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Era una mofa, un ultraje. ¡Santander les estaba haciendo la vida imposible cómo si ese fuera su único fin!. Aquel monigote al que llamaban " Hombre de Leyes" hace años que había cambiado la espada por la pluma, cumpliendo su papel como vicepresidente desde Bogotá, pero olvidando no sólo cómo era la escarnecida vida de un soldado, sino la misión establecida que hace años habían jurado al desembarcar en Angostura como si fuera la santa cruzada del siglo XIX.
¿Y es que no lo era?, ¿La libertad no era tan importante como Dios mismo?
Ahora no sólo se jugaba la independencia de la Gran Colombia, sino la de la condenada América en su entereza, pero parecía que la corta visión de Santander no le permitía entender ni a él o a la mayoría de esas botijas con traje que calentaban los asientos en el congreso, que si Perú no era arrebatado de las manos de los godos, el día de mañana, tal vez en un año o en diez, España volvería y arrasaría con ellos como lo hizo en 1814.
Tal vez ahí estaba el problema... Sí, eso era... ¿Qué conoció Santander del exilio?, ¿Del hambre que sufrieron en Cartagena?, ¿O de aquel dolor de ver desaparecer tu patria y vivir oculto como una rata en un extraño país?, ¿De la pena de perder familia?... Incluso don Simón, quien había padecido la viudez, la perdida de su fortuna y horribles intentos de asesinato. Tantos sacrificios habían hecho por la causa y ahora querían escupirles en la cara.
¡Malditos sean!
Ya hubiera querido hacer Antonio lo que hizo Córdova y largarse a maldecir a otra parte, pero es que la rabia no permitía que moviera un sólo músculo. Su mandíbula estaba tan apretada que sus dientes bien podrían romperse en pedazos. ¡Ah, como quisiera ir a la capital él mismo y sacudir a Santander por los hombros!, pero el Libertador no se lo permitiría.
Ir a ese nido de serpientes sería exponerse a ser mordido y atrapado por su veneno. Aunque... sería una buena ocasión para ponerlas en su sitio, porque falta no hacía saber que planeaban. Ese circo de autorizar la liberación del Perú en septiembre era más falso que el armisticio que hicieron con Morillo, querían verlos fracasar y aunque en su corazón, Antonio quería hacer caso a Bolívar y seguirlo hasta el fin del mundo, su razón le gritaba que se diera cuenta que tal tarea por ahora era imposible.
No tenían dinero ni hombres para pelear, Perú les daba "todas las facultades", pero no tenían ni un mísero real de plata. ¿Cómo demonios querían ser libres si ni ellos mismos contribuían?. Era el colmo... nada le había gustado a Sucre de ese lugar. Ni el clima frío que lo hacía sufrir por las noches ni los politiquillos de cuarta con los que habían tratado, tan doble cara y aprovechados.
Era como en Pasto, pero nadie quería repetir esa navidad negra... Nadie. Aquella masacre aún lo perseguía, a pesar de ser él mismo quién permitió los saqueos y luego siguió las órdenes de Bolívar para eliminar todo apoyo realista en la población civil.
Cuántas cosas no había hecho por ese hombre y seguiría haciendo por él si se lo pidiera, por él... su general, su Libertador... un brillante ser al que había idolatrado desde sus primeros días en la lucha por todos los elementos que lo hicieron digno a sus ojos: osado, apasionado, inteligente, audaz, visionario, decidido, fuerte y con una voluntad de hierro, era un ávido conversador que desbordaba carisma, amante de la libertad, y aunque muchos lo dudaran, tenía un corazón enorme que se había tratado con las amarguras del tiempo, pero que se negaba a ser consumido por sus legendarias cóleras.
Defectos de él todos decían que eran su autoritarismo y su orgullo tan enorme que rivalizaba con el de las páginas de Homero para su Aquiles. Antonio mismo había sufrido de ambos en los numerosos años a su lado y tal vez, el propio Simón también soportó sus reclamos cuando eran necesarios, pero aún así, no podía negar el inmenso cariño y apego que sentía por él.
