por lo que decidió no ahondar más en el tema. Ya había dejado clara su visión sobre el tema, así que tras admirar cómo los últimos rayos de sol quedaban atrapados en el cabello desordenado del más callado, prosiguieron caminando despacio.

Cuando llegaron a la plaza del pueblo, Jayce señaló un banco que estaba  resguardado bajo un tejadillo, por lo que era probable que no estuviese mojado. No es que estuviese cansado, pero era consciente del posible dolor que podría sentir el otro. Así también podrían ver las luces con más calma. 

Era adorable contemplar cómo el zaunita miraba alrededor, observando cada adorno, y cómo las bombillas de colores cálidos dibujaban los contornos de las casas creando un ambiente mágico. Jayce aprovechó ese momento para  desviar su mirada de la decoración y admirar al hombre a su lado. El brillo de sus ojos robaba toda su atención, ya que nada era comparable a la belleza que abarcaba, tanto por fuera como por dentro. Era como ver a un niño descubriendo la magia de la navidad por primera vez.

—¿Tienes frío? —preguntó al comprobar que su nariz estaba roja por la helada.

—Un poco, pero me puse ropa térmica bajo el jersey. Estoy bien —respondió volviendo su rostro para sonreírle mirándole a los ojos.

—Si te enfrías demasiado, podemos dividir el paseo en dos días.

—Prometo avisarte en el caso de que no me sienta bien, si prometes no preocuparte tanto y dejar de hacer de mamá —le picó con cariño.

—Está bien, está bien —rió ante su provocación—. Lo intentaré. 

Pronto volvió a caer ese agradable silencio entre ellos. Jayce habló de nuevo, no por la necesidad de romperlo, sino por la voluntad de compartir algo más con Viktor. Aquel lugar no era simplemente un pueblo, era su infancia, parte de sus momentos alegres cuando era un niño, recuerdos junto a sus padres… Esas calles desordenadas pero acogedoras siempre tendrían un lugar guardado en su corazón.

—De pequeño me encantaba ir a ver las luces, y eso que no se las curraban tanto como ahora —sonrió con añoranza—. Luego nos comprábamos unos churros en esa furgoneta —acercándose un poco más a Viktor (tal vez como excusa), señaló al vehículo rodeado de gente y una atmósfera cálida y humeante. El olor llegaba hasta el sitio donde estaban descansando—, nos sentábamos en este mismo banco un rato mientras comíamos los churros, y después nos acabábamos la rueda regresando a casa. Te invitaría a una, pero ambos hemos comido demasiado. Tal vez mañana, ¿Cómo lo ves?

—Me parece muy buena idea, señor Talis —rió, enternecido por la historia. El rubor se había extendido por sus mejillas, pero jamás diría que era por algo diferente al frío—. Hoy no tengo espacio para más, y me has dicho que nada de sorpresas esta noche.

—Bien, bien… —suspiró, relajándose contra el respaldo. Por un instante extendió el brazo hacia Viktor, pero cuando se dio cuenta de que no podía simplemente pasarle por detrás de sus hombros, retrocedió. Fue en ese momento que sintió lo cerca que estaban sentados el uno del otro.

—¿Solías ir solo con tu madre? —tanteó dudoso. No quería sacar a la luz temas dolorosos, pero sentía la necesidad de conocer mejor a Jayce. Solo si él lo permitía.

—¿A qué…? Ah, sí… Pues también iba con mi padre. Él era súper fan de los churros, ¿sabes? Muchas veces comprábamos extra para él porque si no, nos dejaba sin merendar —rió al recordarlo.

—Eso es… suena genial —le sonrió con ternura, pudiendo percibir la nostalgia en su voz.

—Sí, lo era… Siempre que vengo aquí me acuerdo de él —Jayce inclinó la cabeza para mirar al zaunita a los ojos—. De alguna forma siento que me acompaña, sobre todo cuando estoy en los lugares que él frecuentaba. Me gustaría poder estar a su lado una vez más, pero bueno… ¿qué te voy a contar yo…?

El zaunita le miró a los ojos, y acercó su hombro al del otro, haciéndolos chocar suavemente por un instante.

—Eso no invalida tu dolor. Cada uno tiene sus experiencias y… no quiero que te compares conmigo.

Jayce sonrió. Viktor tenía una respuesta inteligente preparada para cada ocasión. Era como si siempre supiese qué decir para hacerle sentir mejor.

—Gracias —respondió devolviéndole el choque—. ¿Y tú…? ¿Hay algún lugar que te recuerde a tus padres?

—Me gustaría poder tener algún recuerdo vívido, pero el aire de Las Líneas no perdona y… apenas tuve tiempo para crear memorias a su lado. Pero hay un sitio, un puesto de comida rápida al que me llevaban a veces. De alguna forma el olor y sabor de la comida me recuerda algo a su compañía —explicó con una sonrisa tímida. Nunca le había hablado a nadie de ello, y se sentía un poco extraño hacerlo. Pero no por ello estaba incómodo, al contrario. De alguna manera le hacía sentir visto y entendido.

—Podríamos ir algún día.

—Tiene condiciones higiénicas cuestionables —rió—. Pero si aún así quieres arriesgarte a ir a zaun y probarlo, me encantaría llevarte.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. En otras circunstancias se lo habría callado, pero le había prometido a Jayce que le comunicaría cuando se quedase frío.

—¿Y si regresamos mañana? Me gustaría ver más luces… es que me estoy helando —expresó inclinando la cabeza para verle mejor. Su nariz también estaba roja.

—Por supuesto —sonrió poniéndose en pie. Le ofreció el brazo mientras preguntaba—. ¿Tu pierna qué tal? 

—Le venía bien un descanso, gracias —respondió levantándose del banco con la ayuda de Jayce. Ahora estaban de pie demasiado cerca, lo suficiente  como para que pudiese apreciar cómo las pupilas doradas del hombre a su lado se ajustaban con la luz y tal vez otros estímulos.

Con la baja temperatura, había comenzado a nevar como las noches anteriores. Jayce sacudió un copo que había anidado en el cabello de Viktor, y luego carraspeó tratando de hacer como si no hubiera significado nada.

—Vamos antes de que empeore el clima.

Notes:

He conseguido actualizar otro capítulo!! Ya sabes que estos días tienen muchos eventos y ha habido noches que quería avanzar pero me metía en la cama y me quedaba sopa tras escribir tres líneas.

Espero que lo hayas disfrutado, no te olvides de comentar qué te ha parecido!! me quedan aproximadamente 4 capítulos más por subir, espero acabarlo todo para antes del 15 de enero para que no se aleje de las fechas navideñas, así que estate pendiente!!

(y sí, soy consciente de que el título de este capítulo no era el más original, pero es lo que es jajaja)

Chapter 7: Solo dos noches fueron suficiente

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

A pesar de que Jayce no cesaba de repetirse que aquella iba a ser una noche como cualquier otra que hubieran pasado en el apartamento, no pudo evitar ponerse algo nervioso cuando se metió entre las sábanas. Viktor aún estaba en el baño terminando de asearse, por lo que Talis aún tenía unos minutos para mentalizarse. Pero en su mente se repetían una y otra vez las sensaciones de la noche anterior cuando había recostado al zaunita contra su pecho. Su corazón revoloteaba como loco al visualizar la imagen de la mano de su compañero agarrándose a su camiseta de pijama al caer dormido .

Solo le estaba ayudando a entrar en calor.

Aquella acción no debía significar nada, ni siquiera sabía si a Viktor le había gustado, o si simplemente se había acurrucado contra él por pura necesidad.

—¿Cómodo? —una voz familiar acompañada del sonido del bastón contra la alfombra le sacó de su caos mental.

—Sí… —sonrió dando un par de palmaditas al hueco libre en el colchón—. Vamos, métete, no te quedes frío.

—Voy —respondió Viktor dejando su instrumento de apoyo cerca de la cama y abriendo las mantas. La forma en que su estómago se llenó de mariposas al sentir las sábanas ya cálidas gracias a Jayce, era ridícula. El hombre solo le había abrazado para que no pasase frío, y cuidaba de él porque se sentía en deuda por el asunto de fingir que eran novios. Nada de aquello, ni los roces, las miradas o las caricias tenían mayor importancia… ¿No?—. Te ves cansado —señaló no como algo negativo, simplemente para ver cómo estaba.

—Sí, tengo sueño. Al contrario que otro que yo me sé, a mí no se me reinició el sistema operativo después de comer —rió recostándose sobre un lado para poder mirarle mejor. La lamparita de la mesilla de noche arrojaba una luz cálida, creando una atmósfera íntima entre ellos.

Viktor se puso repentinamente a olisquear el aire de forma exagerada antes de decir:

—¿Es envidia eso que huelo? 

Lo cómico de la situación arrancó una carcajada de los labios de Jayce tan cálida, que provocó que el corazón de Viktor revolotease en su pecho. Procuró no quedarse atrapado mirando al otro embobado, pero le encantaba ver cómo mostraba sus caninos cuando sonreía tan ampliamente.

—Pues mira, te confundes, genio. Si estoy cansado es porque hemos pasado un buen día, y no lo cambiaría por nada —respondió una vez logró dejar de reír.

