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Dragon Age: El despertar del Lobo

Chapter 35: El Juego con Fen'Harel

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Solas sabía que entre la nobleza orlesiana, el estatus y la apariencia estaban por encima de todas las cosas. Después de todo, si había algo célebre en la cultura de Orlais, eran precisamente los relatos de luchas internas y la participación de cada familia en algún nivel de lo que se conocía como el Gran Juego... Algo que nadie se molestó en explicárselo a Elentari cuando la llevaron al chateau del duque de Ghislain. Y él iba a averiguar por qué.

Después de que la Heraldo abandonara su habitación, el Lobo Terrible se apoderó de la máscara del apóstata errante y fue a visitar a la embajadora Josephine Montilyet.

Fen’Harel sabía que los Montilyet siempre tuvieron fuertes lazos con Orlais, hasta que algo sucedió a las riquezas de la familia que les dificultó mantener el estatus social de antaño y, aunque el peso del apellido sobrevivió, él sospechaba que actualmente solo eran una modesta casa comercial. ¿Cómo sabía? Pues, porque había echado un vistazo a una correspondencia privada de Josephine meses atrás por pura “precaución”, cuando él todavía era confundido por un simple mensajero élfico. En estos momentos, ya no contaba con aquella ventaja… todos sabían que era el apóstata errante de la Inquisición.

Según se había percatado aquella vez, antes de trabajar para la Inquisición, Josephine había sido la embajadora principal de Antiva ante Orlais. Eso se traducía en que conocía a la perfección las reglas del Juego y que, por algún motivo, no se había tomado la molestia de explicárselo a Elentari.

Lo que en Orlais se conocía como el “Gran Juego”, no era otra cosa más que las típicas manipulaciones que siempre se habían orquestado entre la nobleza de cualquier época y mundo. Él era experto. El objetivo de estas prácticas era superar a los nobles rivales. ¿Cómo? Sencillo. Los miembros más ambiciosos de la aristocracia maniobraban dentro de los círculos sociales para aumentar su propia influencia. Las reglas eran simples: todo era posible siempre que no te atraparan.

Pero había que ser inteligente.

Lo que aún no lograba encajar en su razonamiento, y por pura falta de información, era cómo la presencia de la encantadora imperial podía encajar en toda esta farsa orquestada por Leliana. ¿Se conocían? ¿Solían trabajar juntas?

No tenía duda de que la maestra espía había participado activamente en el Juego cuando decidió disfrazarla de princesa de los elfos… y, dado que había sido la encantadora imperial quien brindó la oportunidad del desastre político, debía estudiarla. Aun, cuando Vivienne se había mostrado ofendida por la actitud de Elentari en el chateau, ese gesto no descartaba la posibilidad de una alianza silenciosa con la maestra espía.

Fen’Harel golpeó con suavidad la puerta de la oficina de Josephine. Esperó unos segundos antes de que una mujer la abriera.

Se trataba de la mensajera particular de la embajadora.

- Oh, buenos días, maestro Solas. – le dijo.

- Buen día.

- ¿Tiene cita para el día de hoy?

La pregunta se trató de una actuación cortés, los dos lo sabían. Así como esa pretensión de parecer angustiada por la negativa que le daría a continuación cuando él confesara no contar con la solicitud previa para reunirse con la embajadora.

- Sí. – mintió el Lobo.

Eso la descolocó. Aunque ella sabía que no era cierto, ¿qué iba a decirle al experto del Velo y el Más Allá? No era prolijo decir abiertamente “eres un mentiroso”. Entonces, el Lobo fue un poco más lejos, cuando agregó. – Y es privada.

La mensajera se giró incómoda y miró en el interior, seguramente a Josephine. Transcurrieron unos segundos y, finalmente, la mujer le permitió el paso.

- ¡Qué grata sorpresa, Solas! – Josephine lo saludó con una sonrisa radiante sentada desde su escritorio. Fen’Harel inclinó la cabeza en un gesto de galante respeto. – Por favor, déjanos solos un momento.

La mensajera se excusó y abandonó la oficina.

El escritorio de Josephine era enorme, y estaba atestado de papeles. Él sintió mucha curiosidad. No podía negar que le encantaría recibir el honor de leer cada uno de esos informes y ayudarla a planificar estrategias futuras, pero sabía que eso no iba a suceder... porque simplemente no le correspondía hacerlo. Una lástima, porque de momento el Lobo Terrible tenía más pistas sobre Corifeus que la Inquisición. Si tan solo conocieran su verdadera identidad…  

- Toma asiento, por favor. – invitó ella con un gesto amable.