Bendito hombre era el Libertador, ¿Qué no daría Sucre por él?. Sería capaz de todo... Si ahora le llamaba su mejor general, se volvería su mejor amor si le diera esa oportunidad, pero eso, creía Sucre, era pedir demasiado. Incluso para él.
Miró a Manuela Sáenz que seguía insistiendo a un Simón enfurecido que debía escribirle al congreso y protestar por aquella afrenta de sólo enviar 500 hombres al combate frente a la petición que Simón les había hecho para llevar 12,000. Simón poco le hacía caso en ese momento, pues él estaba decidido a tomar el viejo camino.
—Hay que salir, convencer a los hombres— la cabeza del caraqueño giraba con entereza y Antonio podía ver rápidamente como se encendía una areng espléndida en su lengua, lista para recordarle sus usos en Venezuela, Nueva Granada y Quito al organizar un ejército de la nada.
Pero ya no era 1817, ya no eran ellos los perseguidos, sino los españoles.
Era 1823, Quito era libre y la Gran Colombia existía, pero esos infames canales del congreso, les negaban un apoyo que beneficiaría a todos. ¿Por qué deberían volver a arriesgar sus vidas por quiénes no los valoraban?. Bolívar era el presidente, pero no tenía más autoridad que sobre los hombres que mandaba al estar tan lejos... Él no merecía eso.
Si había algo que él cumanés sintiera como un insulto propio eran los agravios traicioneros al Libertador, pues en esos días sólo agravaban su maltrecha salud. ¡Por la Virgen, que sustos les había estado dando últimamente!. La idea de que podría morir de una enfermedad era hasta un pensamiento cruel, América no podía darse cuenta del lujo de perder a su defensor, y por encima de todo, Antonio se negaba a perderlo.
—Con todo respeto, general, ¿Se le olvidó cuántos son ellos?— le cuestionó Sucre con las manos en la cintura.
—Yo no he olvidado ¡Nada!, ¡Yo nunca olvido nada! —grito enfurecido el Libertador en un arrebato que lo dejó con la respiración silbante, aquel vociferio hizo estremecer a los tres presentes y por un segundo, cuando la inhalación se volvió más sonora como pausada, Antonio se arrepintió de haber hablado, pues lo último que deseaba era ser causante de sus malestares—. Yo no me morí esperando esos soldados, no pienso quedarme quieto. Ellos quieren que empezar de cero... De cero voy a empezar.
Era una locura, aunque tan propia de él que a Sucre no le extrañaba, sin embargo... Dudaba que esta vez pudiera lograrlo, tenía una palidez espantosa y una tos constante. Su espíritu seguía siendo un tifón, pero Antonio no era ciego y podía ver que el cuerpo le fallaba. Había cruzado el Páramo de Pisba y si lo retaban, seguramente haría lo mismo con la cordillera de los Andes hasta llegar a Lima, sin embargo sería arriesgado... Y Antonio se rehusaba a ponerlo en un peligro inminente, lo primordial era su salud, sólo con Simón repuesto podría ir a Cuba y hasta Puerto Rico si así lo quería, enviando a esos desgraciados godos de vuelta a su viejo continente.
—Pues conmigo no cuente para eso, general—decidió con firmeza, fue un milagro que su voz no temblara. Una vez que salió, recibió las miradas acusadoras, por lo que intentó defender su postura—. Es imposible vencer a ese ejército con unos soldados recién formados que no saben de estrategias y mucho menos han librado una batalla. ¡No saben nada!
—No es imposible y usted lo sabe— replicó el Libertador con una paciencia decidida—. Acá estamos los hombres que hemos librado más batallas en el mundo esos ojos negros de águila se clavaron en él y Antonio sintió que le arrebataron el aliento como si fuera una presa entre sus garras—. De estrategia, sabemos usted y yo. Sólo hay que conseguir a los hombres y transmitirles eso.