Una sonrisa honesta se abrió camino en los labios de Viktor. Estaba de acuerdo.

—Tienes razón. Yo tampoco lo cambiaría a pesar de que casi me abro la cabeza contra el hielo. Menos mal que estabas ahí y fuiste rápido —respondió con un tono de voz más bajo, agarrando las sábanas para cubrirse los hombros, como si ese gesto le ayudase a sentirse menos expuesto.

—Por supuesto. Jamás te dejaría caer Vik.

Maldita sea, Jayce no podía simplemente decirle cosas así como si nada, y mucho menos estando tan cerca el uno del otro.

Murmuró un “Gracias” suave en ausencia de una mejor respuesta y suspiró sintiendo cómo el sueño también empezaba a alcanzarle a pesar de la siesta que había dormido.

Jayce acomodó su almohada, deslizando su brazo por debajo y ajustando su posición tal vez un poco más cerca de Viktor, susurró:

—Lo he pasado muy bien hoy. Ah, y mientras echabas la siesta probé una de las rosquillas que trajiste. Buah, estaba riquísima —sonrió agradecido.

—Me alegro mucho, Jayce…

El zaunita había pronunciado su nombre con una suavidad que nunca antes había escuchado de nadie.

—Y sinceramente, yo también lo he pasado bien. Gracias por enseñarme el pueblo y… por siempre estar tan pendiente de mí —expresó con gratitud. Aquellas palabras se referían a todos los gestos que había tenido con él, tal vez desde siempre; como el abrazo la noche anterior, la manta cuando echó la siesta o cómo le sujetó para que no cayese en el hielo. Pero también a los días en que compartían el almuerzo, las sesiones de estudio, o las pequeñas charlas que tenían en mitad de la noche cuando sus cabezas no daban para seguir trabajando y solo quedaba disfrutar de ese tiempo que compartían con el otro antes de caer dormidos.

—No hay de qué. Me gusta pasar tiempo contigo y saber que estás bien. No me resulta ningún tipo de esfuerzo —replicó con seriedad, porque para él era profundamente importante que el zaunita comprendiese que jamás iba a ser una molestia para él.

Entonces, la tripa de Viktor que aún estaba digiriendo la cena ligera que habían tomado, hizo un rugido suave.

—Lo he oído —dijo Jayce no con la intención de avergonzarle, sino de hacerle reír. 

—¡Eh! —su cuerpo se puso rígido cuando Jayce le hizo cosquillas en el costado con un dedo para chincharle—. Si es que no puedo ni hacer la digestión tranquilo —trató de parecer como si estuviese indignado, pero la risita que salió de sus labios después, le delató.

—¿Pero qué es lo que ocurre? ¿Acaso Viktor el estoico tiene cosquillas? —sonrió con sorna.

—¡No! ¿Cómo te atreves? Solo me estaba acomodando en la cama —rió meneando la cabeza, agarrando la muñeca de Jayce para evitar que lo hiciera de nuevo.

—Ah, seguro, seguro —la expresión de su rostro mostraba una clara condescendencia fingida, calculada para molestarle de forma cariñosa.

—Eres insoportable —el afecto en los ojos de Viktor era casi evidente, como si en la intimidad de la habitación dejara de esconderse por un instante. 

Ambos eran conscientes de que la fuerza de Jayce podría sobrepasar el agarre de Viktor sin esfuerzo, pero en lugar de hacerlo, dejó que el Zaunita guiase su mano hasta apoyarla en el colchón, llenando el espacio que había entre ellos. Porque sin saber cómo, en algún momento desde que se habían tumbado, se habían ido acercando el uno al otro sin darse cuenta. La mano de Jayce no se movió del punto donde el otro la había dejado, ni la de Viktor se levantó de la muñeca del deportista.

—Lo sé, pero en el fondo también sé que eso te gusta. Si no, tu vida no sería tan entretenida —le sonrió, pero esta vez ampliamente. Sus ojos recorrieron la longitud del cabello de Viktor esparcido por la almohada como una pequeña cascada, suave y hermosa. La respuesta de Jayce provocó en Viktor una carcajada sincera, en la que relucieron sus dientes, hermosos como reflejos del sol en el mar. Después, se fijó en sus lunares, primero en el que estaba sobre el labio, y después el que adornaba la piel bajo su ojo, para luego hacer que sus miradas se encontrasen una vez más.

—No voy a responder a eso para que no te vuelvas aún peor —susurró con una sonrisa. No lo había negado, y para el más moreno aquello fue más que suficiente.

Tras un suspiro compartido, ambos volvieron a quedarse en silencio. Jayce se acomodó en su sitio, deslizando su mano libre apenas bajo la almohada del otro. El zaunita no se movió ni mostró ningún indicador de incomodidad, por lo que el otro simplemente se relajó.

—¿Sabes qué…? —comenzó a hablar, haciendo una breve pausa para buscar las palabras adecuadas—. Como hace frío, no me molesta si quieres acercarte. Sé lo friolero que eres y de verdad que no está mal si quieres tumbarte más cerca. Y por supuesto, si a lo largo de la noche te molesto… solo dímelo, ¿Vale?

—Gracias, Jayce… —susurró con el mismo tono bajo e íntimo, para no romper la atmósfera que se había creado entre ellos.

—Debería… voy a apagar la luz —dijo desviando la mirada hacia la lamparita de la mesita de noche con un ligero brillo de decepción en sus ojos, ya que si retiraba su brazo del agarre de la de Viktor, no tendría una excusa sólida para regresarlo al mismo sitio. 

—Mejor —respondió con un leve asentimiento de su cabeza, notando cómo el calor del brazo de Jayce se escurría de entre sus dedos.

¿La tensión que Viktor podía percibir en el aire cuando la luz se fue era mutua, o tal vez era solo provocada por la contención propia de no moverse? Al fin y al cabo, Jayce le había indicado que no tenía ningún problema en que se acercase, por lo que si lo hiciera… no estaría mal ¿no? Sería solo para huir del frío, por supuesto. Pudo notar como Talis había apoyado su brazo de nuevo en el colchón junto a su mano, lo más cerca posible sin llegar a tocarle.

—La verdad… sí que hace un poco de frío —murmuró procurando sonar convincente mientras se aproximaba unos centímetros de manera que su sien descansara contra el bíceps del hombre a su lado—. ¿Así… estás bien? 

—Sí, por supuesto —contestó tal vez demasiado deprisa, dejando escapar el aire de sus pulmones—. Está… bien.

En ese momento Jayce agradeció que la lámpara estuviese apagada, porque dada la sensación que tenía en las mejillas, estaba seguro que su cara estaba completamente colorada, ¿Pero su corazón? Mejor no pensar en que estaba latiendo tan fuerte que probablemente se escuchase en el silencio de la habitación.

—Buenas noches Vik… —susurró suavemente. El momento se sentía tan íntimo, que cualquier tono de voz más alto habría sonado inadecuado. 

—Buenas noches, Jay… —musitó de vuelta, su cuerpo relajándose al percibir el agradable calor del hombre a su lado. La tensión en sus hombros se disipó por primera vez desde que se habían tapado juntos. Se sentía a salvo, seguro, sus párpados ya no tenían fuerzas para abrirse de nuevo.

Talis suspiró, cerrando los ojos. Solo habían sido dos noches. DOS NOCHES, y ya no se imaginaba despertar en su cama vacía, sin ese ermitaño adorable a su lado. Tres días de farsa habían cambiado su forma de ver a Viktor completamente. Aquello no se suponía que debía importarle, pero se sentía demasiado real para algo que se suponía que no lo era, y ahora le aterraba pensar en el final de las vacaciones, en el día que todo eso terminaría.

Los minutos pasaron, su corazón logró calmarse solo ligeramente mientras Viktor caía en un sueño más y más profundo. ¿Cómo había podido dormirse tan rápido? Su estado era claro, ya que su respiración era regular y pausada, y su cabeza pesaba contra el brazo de Jayce. El más alto inspiró profundamente en un intento de recobrar el control, pero fue en vano por no decir que solo logró empeorar la situación. Al respirar, había recogido el aire atrapado en el cabello de Viktor, una mezcla entre la canela de los postres, ese champú que siempre usaba, y algo que solo le pertenecía a él.

—Estoy jodido.

Notes:

Aquí está el, nuevo capítulo!! Ya tengo un montón de ideas para el siguiente, y quiero que sea muy especial, así que puede que me demore un poco. Pero actualizaré lo antes posible!!

Espero que te haya gustado, y de ser así no te olvides de hacérmelo saber en los comentarios, me encanta leer tus opiniones 💗

Chapter 8: 29 de Diciembre

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Cuando Viktor despertó aquella mañana, lo primero que sintió al desperezarse fue la ausencia de ese calor constante que había estado a su lado desde que había llegado a aquella casa. En un principio debería haberle dado igual, pero lo que sintió fue desconcierto. ¿Dónde estaba Jayce? ¿Por qué se había ido? 