Fen’Harel avanzó con seguridad hacia la silla, y acató la sugerencia.

- Bien… - Josephine seguía sosteniendo esa sonrisa sobre sus labios. – Debo disculparme porque se me pasó completamente por alto la reunión pactada entre los dos.

El Lobo captó de inmediato la decisión táctica de la embajadora al seguir su juego. Con esa sonrisa inocente le decía ‘no voy a pelear esta mentira por ti; veamos qué harás con ella’.

Fácil.

Iba a justificar su presencia pero sin justificar su mentira.

- No pretendía incomodarte, lady Josephine. – dijo con solvencia y un tono severo. – Asumí que este asunto no debía esperar una formalidad. – se acomodó sobre su asiento, y se inclinó ligeramente hacia adelante. – En el día de ayer tuve el agrado de conocer a lady Vivienne… - se aseguró de que la palabra “agrado” cargara un tono de disgusto - … quien me insultó abiertamente por caminar entre los pasillos de la Inquisición en libertad, haciendo énfasis en mi condición de apóstata. – Otra vez se encargó de que los segundos adquirieran peso entre los dos y cuando volvió a hablar, el tono de su voz fue sombrío. – Días atrás sufrí un ataque templario que casi me cuesta la vida. Luego, he sido sometido a una investigación, cuyo dictamen ha significado la redefinición de mi rol en la Inquisición... – ahora Fen’Harel apoyó ambos codos sobre el escritorio, mostrándose completamente preocupado frente a los detalles expuestos – Y ahora, me encuentro con una persona de mi propia clase exigiendo mi reclusión. – Otra pausa, una más elocuente. – Embajadora, ¿qué es lo que está ocurriendo? ¿He de preocuparme? ¿Acaso los objetivos de la organización se han alineado con los de la Orden Templaria? ¿Se están evaluando mis dominios arcanos?

Josephine dejó escapar un mínimo gesto de sorpresa por el ataque ejecutado por él. Resultaba evidente que no se había esperado tanta seriedad y preocupación por parte del apóstata del grupo, que acababa de marcar una incoherencia estructural dentro de la Inquisición.

- Solas… - ella pronunció su nombre con suavidad. El Lobo le otorgó toda su atención. – Si la Inquisición hubiera decidido alinearse con la Orden Templaria, no estarías sentado aquí, hablándome con total libertad…

- ¿Pero se me otorgaría la posibilidad del diálogo? ¿O acabaría encerrado y las explicaciones llegarían después?

- Jamás traicionaríamos tu predisposición, Solas. – le aseguró con calma. – Jamás te atacaríamos por la espalda. – hizo una pausa, sobre la que aprovechó para reacomodarse en su sitio, mostrándose incómoda, pero en verdad se trataba de un gesto de empatía hacia él: si él lo estaba, ella también lo acompañaba en el sentimiento. – Nuestra neutralidad no es negociable. Esa fue la condición de nuestra existencia desde el primer día. No somos la Capilla, ni Orden Templaria, pero tampoco el Círculo de Magos, ¿correcto? – él asintió. – Lady Vivienne es una aliada poderosa, sí, pero no representa a la Inquisición en su totalidad. – Fen’Harel volvió a asentir, mostrándose ligeramente más cómodo.

- Embajadora, - susurró, fingiendo inferioridad – discúlpame el atrevimiento, pero ¿quién es lady Vivienne?

Él sabía perfectamente que Josephine tenía fama de ser encantadora, cortés y elocuente en sus negociaciones (cualidades habituales en un diplomático), pero también que ella tenía un sentido genuino de justicia y honor. Y el honor podía ser una palanca esta vez. No esperaba que injuriara abiertamente a Vivienne (sino que intentara remarcar sus cualidades), del mismo modo en el que estaba seguro de que ella también lo defendería a él si la situación fuera opuesta.

 - Es una pena que tu primera impresión de lady Vivienne sea esta, Solas. – aseguró. - Los dos son magos excepcionales. Déjame que te de un poco de contexto y luego dime tú qué opinión adquieres.

Perfecto. Justamente lo que había ido a buscar… información para entender el contexto de Elentari.

Fen’Harel asintió.

- Madame de Fer, - comenzó a hablar Josephine – comenzó su vida en el Círculo de Ostwick, en las Marcas Libres. – el Lobo volvió a asentir, atento. – A los 19 años fue transferida al Círculo de Montsimmard y allí se granjeó la fama de erudita excepcional…

- Entonces, quizás sea un acierto permitirme debates arcanos con ella… - jugó él, Josephine le sonrió, pues captó la ironía en las palabras, y asintió.