—No, general, se necesita mucho más que eso– recordó con un lamento interior hasta que sus labios se fruncieron con mezquindad al ser tan consciente de que sus palabras podían dejar tan mala impresión, pero esperaba que Simón entendiera que no se negaba a él, sino que su renuencia era hacía ese organismo corrupto que les ponía piedras en el camino. ¡Era una protesta sin más! E incluso, una protesta por él.
—Yo no pienso estar en un ejército dónde no valoran lo que hacemos.
Pensó que sería su última declaración por el día, sin embargo, se encontró siendo seguido de inmediato por Simón de los jardines internos de la hacienda al pasillo de la enorme casa.
Su voz estruendosa lo detuvo como si fueran cadenas:
—Asumo que si me da la espalda con su apoyo militar, me la está dando también con su amistad.
Sucre se quedó helado y con un terrible dolor en el pecho, pues aquellas palabras fueron dichas con tanto recelo, que parecían un golpe real. Ni su padre o cualquier otro superior habían tenido un efecto así en él.
—No tiene nada que ver— protestó Antonio de inmediato, pero el rostro impasible y ceñudo de Simón no cambió.
—Claro que tiene que ver—sostuvo—, ¿O se le olvida que yo lo he tratado como un hijo?
Así como habían críticos para el Libertador, existían para Sucre y no faltaba quién tachara su sensibilidad como un defecto. Furia atronadora o facilidad lagrimosa cuando el dicho era el correcto... y más sumado su orador, no fue sorpresa que tras tragar saliva, sus ojos se pusieran brillosos.
Hijo le llamaba... ¿Es así que lo veía?, ¿A eso estaba condenado? Ser el casi hijo del Libertado sin nada más. Era un término devastador para su enamoramiento, casi como el clavo que necesitaba para ser enterrado junto a todas sus esperanzas juveniles.
Cierto era que había una brecha de edad entre ellos, pero con las mujeres jamás había sido un problema. No eran los doce años de diferencia que los hacían ver a simples ojos con una relación filial, no, su detalle más grande era que él no era una dama.
—Yo he estado a la altura— Sucre dijo en un intento de orgullo, pero su voz sonó más como un recordatorio desesperado—. Yo solo le he correspondido bien.
—Claro que ha estado a la altura— Simón ganó con las manos detrás de su espalda—, por eso en estos días difíciles pensó que usted es el único capaz de sucederme.
Aquella declaración lo desconcertó, ¿Qué decía el Libertador?, ¿A caso deliraba? No, ¿Cómo podría ser capaz de sucederlo? Carecía de las capacidades necesarias, él solo era un militar de pura sepa sin la formación de un estadista que requería aquel cargo. Don Simón le pidió lo que era imposible: Llenar sus zapatos. Podía amarlo incondicionalmente e incluso tratar de hacerlo en silencio, pero jamás sería él.
—La pregunta es: ¿Va a seguir estando a la altura o no?— cuestionó con dureza antes de marcharse sin permitir que Antonio le respondiera, presa del pánico y con los labios temblorosos, el general Sucre se marchó directamente a su habitación antes de que se le ocurriera ir corriendo tras el Libertador como un niño desamparado y aceptar su deseo.
A falta de una respuesta inmediata, el Libertador meditó que esta vez, habría que ser más insistente. Seguramente si le daba espacio, el cumanés vendría a él sin falta en unos días, pero era precisamente eso lo que no tenía: Tiempo . Y empezar la campaña sin su campo general, tampoco era una opción.
Lo necesitaba tanto como creía que Antonio a él.
Al caer la noche, el silencio en la casa de Trujillo era opresivo, roto solo por el eco distante del mar y de vez en cuando por la tos intermitente que provenía desde la habitación del Libertador en la planta de arriba. Manuela aseguraba que se encontraba mejor, pero Antonio no estaba seguro. En su opinión, debería mandar a traer de nuevo al doctor, pero con los residuos de su cólera, seguramente lo echaría apenas atraviese la puerta.