El zaunita suspiró e inspiró el olor a él que aún permanecía impregnado en las sábanas, y se acurrucó más profundo entre ellas, sus ojos cerrándose de nuevo. El aire de la habitación era fresco, lo que tampoco invitaba a salir de la cama. Gruñó adormilado, aún no del todo consciente. 

Al levantar somnoliento la vista hacia el despertador, vio que eran ¡las siete de la mañana! Si estaban de vacaciones, ¿Por qué Jayce había madrugado tanto? ¿Y si le había pasado algo a él o a alguien de su familia? 

Se incorporó tratando de no dormirse de nuevo, cuando escuchó el crujido silencioso de la puerta abriéndose lo justo para que asomase la cabeza de Jayce.

—¡Vik…! —exclamó susurrando. Su expresión cambió de la sorpresa a la alegría, pero en lugar de entrar, cerró de nuevo.

—¿Pero qué…? —murmuró confundido, meneando la cabeza divertido. Ese idealista podía ser realmente peculiar, lo que hacía que sus interacciones muchas veces fuesen divertidas.

Al otro lado de la puerta, Viktor podía escuchar el suave trajín de Jayce:  el suelo de madera crujiendo levemente bajo sus pies, el tintineo de objetos siendo colocados en alguna parte, ¿tal vez el sonido de un vaso?

Tras un momento de silencio, la puerta se abrió de nuevo, pero esta vez más ampliamente. El deportista entró caminando de espaldas con algo alargado en las manos, y la cerró con el pie cuidadosamente de no dar un portazo. Su cuerpo tapaba lo que fuese que traía consigo, aunque era claro que emitía algo de luz cálida que titilaba. Viktor no lo pudo ver hasta que el hombre se dio la vuelta para mirarle una vez estuvo cerca de la cama.

—¡Feliz cumpleaños Vik! —exclamó a un volumen no demasiado alto para que no se escuchase fuera de la habitación. Sus ojos brillaban de emoción como dos faros, y su amplia sonrisa llena de ilusión podría haber iluminado hasta la habitación más oscura—. Perdona si te he despertado al levantarme, no quería que el resto de mi familia se enterase y por eso me levanté antes que todos. Podría ser... escandaloso, a no ser que quieras decírselo, eso lo dejo a tu elección. De antemano te aclaro que me parecerá bien lo que prefieras elegir, solo que pensé que querrías algo más íntimo —habló, tratando de analizar qué significaba la expresión de shock en el rostro de su compañero.

Cuando Jayce depositó la bandeja en su regazo, Viktor la miró perplejo. ¿Hoy era 29? Aquellas vacaciones se sentían como estar en otro mundo, incluso había perdido la percepción del tiempo. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que hoy era su cumpleaños. Pero ahí estaba Jayce, sonriéndole con esos ojos llenos de emoción reflejando el brillo de la vela que adornaba el centro de una pequeña tarta de miel que combinaba capas de nata con un bizcocho que se veía jugoso. A su lado, una humeante taza de leche dulce emanaba un olor agradable.

—¿Jayce...? ¿Qué... qué es esto? —preguntó en shock sin saber cómo reaccionar, tratando de procesar lo que estaba ocurriendo. Su compañero no solo había madrugado para prepararle algo especial, había investigado sus gustos, mirado recetas de Zaun y preparado algo con sus propias manos, solo para él. El aspecto de la tarta hablaba del mejor esfuerzo de alguien que no era un experto en cocina: no todas las capas eran del mismo grosor, y faltaba algo de nata en uno de los bordes, lo que explicaba la mancha en la manga de Jayce. Era claro que había puesto su mejor esfuerzo en aquel desayuno, y eso lo fue todo para Viktor.

Él había pasado la mayor parte de sus cumpleaños solo. Apenas recordaba lo que hacían sus padres para celebrarlo. Fue una persona bastante querida entre sus vecinos de Zaun, y en alguna ocasión, los pocos que sabían la fecha le habían preparado algo simple —que sin duda alguna atesoraba en su corazón— pero jamás había tenido algo tan personal como esto, una sorpresa preparada con cariño, sola y específicamente para él.

—Gracias —logró susurrar con un nudo en la garganta por las emociones que crecían sin control en su pecho. Desde que se conocieron en la universidad, esta era la primera vez que Jayce estaba presente en su cumpleaños. Por supuesto él siempre se había acordado de llamarle o escribirle, pero al coincidir con las vacaciones de navidad, todos los años ocurría que Jayce se había marchado a pasar las vacaciones con su familia y Viktor se quedaba en el apartamento. Aunque le hacía ilusión recibir sus felicitaciones, nada sustituía el tiempo que pasaba solo, preparándose algo pequeño para sí mismo. 

Y por encima de todo, nada podía competir con esa tarta que descansaba sobre su regazo con la vela esperando a ser soplada.

Fue entonces que todas las emociones salieron a la superficie, provocando que lágrimas cálidas e incontrolables brotasen de sus ojos. Viktor sintió como ese gesto sanaba años de soledad, haciéndole sentir... importante. No prescindible. Apreciado. Querido.

Cuando sintió una gota caer sobre el dorso de su mano, percatándose de que había empezado a llorar, se apresuró en secarse las lágrimas cohibido, cubriéndose el rostro en el proceso. Su intención nunca fue montar una escena, pero el afecto implícito en aquel detalle, desbordaba completamente sus defensas, haciendo que fuese imposible contener ese torbellino de sentimientos.

Viktor era una persona expresiva a su modo. Cuando se sentía frustrado o alegre, su rostro cambiaba drásticamente una vez conocías su manera de expresarse. Pero lo que Jayce tenía ante sus ojos no tenía punto de comparación con nada que hubiera visto antes. Cuando le vio secarse las lágrimas y escuchó sus sollozos, sintió cómo cundía el pánico por un momento. 

—E-estoy bien —murmuró, aún escondiéndose tras sus manos. Realmente lo estaba, además de que no quería preocuparle.

Jayce se apresuró a sentarse a su lado y lo envolvió con sus brazos, apretando la cabeza de Viktor contra su pecho. Sus dedos se deslizaron entre los mechones de pelo del cumpleañero, acariciándole el cuero cabelludo de forma que pensó que sería relajante para él. Automáticamente, el zaunita hundió su rostro en el hueco que había entre el hombro y el cuello del otro, abrazándole de vuelta. Sus manos se aferraron a la espalda de la camiseta de Jayce, mientras sus labios dejaban escapar en susurros un cúmulo de “gracias” y “lo siento”. Jayce pudo sentir cómo Viktor lloraba en silencio, sin escándalo. Para él, la única prueba del llanto del otro eran los estremecimientos del cuerpo que envolvía con sus brazos, y las inhalaciones temblorosas a través de sus labios.

—Está bien, Vik… —murmuró bajo, cerca de su oido. Comprendió que lo que estaba ocurriendo era una respuesta emocional intensa ante la sorpresa inesperada, en el mejor de los sentidos. Vio que le había gustado, que no lloraba de disgusto y eso le alegraba y entristecía a partes iguales—. Solo… no tienes que disculparte, ¿vale? Esta… también es una reacción válida.

El zaunita asintió en señal de que comprendía lo que decía, y simplemente le agradeció una vez más, dejando de disculparse.

—M-me ha encantado la tarta —sollozó, su voz amortiguada contra la camiseta de pijama de Jayce. Poco a poco estaba recobrando la calma bajo el cariño de Jayce, aunque sus manos seguían agarradas a su espalda. 

Ahora le estaba sujetando con su amplia y cálida mano desde la parte trasera del cuello, enterrando su pulgar entre los primeros mechones que nacían en la nuca, y acariciándole con ternura.  Con ese íntimo gesto le brindaba un profundo sentimiento de bienestar y protección que poco a poco se iba extendiendo por su cuerpo.

—Y eso que aún no la has probado —susurró de vuelta sosteniéndole con cariño. Inclinó la cabeza para apoyar su sien sobre el cabello del otro, mientras su mano libre recorría lentamente su espalda huesuda. No había prisa. En ningún momento le pidió que dejase de llorar, solo le sostuvo cerca, esperando que eso le ayudase a calmarse.

—Tengo ganas —sonrió dejando escapar una risa húmeda—. En cuanto… en cuanto se me pase esto…

—Está bien, V, no hay prisa.

Cuando Viktor logró despegar su rostro del hombro de Jayce, procuró ignorar el pequeño cerco húmedo que habían dejado sus lágrimas, y sin atreverse a hacer contacto visual con él —probablemente su aspecto era terrible y no quería ser visto de ese modo—, bajó la mirada hacia la tarta. La vela se había consumido dejando una pequeña mancha de cera en el centro.

No fue hasta que el cumpleañero levantó la vista, que vio que Jayce tampoco había salido ileso de aquel momento compartido. Sus ojos brillaban, y sus pestañas se veían húmedas.

—Jayce- estás… —no sabía muy bien qué decir. A veces su compañero podía ser profundamente empático, lo que a Viktor le resultó enternecedor. El zaunita acercó una mano dudosa al rostro del otro para secar una lágrima rebelde que se estaba deslizando desde su párpado inferior.