- Por supuesto que sí. Seguramente le muestras algunos de tus excepcionales puntos de vista y ambos se enriquecen en el intercambio.

Ahora le tocó sonreír a él. No se le escapó la adulación y Josephine respondió con una risa jovial, asegurándole que había tenido intención de elogiarlo y que la complacía que lo hubiera notado.

De pronto, la atmósfera viró hacia la complicidad, ese ambiente donde dos personas inteligentes intercambian palabras educadas, pero con intenciones veladas. Fen’Harel sabía que, de este modo, iba a obtener más de ella que de cualquier otro, puesto que era el ámbito natural de la embajadora. Bueno, quizás el suyo también… aunque entre tanta guerra, a veces confundía cuál fluía mejor con él.

- Años atrás… - continuó Josephine, adoptando una posición relajada en su asiento, casi íntima, como si él fuera un amigo de toda la vida con quien estuviera habituada a intercambiar rumores.

Ah. El Juego. Ese vals que la gente entrenada sabía bailar sin dejar de sonreír.

Se trataba de ser capaz de reconocer a tu receptor y amoldarte a quién tenías frente a ti para obtener la mayor cantidad de información posible en el intercambio verbal.

Fen’Harel se enderezó sobre el suyo, sonrió y, finalmente, se recostó en el respaldo, mostrándose dispuesto a prestarle toda su atención.

Los dos se miraron, comprendiéndose en silencio. Entonces, Josephine cambió el tono, y el aire cambió con ella.

Juguemos…

- Unos veinte años atrás, durante un Baile Imperial de Invierno, - ella continuó - algunos magos de la Aguja Blanca y de Montsimmard fueron invitados a asistir a las festividades para entretener a la corte con proezas de magia…

- ¿Sí? – la interrumpió con complicidad. – No estaba al tanto de que los nobles orlesianos mostraban interés en la magia. Pensé que era un tema tabú entre los shemlen.

- Tu percepción es adecuada, Solas, desde luego. – convino. – Antes de que la emperatriz Celene llegara al trono, la magia solía usarse solamente para entretener a la realeza y los nobles, pero no como parte del Juego. No fue hasta que Celene fue nombrada emperatriz, que el puesto de consejero arcano adquirió peso real dentro de la política de Orlais.   

- Supongo que lady Vivienne adquirió algo de práctica en sus tiempos en el interior del Círculo, ¿verdad?

Josephine asintió, con una sonrisa gozosa dibujándose en sus labios y ese brillo sagaz en la mirada de quien reconoce, frente a sí, a un interlocutor a la altura. Él era consciente de que, intentar fingir ingenuidad frente a ella o la maestra espía era simplemente una tontería. Un error que no cometería dos veces. Las dos mujeres eran más que conscientes de sus capacidades cognitivas.

- Por supuesto. – aseguró ella. – Vivienne siempre se mostró habilidosa en el Juego, algo especialmente notable en una maga que no nació en Orlais. – él asintió. Y ahora, los ojos de la embajadora brillaron… iba a compartir con él lo que había pretendido todo este tiempo.

- Durante esa celebración del baile, se cuenta que Vivienne logró cautivar al duque Bastien de Ghislain.

- Oh… - murmuró él, fingiendo que no esperaba tocar este tema, aunque había venido precisamente por ello…

Se preguntó si Josephine ya lo había anticipado y se había dejado caer en la trampa fingiendo ser una alimaña desprevenida, o si todo esto era una gran casualidad. Por supuesto, optó por elogiar la inteligencia de la embajadora y subestimar las casualidades. Ella estaba diciéndole exactamente lo que creía que él quería escuchar.

- El duque de Ghislain es quien invitó a nuestra Heraldo a una celebración, ¿cierto?

Josephine asintió.

Fen’Harel comprendió que ella ya había asumido de antemano que él estaba allí para conocer detalles sobre la reunión con la Heraldo. Eso solo reforzaba cualquier conclusión previa que las dos mujeres pudieron haberse hecho cuando lo habían interrogado la primera vez… Y, debía admitírselo, que hería ligeramente su orgullo el hecho de que la embajadora hubiera acertado al leerlo… porque estaba aquí solo por Elentari. 

Fenedhis.

En fin, daba igual.  

- Bien, imagino que esta historia se pone interesante… - el Lobo la invitó a continuar el relato.

- Se cuenta que el duque Bastien bailó toda la noche con Vivienne, mostrándose cautivado por ella, no tanto por cualquier despliegue mágico que nuestra encantadora hubiera hecho, sino… ella. Incluso – Josephine hizo una pausa coqueta y le sonrió – los rumores afirman que Bastien desairó a varios nobles muy influyentes aquel día.