Recostado en su cama desde hace horas, Sucre miraba fijamente en el techo de madera, incapaz de conciliar el sueño. Las palabras de Bolívar lo habían herido como una daga, en su cabeza seguían resonando en él: "como un hijo". ¿Era eso todo?, la relación que los unía desde años se redujo a... ¿Una tutela militar?, ¿Sólo un lazo de sangre ficticia que ahogaba su deseo real?
Un golpe suave en la puerta lo sacó de su tormento. Se incorporó con un suspiro al tallarse el rostro, sin embargo, un nuevo toque, pero más insistentemente hizo que frunciera el ceño.
—¿Quién?
—Soy yo, Antonio—la voz de Simón, ronca pero firme era inconfundible—. Abra, que no puedo dejar esto así.
Sucre se levantó, ajustando su camisa desabotonada, y abrió. Bolívar estaba allí, en mangas de camisa aunque envuelto en una pesada manta sobre los hombros, su rostro ceniciento era iluminado por las velas que se repartían entre el pasillo y las pocas que aún estaban encendidas dentro de su habitación.
Sin recibir invitación el Libertador entró, cerrando la puerta con un clic que sonó definitivo. Caminó por la habitación con las manos detrás de su espalda bajo un gesto severo mientras Sucre se quedaba de pie a un lado de la puerta. Por la falta de palabra, el más joven intuía que esa conversación no sería un paso a la paz. Su general venía a exigir una respuesta, una que podría truncar cualquier futuro a su lado si no escuchaba lo que quería.
—Seamos claros— dijo al detenerse cerca de la lámpara de aceite que estaba sobre la mesa cercana a su cama, permitiendo que la luz amarillenta acentuara las sombras bajo sus ojos, el agotamiento que la voluntad de hierro no podía ocultar del todo.
—Siempre, mi general.
—Bien, porque esta vez no tengo tiempo para espacios, Antonio —dijo Bolívar, su voz cargada de frustración por cada político indeciso y ambicioso con el que había tenido la desdicha de tratar—. Usted sabe que la campaña no espera, los dioses están en la sierra y se movilizarán en cuanto el clima sea más benévolo. Eso no es algo que yo tenga que explicarle como si fuera un niño, porque entiende además lo que está en juego, carajo. Y yo... yo no puedo empezar sin usted— su voz flaqueo por un segundo en la última frase, provocando que los ojos del cumanés se suavizaran.
Bolívar se acercó, hasta que el espacio entre ellos era mínimo y Antonio terminó por sentirse acorralado.
—Va a seguir negándose?, ¿Después de todo lo que nos ha tocado compartir en batallas y exilios?, ¿Aún con los planos que le he contado que he contemplado para usted?— cuestionó con dureza y una sonrisa sardónica se coló entre sus dientes—. En buen momento ha decidido abandonarme.
Los ojos de Antonio se abrieron y su voz se llenó de indignación—¡Yo jamás haría eso!, ¡Jamás, don Simón! Sí hay algo real en esta década de guerra a lo que me he jurado es que me debo a usted en la misma medida que a la patria.
O tal vez a más , pensó Sucre.
—Pues la patria lo llama, pero parece que usted no escucha—la mirada de Bolívar se agudizó—, ¿Se ha quedado sordo, ciego o tal vez mudo en estos días?
Sucre sintió la frialdad de la pared acariciándole la espalda y el calor abrasador de Bolívar a un palmo. La mandíbula le temblaba violentamente; el corazón le golpeaba las costillas como un tambor de guerra ante su proximidad. Las palabras no dichas que podrían curar todos sus malentendidos se arremolinaban en su pecho hasta quemarlo cuando intentaba contenerlas con más brío.
—Sepa con entereza que no me niego a usted, si mi furia tiene nombre es para Santander y su camarilla.