El contacto tímido del pulgar de Viktor contra su piel fue tan inesperado como bien recibido. Jayce siempre era el que iniciaba el contacto: un toque en el hombro, una mano como apoyo en la espalda, un roce casual de brazos… y Viktor era quien no se apartaba, y tal vez algunas veces se inclinaba ligeramente al contacto. Pero jamás había dado él el primer paso para acortar las distancias, a excepción de ese momento.

—Estoy bien… —le sonrió de forma afectuosa, apoyando su mano sobre la de él para presionarla tiernamente contra su mejilla. Al hablar, su voz sonaba ligeramente ronca—. Es solo que me ha encantado ver la ilusión que te ha hecho el detalle, no esperaba que te fueras a emocionar y… me he emocionado yo también.

La expresión del zaunita se enterneció al escuchar sus palabras. Una sutil y tímida sonrisa apareció en sus labios.

—No es solo por la tarta, es… —reuniendo valor para mirarle esos hermosos ojos color miel, el zaunita tomó aire, buscando las palabras para tratar de expresar cómo se sentía. Su pulgar trazó la mejilla del otro de manera inconsciente, como si allí pudiese encontrar la respuesta—. E-es que te has preocupado en… preparar todo esto, y… 

Sus ojos se humedecieron de nuevo mientras su corazón desbordaba de alegría y afecto. 

—Y para mí significa mucho que te hayas molestado en hacerme una tarta. N-no he querido reaccionar de manera desproporcionada, pero es que he pasado muchos cumpleaños repitiéndome que no tenía que ser un día especial… —confesó en voz baja—. Supongo que… era más fácil decirme eso que admitir que dolía… pero como siempre, has llegado tú para fastidiarlo todo. 

Un sonido suave a medio camino entre una risa y un sollozo escapó de sus labios. Le costaba hablar sobre esto, apenas era capaz de admitirse vulnerable ante sí mismo, por lo que hacerlo delante de otra persona era terreno totalmente desconocido. Tragó saliva antes de continuar.

—Me has hecho sentir que soy importante, que no estoy de pasada. Me siento… visto, me siento “Viktor”, no “el becado” o “el que se pasa el día estudiando”. 

—Vik, pues que sepas que mereces sentirte así, y no solo hoy. No quiero que nos distanciemos cuando nos graduemos, no… no eres alguien pasajero. En absoluto lo eres —expresó, mirándole a los ojos con intensidad, sintiendo la necesidad de que él lo entendiera, que no se atreviese siquiera a dudar de que era alguien verdaderamente importante para él.

—Yo tampoco quiero distanciarme de ti —susurró, apartando con delicadeza su mano de la mejilla de Jayce. Inclinándose de nuevo contra él, le abrazó una vez más—. Y gracias… No solo por la tarta, por estar ahí… Este cumpleaños sí quiero recordarle. 

Hizo una pequeña pausa, apoyando su frente en el hombro de Jayce.

—Si he llorado, ha sido porque por primera vez no he sentido ese vacío dentro de mí. Este es… el mejor cumpleaños… —entonces, miró la tarta, con la vela derretida en el centro—. Ahora quiero probarla, seguro que te ha quedado genial.

—¡Espera espera! —exclamó aflojando el abrazo pero manteniendo uno de sus brazos sobre los hombros del otro, sosteniéndole cerca. Mientras tanto, la otra mano rebuscaba en el bolsillo del pantalón—. Había traído otra vela por si esta no encendía o algo… Jayce Talis siempre tiene un plan B —sonrió colocándola donde una vez estuvo la primera, y la encendió—. Tal vez esto sea poco científico, pero me da igual, no te puedes quedar sin tu deseo de cumpleaños. Antes de apagarla tienes que pedir un deseo y no decirlo en alto, si no, no se cumplirá.

—A sus órdenes, Talis —sonrió finalmente. Con la delicadeza con la que se sujeta la más valiosa de las reliquias, el cumpleañero tomó el plato de tarta entre sus manos y acercándolo a sus labios, cerró los ojos. Inspiró profundamente, tanto para terminar de calmarse como para poder apagar la vela y después de unos pocos segundos, sopló con cuidado, extinguiéndola al instante. 

Jayce dejó escapar una exclamación mientras aplaudía tratando de no hacer mucho ruido. Para ello tuvo que soltar a Viktor, pero la distancia no duró mucho ya que segundos más tarde lo estaba abrazando con fuerza. Para evitar el momento embarazoso a ambos, le cantó en el oído solamente el final del Cumpleaños Feliz en lugar de la canción completa. 

Esta manera de cantarle combinada con el ambiente tranquilo y cercano en la cama hizo que Jayce sintiera que era la fiesta de cumpleaños más íntima y silenciosa que había experimentado nunca. Eso hacía que se sintiese única y muy… Viktor. No se le ocurría mejor forma de hacerle saber lo querido que era.

—Feliz cumpleaños Viiiik —repitió emocionado, dándole un último apretón que arrancó una risa suave de los labios del zaunita.

—Gracias, Jayce… no… no sé qué más decir… —sonrió con timidez. Sus ojos reflejaban una gratitud absoluta.

—No hace falta… Solo prueba la tarta, ¿sí? Espero que haya quedado bien —respondió pasándole el cuchillo que había traído en la bandeja.

Tomando el objeto, el zaunita cortó un pedazo de tarta y lo sirvió en un plato. Tras colocar el trozo correctamente, agarró una cucharilla y se lo dio todo a Jayce. 

—Pero el primer trozo-

—Por eso quiero que lo tengas tú… Significaría mucho para mí —interrumpió acercándole más la porción como forma de insistencia.

—Gracias… —respondió con cariño, tomando el plato. En el proceso, sus dedos rozaron los de su compañero por un breve instante. Deseaba tanto tomar su mano…

—No, gracias a ti, Jayce… —le sonrió, incapaz de expresar con palabras lo mucho que aquel detalle significaba para él. Cuidadosamente cortó otra porción de tarta para sí mismo, y ambos la probaron a la vez—. ¡Mmm! Pero- 

El cumpleañero saboreó la textura y la dulzura en su boca, cómo los sabores se mezclaban creando una sensación increíble

—Esto está demasiado bueno, ¿Desde cuándo haces tartas?

—Este era el primer intento, bueno, el segundo… En el primero creo que me dejé algún ingrediente y la masa quedó muy rara —rió feliz de ver esa alegría en esa persona que tanto le importaba.

—Pues… es un gran segundo intento, me encanta —respondió con voz suave, cargando un buen trozo en la cuchara—. Es una de las mejores tartas que he comido jamás, y sabes que no te lo diría solo para contentarte.

—Lo sé —le sonrió con humor. Pero conociendo de sobra su sinceridad, el cumplido logró que su corazón revoloteó por el cumplido.

Una vez más, ese silencio agradable se asentó entre ellos, roto únicamente por el tintineo de las cucharas contra el plato.

—¡Ay! Casi se me olvida —exclamó Jayce, sobresaltando al zaunita, quien estaba inmerso en su plato, comiendo el tercer trozo de tarta tras beber un sorbo de la leche que le había traído.

—¿Qué pasó? —preguntó viendo cómo Jayce posaba su tarta en la mesilla de noche y se agachaba para… ¿rebuscar algo bajo su cama?

—¡Para ti! —exclamó procurando no alzar la voz demasiado y así no alertar a nadie en la casa. Lo cierto era que estaba tan emocionado, que le estaba costando mantener un tono bajo.

El cumpleañero dejó escapar un “oh” sorprendido. La tarta había sido el regalo más grande que jamás había tenido y… ¿ahora había más cosas?

Tras engullir lo que quedaba de comida en su plato, tomó la caja en sus manos. 

—Ábrela con cuidado —sonrió expectante.

Viktor asintió, deshaciendo el lazo como si temiese estropearlo. Retiró el celo lentamente para no rasgar el envoltorio, y abrió cuidadosamente la caja. 

Lo primero con lo que se encontró, fue una hermosa planta de interior con un lazo adornando su maceta. Viktor deslizó los dedos dentro de la caja para tomar el recipiente de barro entre sus manos. Las hojas emitían pequeños destellos azules al reflejar la luz, y sus hojas combinaban tonos verdes y morados, creando una vista inusualmente bella.

—Como eres un friki de las plantas y de las matemáticas, pensé que esta te gustaría, mira, tiene espirales —señaló la forma de la hoja sin tocarla.

—Vaya… es preciosa —expresó con los ojos brillándole de emoción—. Me encanta, la pondré en nuestro apartamento.

Aquella última frase sonó diferente a cualquier otra vez que la hubieran pronunciado. Nuestro.

—Así te acordarás de mí cada vez que la riegues —bromeó inclinándose para hacer chocar sus hombros.

—De hecho, lo haré —le sonrió. Por supuesto que lo haría, al igual que también recordaría todos aquellos regalos, siendo la presencia de Jayce a su lado el más grande. 

—Mira, te dejas otra cosa —señaló impaciente el fondo de la caja.

—¿Otra cosa…? —preguntó con incredulidad, como si aún no pudiera terminar de creer que alguien podría tomarse tantas molestias en él. Ajustando su posición sobre los almohadones, tomó cuidadosamente el paquete más pequeño y ligero que yacía pacientemente en la base de la caja. Lo desenvolvió con la misma delicadeza con la que había abierto el anterior, descubriendo unos guantes de ante marrón oscuro. Cubrían hasta la mitad de los dedos, y tenían un refuerzo en las palmas.