- Por lo que cuentas, es evidente de que se sintió cautivado.

Ella asintió, pero no borró la sonrisa de sus labios. - ¿Sabes qué es lo más interesante?

Él negó.

- Bastien, antes de ser duque… fue un bardo orlesiano adiestrado.

Vaya, vaya… esto se ponía interesante.

Si esta historia culminaba en un romance clandestino como él intuía, Vivienne no solo era buena en el Juego, sino que conocía las artes bárdicas… y quizás, de antemano, a la maestra espía.

Para él, eso la convertía en alguien peligrosa.

- Eso es inesperado. – bromeó Fen’Harel. Josephine inclinó el rostro con una elegancia coqueta por el halago y los dos sonrieron.

Había olvidado cuánto le gustaba jugar a esto… el ritmo de las ideas durante este tipo de juegos verbales era sitio seguro para él, uno que le sentaba placentero.

Y, debía admitirlo, la embajadora era exquisita. No solo por su elocuencia, sino también por los valores que sostenía como bandera.

- Cuando Vivienne lo conoció, - ella prosiguió - él ya era un respetable miembro del Concilio de Heraldos y duque de Ghislain. Se supone que ya había abandonado aquellas mañas… pero ¿sabes? Uno nunca deja realmente de lado el sabor de lo proscrito, ¿no estás de acuerdo?

Así que el duque era también miembro del Concilio de Heraldos… ¿Acaso no eran los encargados de arbitrar sobre las disputas que involucraban títulos en Orlais? ¿Cómo favorecía (o desfavorecía) a la Inquisición haber llevado una Heraldo vestida de princesa?

- Totalmente. – le respondió y puso atención en un detalle. Hubo algo en las palabras de la embajadora cuando habló acerca del “sabor de lo proscrito” que despertó su curiosidad, como si ella misma tuviera un pasado enlazado con el mundo de los bardos. Quizás así había conocido a Leliana por aquellas épocas.

Mmm… interesante.

- Así que nuestra encantadora imperial no solo es una prestigiosa maga lealista… - concluyó el Lobo – sino que además conoce las artes de los bardos. En efecto, eso la convierte en una mujer interesante, por lo menos.

- Oh. Si logras llevarte bien con ella, Solas, la encontrarás exquisita.

- Haré mi mayor esfuerzo por no lograrlo. – molestó con una sonrisa elegantemente maliciosa. La embajadora dejó escapar una carcajada delicada.

- Tú también eres una delicia. – lo aduló. Él solo sonrió. No era educado despreciar un gesto como este durante el Juego. – Se cuenta que pocos días después, Bastien la visitó en Montsimmard acompañado por un pequeño ejército de floristas que cargaban brazos enteros de peonías. – hizo una pausa y los dos se miraron con complicidad. Eso le dio pie para seguir. - Según se dice, el regalo del duque llenó un piso entero de la torre e inspiró al menos a dos alquimistas a desviar sus investigaciones hacia la extracción de fragancias.

El Lobo dejó escapar una risita de incredulidad.

Las tonterías de los nobles… casi lo había olvidado.

Josephine rio con elegancia en respuesta, y continuó:

- En poco tiempo, invitó a Vivienne a varias fiestas celebradas en su propiedad de Ghislain. Para comienzos del verano, ella ya contaba con una suite de habitaciones en su casa y llevaba adelante la mayor parte de sus asuntos del Círculo por correspondencia.

Oh… además de elitista y racista, la encantadora imperial era una hipócrita. Vaya novedad… Había gozado de privilegios que a la mayoría de los magos jamás se les concedieron y, aun así, nunca había movido un solo dedo desde su posición de prestigio para mejorar las condiciones de vida de los suyos.  

Simplemente… detestable.  

- El romance, - siguió hablando Josephine - imagina, fue motivo de intenso escándalo en su momento…  

- Por supuesto. – cedió él, pero el último dato acababa de cambiarle el humor.

Esa hipócrita fue la misma que pidió su reclusión, y la misma tirana que asesinó a un noble durante la visita de Elentari, luego de engañarla para encubrir aquel acto como solicitud de la Heraldo de Andraste frente al resto.  

- Infiero que el duque y nuestra encantadora imperial continúan manteniendo un vínculo estrecho, - mencionó él - debido a que la invitación para su incorporación a la Inquisición surgió de una celebración en el chateau de Bastien.

- Oh, sí. Siguen siendo buenos amigos.

“Amigos”, sí claro.