—Entonces, ¿Qué demonios le pasa?—cuestionó con exigencia—. Si no viene conmigo les dará la razón.
—Esta locura de formar un ejército de la nada... con un país dividido que claramente no quiere librarse de las cadenas de sus opresores.
—¡Tonterías, eso es absurdo! Unos cuántos no representan al resto del pueblo del Perú—tronó Bolívar al respirar agitadamente, sus ojos eran dos centellas que por un momento hicieron que Sucre se tragara sus palabras—. Aunque volviendo a usted, ¡Dígamelo, Antonio!. Quiero saber porque se niega a acompañarme, y exijo la verdad si ya mis deseos le parecen poco. ¡Se lo ordeno como su general... y se lo suplico como el único hombre en quien confió plenamente!
Esa última palabra — suplico — fue la grieta que rompió todo.
Sucre perdió el control, se sintió incapaz de contener el ardor que había estado quemando su cuerpo por años. Las palabras salieron como un alarido:
—¡Pues es porque lo amo, maldita sea!, ¡No como soldado, no como hijo... yo lo adoro como es incapaz de imaginarlo, al punto de querer morirme si usted se muere!—mordió sus labios intentando frenarse, pero fue imposible, porque un par de lágrimas se derramaron por sus mejillas. Las limpió de inmediato al sentir esa lacerante humedad y aunque quisiera mirarlo a la cara en medio del florecimiento de sus sentires, era incapaz de verlos a los ojos y encontrar su rechazo—Lo amo como un hombre no debería amar a otro a menos que quiera condenarse al infierno.
—Antonio...
—No—lo detuvo al elevar su mano—, no lo diga, porque usted insiste en que lo acompañe sin tener en cuenta que a mí me destrozaría verlo tirarse a los Andes como si su vida valiera nada... cuando yo daría hasta el alma por conservarlo.
El silencio posterior fue ensordecedor. Solo se oía la respiración agitada de ambos y el rumor lejano del mar.
Bolívar no retrocedió ni un centímetro. Sus ojos se abrieron un instante por el impacto, pero enseguida se llenaron de una comprensión feroz. Todo encajaba: las largas miradas, los rechazos simples, pero que lo herían demasiado, la devoción que él le profesaba sin dudar y sus defensas enrabiadas contra sus opositores, siempre había sido una cuestión más que militar. En lo profundo de su ser lo sospechaba, pero oírlo así, desnudo y brutal, logró golpearlo como si una carga de caballería hubiera pasado encima de él.
Dio el último paso, aplastando a Sucre contra la pared con su propio cuerpo. Levantó la mano y la posó en la mejilla temblorosa de Antonio, no con brusquedad, sino con una ternura repentina que contrastaba con la furia de segundos antes.
—Ay, Antonio... —susurró, la voz ronca, casi rota—. ¿Por esto se ha estado torturando?, ¿Por esto me niega la campaña?
El cumanés intentó negar, intentó empujarlo, queriendo huir de su propia confesión. Las lágrimas rodaron sin permiso.
—No quise... olvide por Dios lo que le he dicho... esto nos destruiría...
—No —cortó Bolívar con una suavidad que era casi dolorosa, el pulgar borrando una lágrima con delicadeza—. No voy a olvidar, porque quiero entender. Nadie me ha dado nunca algo tan... puro. Tan absoluto.
Sucre lo miró desconcertado , ¿Decía que era puro aquel arrebato? . Una nueva crisis con múltiples preguntas comenzó a gestarse dentro de su cabeza, aunque la mayor de ella era... ¿Esto es real?.
—Míreme a los ojos, Antonio—ordenó en voz baja, pero ya no era orden militar; era algo más sombrío—. ¿Crees que yo no lo valoro? Con tantas desilusiones que me he dado en esta vida... En esta lucha, usted es una de las pocas que me queda como una esperanza ante el mundo adverso que busca sofocarnos, porque como yo, comparte la visión por un continente mejor al que encontramos sin importar el costo.