—Son para que tengas las manos protegidas cuando usas el bastón. En invierno sueles llevar siempre guantes largos, así que pensé que podrías usar estos más frescos en verano.

—Vaya, es… es todo un detalle, Jayce… —susurró, sin palabras por la emoción contenida. Realmente le había observado de verdad, su forma de caminar y cómo su mano se rozaba con el bastón—. Gracias… —repitió incansable, deslizando con reverencia los dedos dentro del guante. Le quedaba perfecto.

—Mira, esta correa es para que no se te salga la mano con la fricción del bastón —explicó tomando su muñeca con delicadeza, ajustando el cierre—. Cuando los vi en el escaparate, automáticamente pensé en ti.

—Son… son geniales —expresó tras ponerse el otro, extendiendo y cerrando sus manos en el aire para observar lo bien que le quedaban. Eran ajustados pero no cortaban movimiento, gruesos en las palmas sin ser rígidos—. No podrían sentarme mejor… Gracias Jayce, gracias…


* * *


—¡Hasta luego ma! —exclamó cogiendo las llaves del mueble.

—¡No os quedéis fríos! En el tiempo han avisado de que va a nevar esta noche, así que tened cuidado —respondió Ximena acercándose para despedirlos. 

—Ya sabes que sí —le sonrió a ella, dándole un abrazo fuerte.

—Nos vemos luego —añadió Viktor haciendo un gesto con la mano. Bajo el abrigo llevaba el jersey que le había tejido la abuela.

—Así mejor —le sonrió ella ajustándole la bufanda al “novio” de su hijo. Luego, le dio un beso breve en la frente, al que no supo muy bien cómo reaccionar, por lo que se quedó ahí de pie junto a Jayce—. Pasadlo bien, pareja.

El aire frío del exterior les recibió al igual que las veces anteriores, solo que esta vez el cielo estaba completamente cubierto de nubes grises. 

—Siempre diciéndome que tenga cuidado... aunque razón no le falta —comentó alzando la vista al cielo encapotado.

—Por supuesto, eso lo sé hasta yo —le picó Viktor con una media sonrisa—. Estoy seguro de que habrías quemado el apartamento si no fuera porque siempre estoy cerca.

—¡Ah, me ofendes! —reaccionó de forma dramática, aunque luego se rió sacudiendo la cabeza—. Es que cuando era pequeño nos perdimos en la nieve. Fue ya hace tiempo —añadió con una expresión más seria.

—Oh, en serio? —preguntó levantando las cejas sorprendido.

—Sí… —hizo una breve pausa mientras caminaban el uno junto al otro. La nieve endurecida por la baja temperatura, crujía bajo sus pies—. No sé cuántos años tenía… Mi madre y yo salimos con el trineo en busca de una pendiente por la que tirarnos. El montículo junto al bosque prometía una buena bajada —comenzó a hablar, señalando hacia el norte, a la salida del pueblo—. Y efectivamente, la bajada era tan épica como prometía. Nos montamos en el trineo despreocupados, restándole importancia a que empezaba a nevar. Como luego podíamos seguir la marca del trineo, ¿qué más daba?

Mientras caminaban, Jayce iba mirando las casas o la acera, aunque sus ojos se desviaba ocasionalmente hacia su compañero, quien escuchaba atentamente.

—La pendiente era más alta de lo que parecía y, al cambiar la dirección para esquivar un árbol, nos desviamos del trayecto. Volver sobre nuestros pasos no fue tan fácil como creímos porque la nieve caía y borraba las marcas que tenían que llevarnos de vuelta… 

Viktor observaba sus expresiones mientras hablaba. El ligero frunce de sus cejas contaba que a pesar de ser algo superado con el tiempo, había dejado una marca en él.

—El montículo queda separado del pueblo por un bosque que lo rodea. Fue allí donde nos desorientamos hasta el anochecer. De hecho, cayó una helada y comenzó a hacer tanto frío que mi madre me dio sus guantes, porque se me olvidaron los míos en casa. Eso casi le cuesta algunos dedos, menos mal que al final no le pasó nada, porque no me lo habría perdonado —continuó hablando, con algo de tensión apareciendo en sus hombros. El amor que sentía hacia su madre era claro en cada palabra que decía—. Tuvimos la suerte de que dos policías patrullaban la zona, y al ver sus linternas, gritamos para que nos encontrases. Al final nos llevaron de vuelta a casa sanos y salvos. 

Jayce se encogió de hombros como si el asunto no tuviera mayor importancia, pero ahora caminaba más cerca del zaunita.

—Afortunadamente solo fue un mal susto, y desde entonces sé que la nieve puede ser tan hermosa como aterradora —concluyó con una expresión seria—. No hay que temerla, pero tampoco subestimarla. 

—No suena agradable. Me alegra que se quedara solo en eso —respondió con preocupación. Imaginársele de pequeño perdido con su madre en el bosque le hacía sentir una profunda intranquilidad en su interior.

—No, de hecho no volví a montar en trineo ese año —rió sin dramatismo—. Pero también tengo buenos recuerdos, ¿sabes? Batallas de bolas de nieve, ¡o hacer muñecos!

Viktor rió. Le encantaba cómo Jayce podía ilusionarse en menos de un segundo.

—¿Luego podemos hacer uno? —preguntó con emoción.

—¡Por supuesto! Pero primero los churros que prometí —respondió señalando la furgoneta. 

—Genial.

El olor a churros recién hechos cruzaba la plaza. Había una fila de unas pocas personas esperando, lo que significaba que era una comida popular en el pueblo. Eso era un buen indicador de su calidad. 

Una vez tuvieron sus churros con bien de azúcar por encima, Jayce le ofreció el primero a Viktor mientras le guiaba gentilmente hacia el mismo banco donde se sentaron días atrás.

—De pequeño me gustaba cultivar plantas que me encontraba por ahí —murmuró señalando una planta que se había abierto paso en el asfalto, al pie de una farola cercana. También él quería compartir algo sobre su infancia con Jayce—. Había un rincón junto al río donde las metía en pequeñas macetas  u otros recipientes vacíos que tenía. Y así adornaba la entrada de una cueva donde solía llevar trastos que la gente dejaba tirados por las calles.

A Jayce le resultó enternecedor pensar en Viktor de niño, con esos ojos brillantes observando una nueva planta rescatada de la calle.

—Allí conocí a un científico que me enseñó mucho, tanto en el buen sentido como en el malo… Siempre me decía que le era útil y a mí eso me bastaba. Tenía alguien que me prestase material y con quien compartir las construcciones que hacía. No fue como un padre para mí, pero sí alguien que compartió conocimiento conmigo. Muchas veces incluso trabajábamos juntos.

Luego, aprovechó para mordisquear otro churro, planteándose si continuar la historia o no.

—Al final nos distanciamos porque… comenzó a experimentar de formas poco éticas con la vida de las criaturas que poseía. Así que me fui. 

Por un momento Jayce sintió algo apretándose en su pecho. Desde pequeño, Viktor había aprendido que ser útil era un requisito más que una cualidad. A ese niño que encontraba valor donde otros solo veían basura, el mundo le había enseñado a no confiar, a esconderse, porque en cualquier momento el entorno podía cambiar.

—Me habría gustado conocerte cuando eras un niño. Estoy seguro de que habríamos sido buenos amigos —le sonrió con empatía, acercándose a él hasta que sus hombros se rozaron—. Y que sepas que ese tío se perdió a un gran compañero —y lo decía en serio. Si se hubieran conocido antes, jamás habría dejado que nadie tratase mal a Viktor. Habría estado a su lado siempre, tanto en las buenas como en las malas, tal y como hacía ahora. 

El zaunita sonrió, agarrando otro churro mientras susurraba:

—Contigo no necesito sentirme útil para encajar. Y aunque también me habría gustado conocerte de antes, estoy feliz de estar aquí contigo en este momento.

—Me alegro… porque no quiero que te sientas obligado a hacer nada por compromiso. Nunca. ¿Vale? 

Muchas veces Viktor dudaba de la amabilidad desinteresada. En Zaun casi todo lo que se hacía era con algún interés, evidente u oculto. Pero ¿cómo no creerle cuando hablaba con tanta convicción? Además, al fin y al cabo, Viktor era una persona altruista a pesar de su origen, por lo que Jayce podría serlo también…

—Vale —respondió dejando que su cuerpo se relajase, apoyándose de lado en él.

—Y yo también estoy feliz de compartir esto contigo. Significa mucho, de verdad —sonrió con afecto, ofreciéndole otro churro.

Una sonrisa se dibujó lentamente en los labios de Viktor. Se veía relajado, más que en cualquier otra situación que hubieran compartido. Y el cambio le sentaba bien. Jayce pensó que le encantaría verle así más a menudo.

Mientras comían, la brisa de la tarde sacudía con suavidad algunos mechones que se quedaban fuera del moño improvisado que se había hecho antes de salir. En esa atmósfera tranquila continuaron comiendo en silencio, hasta que Jayce cogió el último churro. Pero en lugar de comerlo, lo partió en dos mitades, y tras untar una de ellas en los restos de azúcar del cono, se la acercó a Viktor.