Fen’Harel se limitó a asentir.

- ¿Y qué opinas de la intervención de nuestra Heraldo en la reunión?

Josephine le sonrió con algo de complicidad, pero no mostró indicio alguno de estar al tanto del desastre acontecido.

- Pues, hemos sumado a lady Vivienne a nuestras filas. Eso siempre se cuenta como una victoria, Solas.

Sí, pero habían vestido como princesa élfica a Elentari, insultado de ese modo a miembros influyentes de la nobleza orlesiana y, además, dejándola como una tonta frente a un miembro del Concilio de Heraldos. Eso iba a tener un costo político para la Inquisición, y no sonaba a victoria…

- Tienes razón. – cedió, intentando que dijera algo más. La embajadora no dijo nada. Entonces, él arriesgó. – Leliana ha manejado muy bien el encuentro.

- Desde luego.

Respuesta clara y simple. No pareció pretender ocultar nada. Entonces, tal como había sospechado, la maniobra había sido orquestada solo por Leliana y Josephine parecía desconocerla. Aunque tampoco podía descartarse que la estuviera encubriendo deliberadamente, solo para preservar la imagen de una Inquisición sólida y cohesionada.

Tenía que tirar un poco más de su suerte…

- Supongo que, a partir de ahora, nuestra Heraldo solo podrá ser vista como una representante sumamente capaz de la Inquisición, ¿no es así? Ha sabido moverse bien en el terreno de la política. – tanteó con agresividad. Si Josephine sabía algo, iba a verse en la obligación de corregirlo, porque él acababa de ser demasiado específico en el detalle... Pero la embajadora solo asintió, aun sonriendo. Él, insistió. - La incorporación de una figura tan prestigiosa como lady Vivienne a nuestras filas no hace más que reforzar esa percepción.

Josephine asintió… una vez más.

Mmm… algo no cuadraba en la actitud de la embajadora.

Decidió que, por un instante, iba a barajar la posibilidad de que, realmente, no estaba al tanto del disfraz de Elentari. Eso significaba que Leliana, por algún motivo, había decidido deliberadamente estropear la imagen de la Heraldo frente a los nobles, pero ¿por qué?

- Así es. – la embajadora sonrió. – Y eso me facilitará el trabajo con las familias más influyentes de Orlais para poner presión sobre la Orden Templaria y poder exigir su participación con la Inquisición si llega a ser necesario.

Fen’Harel sostuvo la sonrisa, pero algo le chirrió con violencia.

“Las familias más influyentes de Orlais” había dicho Josephine… y esas familias no eran un bloque homogéneo. Algunas toleraban una Inquisición útil, funcional; otras, las más devotas, solo aceptarían un brazo armado limpio, presentable, casi sagrado. Las mismas casas que esa noche habían observado a Elentari con una mezcla de curiosidad, desprecio y hambre… como se mira un objeto exótico. Y la habían visto vestida como una caricatura... es decir, como una princesa dalishana inventada por los shemlen.

Una burla perfecta.

Perfecta para que esas casas cerraran filas… Y para que los templarios cerraran la puerta.

Oh... ¿Por eso Leliana había enviado a la Heraldo vestida como una “princesa” élfica?

Con ese gesto había ridiculizado, de forma abierta, a los nobles orlesianos presentes y, al mismo tiempo, había hecho casi imposible que Josephine lograra, a tiempo, el apoyo de esas familias. Sin ese respaldo, la opción templaria quedaba políticamente bloqueada. Lo que se traducía en algo mucho más concreto… la maestra espía se había allanado el camino para que los magos rebeldes se convirtieran en la única fuente viable de poder para la Marca.

Pero la pregunta persistía… ¿por qué? ¿Qué esperaba obtener la maestra espía con ese movimiento en el tablero?

Sin duda, Leliana era fría y calculadora, y eso era algo que él respetaba. Lo que no había anticipado era que jugara a espaldas de los otros pilares de la Inquisición… y mucho menos socavando los esfuerzos de la embajadora.

Definitivamente, su atención debía centrarse en Leliana y sus propósitos... quizás no tanto en Vivienne…

- Embajadora… - el Lobo se puso en pie, inclinándose como muestra de respeto. – Debo admitir que mis preocupaciones han sido eliminadas. Y he de reconocer que ha sido una charla muy placentera la que hemos compartido. – ella también se puso en pie. – Sin embargo, ya te he quitado más tiempo del prudente. Es hora de seguir con mis responsabilidades.

Hora, de retomar el juego en otro sitio…

… Hora de planear una estrategia para vigilar a Leliana.