Sucre levantó la vista, temblando violentamente. Descubriendo un anhelo y deseo correspondido. Si acaso quería saber sí lo que vivía era real, ahí estaba su respuesta.
Bolívar lo besó entonces con hambre voraz: labios duros que aplastaban, dientes que rozaban el labio inferior hasta hacerlo sangrar levemente, lengua invasora que saqueaba sin pedir permiso. El sabor era tabaco amargo y salado por el sudor que la cercanía con la costa pegaba a sus cuerpos. Antonio jadeó dentro de la boca de Simón, un sonido roto, incrédulo, mientras sus manos subían por fin al torso abierto, sintiendo la piel caliente, las costillas y el corazón latiendo tan fuerte como el suyo.
Simón gruñó contra sus labios y lo empujó al lecho con ímpetu aunque sin soltarse. Ambos cayeron sobre las sábanas revueltas. Sus botas golpearon el suelo al ser arrancadas; los pantalones fueron bajados con una impaciencia palpable, apenas conteniéndose para no terminar rasgando las costuras. Cuando quedaron desnudos, el aire fresco de la noche andina rozó sus pieles febriles como un susurro de los dioses olvidados, pero el fuego que brotó de sus cuerpos unidos era un volcán en erupción, imposible de contener.
Bolívar hundió los dientes en el cuello de Sucre, atrapándolo con una mordida que era a la vez castigo y ofrenda, arrancándole un jadeo profundo que vibró en el silencio como un trueno lejano. Succionó la piel hasta teñirla de un rojo ardiente, palpitante, mientras su mano —curtida por el acero de las espadas y el cuero de las riendas— descendía por el vientre tenso como una cordillera hasta envolver la virilidad inflamada de Antonio en un abrazo feroz.
El roce era rudo, sin concesiones, desprovisto de la suavidad que guardaba para las formas femeninas. Un presionado lento, ascendente, descendente, que dictaba ley como un general en el campo, obligando a Sucre a curvarse como un arco en tensión, liberando un gemido ronco que se elevó en la penumbra cual eco de victoria.
—Esto es mío ahora —murmuró Bolívar contra su oreja, la voz grave como el rumor de los peñascos, temblando de un deseo que llevaba largo tiempo encadenado—. Cada suspiro que se te escapa, cada estremecimiento que recorra tu carne, cada éxtasis que derrames... mío, solo mío.
—¿Y apenas lo nota? —replicó Antonio con esa osadía que solo ante él florecía, la voz quebrada por la marea del placer, los ojos centelleando como cuando estaba a punto de entrar a la contienda.
Se fundieron nuevamente en un beso voraz, labios que se devoraban con hambre ancestral, lenguas que se entrelazaban en una danza húmeda y desesperada, como ríos que confluyen en un solo cauce. Bolívar lo volvió boca abajo con la facilidad, escupió en su palma —dejando un sonido obsceno que rompió la quietud como un disparo en la noche— y abrió el camino con dedos diestros, implacables: uno primero, explorando, conquistando; luego dos, curvándose con precisión mortal hasta encontrar aquel núcleo secreto que hizo que Antonio sofocara un grito contra la almohada, el cuerpo entero convulsionando en oleadas de deleite nunca antes cartografiado.
La llama inicial del estiramiento se transmutó en un ansia devoradora, un vacío que solo la presencia de Simón podía colmar hasta rebosar.
Cuando Bolívar lo penetró, lo hizo con una embestida lenta, profunda e inexorable. La plenitud era abrasadora, pues lo invadía hasta las entrañas, deshaciéndolas y reconstruyéndolo en un solo instante como un creador. Simón concedió apenas unos latidos de tregua antes de iniciar el movimiento: caderas que chocaban en un ritmo salvaje, carne contra carne, dejando que el sudor que cayera como lluvia torrencial sobre la espalda de Antonio.