El zaunita dejó escapar un gruñido suave de aprobación. Cogiendo el trozo con dos dedos, lo acercó a sus labios para disfrutar de ese último bocado.

Una vez hubieron terminado, Jayce se levantó primero y le ofreció su mano a Viktor.

—Podemos ir a una zona con hierba que hay de camino a casa. Ahí siempre se acumula mucha nieve, es el lugar perfecto para construir el muñeco.

Viktor asintió, tomando su mano para ponerse en pie. Como sus manos estaban separadas por los guantes, estaban muy cerca y al mismo tiempo demasiado lejos.

—Gracias —sonrió caminando a su lado. Sus ojos procuraban capturar todos los detalles posibles de ese entorno tan distinto a lo que estaba acostumbrado, moviéndose de un lado a otro con calma. Avanzaron de manera pausada, compartiendo ese agradable silencio que muchas veces los acompañaba. Caminaron a poca distancia el uno del otro, hasta alcanzar el lugar que Jayce había descrito.

—Elige sitio para construirle, y después de hacerle, buscamos accesorios que ponerle, ¿Qué te parece?

—Ahí —señaló un sitio junto a la farola, arrastrando nieve con el pie para empezar a formar la primera bola.

Jayce se unió al proceso, haciendo una bola de nieve con lo que había reunido su compañero, y rodándola por el suelo para agrandar su tamaño. Entonces, vio que Viktor se agachaba como podía para recoger más nieve. Pudo ver cómo la apretaba entre sus dedos para compactarla, trabajando sin prisa, permitiéndose disfrutar de su textura. Talis dijo nada al respecto, pero se mantuvo siempre pendiente, observándole por el rabillo del ojo por si en su frente aparecía algún signo de dolor o incomodidad por el esfuerzo. Pero lo único que vio fue la ilusión de un niño que unía puñados de nieve a la bola cada vez más grande. 

Después, cuando la primera bola tuvo el tamaño suficiente, entre risas comenzaron a montar la segunda. Tal vez se emocionaron un poco, porque el resultado fue una pesada y compacta esfera blanca que había que colocar de alguna forma sobre la primera.

—Hey, ¿y si mientras intento apañármelas para montarlo, vas a buscar algo para decorarlo? —preguntó rodeando la bola con sus brazos para tratar de levantarla del suelo.

—¡Espera! —el zaunita se apresuró a recoger una rama que se veía recta y resistente, casi como una vara, y regresó junto a su construcción para clavarla en el centro de la bola inferior—. Así, si colocas la cabeza encima, será más resistente.

—Siempre tan práctico —sonrió dejándose guiar por las manos de Viktor, como si fuese una grúa y él el conductor. 

Una vez estuvo colocada la cabeza, ambos miraron el resultado orgullosos.

—Ha quedado genial, vamos a hacer el mejor muñeco, ya verás —comentó mirando de reojo la expresión maravillada del hombre más bajo. Ahora que le conocía, podía leer con claridad todos los matices en ese rostro que otros llamarían impasible.

—Por supuesto —respondió volviendo el rostro para dedicarle una pequeña pero sincera sonrisa. Entonces, se colocó la bufanda, y con ayuda de su bastón, caminó para recoger ramas y piedras con las que adornar su pequeña obra. En algunas ocasiones, Jayce se le adelantaba, agachándose para coger alguna piedra o rama. Se suponía que era casual, pero en realidad quería ahorrarle ese esfuerzo al cumpleañero.

Con esmero, colocaron dos ramas como brazos, dos piedras redondas y oscuras como ojos, y con un palo curvado que encontraron, le hicieron una boca sonriente.

—Le falta algo —señaló Jayce bajando la cremallera de su chaqueta. Entonces, para sorpresa de Viktor, sacó una bolsa pequeña con una zanahoria.

—¿Qué? ¿Qué haces con eso en el abrigo? —una carcajada se formó en su pecho, abandonando sus labios con un sonido tan cálido que Jayce sintió cómo su corazón reaccionaba revoloteando contra sus costillas.

—Es la nariz. No suelo llevar zanahorias en los bolsillos, ¿sabes? Era una sorpresa —meneó la cabeza divertido, pasándole la hortaliza naranja—. Yo he hecho el enorme esfuerzo de cargar con ella hasta aquí, lo justo es que la coloques tú.

—Lo tenías todo planeado, ¿verdad?

—Sí, pero te me adelantaste con la propuesta —le sonrió con afecto.

Viktor sonrió, agarrando el tubérculo y clavándolo con cuidado en el centro de la cara del muñeco.

—¿Así? —preguntó volviendo la cabeza, en búsqueda de aprobación.

El otro asintió con la cabeza.

—Hmmmm —con un gesto pensativo a la vez que cómico, el hombre moreno se acercó a su recién acabada creación—. Falta la firma. Toma.

Tomando la mano extendida del zaunita, apoyó en la palma de su guante un palito que había doblado para que formase una V. También había cogido otra ramita que formaba una especie de J.

—No queremos que otros nos roben el reconocimiento por crear tal obra maestra —sonrió incrustando su inicial en la parte de atrás. Viktor hizo lo mismo, poniendo su letra junto a la de él. Ver ambas iniciales colocadas cerca se sintió íntimo, como si sus dos nombres juntos significaran algo profundo.

—Pues ya está… —exhaló satisfecho reclinándose en su bastón, notando cómo su compañero apoyaba una mano en su hombro, admirando lo que habían construido juntos. 

Pero entonces, Jayce corrió hacia el muñeco. Con una sonrisa maliciosa, colocó dos piedrecitas más pequeñas, una cerca del ojo derecho, y otra sobre la boca. Después, rodeó el hombre de nieve para ponerse detrás, y agarró los palos, como si estuviera gesticulando con los brazos.

—Oh, ¿Dónde he dejado mi café con azúcar? O más bien mi azúcar con café —dijo tratando de sonar gruñón, pero no lograba contener la risa.

—¿Se supone que me estás imitando? Muy pobre interpretación he de decir —respondió fingiendo estar ofendido.

El deportista colocó los brazos de nuevo, siendo cuidadoso de no estropear el cuerpo del muñeco.

—Era una imitación perfecta, por un momento pensé que eras t-

Antes de que pudiera terminar, una bola de nieve lanzada con una intención en absoluto inocente o pacífica, chocó contra su pecho.

 —¡Eh! ¿Cómo te atreves? —exclamó divertido, agachándose para contraatacar. Pero Viktor se movía deprisa, utilizando su bastón para acercarse a un montículo de nieve en el que antes no habían reparado. Así podía fabricar su munición sin tener que agacharse tanto, de manera que no forzaba su pierna ni su espalda. Mientras se volvía para comprimir sus proyectiles, una bola se estampó contra su omóplato.

La guerra había comenzado.

Jayce fue a atacar de nuevo, pero se vio sorprendido por tres bolas lanzadas sin piedad. Dejó escapar una exclamación dramática antes de recoger más nieve, pero Viktor era una máquina de lanzar bolas de nieve. Sus brazos se movían tan deprisa que apenas podía seguirles el rastro. Los proyectiles volaban de un lado para otro, pero era claro que el artillero de Zaun llevaba la delantera.

—¡Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas! —exclamó rodando y compactando una bola de nieve en el suelo. Con un grito de guerra, cargó la gran bola en sus manos, y corrió hacia Viktor emitiendo un grito de guerra. Para cuando su rival se percató de lo que se le venía encima, ya era demasiado tarde.

Calculando la trayectoria, el atleta arrojó la bomba con cuidado, de manera que Viktor cayese en el montículo de nieve como si fuera un colchón, y así no se hiciera daño en ninguna zona sensible.

—¡Ahh! —exclamó divertido, sintiendo cómo era engullido por aquella montaña helada.

El moreno estalló en risas, acercándose hacia el otro.

—¿De qué vas? Tirando al suelo a un pobre e indefenso tullido —puso un puchero mientas se moría de la risa.

—Creo que “indefenso” no es la palabra más adecuada.

—¿Me ayudas a levantar? —preguntó extendiendo un brazo para que le echase una mano para salir del hoyo donde había caído. Talis lo tomó sin dudarlo, pensando que ese destello en sus ojos era por lo bien que se lo había pasado, y no porque tenía intenciones ocultas.

Grave error.

En lugar de colaborar, el genio utilizó el peso de Jayce en su contra. De esta forma logró desequilibrarle gracias al factor sorpresa, haciendo que cayese a su lado. Como un felino, el zaunita se abalanzó sobre él para luchar.

—¡Lo que decía! ¡Lo que decía! —exclamó agitando los brazos tumbado sobre su espalda como un escarabajo— ¡En absoluto indefenso!

Sus risotadas llenaron el aire mientras forcejeaban hundidos en el montículo, lanzándose la nieve que lograban alcanzar, tratando de frenar las manos del otro, o perdiendo toda coordinación porque reían como niños.

Agotados, los jadeos pronto reemplazaron a las risas. Viktor tosió sofocado mientras el otro tomaba una bocanada de aire para recuperar el aliento.

Y entonces, se dieron cuenta.

El zaunita estaba tumbado sobre él, su pecho presionando contra el del otro. La mano de Jayce sujetaba firme su espalda, y sus rostros sonrojados —tal vez por algo más que el esfuerzo— estaban demasiado cerca. Por un instante, nadie dijo nada, simplemente permanecieron congelados. Sus respiraciones compartían el mismo aire, formando pequeñas nubes de condensación por la baja temperatura.

—Creo que he perdido mi bastón —murmuró tras unos segundos, queriendo romper el silencio. Ninguno se movió.

—No, qué va. Me lo estoy clavando en la espalda —respondió Jayce, sacando el objeto de debajo suyo con la mano que tenía libre—. No te he hecho daño… ¿verdad? Sé sincero, por favor.

—No, te prometo que no… —le sonrió tímidamente, apoyando una mano en el pecho de Jayce para equilibrarse y crear una ligera distancia entre sus rostros, pero sin alejar su cuerpo. Estaban tan cerca, que podría simplemente inclinarse y…

El zaunita tenía el cabello lleno de nieve. Habían estado tan inmersos en la construcción del muñeco de nieve y la batalla, que no se percataron hasta ese momento que había empezado a nevar, por lo que los copos del cielo se unían a los que estaban ya atrapados en esos mechones rebeldes que adornaban su rostro. Se veía cansado por la pelea, pero en su expresión había algo que nunca antes había visto, como un sentimiento de paz acompañado de profunda alegría.

—Eres muy cuidadoso. Gracias Jayce. 

—De nada-um… se me está derritiendo la nieve en los pantalones, deberíamos- deberíamos levantarnos e ir a casa antes de que empeore el clima —murmuró haciendo su mejor esfuerzo en mantener su mirada fija en los ojos del hombre sobre él en lugar de dejarla divagar, aunque en un momento de debilidad donde justo Viktor había apartado la mirada, dejó que sus ojos se fijaran por un instante en uno de sus lunares. 

—Sí, sí… —respondió bajándose torpemente de él, como si su cuerpo no quisiera moverse.

Talis se levantó primero, ofreciéndole una mano a Viktor para ayudarle a ponerse en pie. El zaunita la tomó, y al incorporarse, se apoyó en él para recobrar el equilibro antes de recuperar el bastón que Jayce aguantaba pacientemente en su hombro. La sensación que sentía por dentro era… inexplicable. Necesitaba sofocar esa necesidad de hundirse en sus brazos cuanto antes.

—Vamos a casa antes de que te resfríes —sonrió haciendo un gesto con la cabeza, apuntando en la dirección en la que tenían que ir. La ropa de ambos estaba empapada y llena de nieve, se veían como si acabasen de sobrevivir a un alud. 

El más alto respondió acercándose a su lado y colocando su mano amplia en la espalda del zaunita, proveyéndole de ese apoyo silencioso y cálido que era ya más una costumbre que un gesto premeditado.

—Vamos.

Notes:

Espero que te haya gustado el capítulo!!! He disfrutado muchísimo escribiéndolo 💓
Llevaba un año sin escribir nada, y es que una vez que empiezo no puedo paraaaaar!! Así que estoy súper feliz de sentirme con tanta inspiración, escribir es mi pasión y es una oportunidad perfecta para transmitir mi amor por Arcane y sus personajes. La verdad, estos dos tienen una relación súper bonita

Quiero hacer una mención a dos cuentas de instagram que me han servido de inspiración en este capítulo. La primera es @oidingus.main con el post que subió el 29 de diciembre de 2025. El dibujo transmitía muchísimos sentimientos, y me ayudó a dar forma a la tarta de cumpleaños de Viktor y a su reacción. Por otro lado, @wereville subió el 25 de diciembre un cómic en el que Viktor y Jayce hacían una guerra de bolas de nieve, y aunque mi desarrollo es diferente, me pareció una idea muy tierna y graciosa en la que se puede explorar su forma de relacionarse con el otro

 

Qué te ha parecido?? Házmelo saber en los comentarios!
Gracias por leerme 💗

Chapter 9: 29 de Diciembre, noche

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

El vapor de la ducha comenzó a saturar la atmósfera del baño con calor y humedad ahora que el agua estaba caliente. Después de la batalla en la nieve, Viktor se había quedado algo destemplado, por lo que pensó que nada le vendría mejor que una ducha larga para entrar en calor. 

Dejó el bastón contra el lavabo y comenzó a desvestirse apoyando la cadera contra ese mismo mueble para no forzar su pierna. En ese instante, recordó otro de los muchos detalles que la familia Talis había tenido con él. Su mirada viajó hasta la ducha, deteniéndose en un taburete blanco que había aparecido allí en algún momento durante las vacaciones. Descansaba sobre la porcelana, esperándole, como si siempre hubiera estado allí, siendo parte del inmobiliario.

Pero él sabía que era nuevo, porque el primer día que había tratado de ducharse, lo tuvo que hacer de pie, apoyando la espalda contra la pared fría para mantener el equilibrio. Sin duda, le había resultado bastante incómodo. 

El primer día que vio ese asiento, su corazón dio un vuelco. Se sintió visto… Nadie había hecho grandes anuncios, ni le habían dicho “Viktor, hemos puesto esto en el baño porque lo necesitas”, simplemente lo habían comprado y colocado ahí por si lo quería usar. Habían tratado el asunto como lo más normal del mundo, y con ese simple detalle no solo evitaron hacerlo sentir como un inválido que molestaba, sino que iba más allá. Ese simple gesto le hizo sentir profundamente aceptado, considerado y querido. 

Una vez estuvo desvestido completamente, tomó asiento de manera que el chorro de agua caliente le daba directamente en la espalda, aliviando el cansancio acumulado del día. Había tenido cuidado, pero sí que había forzado algo la espalda y la pierna, por lo que con el contacto del chorro, el alivio pronto inundó su cuerpo, haciendo que un suspiro suave escapase de sus labios. Sus ojos se cerraron por un instante mientras sentía cómo sus músculos rígidos se relajaban aunque fuese un poco. Dejó que su cabeza cayese hacia adelante, entre sus hombros hundidos.

Sus jabones se habían acabado, y antes de coger otro sin permiso, le había preguntado a Jayce si podía usar alguno del baño. Por supuesto él no se había negado, y Viktor no le dio más vueltas al asunto hasta que apretó un poco el bote y el perfume de Jayce inundó el aire. Por si el olor de Jayce —que en absoluto le parecía desagradable— no se le hubiese pegado ya suficiente por pasar tanto tiempo con él y dormir a su lado, ahora iba a literalmente usar sus jabones perfumados. Por supuesto no iba a tener ese toque específico que se desarrollaba únicamente en el cuerpo del otro, pero se iba a mimetizar con su aroma, como si fuera parte de él. 

Procuró no pensar demasiado en ello, pero su mente ya estaba imaginando a Jayce a su lado como ese agua cálida que aliviaba su espalda cansada, o recordando la calidez de su aliento cuando se acercaba a hablarle con voz suave.

La duda de qué haría para conciliar el sueño sin el calor de Jayce a su lado una vez regresasen al campus, era una constante en el fondo de su mente, pero como no quería estropear esa última parte del día tan increíble que había tenido, cerró los ojos y se envolvió con sus propios brazos de manera reconfortante, como si fuera Jayce quien le sostenía. Ya lidiaría con eso cuando volviesen.

Momentos después se encogió de hombros resignado, y masajeó su cuero cabelludo con el aroma de Jayce, sintiendo cómo se relajaba aún más profundamente. Después, se limpió con la esponja también bañada en su fragancia, y una vez estuvo completamente aclarado, se levantó con cuidado y se envolvió en una gran toalla que le habían prestado, y regresó a la ducha para sentarse en el taburete un momento, pero ya con el grifo apagado. Lo cierto era que se sentía cansado tanto física como emocionalmente. Había sido un día intenso en todos los sentidos, y la pesadez que sentía bajo sus ojos indicaba que apenas aguantaría despierto mucho más tiempo. 

Al menos ahora sentía sus manos y pies calientes.

Minutos más tarde, recogió el baño a pesar de la pesadez de su cuerpo, y se deslizó perezosamente dentro de su ropa de dormir. Agarrando su bastón, arrastró los pies en dirección a la habitación compartida, luchando por mantener sus ojos abiertos. Era inevitable sentir a Jayce por todas partes: en el olor que emanaba de su cabello, el calor que se había asentado en sus extremidades, o el aroma que percibía en su piel. Procuró restarle importancia a ese enorme impulso que sentía de hundirse entre los brazos de Jayce en cuanto su cuerpo tocase las sábanas.

—Alguien se ve cansado —le recibió con una sonrisa, abriendo las mantas con una mano. La reacción inmediata de Jayce siempre era la misma. Al verle, como si estuviese programado, sonreía sin importar el clima, el cansancio o las horas de trabajo que llevasen. Siempre había energía para dedicarle una cálida sonrisa.

—Qué va —rió dejándose caer en el borde de la cama, gateando hacia la abertura.