Los jadeos de ambos se entretejían con el crujido de las sábanas, con el galope desbocado de sus corazones y aquel murmullo lejano del mar que parecía marcar el compás de su unión.
En medio de la tormenta surgió la ternura inesperada: Bolívar se inclinó, cubriendo por completo el cuerpo de Sucre con el suyo, pecho contra espalda como un escudo protector. Una mano buscó la de Antonio, entrelazando sus dedos con una fuerza desesperada que los anclaría en la futura tempestad. Besó la nuca empapada, lamió el sudor salado como quien bebe de una fuente sagrada, rozó con los dientes el lóbulo de la oreja y susurró contra su piel:
—Mi valiente... mi Antonio... mío.
Sucre sollozaba, no de herida, sino de una completud que lo abrumaba como el amanecer sobre las cumbres. Era más crudo que cualquier abrazo conocido, más invasivo, más absoluto. Y era Simón quien lo poseía, quien lo colmaba, quien lo convertía en suyo por fin.
Bolívar aceleró el galope, la mano libre ciñéndose alrededor de la erección de Antonio con una rudeza perfectamente acompasada, extrayendo placer al mismo ritmo implacable de sus caderas. Hasta que ambos se quebraron: Bolívar se derramó en su interior con un rugido primigenio, caliente, abundante, viniendo desde lo más profundo. Sucre estalló sobre las sábanas con un grito desgarrado, el cuerpo sacudido por espasmos que lo vaciaron y lo llenaron al unísono.
Colapsaron juntos, empapados y temblando, sintiéndose incapaces de desprenderse aquella noche. Simón lo giró con una delicadeza arrepentida, casi reverente, hasta estrecharlo contra su pecho agitado. Besó su frente, sus párpados húmedos, sus labios hinchados, como si cada roce fuera un sortilegio para disipar toda sombra de duda.
Nadie podría decir de él que no era un amante atento, ni siquiera cuando sólo eran suyos mientras la luna estaba en su apogeo.
—¿Ahora sí vienes conmigo a Perú? —susurró, la voz ronca, los ojos oscuros brillando con anhelo y triunfo.
Sucre asintió, aún estremecido por el éxtasis, avanzando contra su cuello medio somnoliento.
—Lo seguiría hasta los confines del fin del mundo si me lo pidiera, don Simón. Siempre.
Bolívar cerró los ojos con una sonrisa triunfal en los labios.
A la mañana siguiente, Simón se levantó temprano sin hacer ruido. Cuando Antonio se despertó, encontró que el lugar junto a él se había enfriado. No apareció en el desayuno, pero el Libertador no se preocupó por su ausencia.
El caraqueño confiaba en que él aparecería, más aún después de lo confesado esa noche. Inevitablemente algo había cambiado entre ellos, se sentía diferente mirar a alguien y saber que te amaba con incondicionalidad... Era revitalizante, satisfactoria, pero sobre todo... Consolador.
—Usted todavía cree que yo le puedo ayudar, general?— preguntó una voz, una que ahora sonaba como el canto de un ángel en sus oídos y que si antes era capaz de producirle una sonrisa, ahora también le encandilaba el alma.
Había estado repartiendo los deberes para la campaña y Sucre se estaba recién presentando, cabeza baja e incluso con cierta timidez ante la mirada curiosa del resto de oficiales y Manuela, de quién apenas había podido eludir su interrogatorio, ya que preguntaba por su ausencia esa noche. El Libertador no pensaba dar explicaciones, pues el peligro era demasiado. Antonio tenía razón, aquellos encuentros podían hundir no solo su carrera política y militar sino sus vidas, pero correr aquel riesgo era uno que valía la pena.
Después de todo llevaban jugándose las vidas desde hace más de una década. Bolívar creía que podía engañar a la muerte un poco más.
—Claro que sí, general—repuso Simón con una sonrisa creciente y su voz cada vez más decidida—. Claro que sí. Venga que les voy a decir como vamos a sacar definitivamente a los españoles de América.