—Para nada, solo se te cierran los ojos —respondió arropándole una estuvo tumbado a su lado—. Oye, tienes el pelo algo húmedo, no sé si será buena idea que te vayas a dormir así con el frío que hace, sobre todo después del día con la nieve.

El zaunita iba a replicar que no pasaba nada, pero antes de que pudiera decir algo, Jayce ya estaba atravesando la puerta en dirección al pasillo.

Segundos después, había regresado y se disponía a enchufar el secador, sentándose detrás de Viktor.

—Puedo-

—Ya sé que puedes solo, y no lo dudo. Pero déjame ayudarte, quiero hacerlo yo, siempre y cuando te parezca bien —interrumpió Jayce, conociendo de sobra lo cabezota que era, sobre todo cuando se trataba de mostrar que era independiente—. Estás cansado y quiero ahorrarte el esfuerzo.

—Mhm —murmuró por lo bajo. En algunas ocasiones, Viktor podía ponerse algo gruñón cuando estaba cansado, pero era claro que se había rendido.

—Me lo tomaré como un sí —sonrió separando su cabello con cuidado y encendiendo el secador. El sonido de la máquina llenó el ambiente, haciendo que fuese imposible hablar sin alzar la voz, y dado el cansancio del día, a ninguno le apetecía tal esfuerzo. Viktor cerró los ojos sintiendo cómo los dedos de Jayce se deslizaban por entre sus mechones de pelo, procurando que no se enredase mientras lo secaba. Sus movimientos eran calculados y cuidadosos, procurando no quemarle o tirarle del pelo. La suavidad con la que le trataba hizo que el zaunita se relajase, permitiendo que sus ojos se cerrasen mientras terminaba de secarle. El cansancio le vencía por momentos, incluso en alguna ocasión pareció dar un pequeño cabeceo.

—Gracias Vik… —susurró en su oido, dando las últimas ráfagas de aire caliente como repaso final.

—¿Mmmm...? —murmuró el otro a modo de pregunta, sintiendo cómo Jayce le desenredaba el pelo con cuidado de no darle ningún tirón, alternando entre sus manos sorprendentemente cuidadosas y el cepillo.

—Por dejarte ayudar —respondió acomodándole el cabello con ternura. Una vez terminó, le soltó suavemente y se apresuró en guardar el secador en su sitio. 

Para cuando regresó a la habitación compartida, Viktor ya se había metido en el centro la cama y se había encogido como un gatito somnoliento.

El zaunita abrió los ojos pesadamente al sentir el colchón hundirse a su lado.

—Soy yo, no te preo… —Jayce se quedó en mitad de la frase cuando notó cómo el otro agarraba el borde de las sábanas, gastando sus últimas energías en asegurarse de que su compañero estuviera bien tapado—. Oh, gracias…

Podría en un instante decirle todo a Jayce: cómo se sentía, que no tenía palabras para agradecerle por todo lo que hacía, que siempre le había admirado y amado aunque no fuera correspondido. Era tan fácil como decir «Lo he mantenido oculto todo este tiempo, y nunca has sentido nada raro. Nada tiene que cambiar entre nosotros ahora que lo sabes, solo quería decírtelo», pero en su lugar, despumes de haberle tapado, se acurrucó a su lado apoyando su frente contra el costado de su compañero, doblando sus muñecas contra su pecho. Aquel fue un acto de vulnerabilidad que en otras circunstancias no se habría permitido hacer. Pero ahora solo era Viktor, agotado y enamorado, buscando algo de calor y confort en la noche tras un día que había sido demasiado intenso, en el buen sentido.

—Jayce, gracias por hoy… por todo… Me he sentido… Ha sido increíble, me he sentido muy especial —murmuró exhausto.

—Eso es porque lo eres, Vik. Mucho… —respondió envolviéndole con el brazo, atrayéndole hacia sí sin siquiera pensarlo, como si fuese lo que debía hacer—. Ven aquí… —. Pudo notar cómo el hombre a su lado se relajaba de cintura para arriba en cuanto extendió su amplia mano sobre la espalda huesuda del otro. Una de las manos de Viktor se acomodó cerca de donde descansaba su rostro sobre el pecho de Jayce.

—¿Te duele la pierna? —preguntó, notando el ligero frunce en el ceño del zaunita, y la tensión en su extremidad más vulnerable. 

La respuesta fue un leve asentimiento apenas notable por parte del otro.

—Vale… ¿qué tal así? —Con cuidado, tomó su pierna y la recostó sobre las suyas, como ya había hecho anteriormente. Sabía que en su apartamento, Viktor solía poner un almohadón entre sus piernas para cuidar tanto de la cadera como de su espalda, y aliviar de este modo la tensión acumulada durante el día. Era comprensible que el frío y el esfuerzo le hubieran causado dolor, y Jayce estaba dispuesto a hacer todo lo posible por mitigarlo.

Esta vez Viktor no tuvo una reacción aparente, aunque esa arruga en su frente ya no estaba, ni la tensión en sus músculos. Además, su mano se había movido ligeramente, agarrándose a la camiseta de Jayce como lo había hecho durante la primera noche.

—Vale, voy a- apagar la luz —susurró, esforzándose en no moverse demasiado para no despertar al zaunita, que parecía ya profundamente dormido. Después, se acurrucó lentamente, permitiendo que su otra mano se agarrase al hombro del otro, envolviendo la articulación por completo. Ambos se habían quedado algo fríos tras su batalla en la nieve y la sensación del calor compartido era extrañamente reconfortante.

En unos pocos días aquella farsa acabaría. Después de haber disfrutado de ese pequeño oasis, probablemente fingirían que nada de eso había tenido significado alguno. Y Jayce ahora solo podía pensar en eso, en cómo haría para conciliar el sueño a partir de cuando regresasen a la normalidad. Al pensar en esa palabra, se le hizo un nudo en el estómago. Esta era la normalidad que quería. El resto se sentía vacío e insignificante sin él.

Dejó escapar un suspiro resignado. Al menos podía disfrutar de su cercanía una noche más. Y no una noche cualquiera, la de su cumpleaños. Dejó que su mano —la que no sujetaba la espalda de Viktor— descansase ahora sobre la de su compañero, apretándola entre sus dedos solo lo suficiente para sentir que la sujetaba. Su temperatura era ligeramente inferior a la de Jayce, pero no por eso resultaba desagradable. Al contrario, el pensamiento de darle confort y hacer que se sintiese a salvo, hizo que su corazón martillase contra su pecho de manera ridícula. En ese instante agradeció que el genio estuviese dormido, porque era imposible no darse cuenta de lo rápido que iba su pulso.

Permitió dejar que su mente divagase a sus anchas, pensando que tal vez así lograría conciliar el sueño, pero el efecto fue el contrario. Imágenes desordenadas aparecían ante sus ojos: su sonrisa, la batalla de nieve, la emoción en sus ojos con la tarta…, lo que solo empeoró las cosas.

Su mirada se posó en los párpados cerrados de Viktor apenas visibles en la oscuridad, pero aún así, pudo vislumbrar su expresión compuesta y tranquila ¿Cómo podía dormir de forma tan elegante? Jayce estaba seguro de que él parecía un buzón abierto cuando dormía y que la comparación entre ambos sería cómica. 

La tensión había abandonado el cuerpo del zaunita por completo, quién ahora se encontraba rendido tanto al abrazo del sueño como al de Jayce. Se le veía tan relajado… Solo quería protegerle, asegurarse de que jamás se sintiera solo otra vez. Nunca le dejaría olvidar lo maravilloso que era, ni por un instante.

 

Talis cerró los ojos, enterrando su nariz en el cabello de Viktor, inspirando su aroma único… ¿mezclado con el suyo? Oh, era cierto, se había aseado con sus jabones. Una sensación inexplicable se extendió por su pecho al notar la combinación de olores.

 

Si su pobre corazón desbocado lograba sobrevivir la noche, tenía que decírselo. Aunque fuese una tontería, aunque no fuese correspondido. Confiaba en él, y fuera cual fuese su respuesta, sabía que le respetaría y que jamás se lo tomaría a risa.

Notes:

Gracias una vez más por leerme!

Nos estamos acercando al final de la historia!! 💗
Estoy trabajando en los dos capítulos siguientes al mismo tiempo, no sé si los dejaré separados o los juntaré en el mismo, eso se irá viendo. Pero bueno, aprovecho para avisar de que publicar el siguiente me tomará un poco más de tiempo, 1 semana tal vez

Gracias por haber llegado hasta aquí y dejado tu apoyo en cada capítulo. Qué te ha parecido este? Te leo en los comentarios 💬💕
(Están tan enamorados 😭💗)

Notes:

En el caso de que el español no sea un idioma con el que estés familiarizado, he hecho una traducción al inglés para que pueda alcanzar a más personas. Como el inglés no es mi idioma nativo y tampoco soy una experta, he utilizado traductores como Deepl, y he revisado el texto una vez traducido para comprobar que no hubiera incongruencias

Muchas gracias por leerme. Adoro este ship, creo que en la serie ambos tienen una relación muy profunda y bonita, y era algo que también quería expresar con este fic.